SOCIOBIOLOGÍA HUMANA: CONFLICTOS DE INTERESES ENTRE SEXOS
Por Plinio el Insurrecto

En los organismos en los que la descendencia se obtiene por medio de la reproducción sexual, uno de los problemas más importantes con que se encuentran a lo largo de su vida, es la búsqueda de un individuo del otro sexo adecuado para maximizar su éxito reproductivo; esto es, obtener el mayor número de descendientes, con la mejor calidad y la mayor viabilidad. En la mayoría de especies animales con reproducción sexual, las hembras realizan una mayor inversión parental y tienen un potencial reproductor mucho menor que los machos. El sexo masculino, en general, se caracteriza biológicamente por producir gametos pequeños, numerosos y móviles, mientras que el sexo femenino produce gametos escasos, mucho más grandes e inmóviles. Esto hace que la contribución inicial de recursos a la descendencia por parte de cada sexo sea muy desigual, puesto que las hembras invierten más que los machos en cada gameto (aportan mayor alimento inicial a los embriones). La fecundidad de una hembra está limitada, por tanto, por su capacidad de producir óvulos, mientras que la del macho sólo está limitada por el número de óvulos que consiga fecundar, ya que sus gametos son muy numerosos y “baratos” (no contienen recursos que contribuyan al desarrollo del embrión). La contribución diferencial de cada sexo a la descendencia crea un conflicto de intereses entre las estrategias reproductivas de los dos sexos. Para un macho es poco costoso aparearse con muchas hembras, mientras que si una hembra tiene un apareamiento con un macho inapropiado que fecunde todos sus óvulos, la reducción de su eficacia biológica puede ser muy importante. Esto provoca que la selección natural favorezca a aquellas hembras que optimicen la calidad de la descendencia, bien copulando con un macho “bueno” (en base a su salud, fertilidad o habilidad para obtener recursos), bien invirtiendo en cuidados a la descendencia.

Como los recursos y la energía de los organismos son limitados, los sexos suelen estar sometidos a diferentes presiones selectivas sobre como utilizarlos. La utilización de recursos limitados siempre implica un compromiso. Las especies que se reproducen varias veces a lo largo de su vida están sometidas a continuos compromisos entre supervivencia y reproducción. El esfuerzo reproductivo se materializa en la producción de gametos, la búsqueda de pareja, el apareamiento y los cuidados parentales. Las hembras invierten muchos recursos en producir gametos y en cuidados parentales para así optimizar la elevada inversión realizada en producir óvulos, mientras que los machos invierten principalmente en conseguir apareamientos, por el menor valor que tiene para ellos cada espermatozoide y su capacidad para producirlos en gran número. Este patrón de distribución es modelado por las condiciones ambientales, de forma que en muchos ambientes benignos o favorables las hembras invierten mucho en gametos y poco en cuidados parentales, pero en ambientes más desfavorables, las hembras tienen que realizar tanta inversión en cuidar a la descendencia, que su eficacia biológica solo aumentará si consiguen ayuda de los machos. Estos estarán sometidos a continuos compromisos entre contribuir al cuidado parental o bien aparearse con más hembras.

Los patrones de comportamiento sexual que se observan en animales son el resultado, de presiones selectivas que actúan diferencialmente sobre machos y hembras. En unos casos, estas presiones pueden tener la misma dirección (lo que es bueno para un sexo es bueno para el otro), pero en otros casos, pueden tener direcciones diferentes. De todo lo anterior, podemos concluir que la diferencia fundamental entre machos y hembras es que las hembras realizan una mayor inversión parental inicial, lo que las convierte en un recurso escaso y valioso para los machos, y esto determina que ellos tengan que competir por aparearse con las hembras y que ellas sean las que elijan entre los machos.

Este conflicto de intereses entre sexos, puede ser de gran ayuda para comprender lo que nuestra experiencia cotidiana nos demuestra: que hombres y mujeres afrontan sexualidad de forma diferente en muchos aspectos.

