A
principios de 1971, Heberto Padilla, un escritor, fue detenido
por las autoridades cubanas. Imagínese la tremolina
o algarabía que se organizó en el nutrido
gallinero de la progresía internacional. Antes de
conocer las posibles razones explicativas del hecho (pues,
quién sabe, quizá el hombre se había
cargado en un pronto a su mismísima mamasita), y
teniendo solo en cuenta que se trataba de un poeta, de un
hombre de espíritu, de un delicado artista u orfebre
de la verba, 54 intelectuales europeos e hispanos, convocados
con admirable presteza por el español Juan Goytisolo,
elevaron sus bien timbradas voces suscribiendo una educada
carta de protesta dirigida a Fidel Castro Ruz. Entre los
firmantes figuraba Julio Cortázar.
La
cosa se complica notablemente cuando poco después,
el 29 de abril, y ya en libertad, Heberto Padilla, cuyo
delito es por lo visto de índole política,
comete el desafuero de autocriticarse, así, sin más
ni más, ante sus pares de la UNEAC. La escandalera
internacional alcanza entonces proporciones poco menos que
homéricas. El tono de la protesta se agría,
las voces de indignación rozan ya la histeria. Y
esta vez, no son solo 54, sino hasta 62 los prestigiosos
representantes de la "intelligentsia" mundial
que firman una Carta (ahora "abierta", publicada
en el parisino "Le Monde") dirigida al Comandante
Fidel Castro, cuyo texto empieza: "Creemos un deber
comunicarle nuestra vergüenza y nuestra cólera".
Este escrito no lo firma Cortázar.
Con
la perspectiva de los años transcurridos, resulta
apasionante volver hoy a repasar los datos de aquella polémica
intelectual, de aquel episodio de la lucha de clases librado
en el plano de la ideología. Como es natural, los
airados críticos de la Revolución,
guardianes intransigentes del tarro de las esencias, sacaron
a relucir la siempre muy demoledora acusación de
"estalinismo": era evidente que un intelectual
como Padilla jamás habría caido en la ignominia
de autocriticarse si no hubiese sido por las brutales torturas
a las que sin duda había sido sometido en las ergástulas
del castrismo. Los Goytisolo, Vargas Llosa, Carlos Fuentes
y demás volvían a entonar el célebre
ritornello del rezongo en su tiempo modulado por el exquisito
Ortega y compañía con respecto a nuestra República:
"¡No es eso, no es eso!" Juan Goytisolo
sacaba a la palestra la inexistente autoridad moral de Teodoro
Petkoff (véase en la Red de qué pájaro
se trata), Fuentes decía que el de Cuba no era el
socialismo con que él soñaba (su socialismo
soñado se materializaría luego para su gran
satisfacción en España con el amigo Felipe
González y los GAL), y en
cuanto a Vargas Llosa... Aún hoy emociona leer la
maravillosa respuesta de la heroica Haydée Santamaría
a una impúdica misiva que le había remitido
el tal Vargas.
"¡Menos
cólera y más vergüenza!", exclamaba
en un artículo memorable el uruguayo Mario Benedetti.
Junto con él (y mientras García Márquez
recurría a su vieja táctica del sí-pero-no:
un pie en el agua y otro en tierra, por si acaso), alzaron
sus voces solidarias con la Revolución gentes como
Juan Carlos Onetti, Salvador Garmendia, Alfonso Sastre,
Rodolfo Walsh, Idea Vilariño, Luigi Nono, Carlos
Droguett, etc., etc. Además, claro está, de
Julio Cortázar. Pues, en vez de adherirse a la segunda
carta, tal como le propuso cariñosamente Juan Goytisolo,
el gran cronopio optó por dar a luz uno de los más
bellos y vigorosos textos de denuncia política anticorporativa
(contra los que él llama "liberales a la violeta")
que se han escrito nunca. Su título: "Policrítica
en la hora de los chacales". El extenso poema
venía acompañado de una explicación
del título: "Hablando de los complejos problemas
cubanos, una amiga francesa mezcló los términos
crítica y política, inventando la palabra
policritique. Al escucharla pensé (también
en francés) que entre poli y tique se situaba la
sílaba cri, es decir, grito. Grito político,
crítica política en la que el grito está
ahí como un pulmón que respira; así
la he entendido siempre, así la seguiré sintiendo
y diciendo. Hay que gritar una política crítica,
hay que criticar gritando cada vez que se lo cree justo:
sólo así podremos acabar un día con
los chacales y las
hienas."
POLICRÍTICA
EN LA HORA DE LOS CHACALES [fragmento]
De
qué sirve escribir la buena prosa,
De qué vale que exponga razones y argumentos
Si los chacales velan, la manada se tira contra el verbo,
Lo mutilan, le sacan lo que quieren, dejan de lado el resto,
Vuelven lo blanco negro, el signo más se cambia en
signo menos,
Los chacales son sabios en los télex,
Son las tijeras de la infamia y del malentendido,
Manada universal, blancos, negros, albinos,
Lacayos si no firman y todavía más chacales
cuando firman,
De qué sirve escribir midiendo cada frase,
De qué sirve pesar cada acción, cada gesto
que expliquen la conducta
Si al otro día los periódicos, los consejeros,
las agencias,
Los policías disfrazados,
Los asesores del gorila, los abogados de los trusts
Se encargarán de la versión más adecuada
para consumo
de inocentes o de crápulas,
Fabricarán una vez más la mentira que corre,
la duda que se instala,
Y tanta buena gente en tanto pueblo y tanto campo de tanta
tierra nuestra
Que abre su diario y busca su verdad y se encuentra
Con la mentira maquillada, los bocados a punto, y va tragando
Baba prefabricada, mierda en pulcras columnas, y hay quien
cree
Y al creer olvida el resto, tantos años de amor y
de combate,
Porque así es, compadre, los chacales lo saben: la
memoria es falible
Y como en los contratos, como en los testamentos, el diario
de hoy con sus noticias invalida
Todo lo precedente, hunde el pasado en la basura de un presente
traficado y mentido.
Entonces no, mejor ser lo que se es,
Decir eso que quema la lengua y el estómago, siempre
habrá quien entienda
Este lenguaje que del fondo viene,
Como del fondo brotan el semen, la leche, las espigas.
Y el que espere otra cosa, la defensa o la fina
explicación,
La reincidencia o el escape, nada más fácil
que comprar el diario made in USA
Y leer los comentarios a este texto, las versiones de Reuter
o de la UPI
Donde chacales sabihondos le darán la versión
satisfactoria,
Donde editorialistas mexicanos o brasileños o argentinos
Traducirán para él, con tanta generosidad,
Las instrucciones del chacal con sede en Washington,
Las pondrán en correcto castellano, mezcladas con
saliva nacional,
Con mierda autóctona, fácil de tragar.
No me excuso de nada, y sobre todo
No excuso este lenguaje,
Es la hora del Chacal, de los chacales y de sus obedientes:
Los mando a todos a la reputa madre que los parió,
Y digo lo que vivo y lo que siento y lo que sufro y lo que
espero...