LA REVOLUCIÓN INGLESA (1648-1660)
Parte I. La derrota del absolutismo

Por Heródoto el Rojo


La revolución inglesa del siglo XVII fue uno de los grandes momentos de la Historia por varias razones. Fue una de las primeras ocasiones en las que tuvo éxito una victoria de los poderes económicos incipientes, la floreciente burguesía, frente a la herencia feudal y el poder incontestable del rey en una época de formación de los absolutismos en toda Europa. La explosión de nuevos ideales revolucionarios, la reinterpretación de la religión y de la relación hombre-Dios, son otras de las grandes razones que hacen de este acontecimiento un momento emocionante como pocos en la Historia Moderna.
Veremos los principales acontecimientos políticos que llevaron a la ejecución de un rey, Carlos I, por su propio parlamento, pero no nos detendremos en la simple narración histórica, nos sorprenderemos con esos movimientos sociales “radicales”, que intentaron hacer la revolución dentro de la revolución, movimientos poco conocidos, y desgraciadamente casi nunca estudiados, pero que sin duda tienen una grandísima importancia en el plano de los ideales revolucionarios posteriores.

Hubo dos revoluciones, la que tuvo éxito y que consagró los derechos de propiedad de la “burguesía” y su ética protestante, y la revolución que nunca estalló, la llevada por los nuevos idealistas y que pudo haber formado la propiedad comunal y un sistema democrático impensable para esos años. Como suele ser habitual estos movimientos terminaron siendo aplastados.

1) Antecedentes

Inglaterra entró en el siglo XVII con una nueva dinastía, los Estuardo, procedente de Escocia y con un nuevo planteamiento del papel del monarca, así Jacobo I de Inglaterra (y IV de Escocia), empezó a poner los cimientos de un futuro poder absoluto del monarca, en contraposición a la histórica importancia del Parlamento inglés, que personificaba de modo aproximado a la población económicamente activa, es decir, la población con grandes capitales y bienes, y que ya entonces se dividía en Cámara de los Pares y de los Comunes. Este proceso se acentuó ante la gravísima crisis económica de estos años y el comienzo de las guerras en Europa, de lo que más tarde se llamaría la Guerra de los 30 años, por lo que muchos poderosos preferían un gobierno fuerte y autoritario.

En este ambiente de inseguridad pronto aparecieron los primeros problemas entre el rey y el parlamento, unas nuevas políticas fiscales intentaban hacer más autónomo económicamente al monarca, es decir, intentaba que los ingresos reales no dependieran del parlamento, como había sido hasta entonces bajo la dinastía Tudor. Ante las protestas de los comunes por estos nuevos impuestos injustos, el rey decidió disolver el parlamento, la brecha ya estaba abierta. El resto del reinado de Jacobo I no hizo más que acentuar estas desavenencias, herencia que dejó a su hijo Carlos I.

2) La lucha por el poder


Carlos I

En 1625 sube al trono un joven Carlos I, con las arcas vacías, ante la negativa del parlamento a someterse al control real, Carlos y su principal consejero, el duque de Buckingham, deciden crear nuevos impuestos sobre las aduanas para financiar las continuas guerras contra España y Francia. La desastrosa política exterior de Buckingham hizo que el parlamento intentara llevar la iniciativa mediante la llamada “Bill of Rights” de 1628, una petición de garantías para evitar los arrestos arbitrarios de parlamentarios y la derogación de los impuestos ilegales, es decir, los que no habían sido aprobados por el parlamento. El rey hizo caso omiso a estas peticiones, además, Buckingham fue asesinado y Carlos decidió volver a disolver el parlamento.

A partir de este momento el rey, aprovechando un relativo crecimiento económico debido al comercio, unido a unos años de paz con España, le permitieron volver a intentar su proyecto absolutista, política que intentó llevar a cabo su nuevo consejero, Strafford. Se aumentó la censura de prensa y la presión sobre los nuevos “predicadores”, ante los nuevos cambios de mentalidad que los años de conflicto habían abierto. También intentó una centralización en un mundo muy descentralizado y en donde los gobiernos locales tenían mucho poder. También la Iglesia ayudaba a este proceso, así el arzobispo Laud, fue un exponente más de esta política centralizadora. Es precisamente esta política la que más problemas provocó, pues obligaba a todas las Iglesias a supeditarse a la nueva Iglesia Episcopal, lo que en Escocia (con Iglesia nacional propia y país independiente a pesar de compartir monarca con Inglaterra desde Jacobo) e Irlanda (en gran parte católica) no estaban dispuestos a permitir. Los escoceses rechazaron este proyecto, así como unas nuevas leyes que pretendían prácticamente la pérdida de la independencia escocesa. La respuesta fue contundente y Escocia se declara rebelde (“Guerra de los obispos”)

Carlos, muy contrariado, convocó un nuevo parlamento con el que pretendía despertar el latente patriotismo inglés, y conseguir dinero para crear un nuevo ejército que fuera capaz de controlar las insubordinaciones. Sin embargo, el rey tenía ya demasiados enemigos. El parlamento exigía discutir temas relacionados con los verdaderos problemas del país, así como volver al antiguo equilibrio entre el monarca y ellos. Carlos , desesperado por no conseguir nada de lo que se proponía, vuelve a disolver la cámara, en lo que se llamó el “Parlamento Corto”. El parlamento ya estaba controlado por los llamados “puritanos”, auténticos representantes de la ética protestante, en donde la formación de un modelo de estado que garantizara el predominio de los verdaderos poderes económicos era su principal objetivo.

