En los
organismos en los que la descendencia se obtiene por medio
de la reproducción sexual, uno de los problemas más
importantes con que se encuentran a lo largo de su vida,
es la búsqueda de un individuo del otro sexo adecuado
para maximizar su éxito reproductivo; esto es, obtener
el mayor número de descendientes, con la mejor calidad
y la mayor viabilidad. En la mayoría de especies
animales con reproducción sexual, las hembras realizan
una mayor inversión parental y tienen un potencial
reproductor mucho menor que los machos. El sexo masculino,
en general, se caracteriza biológicamente por producir
gametos pequeños, numerosos y móviles, mientras
que el sexo femenino produce gametos escasos, mucho más
grandes e inmóviles. Esto hace que la contribución
inicial de recursos a la descendencia por parte de cada
sexo sea muy desigual, puesto que las hembras invierten
más que los machos en cada gameto (aportan mayor
alimento inicial a los embriones). La fecundidad de una
hembra está limitada, por tanto, por su capacidad
de producir óvulos, mientras que la del macho sólo
está limitada por el número de óvulos
que consiga fecundar, ya que sus gametos son muy numerosos
y “baratos” (no contienen recursos que contribuyan
al desarrollo del embrión). La contribución
diferencial de cada sexo a la descendencia crea un conflicto
de intereses entre las estrategias reproductivas de los
dos sexos. Para un macho es poco costoso aparearse con muchas
hembras, mientras que si una hembra tiene un apareamiento
con un macho inapropiado que fecunde todos sus óvulos,
la reducción de su eficacia biológica puede
ser muy importante. Esto provoca que la selección
natural favorezca a aquellas hembras que optimicen la calidad
de la descendencia, bien copulando con un macho “bueno”
(en base a su salud, fertilidad o habilidad para obtener
recursos), bien invirtiendo en cuidados a la descendencia.
Como
los recursos y la energía de los organismos son limitados,
los sexos suelen estar sometidos a diferentes presiones
selectivas sobre como utilizarlos. La utilización
de recursos limitados siempre implica un compromiso. Las
especies que se reproducen varias veces a lo largo de su
vida están sometidas a continuos compromisos entre
supervivencia y reproducción. El esfuerzo reproductivo
se materializa en la producción de gametos, la búsqueda
de pareja, el apareamiento y los cuidados parentales. Las
hembras invierten muchos recursos en producir gametos y
en cuidados parentales para así optimizar la elevada
inversión realizada en producir óvulos, mientras
que los machos invierten principalmente en conseguir apareamientos,
por el menor valor que tiene para ellos cada espermatozoide
y su capacidad para producirlos en gran número. Este
patrón de distribución es modelado por las
condiciones ambientales, de forma que en muchos ambientes
benignos o favorables las hembras invierten mucho en gametos
y poco en cuidados parentales, pero en ambientes más
desfavorables, las hembras tienen que realizar tanta inversión
en cuidar a la descendencia, que su eficacia biológica
solo aumentará si consiguen ayuda de los machos.
Estos estarán sometidos a continuos compromisos entre
contribuir al cuidado parental o bien aparearse con más
hembras.
Los patrones
de comportamiento sexual que se observan en animales son
el resultado, de presiones selectivas que actúan
diferencialmente sobre machos y hembras. En unos casos,
estas presiones pueden tener la misma dirección (lo
que es bueno para un sexo es bueno para el otro), pero en
otros casos, pueden tener direcciones diferentes. De todo
lo anterior, podemos concluir que la diferencia fundamental
entre machos y hembras es que las hembras realizan una mayor
inversión parental inicial, lo que las convierte
en un recurso escaso y valioso para los machos, y esto determina
que ellos tengan que competir por aparearse con las hembras
y que ellas sean las que elijan entre los machos.
Este
conflicto de intereses entre sexos, puede ser de gran ayuda
para comprender lo que nuestra experiencia cotidiana nos
demuestra: que hombres y mujeres afrontan sexualidad de
forma diferente en muchos aspectos.
Aunque
la especie humana se puede definir como monógama
(ver articulo: Sociobiología humana: monogamia/junio
2003), en muchos momentos de nuestra vida optamos por la
infidelidad, la promiscuidad o el cambio frecuente de pareja.
