TANTUM RELIGIO...

Por Lemuel

Entre finales del siglo III y principios del IV, la semilla pacientemente sembrada con los sinópticos y por Pablo da sus más granados frutos, y el cristianismo experimenta una tremenda, sustancial metamorfosis. De confusa expresión supesticiosa, o religión, de los pobres, de los esclavos, de los oprimidos, pasa a convertirse ya francamente en su contrario, es decir, en elaborada doctrina ideológica refrendadora de la pobreza, de la esclavitud y de la opresión. Con Galerio, Licinio y Constantino, la consolidada Iglesia episcopal sella con el Estado una estrecha alianza que se prolongará ya para siempre. En agradecida correspondencia al así llamado "edicto de Milán", los obispos decretan en Arles (314) la fulminante excomunión y condena eterna de todo rebelde contra la autoridad política constituida. (Pues, ¿no había dicho acaso Pablo que "quien resiste al poder, resiste al orden establecido por Dios"?) A partir de entonces, el énfasis doctrinal se pondrá cada vez más en "amar al enemigo", en "presentar la otra mejilla", en obedecer al soberano y en aceptar con pía mansedumbre cualesquiera injusticias que se nos tengan reservadas en este triste valle de lágrimas. Cierto, el cuerpo mortal del cristiano seguiría, así pues, como siempre, sometido a incontables calamidades y desventuras mundanas, pero, en compensación, la nueva religión abría para todos los buenos la exaltante, magnífica perspectiva de la "beatitudo in caelo". En versión evangélica: "Beati pauperes spiritu!"

Lo expresó muy bien el alemán Karl Kautsky, cuando aún no era un renegado del marxismo: "La comunidad cristiana victoriosa fue en todos los aspectos exactamente opuesta a aquella fundada tres siglos antes por los pobres pescadores y campesinos de Galilea y por los proletarios de Jerusalén. El Mesías crucificado fue convertido en el más firme soporte de aquella sociedad infame y decadente que la comunidad mesiánica había esperado que él destruiría hasta los cimientos."

Si desde Pablo la lucha, tantas veces feroz, entre orthodoxía y haíresis (representada esta última por gnósticos, maniqueos y demás) había revestido un carácter sobre todo ideológico, dialéctico, desde 313 tal lucha pasa a convertirse rápidamente en guerra cruenta, dada la nueva correlación de fuerzas y el hecho decisivo de que, a partir de entonces, la parte más fuerte contaba, además, con un muy contundente y expeditivo "brazo secular". Los sempiternos llamamientos episcopales a la obediencia, a la docilidad y a la resignación cristianas ven ahora multiplicado su poder suasorio merced al generoso recurso a la tortura y la pena de muerte.

Aunque ya se practicaba mucho antes de su nacimiento, uno de los primeros en argumentar la necesidad del tratamiento violento, e incluso el exterminio físico, de los herejes y otros enemigos de Cristo fue Agustín de Tagaste (354-430), doctor y padre de la Iglesia. Sucesivamente maniqueo, escéptico y neoplatónico en su juventud, obsexo siempre ("¡hacedme casto, Señor, pero aún no!", gemía el buen hombre), Agustín pasaba de los treinta años cuando se le abrieron los ojos y se hizo cristiano. Su madre, Mónica, mujer de armas tomar, no fue por lo visto ajena a tal conversión.

No voy a detenerme a comentar aquí los aspectos propiamente filosófico-teológicos de este gigante doctrinal. Para los propósitos de esta nota, me bastarán dos rápidas citas de su majestuosa "Ciudad de Dios". En XIX, 5 podemos leer que "Dios ha introducido la esclavitud en el mundo como castigo al pecado; querer abolirla sería por lo tanto levantarse contra su voluntad". Reflexión, como se ve, que no es grano de anís ni pelo de gorrino. En XIV, 24, por otro lado, hallamos un pasaje que Barrows Dunham no dudaba en considerar como "lo más notable, en conjunto, de la historia de la filosofía". Lo resumo un poco: "Determinados hombres tienen una constitución muy diferente de la de los demás, y poseen algunas facultades notables y poco comunes para hacer con su cuerpo lo que otros hombres no pueden (...) Hay personas que pueden mover las orejas, bien una tras otra, bien ambas a la vez. (...) Otros (...) pueden tirarse pedos continuamente, ad libitum, al punto de producir el efecto de que están cantando..."

En fin, saliendo a la superficie, digamos que, en su denonada lucha contra los herejes (maniqueos, donatistas, arrianos, nestorianos, pelagianos, e tutti quanti), el ya obispo de Hipona, tras una primera fase en la que trató de "convencer" a aquellos desventurados, pasó hacer uso de una así llamada "temperata severitas" antes de decidirse francamente por el palo y tentetieso, es decir, por la aplicación de la tortura y la pena de muerte. De hecho, fue el primer ideólogo de la Inquisición cristiana (el ideólogo de una proyectada Inquisición pagana fue, dicho sea de paso, su maestro Platón). La tortura, argüía el obispo, solo causa daño a la carne humana, ese pecaminoso "calabozo del alma". Por otro lado, mejor era quemar a un hereje que abandonarle a la posibilidad de "anquilosarse en los errores". Castigar la herejía no es maldad, dice Agustín, sino un "acto de amor". (En este tipo de sutilezas amorosas y disquisiciones neumatológicas, el de Hipona se halló muy bien acompañado por otro santo contemporáneo suyo, también muy celebrado, un tal Jerónimo, que en nombre de la salvación del alma, exhortaba por ejemplo a liquidar a un tal Vigilancio, presbítero de Aquitania. Mientras tanto, otros obispos optaban por dejarse de monsergas teológicas y pasar directamente a la acción, como el buen Cirilo, verdugo de Hypatia. Aunque sobre este caso no voy a insistir, pues al parecer no es de muy buen gusto recordarlo: ya al pobre Gibbon le pusieron a caer de un burro por sacar a relucir el asunto. Et pour cause!)

El caso es que en 382, Teodosio I ("el Grande", como enseguida le apodaron las gentes de iglesia), a instancias de Agustín y otros santos prohombres, suscribió contra maniqueos y paganos varios enérgicos edictos en los que se contemplaban condenas a muerte y confiscación de bienes. La ley obligaba a nombrar jueces de instrucción (i. e., inquisidores) y agentes secretos delatores (i. e., "familiares" o malsines). Se creaba así, pues, el prototipo de la futura Inquisición. Apenas alboreaba el feudalismo, y ya la Santa Iglesia caminaba a paso firme, recio el ademán y en lo alto las estrellas...

"Tantum religio potuit suadere malorum!", había escrito mucho antes el inmortal Lucrecio. O sea: "¡A tantos crímenes pudo inducir la religión!"

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