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El pasado día 13 de marzo tuvo lugar, en Barcelona, la tercera sesión de lectura del libro de Ignacio Rodas El
siglo del comunismo, editado en diciembre de 2004 por www.edicionescurso.com.
El capítulo leído y discutido —«Del capitalismo a la sociedad comunista»— se inicia recordando, en
continuación con los capítulos anteriores, que el comunismo no es ningún ideal, sino «el movimiento» real «que
ineluctablemente conduce» a «la sociedad sin clases» «de la única forma en que es posible»: «abatiendo, en primer
lugar, el órgano de dominación de la burguesía sobre el proletariado que es el Estado capitalista».
Acto seguido, reconoce, ante todo, como fuerza impulsora del movimiento comunista, no a la actividad de los
revolucionarios, por mucho valor y eficacia que ésta tenga, sino al desarrollo objetivo del propio capitalismo con sus
inevitables consecuencias sociales —hoy más a la vista, si cabe, que nunca— de miseria, cada vez más insufrible,
para los explotados.
En este punto, tanto el autor del libro como el resto de compañeros presentes, hicimos hincapié en la importancia
y candente actualidad de la primera conclusión afirmada en el capítulo, a saber, que «a más revolución productiva
contemporánea, más miseria mundial…», y esto no sólo porque la revolución productiva de nuestros días «está
matando de hambre», con toda evidencia, «a la población de la periferia del capitalismo», sino, asimismo, porque«está sumiendo en una miseria rampante (a través del desempleo, la precariedad y la reducción de los gastos
sociales) a las masas explotadas de los países del propio centro del capitalismo».
Como consecuencia de ello —escribe Rodas en su libro, de manera que se nos antoja, a la luz de los hechos,
inobjetable— «si por medio, en lo que hace a la violencia, del antiimperialismo revolucionario y, en lo que hace a la
movilización pacífica, de la presión de la inmigración, los pueblos oprimidos del globo golpean ya las murallas de
las principales potencias capitalistas, estas mismas, en su interior, ven deteriorarse, por momentos, la democracia
burguesa, representativa de la paz social que ha regido, en ellas, desde la última gran masacre mundial imperialista».
En tales coordenadas, la actividad que caracteriza a la vanguardia revolucionaria del proletariado consiste, en
primer lugar, en hacer suyo el legado de las pasadas revoluciones comunistas, cuyo mandato número uno, para la
revolución de mañana —así lo afirma El siglo del comunismo—, pasa, en contra de los cuentos de hadas explicados
por el reformismo de todo tipo —anarquismo incluido—, por la no dilapidación de sus energías, «tratando de
edificar un mundo nuevo, sin antes haberlas concentrado en la liquidación efectiva, y autoritaria, donde pueda
haberla, del mundo capitalista existente».
Escribía Marx, en 1875, en su Crítica al Programa de Gotha, con la que salía al paso del ascenso del reformismo
de su tiempo, que «entre la sociedad capitalista y la sociedad comunista» mediaba «el periodo de la transformación
revolucionaria de la primera en la segunda» y que, en lo político, a dicho periodo «de transición» no le podía
corresponder otro Estado que no fuera «la dictadura revolucionaria del proletariado».
El capítulo que nos ocupa de El Siglo del comunismo se sitúa plenamente en esa herencia revolucionaria que, en
su día, ya llevó a Lenin a declarar que sólo era un auténtico marxista quien reconocía esa necesidad de la dictadura
del proletariado, puesta ya en evidencia por los fundadores del comunismo científico a la luz de la experiencia de la
Comuna de París de 1871. Pero, lejos de conformarse con una mera reivindicación de ese substancial patrimonio
teórico y programático de la clase explotada que constituye la afirmación del derecho y deber de ésta, en su combate
secular por su emancipación y, de la mano de ésta, de la de toda la humanidad, de imponer su dictadura
revolucionaria para aplastar la resistencia de los explotadores, Rodas avanza, sobre bases fehacientes, en las páginas
mencionadas, dos elementos claves para comprender la verdadera naturaleza y alcance de dicha dictadura de las
masas trabajadoras: a) su índole de democracia proletaria, llevada hasta las últimas consecuencias y b) la
estructuración soviética que se corresponde con lo anterior.
En cuanto al carácter de democracia proletaria que informa toda verdadera dictadura del proletariado, ésta
deviene —siempre según El siglo del comunismo— del hecho primordial de que «una auténtica revolución
proletaria sólo puede ser fruto de la acción del conjunto de las masas explotadas», por lo que, en consecuencia, la
dictadura revolucionaria que impone «no puede ser» —jamás— «la dictadura de ningún partido ni de ninguna parte
o fracción del proletariado, sino de la totalidad de éste».
