KASHMIR: TAMBORES DE GUERRA EN EL TECHO DEL MUNDO. (Parte II.)
Por Pausanias el Ácrata

I. LOS ANTECEDENTES.

Dejamos a los ingleses campando a sus anchas en Asia, creando países a su antojo sin atender a culturas, étnias y pueblos, colonizando el mundo en pro de la civilización. Escuadra y cartabón sobre un mapa y unas líneas rectas bastaban para que naciera un país. Luego se implantaba una burocracia gigantesca, el inglés como idioma oficial y se iniciaba una carrera meteórica hacia la mayor extracción de riqueza posible. Riqueza, por supuesto, con un único beneficiario. Los pueblos, las gentes que habitaban los territorios adscritos desde ese momento a la Corona, son tratados despectivamente, con la deferencia que, el que se cree superior, suele mostrar hacia el dominado, el inferior. Tildados de salvajes, ignorantes, bárbaros e incivilizados, son la carne de cañón, el engranaje humano que mueve y sostiene la maquinaria colonial.

Pero como todo imperio, si es que algo nos ha enseñado la Historia, desde egipcios a romanos, aztecas a españoles, incas a mogoles, llega el momento de caer, de desmoronarse para solo dejar un recuerdo. La retirada ante ingratos incivilizados a los que se les ha ofrecido la posibilidad de civilizarse y la han desaprovechado, es dolorosamente humillante. Sin embargo, peores son las consecuencias que deja tras de sí un convaleciente imperio. Sobre ellas vamos a explayarnos en esta segunda parte ya que, considero, son las que han conducido a la tensa situación actual que se vive entre la India y Pakistán y, en especial, ese territorio pequeño y bello que se encuentra atrapado en medio: nuestro protagonista, Kashmir.

En la primera parte de este escrito desarrollé la cuestión hasta el momento de total control del territorio indio por parte de las fuerzas occidentales así como el proceso que llevó a esa dominación inglesa. En esta continuación trataré de los acontecimientos que llevan a la descolonización de la joya de la Corona del imperio colonial británico, el conflictivo y trágico desarrollo de ésta, y el resultado de ella en esa fracción territorial que supone una sangrienta y genocida disputa, consecuencia directa de la acción colonial británica. Sin más preámbulo, vamos allá.

II. LOS DIOSES SE DESPEREZAN.

Demasiado tiempo pasó sin ninguna reacción ante el rodillo colonial británico por parte de la población india. Sin embargo, durante ese lapso de aletargamiento y sumisión se iba gestando un descontento cada vez mayor. El rencor hacia esa élite explotadora se fue incubando bajo la aparente conformidad. Los mecanismos de control ingleses empobrecían cada vez más a una clase baja, campesinos y trabajadores, al tiempo que una elite gobernante y próxima a los ingleses, se enriquecía aprovechando ese colonialismo. Se mantuvieron grandes latifundios en manos de colonos británicos donde hindús y musulmanes trabajaban en condiciones de semiesclavitud. Las manufacturas inglesas invadían la India, en especial telas y tejidos, y desbancaban las locales sufriéndose un paulatino empobrecimiento de la industria hindú. Ese ambiente de enemistad y hostilidad hacia el dominio extranjero tomará forma en la revuelta de 1857.

Conocida en la India como una guerra de independencia, exageración de la que se sienten orgullosos, este motín no pasó de ser una gran revuelta con escasa conexión e ineficaz unión, agravantes que le impidieron llegar a mayor rango. Sin embargo, este hecho de armas, supone un toque de atención a las autoridades coloniales y la Corona británica, hasta ese momento ausente de cualquier resolución que se tratara en la India, se ve forzada a girar su real cuello y prestar atención a aquella rutilante joya que brillaba entre sus colonias en un lejano firmamento de sedas y especias.