Aunque la especie humana se puede definir como monógama (ver articulo: Sociobiología humana: monogamia/junio 2003), en muchos momentos de nuestra vida optamos por la infidelidad, la promiscuidad o el cambio frecuente de pareja. También en las hembras humanas, el tiempo y energía necesarios para la producción de óvulos, el embarazo y el largo periodo de cuidados postnatales, suponen un coste y esfuerzo muy elevado que limita seriamente el número de descendientes que pueden tener a lo largo de su vida. Por el contrario, los hombres renuevan rápidamente el esperma sin demasiado esfuerzo energético, por lo que pueden engendrar muchos más hijos de lo que la monogamia les permite. Esto ha provocado que a lo largo de la evolución de la especie humana, también se haya producido un conflicto de intereses que ha contribuido a que hombres y mujeres hayan evolucionado en muchas ocasiones hacia estrategias sexuales diferentes. Estas variaciones se interpretan como intereses en distintos tipos de beneficios bajo los diferentes contextos que son resultado del compromiso entre la búsqueda de buenos genes y la inversión en el cuidado parental.

Relacionadas con este conflicto de intereses, son las conclusiones a las que han llegado varios estudios realizados en diferentes culturas y que ponen de manifiesto que los hombres, en general, tienden a ser más promiscuos y más dispuestos a mantener relaciones sexuales con parejas ocasionales que las mujeres, y que éstas son mucho más exigentes (selectivas) respecto a sus parejas sexuales. Este patrón podría explicar ciertas conductas sexuales actuales como por qué son los hombres los que se sirven de la prostitución, mientras que las mujeres casi nunca pagan por copular. Por qué son los hombres, y no las mujeres, los que sustentan la gigantesca industria pornográfica de occidente, e incluso porque los homosexuales masculinos son mucho más promiscuos que sus homologas las lesbianas.

Pero esto no quiere decir que sólo los hombres tiendan a ser infieles o promiscuos, ya que también las mujeres obtienen beneficios de las infidelidades o al copular con más de una pareja bajo ciertas condiciones. Hay estudios experimentales que apuntan que la tendencia hacia la promiscuidad de las mujeres, coincide con el momento de máxima fertilidad del ciclo menstrual. Múltiples parejas sexuales dan a la mujer la posibilidad de estar en posesión de esperma de más de un hombre, provocando lo que se conoce como competición espermática. En esta situación la mujer selecciona varios hombres “de calidad” con los que copular, para generar que, en última instancia, los genes que llevarán sus potenciales hijos vendrán determinados por la competición entre los espermatozoides de varios machos por fecundar el óvulo. Es importante resaltar que no es infrecuente que el padre genético no coincida con el encargado del cuidado parental. Pero dado que el cuidado parental de los hombres es de suma importancia para la supervivencia de los niños humanos, las mujeres en general tienden a centrar su elección en aquellos hombres que controlan o poseen los recursos y habilidades necesarios para facilitar la crianza y cuidado de nuestra progenie. Esto está apoyado por estudios sobre las preferencias a la hora de elegir pareja de hombres y mujeres de culturas muy diversas, que han demostrado que los hombres valoran principalmente el atractivo físico de las mujeres, mientras que las mujeres colocan entre los primeros lugares de atracción los recursos y habilidades que puede aportar el hombre. Aunque curiosamente, se ha visto que dependiendo del momento del ciclo menstrual en que se encuentren las mujeres, hay una variación en los rasgos masculinos que encuentran atractivos, predominando en numerosas ocasiones el atractivo físico.

Sin embargo, en los últimos años se han producido dos avances significativos en las sociedades occidentales, uno social como son las agencias de protección de menores y otro científico como son los métodos anticonceptivos, que pueden hacer pensar a más de un lector que hoy en día todo lo anterior no tiene ningún sentido. Pero no hemos de olvidar que las condiciones que actualmente nos resultan tan familiares, las ciudades, las naciones, las máquinas o los colegios, por citar algunas, representan menos de una milésima parte de la historia de nuestra especie, y la evolución necesita mucho tiempo. Para entender mucho de nuestro comportamiento en el presente, hemos de tener en cuenta que está generado por mecanismos que resolvieron problemas adaptativos en el pasado. Y por tanto, aunque pueda resultar demasiado pragmático y poco romántico, nuestros cerebros han sido diseñados a lo largo de nuestra evolución para maximizar nuestro éxito reproductivo, ¡de forma totalmente inconsciente!

El intentar abordar nuestro comportamiento sexual bajo una perspectiva evolutiva no nos evitará enamorarnos locamente cuando se presente la ocasión, pero tal vez nos ayude a enfocar de forma más pragmática algunos de los interrogantes que puedan surgir en las relaciones con el otro sexo.