Se desprende de ello el segundo elemento clave, ya apuntado: la estructuración política estatal que, en términos
generales, está llamada a poner en pie dicha dictadura de la clase revolucionaria. Esta estructura —soviética por
cuanto territorial y abierta a la participación de todos los proletarios, al mismo título que cerrada a la de los
explotadores— sólo podrá regirse (en la línea ya trazada por los communards parisinos y los Soviets obreros y
campesinos de la Rusia de Lenin, sobre algunas de cuyas experiencias revolucionarias concretas el presente capítulo
nos suministra información de gran interés) por la más extrema «democracia proletaria» en sus filas, entendida ésta
como «la plena libertad de expresión y representación, en su seno, para todos los proletarios», que adoptan sus
decisiones «a través de mayorías que se comprometen a seguir respetando el derecho de expresión de las minorías, y
de minorías igualmente comprometidas en la aplicación, en la práctica, de las decisiones tomadas
mayoritariamente».
En el transcurso de la discusión quedó claro que, en cualquier caso, esa democracia proletaria que rige los
Soviets, «aun y no siendo la democracia de los ricos, la democracia capitalista —esa que, en el mejor de los
supuestos, concede a los explotados el derecho de decidir, cada cierto tiempo, qué fracción de la clase explotadora
les gobernará—» «no puede ser el objetivo» de ningún revolucionario consecuente, pues, al fin y al cabo, «no deja
de ser una forma de Estado» y, por consiguiente, perteneciente, todavía, a la sociedad de clases. Por tanto —asegura
Rodas— «ese Estado, esa democracia proletaria, revolucionaria, no tiene otro sentido que el de extinguirse, una vez
cumplido su propósito, que no es otro que el de aniquilar, en primer lugar, la fuerza política y militar de la clase
dominante, el Estado burgués, para, acto seguido, pasar, mediante un gigantesco desarrollo de las fuerzas
productivas» «a hacer realidad una sociedad de abundancia que permita abolir el trabajo asalariado y, con él, todo
vestigio, o posible retorno al capitalismo».
¡Pero sostener, a raíz de lo anterior, tal como hace el anarquismo en todas sus variantes, que la revolución
proletaria podría prescindir de imponer su dictadura revolucionaria más que un sueño pueril constituye un auténtico
crimen contra la clase explotada! En el capítulo debatido se dan, al respecto, tres razones, de veras incontestables, «que hacen insustituible la dictadura del proletariado».
La primera de ellas es la necesidad de aplastar la resistencia interna que, en todos los terrenos, llevará a cabo la
clase explotadora del país donde la revolución proletaria haya obtenido su primera victoria… La segunda radica en
las exigencias de victoria en la guerra revolucionaria que, con toda seguridad, se desencadenará como consecuencia
del triunfo revolucionario anterior, hasta destruir la totalidad de los Estados capitalistas del globo… La tercera, una
vez, satisfechas las dos anteriores, será la necesidad de proceder a un desarrollo, de magnitud desconocida, de las
fuerzas productivas que provea la base material sobre la que se formará, en la praxis de la comunidad humana
mundial, la nueva generación que, libre de las lacras del capitalismo, hará realidad finalmente la sociedad
comunista.
Llegados a este punto, los asistentes comentamos vivamente la separación irreconciliable abierta entre, de un
lado, este comunismo de carne y hueso, libre de toda utopía, que conduce del capitalismo a la sociedad sin clases,
mediante la acción «llevada a cabo por los hombres y mujeres reales, explotados y extrañizados, tal como existen en
nuestro mundo burgués», y, del otro, el conjunto de las prédicas reformistas —incluso las más radicales, como las
del anarquismo— que condicionan ilusoriamente la transformación social a la mágica y, en el fondo, religiosa,
producción previa de un «hombre nuevo», un «hombre libre», en la línea del «superhombre» cantado por el filósofo
de cabecera del fascismo, Nietzche.
El capítulo considerado acaba constatando, en suma, con plena justificación, cómo «la utopía ácrata de hacer
realidad la sociedad comunista prescindiendo de golpe de todo Gobierno, de toda subordinación entre las personas»
ha revelado, en el plano histórico de los acontecimientos, su auténtica faz de encubrimiento ideológico de esa fuerza
radical del sistema en que ha devenido, en nuestra época, el anarquismo.
En espera de la próxima sesión de lectura y discusión de El siglo del comunismo —abierta, como todas las
anteriores, a la participación de todo compañero interesado en la revolución— ¡buena lectura comunista!
Ros
Barcelona, a 17 de marzo de 2005
Para todo contacto: marxismo@marxismocontemporaneo.org
www.marxismocontemporaneo.org
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