La rebelión de los cipayos, nombre con la que se la conoce en honor a las tropas que la protagonizan, tiene unos orígenes menos confusos de los que se nos quiere hacer creer: el descontento de los indios hacia los británicos que les dominan, canalizado a través de los únicos capaces de levantarse en armas. Estos son, los que las tienen: las tropas. El detonante, esa chispa que azuzó el polvorín, un rumor. Entre los hindús se extendió la convicción de que la grasa con la que se engrasaban las balas era de origen vacuno. Entre los musulmanes, se difundió el mismo rumor con diferente animal, el cerdo. La veracidad de esta aseveración es desconocida aunque no sería de extrañar que fuera cierta. Lo importante es que bajo esa excusa late la disconformidad de una gran parte de la población y que, materializada en ese acto de armas, es mostrada a los ingleses. Estos, desconcertados ante lo que nunca imaginaron ni creyeron posible, tardaron demasiado en desmentir el rumor sobre las grasas para la munición y para cuando lo hicieron sesenta y siete batallones de los setenta y cuatro existentes rugían en clamor rebelde que tardó en sofocarse. Se consiguió desarmar a una veintena, pero los cuarenta y siete restantes permanecieron en pie de guerra. El motín se inició en Meerut, cerca de Delhi, y con brevedad virulenta se extendió por el norte de la India. La encarnizada lucha llevó a masacres, matanzas y cruentos enfrentamientos sin que la balanza terminase de inclinarse hacia ninguna de las partes.

Sin embargo, el fracaso de este amotinamiento armado estaba cantado. Fue un acto espontáneo, sin cohesión entre los diferentes grupos rebeldes y, pese a la aparición de brillantes líderes indios, sin fines ni estrategias definidas. La ausencia de premeditación y objetivos comunes abocó esta insurgencia armada a un incierto final ya que no hubo claros vencedores y vencidos. Igual que prendió, se consume la mecha.
Cuando la sublevación amaina, los ingleses se percatan de que la situación dista de ser estable. En tan delicada tesitura tomar represalias hubiera sido contraproducente. Por ello, la Corona británica, consciente de que la venganza ha sido tomada a nivel extraoficial, no promueve mediadas de castigo que solo hubieran agriado más el ambiente ya bastante cargado de rencor y viciado de odio. En segundo lugar, decide eliminar el monopolio que la Compañía ejerce sobre el territorio y pasar a controlarlo directamente.

Con estas dos medidas y acallado el foco de sublevaciones, en un tenso ambiente que precede a la tormenta, se abrió un resto de siglo de rutilante apogeo para la ínsula del Atlántico. El descontento hindú y musulmán seguía palpitando bajo el barniz de orden y seguridad que los británicos se empeñan en extender en la India. Pero no llegó a desembocar en otra insurgencia armada que amenazase el poderío inglés. Además, el gobierno británico, en un intento de atraerse hacia sí a la elite de la India, comienza a abrir cargos en la administración para indios y a incluirlos en los procesos decisorios. Por supuesto, este proceso de falaz democratización no fue más que un revestimiento que permitió mantener el poder y control en la Corona inglesa, la cual orquestaba todos los asuntos económicos y políticos de la colonia asiática.

A principios del siglo XX la oposición al gobierno británico comienza a cobrar fuerza. El Congreso que se creó para otorgar a la India esa comedia de autogobierno se desboca y comienza a exigir una autonomía auténtica. En las calles de la India, fuera de ese Congreso títere que se encabritaba, la gente comenzaba a reclamar el autogobierno con métodos más drásticos alejados del politiqueo propuesto por la aristocracia política hindú y musulmana. Un nuevo líder, Mohandas Gandhi, catalizador de masas y rebelde por antonomasia, se alza contra el colonialismo británico encauzando las voces y actos de millones de indios miserables y famélicos. Los ingleses se empecinaron en mantener la situación bajo control y perpetuar una estabilidad (baste recordar la ignominiosa matanza de Amritsar (1919) donde el ejercito inglés abrió fuego sobre una inerme multitud, amén de encarcelamientos, persecuciones y torturas varias), pero las manifestaciones pacíficas, revueltas, actos violentos y asaltos se multiplicaban en toda la colonia y pronto comenzaron a ceder a la realidad. La insumisión al poder británico era un hecho palpable. Su sueño hegemónico se tambaleaba herido. Había que buscar dignas salidas a una crítica situación. Se planeó un proceso de independencia similar a los seguidos en Canadá o Australia, pero el camino a la liberación se truncó en el conflicto bélico que hemos venido a bautizar como II Guerra Mundial. Los proyectos de autodeterminación del país oriental se estancaron en los archivos de la burocracia de la Corona. Pero el tigre indio ya estaba al acecho desde un siglo atrás y la autodeterminación era su ansiada presa.


