GUERRA CIVIL Y ESCRITORES EXTRANJEROS
Segunda parte

Por Lemuel

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4. El católico Paul Claudel –que tenía ya casi 70 tacos al inicio de la guerra civil--, es un caso aparte, singular. Enemigo jurado, qué duda cabe, de la República española, sus simpatías políticas, sin embargo, más que con Franco y los suyos, estaban con la Santa Iglesia en general, y con la española sobre todas las demás: "es, en la extremidad de Europa, la Santa España concentración de la Fe, cuadrada y masa dura, y atrincheramiento de la Virge Madre, última zancada de Santiago..." En carta a André Gide había dicho años antes que “quien ataca a la Iglesia, para mí, es como si golpeara a mi padre o a mi madre”. Casi una cuestión de familia, como puede verse. Y es que Paul Claudel era el "ortodoxo" por antonomasia, portavoz riguroso siempre de las posiciones oficiales de la Iglesia francesa. Ya en su obra más conocida, Le soulier de satin, había dejado muy claros estos fervores eclesiales suyos. En cuanto a su aportación concreta a la literatura de guerra, aunque sea verdad –como escribe Binns— que ha resultado ser la “más importante de un extranjero a favor de los nacionalistas”, no deja de ser sin embargo bastante pobre: una larga oda titulada “Aux martyrs espagnoles” (1937), puesta como prólogo circunstancial a un libro de un tal Joan -–Juan, a partir del 39-- Estelrich acerca de la “persecución religiosa” en la contienda española.

Aparte de por su exagerado clericalismo, el caso de Claudel fue singular sobre todo por el contraste que ofrecía su actitud política con el de los otros tres principales autores católicos franceses de la época: Jacques Maritain, François Mauriac y Georges Bernanos. Al iniciarse la sublevación franquista, como buenos católicos que eran, a ninguno de estos tres le pareció del todo mal la cosa: sólo se trataba, al fin y al cabo, de una nueva cruzada contra los discípulos de Satanás. Sin embargo, ante las espantosas atrocidades cometidas muy pronto por los llamados cruzados “nacionales”, los tres quedaron tan horrorizados que pronto cambiaron de actitud.

Georges Bernanos, un hombre muy de derechas, admirador de José Antonio Primo y simpatizante de la Falange (su propio hijo Yves era falangista), tuvo la rara honestidad de narrar sin pelos en la lengua su estremecedora experiencia como observador de las terroríficas hazañas fascistas en Mallorca, donde el escritor residía desde hacía años. El libro, titulado Les grands cimetières sous la lune, causó una impresión enorme en el público lector, mayor aún que la producida por L’espoir, la gran novela antifascista de André Malraux. No hay que decir lo mucho que se escandalizaron, como puede comprenderse, las buenas conciencias católicas ante tan cruda relación de las atrocidades nacionalcatólicas. La autoridad religiosa, comprensiblemente irritada, amonestó con prudencia no exenta de severidad a aquella oveja descarriada, el hermano Georges, la cual oveja, lejos de retractarse de su testimonio, se reafirmó en él, aunque decidiendo al mismo tiempo desaparecer de la escena pública y trasladarse a una ignota y remota aldehuela sudamericana ubicada entre Brasil y Paraguay. Cuando el hombre murió en 1948, su fama solo pervivía en virtud de aquellos alucinantes “cementerios” españoles suyos, hasta que parte de su obra fue desempolvada y rescatada por su compatriota, el formidable cineasta Robert Bresson.

A Jacques Maritain y François Mauriac, en cambio, lo que más les impactó fue el comportamiento de los suyos, los“buenos”, en el País Vasco, precisamente la parte de España considerada por todo el mundo entonces como la más católica y la más apostólica. Y es que allí, a diferencia del resto de España, como dijo Irujo, ministro de la República, “los clérigos simpatizaban con las instituciones democráticas y republicanas”. Grandísimo pecado en unos clérigos. De modo que, a diferencia también del resto de España, donde la “persecución religiosa” corría a cargo de los “rojos”, en el País Vasco fueron los propios cruzados “nacionales” los que encarcelaban y ejecutaban sin prisa pero sin pausa a curas y monjes. Lo cual, por cierto, a raíz de una de aquellas matanzas sin juicio previo, fue piadosamente justificado en documento público de enero de 1937 por el cardenal Isidro Gomá y Tomás mediante el viejo y muy jesuítico procedimiento de absolver a los verdugos y echar la culpa a los fusilados: “Lamentamos profundamente las aberraciones que llevaron a unos sacerdotes ante el pelotón que debiese fusilarlos; porque el sacerdote no debe apearse de aquel plano de santidad, ontológico y moral, en que le situó su consagración para altísimos ministerios.” (Sic!) ¡Qué lenguaje inmisericorde y cruel, retorcido e hipócrita! ¡Qué cruzada... con la cruz gamada! Curas aberrantes o aberrados, pelotones que debieran o debiesen fusilar, no apearse del plano, ontología y moral, ministerios altísimos...