También en las hembras humanas, el tiempo y energía
necesarios para la producción de óvulos, el
embarazo y el largo periodo de cuidados postnatales, suponen
un coste y esfuerzo muy elevado que limita seriamente el
número de descendientes que pueden tener a lo largo
de su vida. Por el contrario, los hombres renuevan rápidamente
el esperma sin demasiado esfuerzo energético, por
lo que pueden engendrar muchos más hijos de lo que
la monogamia les permite. Esto ha provocado que a lo largo
de la evolución de la especie humana, también
se haya producido un conflicto de intereses que ha contribuido
a que hombres y mujeres hayan evolucionado en muchas ocasiones
hacia estrategias sexuales diferentes. Estas variaciones
se interpretan como intereses en distintos tipos de beneficios
bajo los diferentes contextos que son resultado del compromiso
entre la búsqueda de buenos genes y la inversión
en el cuidado parental.
Relacionadas
con este conflicto de intereses, son las conclusiones a
las que han llegado varios estudios realizados en diferentes
culturas y que ponen de manifiesto que los hombres, en general,
tienden a ser más promiscuos y más dispuestos
a mantener relaciones sexuales con parejas ocasionales que
las mujeres, y que éstas son mucho más exigentes
(selectivas) respecto a sus parejas sexuales. Este patrón
podría explicar ciertas conductas sexuales actuales
como por qué son los hombres los que se sirven de
la prostitución, mientras que las mujeres casi nunca
pagan por copular. Por qué son los hombres, y no
las mujeres, los que sustentan la gigantesca industria pornográfica
de occidente, e incluso porque los homosexuales masculinos
son mucho más promiscuos que sus homologas las lesbianas.
Pero
esto no quiere decir que sólo los hombres tiendan
a ser infieles o promiscuos, ya que también las mujeres
obtienen beneficios de las infidelidades o al copular con
más de una pareja bajo ciertas condiciones. Hay estudios
experimentales que apuntan que la tendencia hacia la promiscuidad
de las mujeres, coincide con el momento de máxima
fertilidad del ciclo menstrual. Múltiples parejas
sexuales dan a la mujer la posibilidad de estar en posesión
de esperma de más de un hombre, provocando lo que
se conoce como competición espermática. En
esta situación la mujer selecciona varios hombres
“de calidad” con los que copular, para generar
que, en última instancia, los genes que llevarán
sus potenciales hijos vendrán determinados por la
competición entre los espermatozoides de varios machos
por fecundar el óvulo. Es importante resaltar que
no es infrecuente que el padre genético no coincida
con el encargado del cuidado parental. Pero dado que el
cuidado parental de los hombres es de suma importancia para
la supervivencia de los niños humanos, las mujeres
en general tienden a centrar su elección en aquellos
hombres que controlan o poseen los recursos y habilidades
necesarios para facilitar la crianza y cuidado de nuestra
progenie. Esto está apoyado por estudios sobre las
preferencias a la hora de elegir pareja de hombres y mujeres
de culturas muy diversas, que han demostrado que los hombres
valoran principalmente el atractivo físico de las
mujeres, mientras que las mujeres colocan entre los primeros
lugares de atracción los recursos y habilidades que
puede aportar el hombre. Aunque curiosamente, se ha visto
que dependiendo del momento del ciclo menstrual en que se
encuentren las mujeres, hay una variación en los
rasgos masculinos que encuentran atractivos, predominando
en numerosas ocasiones el atractivo físico.
Sin embargo,
en los últimos años se han producido dos avances
significativos en las sociedades occidentales, uno social
como son las agencias de protección de menores y
otro científico como son los métodos anticonceptivos,
que pueden hacer pensar a más de un lector que hoy
en día todo lo anterior no tiene ningún sentido.
Pero no hemos de olvidar que las condiciones que actualmente
nos resultan tan familiares, las ciudades, las naciones,
las máquinas o los colegios, por citar algunas, representan
menos de una milésima parte de la historia de nuestra
especie, y la evolución necesita mucho tiempo. Para
entender mucho de nuestro comportamiento en el presente,
hemos de tener en cuenta que está generado por mecanismos
que resolvieron problemas adaptativos en el pasado. Y por
tanto, aunque pueda resultar demasiado pragmático
y poco romántico, nuestros cerebros han sido diseñados
a lo largo de nuestra evolución para maximizar nuestro
éxito reproductivo, ¡de forma totalmente inconsciente!
El intentar
abordar nuestro comportamiento sexual bajo una perspectiva
evolutiva no nos evitará enamorarnos locamente cuando
se presente la ocasión, pero tal vez nos ayude a
enfocar de forma más pragmática algunos de
los interrogantes que puedan surgir en las relaciones con
el otro sexo.