Gandhi

III. LOS PRIMEROS PASOS HACIA LA INDEPENDENCIA.

En 1947 Gran Bretaña decide conceder la independencia, siempre vigilada, por supuesto, a la gran joya de su corona: la India. Hasta ese momento, Pakistán y la India habían constituido un mismo país bajo la administración colonial británica. 1945: Sube al poder en Inglaterra, tras las elecciones de turno, por primera vez el Partido Laborista, rompiendo el tradicional bipartidismo anglosajón. Una nueva clase de líder accede al control de la potencia europea. La guerra ha dejado exhausta, como al resto de países beligerantes, a Gran Bretaña y el conflicto indio amenaza con enquistarse, hacerse crónico y terminar de hundir la malparada economía del país. El mito de la supremacía europea ha caído herido de gravedad en el frente. Las colonias se rebelan ante un corrupto domino, hacia unos indignos dominadores que han demostrado ser tan poco “civilizados” como a ellos se les tildaba. En Inglaterra, el nuevo partido en el poder, el Partido Laborista, comienza un boceto de independencia, retomando los paralizados planes anteriores a la Guerra.

Las calles de las ciudades indias son un mar de gente que claman y se manifiestan contra el monopolio y dominio inglés. El Congreso indio emplea todas sus gestiones políticas en acceder a una autodeterminación. Sin embargo, en el interior de la India había surgido un grave problema: la gran minoría musulmana, aglutinada en torno a la Liga Musulmana , liderada por Muhammad Alí Jinnah, se percató de que la India independiente sería una India hinduista. Y no todos los prebostes mantenían el enfoque justo e imparcial del pacífico Gandhi. Otros individuos, en el Partido del Congreso, no estaban dispuestos a compartir el poder que esa élite política india veía en la independencia. Gandhi, al que se le conocía ya con el título de Mahatma (que significa “Gran Alma”) se empeñó y dirigió todos sus esfuerzos y estrategias en mantener al pueblo unido, sin importar religión o clase, en el camino a la independencia (que él entendía, a diferencia de la mayoría de los políticos adinerados del Congreso, como la liberación del pueblo hacia una vida mejor con reparto de tierras, riquezas y dignidad). Pero este objetivo no era compartido por la élite musulmana e hindú, que comienzan una competencia tenaz para alcanzar el gobierno autónomo del macropaís y pasar a ser ellos, los nuevos dirigentes, los británicos contra los que luchaban. Jinnah ya advertía insolente y egoísta: “Tendré una India dividida o una India destruida”. Las elecciones indias revelaron un alarmante crecimiento de las organizaciones comunales, dividiéndose el país por motivos meramente religiosos. Los dos grandes frentes eran constituidos por los musulmanes, una abrumadora masa de almas en torno a Jinnah y la Liga Musulmana, y por otro lado los hindús, mayoría y concentrados alrededor del Partido del Congreso encabezado por Jawaharlal Nehru. Los sihks también toman su parte en el conflicto desmarcándose de ambas posturas y pidiendo su propia patria, la soñada y utópica Khalistán. En un país tan inmenso, con tantas étnias, religiones, idiomas y culturas como el que habían creado a través de las armas los ingleses, un proceso de independencia como el que se avecinaba tenía todos los ingredientes para convertirse en una gran catástrofe. Lamentablemente, las predicciones del pequeño Mahatma no tardarían en cumplirse.


IV. LA AUTODETERMINACIÓN Y EL HOLOCAUSTO.

Los ingleses no sabían por donde abordar el problema. Habían creado un monstruo enorme y ahora no encontraban como neutralizar los efectos de su error. La independencia se retrasaba y, mientras ésta no llegaba, los conflictos en la India se multiplicaban, crecía el derramamiento de sangre y la lucha incoherente entre comunidades. Una misión británica en 1946 fracasó en su intento de acercar las posturas de ambos bandos. El ficticio país que crearan más de un siglo atrás estaba más cerca cada día de una guerra civil. En agosto de ese año, 1946, la Liga Musulmana convoca el “Día de la Acción Directa” que lleva a la matanza de hinduistas en Calcuta. Pronto este acto de insensata violencia es seguido de respuestas no menos cruentas por parte de hinduistas contra los musulmanes. En este caos, los británicos se ahogaban en un mar de oídos sordos, de intransigencias y rencores religiosos absurdos. Todos sus esfuerzos para hacer atenerse a razones a ambas comunidades se estrellaban contra un muro manchado de sangre.

Finalmente, en febrero de 1947, el confuso gobierno británico toma una decisión clave que acercó un paso más el desastre: el entonces virrey lord Wavell sería reemplazado por lord Louis Mountbatten y la independencia llegaría en junio de1948.

