Entre las diversas dificultades que afronta la exploración espacial, una de las principales viene dada por el elevado coste que supone sacar objetos de la Tierra. Vencer la gravedad requiere de una gran cantidad de energía, y encontrar un modo barato de hacerlo podría suponer el principio de una nueva era en este campo.
Hasta ahora el único método factible viene dado por la propulsión a chorro, una tecnología que revolucionó el transporte mundial al aplicarse a los aviones comerciales, sin embargo, el combustible necesario para sacar un objeto de orbita es considerable, y no hay margen de mejora mientras no tengamos energías alternativas, lo cual parece ir para largo.

Propulsión a chorro
Hay estudios que sugieren que usar un cañón para sacar naves de la Tierra, tal y como imaginó Julio Verne, sería considerablemente más barato que la propulsión a chorro. Pero el empuje inicial necesario para lograrlo destruiría un cuerpo humano, y su uso para impulsar al espacio otro tipo de carga también presenta inmensas dificultades técnicas.
Por tanto, lo más barato y factible en los próximos años para disponer de un método que nos permita vencer la gravedad terrestre es algo tan simple como un ascensor.
Este ascensor consistiría en una estación espacial unida a una base terrestre, mediante cables por los que sería transportada una cabina de subida y otra de bajada. Funcionaría de modo similar a un funicular: el típico modo de transporte utilizado en las grandes pendientes, en el que un vagón sube mientras otro baja por unos raíles, de forma que el peso del primero ayuda a subir el segundo, mientras el que sube contribuye a frenar al que baja.

Uno de los funiculares de la ciudad de Lisboa
La diferencia entre el ascensor espacial y el funicular la hallamos en el cable. Es evidente que el ascensor requiere de unos cables tremendamente más resistentes, y es esta la única tecnología que nos falta por desarrollar, puesto que los demás componentes son factibles ahora mismo. No obstante, quizás nos hallamos más cerca de lo que puede parecer.
Según Bradley C. Edwards, quien dirige el principal proyecto sobre el tema, financiado por la NASA, el ascensor espacial podría ser una realidad en un plazo de 15 años y su coste resultaría ser mucho menor que la Estación Espacial Internacional. La resistencia del cable quedaría resuelta empleando nanotubos de carbono.

Representación del ascensor espacial recreada por la NASA
Se llama nanotubos de carbono a un material de última generación consistente en diminutas láminas enrolladas sobre sí mismas, a partir de los cuales se puede fabricar objetos de extraordinaria dureza, tanta que en teoría sería candidato ideal para el cable de 100000 kilómetros necesario en el ascensor.
Sin embargo, Nicola Pugno, de la Escuela Politécnica de Turín, asegura que un método desarrollado por él, destinado a medir la dureza de los materiales, muestra que la elaboración de un cable de tal longitud contaría solamente con un 30 por ciento de la resistencia prevista, a causa de inevitables defectos microscópicos de fabricación.
Tal vez Edwards sea demasiado optimista o tal vez Pugno excesivamente pesimista, y no cabe duda de que aparecerán problemas durante el desarrollo de un proyecto basado en tecnologías tan de última hora. Pero es posible que en un futuro muy cercano, a este ritmo antes de que yo tenga ascensor en mi piso, asistamos al despliegue de esta impresionante obra de ingeniería que abriría una nueva era en nuestro acceso al espacio.
Mientras tanto, podemos conformarnos leyendo obras de ciencia ficción en las que el ascensor espacial juega un papel importante, entre las cuales recomiendo, por este y muchos otros elementos, la Trilogía de Marte, de Kim Stanley Robinson.