El rey, agobiado por la necesidad y el fracaso de su política escocesa, se ve obligado a convocar un nuevo parlamento. En la nueva cámara había representantes de muy variados orígenes, elegidos mediante diferentes modelos e históricos derechos electorales, por supuesto nunca por lo que entendemos ahora como democráticos, y basados más en la tradición. Así había funcionarios locales, comerciantes, juristas, gobernadores y sobretodo nobles del mundo rural (la “gentry”).

Este fue llamado el “Parlamento largo(1640). Pronto se vio lo heterogéneo de la Cámara de los Comunes, con dos grandes bloques, realistas y parlementistas en donde había gran diversidad de posiciones, siendo ésta una de las causas de la división de las clases dominantes inglesas que llevarían a la guerra civil. Mientras el rey, sin casi margen de maniobra, veía como los comunes deshacían la estructura personalista que se había creado. Reformó la recaudación de impuestos reales “injustos” , así como obligar a dimitir a gran cantidad de ministros reales, de los que destacaba Strafford, que fue acusado de contribuir a la creación de un gobierno “tiránico y arbitrario”. Aunque Strafford fue apoyado por la Cámara de los Pares (lores), de la cual salían todos los consejeros reales, al final se vieron obligados, ante la gran presión popular y de los Comunes, a procesarlo. Lo mismo sucedió más tarde con el arzobispo Laud, criticado por intentar eliminar la libertad de las Iglesias protestantes (sobretodo la presbiteriana dominante entre los “puritanos”), intentando transformar el anglicanismo en un modelo parecido al papista. Al final la cámara volvió a tener la potestad de imponer los consejeros reales, mientras Strafford y Laud eran condenados a muerte por traición.

En estos momentos de desconcierto y auténtico miedo del rey, fue también abolida la ley de censura. Esta abolición fue, en mi opinión, la decisión con más trascendencia posterior. La libertad de prensa y opinión produjo una vorágine de ideas hasta sus límites más radicales, y que veremos con más detalle en capítulos posteriores. Además, gran parte del pueblo se empezó a interesar por lo que pasaba en el parlamento, lo que aumentó el interés por lo público de la gran mayoría de la población, que seguía estando excluida de los poderes políticos.

Ya en 1641 el parlamento dictó leyes que obligaban a la convocatoria del parlamento cada 3 años, así como la garantía de que no sería disuelto sin el propio beneplácito de la asamblea, lo que la protegía de las decisiones arbitrarias de los monarcas. También se devolvieron los poderes que habían sido retirados a los gobiernos locales, así como la abolición definitiva de los impuestos navales y sobre el comercio que Carlos había dispuesto años atrás para aumentar sus arcas. Sin embargo, no se quitaron los grandes privilegios de las grandes compañías comerciales, debido a que en el parlamento tenían el apoyo de muchos diputados, que evidentemente tenían intereses económicos en ellas.

Pero fue a partir de aquí cuando el parlamento dejó de intervenir casi unánimemente. Los moderados se habían unido a los radicales para reparar las decisiones reales que habían intentado cambiar el equilibrio entre rey y parlamento, y así restablecer “a personas poderosas por la riqueza y prestigio social” su derecho a participar en el gobierno. A muchos les pareció que las reformas ya eran suficientes, sobretodo cuando los líderes radicales empezaban a apelar a la opinión pública a seguir con reformas, que llegaran más lejos que simplemente volver al antiguo “Status Quo”.

A este principio de desavenencias se unió un problema mayor, la sublevación del Ulster, en donde la mayoría católica se había levantado en armas ante la durísima disciplina aplicada por los ingleses y colonos protestantes que invadían su territorio. Carlos, que había hecho grandes concesiones para conseguir la paz con Escocia, se encontraba de nuevo sin un ejército para repeler la rebelión. El parlamento compiló una serie de leyes, dirigidas por el líder parlamentario John Pym, con la que intentaba la creación de un ejército que fuera controlados por ellos, y no por el rey como había sido tradicionalmente, forma ésta de que luego no se utilizara este ejército contra ellos. Sin embargo, el parlamento ya estaba muy dividido, la mayoría de la Cámara de los Pares, y una importante minoría de la de los Comunes se estaba aproximando al rey ante la radicalización de los acontecimientos. Carlos, animado por estos apoyos, intentó el apresamiento de los líderes del parlamento, sin embargo, estos habían huido a la City. Londres, que ya estaba dominado por las clases medias “puritanas” se sublevó, en enero de 1642 empieza la primera Guerra Civil.

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