La región del Pujab, al norte de la India estaba sumida en una espiral de violencia y en un profundo caos. Bengala, al este, estaba en condiciones similares. El nuevo virrey hizo un intento desesperado de persuadir a las facciones enfrentadas de conceder una independencia con una India unida era más sensato y se evitarían problemas. Pero ambas partes se negaron a transigir y finalmente se toma la decisión a regañadientes de dividir el país en dos, basándose en motivos religiosos: una India hindú y otra India musulmana. Gandhi se mantuvo en su postura, contrario a esta división, prefiriendo una guerra civil a las consecuencias terribles que adivinaba en una escisión en dos países. Dividir el país en dos resultaba ser una labor imposible. Aunque algunas zonas eran claramente hinduistas o musulmanas, otras tenían poblaciones mixtas de igual proporción o eran islas aisladas de una comunidad rodeada de regiones de la otra. Ilustra este hecho el que, después de la partición, India era el tercer país del mundo con mayor población musulmana. Solo Indonesia y Pakistán tienen mayor población islámica.

Para añadir mayores complicaciones a la ya de por sí delicada tesitura, las dos regiones con mayor población musulmana se encontraban en los lados opuestos del país. La escisión crearía un país dividido por una India hostil en medio.

Sin embargo y pese a todas las complicaciones que surgían en torno a la descolonización del gran país oriental, Mountbatten, quizá ansioso por salir de aquella trampa en que se había convertido la India, adelantó la fecha prevista para la independencia. Ésta llegaría el 14 de Agosto de 1947. Tras esta decisión acelerada habían de tomarse numerosas decisiones administrativas, de las cuales piedra angular y de mayor importancia era la ubicación real de la cruel línea divisoria. La responsabilidad del trazado de dicha línea, augur de muerte y catástrofe, recayó sobre un árbitro británico neutral sabedor de los desacuerdos que su decisión traería consigo, amén de los efectos desastrosos sobre las vidas de miles de personas. Como ya se apuntó con anterioridad, las decisiones más difíciles serían en el Punjab y en Bengala, grandes focos de población mixta, musulmana e hindú. Bengala se dividió en dos, una Bengala Occidental, con Calcuta como capital, con mayoría hinduista, las instalaciones portuarias y las fábricas de yute, y una Bengala oriental, que pasó a llamarse Pakistán oriental (más tarde ante la inviabilidad de mantener un país, Pakistán, dividido en dos por una India poco amistosa pasó a convertirse en entidad independiente bajo el nombre de Bangladesh), de mayoría musulmana sin fábricas ni instalaciones portuarias y mayor producción de yute. El mayor problema se dio en el Punjab, donde los antagonismos alcanzaban una exasperación preocupante. Una de las regiones más ricas y fértiles del país daba cabida a un 55% de musulmanes, un 30% de población hinduista y un sustancial numero de todos los sihks de la India. Estos componentes étnicos y religiosos aunados la rivalidad sin precedentes parecían aderezar un conflicto de proporciones épicas. Sin embargo, el baño de sangre fue mucho mayor del que los más pesimistas podían llegar a suponer. El anuncio de la línea divisoria, pocos días antes de la independencia oficial, sesgó el Punjab en dos. Una mitad pertenecería a la India y la otra al país naciente de esa porción india escindida, Pakistán. El Punjab quedó atrapado entre ambos países, y sus dos ciudades más importantes y pobladas, Lahore y Amritsar, quedaron cada una a un lado de la odiosa línea divisoria. Tuvieron lugar masivos éxodos, intercambios de población de un país al otro, musulmanes escapando de la ferocidad hindú hacia Pakistán e hindús y sihks huyendo desesperados del territorio hostil que era Pakistán, hasta hace poco una parte más de la India. Como ejemplo aterrador exponer el caso de Lahore. Ciudad populosa del Punjab era la morada de 1.200.000 habitantes de los cuales 500.000 eran hinduistas y 100.000 sihks. El resto era población islamista. Después del terrible trasvase poblacional de una parte a otra de la línea de división solo quedaban en Lahore entre hindús y sihks unas 1.000 personas.