Nacionalcatolicismo in puris naturalibus.

5. No deja de ser significativo que, en la católica Francia, solo hubiese un intelectual de esa confesión que se pronunciase en todo momento públicamente a favor del alzamiento fascista en España: Paul Claudel. El resto de sus correligionarios sufrieron, en cambio, una dolorosa esquizofrenia ante aquella guerra. Sus corazones estaban sin duda con los franquistas y los nacionalcatólicos, pero sus cerebros se rebelaban ante la inacabable barbarie asesina de que daban muestras aquellas gentes.

Dos de las almas religiosas “ardiendo” -- como diría el rexista belga Léon Degrelle, tan admirado por Marañón--, espíritus consumidos en ese suplicio de equilibristas al borde del abismo, fueron las de los citados Maritain y Mauriac.

En julio de 1937, Jacques Maritain publicó una declaración en la "Nouvelle revue française" en la que criticaba muy ecuánime y ponderadamente “la violencia de los dos lados”.

“Es un sacrilegio --escribía-- profanar los lugares sagrados y el Santo Sacramento (...) y es un sacrilegio fusilar, como en Badajoz, a cientos de hombres para festejar el día de la Asunción, o aplastar bajo las bombas, como en Durango (...) las iglesias y el pueblo que las llena (...), o, como en Guernica, una ciudad entera, con sus iglesias y sus tabernáculos, ametrallando a las pobres gentes que huyen.”

“Los horrores rojos –seguía diciendo--, con lo que han revelado de salvajismo humano (...) y el número de crímenes y expolios debidos a la histeria de las multitudes y a las violencias individuales es, sin duda, mayor de lo que se imagina. [Pero] comienzan a llegar también testimonios sobre el terror blanco, y lo que se sabe hasta ahora permite pensar que alcanza un raro nivel de crueldad y de desprecio por la existencia humana.”

Palo al rojo y palo al blanco, como se ve, lo cual ya de por sí resultaba bastante irritante para los nacionalcatólicos. Pero es que luego añadía Maritain, en el colmo de la indignación:

“Pero, ¡qué! En nombre de la Guerra Santa, aquél [el terror blanco] se lleva a cabo bajo las insignias y los estandartes de la religión, y la Cruz de Jesucristo brilla como un símbolo de guerra sobre la agonía de los fusilados.”

Parecería, por cierto, como si esto le sorprendiera mucho a Maritain, cualquiera diría que un hombre tan culto y tan preparado como Maritain sabía muy poco de la sanguinaria historia de su propia Iglesia, que ignoraba que la Iglesia triunfante se ha erigido desde hace siglos precisamente sobre la muerte y la agonía de los infieles. El caso es que el escritor francés, encolerizado, y dado que seguramente tampoco había oído hablar nunca, por ejemplo, de la terrorífica historia de las Cruzadas cristianas, se negaba virtuosamente a conceder a los autores de las atrocidades franquistas el título de “cruzados”:

“Si se la cree justa, ¡que se invoque entonces la justicia de la guerra que se hace, no su santidad!“ Y en este punto, Maritain proseguía su escrito replicando al dominico español Menéndez Reigada, según el cual, “la Guerra Nacional española es una Guerra Santa, y la más santa que registra la Historia”.

Creo yo, sin embargo, que, desde la óptica católica, ese católico Menéndez resultaba ser bastante más coherente a fin de cuentas que el católico pensador francés.

Por su parte, a François Mauriac le indignaba mucho la actitud inmutablemente profascista del ultracatólico Claudel, para quien en la guerra de España solo parecían existir unas víctimas, los católicos, y unos verdugos, los “rojos”. Mauriac llegó incluso a reprenderle públicamente, aunque sin el menor resultado.

En marzo de 1938, François Mauriac escribía: “Los franceses no saben aún que el mismo espíritu que triunfa en Austria ha triunfado ya en España (...) El pavoroso sincronismo de la entrada de Hitler en Viena y de la victoria de los aviadores italo-alemanes en la frontera catalana, no les ha abierto los ojos.”

Ese mismo mes de marzo, además, Maritain y Mauriac firman un llamamiento del Comité por la Paz Civil y Religiosa en España, en el que protestan contra “los bombardeos aéreos masivos sobre centros de población civil” y denuncian que “Barcelona acaba de ser víctima del más violento bombardeo que se ha llevado a cabo desde que existe el arma aérea”. Tras lo que añaden: “Si bastan razones simplemente humanitarias para condenar tal masacre de no combatientes, esta masacre resulta más repudiable, si ello es posible, cuando los jefes responsables de las operaciones dicen defender la civilización cristiana.” Además de Maritain y Mauriac, entre los firmantes del escrito estaban también Georges Duhamel, Gabriel Marcel, Merleau-Ponty y Monseñor Beaupin.

Acabaré con una cita de Georges Bernanos.

Un ateo mallorquín se dirige a unos cristianos: “Decís vosotros que sois la sal de la tierra. Si el mundo huele tan mal, ¿a quién voy entonces a echar la culpa?”...

Lemuel

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