“Creo
que puedo afirmar con toda seguridad que nadie entiende
la mecánica cuántica”. Así
de tajante fue en una ocasión el Premio Nóbel
de física Richard Feynman. Y es
que ciertamente, esta teoría fundamental no es una
herramienta sencilla para los físicos, y mucho menos
para las personas que no han dedicado mucho tiempo a estudiarla.
No obstante, cualquiera de nosotros puede hacerse una idea
general sobre este tema.
En
los meses anteriores hemos visto la composición última
de la materia y las interacciones que se dan entre las partículas
fundamentales que la forman. Para acercarse a comprender
el funcionamiento último del universo, hay que unir
a esto las dos teorías que explican y describen el
movimiento de estas partículas como consecuencia
de esas interacciones, y por tanto de toda la materia y
energía que compone el Universo.
El
hecho de que las leyes básicas de la materia sean
las mismas que las de la energía se debe a que Einstein
demostró que ambas son equivalentes, dado que una
se transforma en la otra mediante su archifamosa ecuación
E=MC². (La Energía es igual
a la Masa por la Velocidad de la Luz al cuadrado). Por tanto
las leyes de una valen para otra.
Estas
dos leyes no son otras que la Mecánica cuántica
y la Teoría General de la Relatividad.
Sin darle más rodeos vamos a empezar con la primera.
Muchos son los padres de la mecánica cuántica,
y en esta primera parte vamos a ver algunos de los pasos
más significativos que dieron origen a esta concepción
del mundo.
MAX
PLANCK Y LOS CUANTOS
Todo
comenzó en el año 1900, cuando el físico
alemán Max Planck se enfrentaba
a enormes dificultades para medir la radiación que
emiten los cuerpos negros, los cuales son
objetos teóricos que absorben toda la radiación
que incide sobre ellos y posteriormente la emiten. Un ejemplo
cotidiano aproximado sería un metal al rojo vivo,
que tras recibir mucho calor comienza a emitir luz roja.
Algo parecido a esta luz roja es lo que intentaba medir
Max Planck, pero se encontró con que había
demasiadas variaciones a nivel microscópico como
para calcular la cantidad total con exactitud.
El
paso de gigante que dio Planck consistió en considerar
que la energía no era emitida como algo continuo,
sino que pensó que era mucho más fácil
si se imaginaba pequeños paquetes de energía
saliendo al exterior. Sería algo así como
medir el volumen de un vaso de agua llenándolo de
arroz, sabiendo cuanto granos hay y cuanto ocupa cada uno,
sabríamos el volumen total más fácilmente
que usando el agua para tal fin. Estos pequeños paquetes
de energía fueron llamados cuantos,
y Planck formuló que el tamaño de ellos contaba
con un valor fijo. Este valor se llama ahora Constante
de Planck.
Es
importante tener en cuenta que esto en aquella época
se considero un afortunado artificio teórico, pero
que no se correspondía con la realidad física.
Nadie consideraba aún que realmente la energía
pudiera estar compuesta por pequeños paquetes.
ALBERT
EINSTEIN Y EL EFECTO FOTOELÉCTRICO
Poco
después, en 1905, este genio alemán, mientras
estudiaba la naturaleza de ciertos metales que emiten electricidad
cuando reciben luz, se dio cuenta de que el desarrollo de
Planck le servía también a él, llegando
a la sorprendente conclusión de que se podía
considerar la luz como un conjunto de pequeños paquetes
que golpeaban a los electrones y les hacían abandonar
el metal. Calculó que la energía de los cuantos
de luz (en la actualidad llamados fotones) también
se medía a partir de la constante de Planck
Fue
gracias a este estudio por el que Einstein recibió
el Premio Nóbel, por la descripción del llamado
efecto fotoeléctrico, el cual ahora
utilizamos en aparatos como placas solares o células
fotoeléctricas, siendo el silicio
el mejor material fotosensible utilizado.
NIELS BOHR Y EL ÁTOMO
Por
su parte, el danés Niels Bohr, en
el año 1913, encontró otra interesante “coincidencia”
en la naturaleza relacionada con la constante de Planck.
Se hallaba estudiando la naturaleza del átomo, concretamente
del átomo de hidrógeno, por ser el más
simple y tratarse de un campo nuevo en su época.
Un
átomo de hidrógeno consta de un electrón
que gira alrededor de un núcleo compuesto solamente
por un protón. Bohr propuso que cada electrón
podía orbitar a distintas distancias de su núcleo,
dependiendo de lo caliente que se hallara el gas. Pero lo
realmente importante era que estas distancias no podían
ser cualesquiera, sino que eran proporcionales a múltiplos
enteros de la constante de Planck.
Una
vez más esa constante, que aún se consideraba
un artificio matemático, venía ligada a un
fenómeno natural a escala minúscula.
LOUIS DE BROGLIE Y LA DOBLE CONDICIÓN DE
LA MATERIA
El
siguiente avance esencial vino de mano del francés
Louis de Broglie, quien en 1924 expuso su tesis
doctoral, en la cual propugnaba que el electrón en
movimiento tenía una doble naturaleza: por un lado
era una partícula, pero también presentaba
las características de una onda. Para ello partió
de la explicación cuántica de Einstein sobre
la luz y vio que se podía aplicar a cualquier tipo
de cuerpo, no sólo a los paquetes o cuantos de luz.
En
1927 se llevó a cabo un experimento cuyo resultado
se ajustaba a esta hipótesis. Se comprobó
que los electrones experimentan difracción,
una característica de las ondas. Este fue el primer
paso para comprender que la materia tiene una doble naturaleza:
onda y partícula, así como que las ondas presentan
también comportamiento de partículas.
Es
lo que se llama dualidad onda partícula,
y no sólo se da en los electrones y demás
partículas subatómicas, se cumple en cualquier
cuerpo, desde un balón de fútbol, pasando
por una persona o un edificio, y hasta los planetas o el
Sol. Lo que ocurre es que la longitud de onda
es menor cuanto mayor es el objeto, y por tanto es inapreciable
a escala mayor que la de los átomos.
Estas fueron las bases más importantes para lo que
vino después, la elaboración de una teoría
llamada mecánica cuántica, y en la que profundizaremos
el mes que viene.
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