Durante varios meses el mayor éxodo de la historia de la humanidad se dio en esa remota franja de tierra fértil bañada por el monzón. Trenes atestados de musulmanes escapando al Este eran detenidos y masacrados por muchedumbres hinduistas y sihks en un fervor irracional. Los sihks e hinduistas que buscaban llegar a la India, al Oeste de esa imaginaria línea, corrían igual suerte. El ejército enviado para asegurar el orden demostró no estar capacitado. Los acontecimientos no solo le superaron sino que, olvidando su obligación, se unía a la carnicería salvaje. Cuando el caos del Punjab concluyó, unos diez millones de personas habían cambiado de lado. Los cálculos más moderados arrojan una cifra de 250.000 personas masacradas. La cifra real pudo rondar el medio millón de seres humanos fenecidos en la matanza.

Este fue el saldo que hubo que pagar, causa directa de la acción colonial británica, de las religiones y los fanatismos irracionales que desatan, así como de la irresponsabilidad de esa clase erecta en el poder y perpetuada en él: la clase dirigente. La India accedió a la independencia pagando un elevado precio en sangre y vidas humanas y solo cambió de manos el báculo del poder y la riqueza que este otorga. La nueva clase política que ostentó el recién nacido gobierno autónomo olvidó al pueblo y se convirtió en la oligarquía. No hubo reparto de tierras ni de riquezas. La dignidad de los millones de hindús y musulmanes, sihks y budistas, jainistas, cristianos y judios, e incluso ancestrales zoroastristas, que empeñaron su voz en gritar basta a la colonización británica, a sus privilegios y riquezas exultantes, que clamaron por una repartición justa de tierras y el fin de la explotación que les arrastraba a la miseria, fue sepultada por el ansia y la avaricia de los nuevos dirigentes que bien supieron imitar a sus predecesores en el cargo, los recién expulsados ingleses los cuales cargaban sus últimos pertrechos en las naves que les llevarían de vuelta a su querida Gran Bretaña orgullosos y sabedores de que habían civilizado otra porción de planeta. Gracias a su esforzado quehacer y su laboriosa contribución al desarrollo de los pueblos, la India (al igual que otros muchos lugares que sus pies hollaron) ya nunca sería la misma. ¡Dios salve a la Reina!.

V. KASHMIR: LA INDECISIÓN DE UN MAHARAJÁ .

Y llegamos al fin, tras un más que dilatado, aunque creo justificado, preámbulo introductorio, al vórtice del artículo que durante tantas páginas se ha extendido. He referido aquí todo el proceso de formación de la India moldeada por manos extranjeras, así como su independencia para situar al lector en una posición ventajosa que le permita analizar el problema de Kashmir, conocedor de los acontecimientos que han llevado a colocarla en mitad de un ciclón de violencia y enemistad perpetua. Y es que, a mi entender, dicha situación arranca desde la colonización del país por fuerzas extranjeras que imponen un sistema territorial ajeno a la tradición autóctona y que al retirarse, ya implantado dicho sistema, han dejado abonado el terreno para un caos y una confusión total. El aunar bajo un mismo país (concepto el cual es puramente occidental) tan diferentes culturas, religiones, étnias y gentes, es posible mientras dura un control férreo, una férula poderosa que impide el desmembramiento en diferentes territorios bajo criterios culturales (religiosos, idioma...). Cuando este dominio desaparece todo ese constructo artificial se desvanece y la nueva clase apegada al poder intenta construir su feudo, su país, para perpetuar sus privilegios. Este es el triste caso de Kashmir cuya historia se escribe con sangre.


División de Cachemira

Durante la época de control británico de la India se habían mantenido muchos “principados”. Al escindir la gran India británica en dos (tres realmente), Pakistán Occidental, Pakistán Oriental y la India, los más próximos a la línea divisoria plantearon un tremendo dilema. Este era a qué país unir dichos “principados”. El incorporarlos a Pakistán o a la India se convirtió en motivo de disputa segura y un buen dolor de cabeza para los todopoderosos británicos. Las garantías de una casi total independencia convencieron a la mayoría de los territorios a sumarse a un país o a otro. En el momento de la independencia aún quedaban tres indecisos, de los cuales, como ya habréis adivinado, uno de ellos era Cachemira.

La bella Kashmir, un estado predominantemente musulmán, contaba con un maharajá hinduista. En 1948, este rey hinduista aún no se había inclinado a unirse a un país u otro. Mientras se intentaba decidir, un variopinto ejército pakistaní cruzó la frontera, esa línea divisoria pintada en un mapa por el árbitro inglés, con intención de anexionarse Kashmir sin llegar a un enfrentamiento real entre India y Pakistán. Pero el ejercito pathan, movido por las promesas de botín y riqueza, cometió tantos atropellos y saqueos en su marcha hacía la capital, Srinagar, que la India tuvo tiempo para despachar un contingente nutrido de su ejército hacia dicha ciudad y evitar su captura por los pathanos. El indeciso maharajá, en vista de los recientes acontecimientos, se inclinó por anexionar su reino a la India, decisión que motivó la primera guerra indo-pakistaní.

Las Naciones Unidas intervinieron finalmente para evitar catástrofes mayores y un derramamiento mayor de sangre. Pero pese a intervenciones extranjeras y de organizaciones internacionales, los dos países nucleares mantienen un ojo siempre sobre la zona que constituye una zona de extrema tensión. Con una mayoría musulmana que se siente distante a la India hinduista y sus tradiciones, y unos lazos geográficos con Pakistán, ha surgido en la zona una fuerte guerrilla independentista. Las continuas escaramuzas y batallas han convertido Cachemira en una zona altamente militarizada. La India no cede a las peticiones independentistas del Frente de Liberación de Jammu y Kashmir, y como respuesta a sus atentados y amenazas, arrasa pueblos y aldeas que se supone cobijan guerrilleros. El pueblo, entre dos fuegos, se siente indefenso ante las agresiones indias. Ante la pregunta que todo viajero que consigue llegar a Kashmir les hace, “¿Preferís ser indios o pakistaníes?”, siempre responden con voz baja y temor que ellos son kashmires. Esa voz trémula y asustada es la que debieran escuchar las potencias, sus dirigentes y mandatarios, para acabar con ese perenne conflicto que desangra día a día esa porción de la belleza que hay en este miserable planeta en que nos ha tocado vivir.

VI. ¿LUZ AL FINAL DEL TÚNEL?.

Una vez llegado a este punto uno cree encontrarse en un atolladero. El conflicto parece varado entre dos países con demandas intransigentes, estancado en un barrizal de odios y escaramuzas dentro de una espiral de violencia imposible de frenar. Y, desde luego, parece ser este el destino de este edénico enclave en el techo del mundo de no imponerse la cordura y la sensatez sobre las ansias de dos potencias nucleares.

Tanto la India como Pakistán reclaman como suyo este pedazo de tierra, amparándose ambos en derechos históricos y premisas culturales. En 1991, en Kargil, la situación llegó a la alerta roja, y a tal crispación que se temió un conflicto armado de enormes proporciones. Parece que un contingente del ejército pakistaní cruzó la línea de control (por supuesto Pakistán lo desmiente) y desencadenó un despliegue armamentístico y militar indio sin precedentes. Finalmente, la tensión se distendió y los acontecimientos volvieron a su, por otro lado, siempre turbulento cauce. Una fuerte guerrilla, el Frente de Liberación de Jammu y Kashmir (JKLF), hace frente a un tenebroso ejército hindú siempre expectante y causante, en muchas ocasiones, de tropelías y violaciones de los derechos humanos. Pakistán, con un ojo siempre en la suculenta Kashmir, animando y promocionando las actividades armadas de los kashmires con truncadas intenciones. Un gobierno indio intransigente y cerrado a cualquier negociación que pase por un referéndum para la autodeterminación y cuya postura es respaldada con el envío de más tropas y más muerte a la Línea de Control y a Jammu y Kashmir. Entre ellos, el pueblo. Los civiles hartos de esa muerte diaria, de las tumbas y fosas comunes, del terror que camina junto a ellos a diario y les impide ver ese paraíso que es su tierra y al que así se refirió aquel emperador mogol de cuyo nombre nadie se acuerda. “Si existe un paraíso en la tierra...”

Poca esperanza se puede entrever en esa porción del Himalaya. Los exóticos pueblos que salpican la cordillera más alta del mundo se encuentran atrapados por las pretensiones territoriales de dos titanes nucleares que niegan al diálogo el papel que debiera tener en este drama. El turismo, fuente de riqueza en otras zonas de la misma geografía, huye de este panorama desolado, privando a los pobladores de Jammu y Kashmir de unos ingresos tan suculentos. Pocos turistas pasean por Kashmir. El ejército hindú, apostado entre sacas de arena y metralletas disuade al viajero de acudir a este enclave de magníficos paisajes y naturaleza indómita.

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