GUERREROS
Y CAMPESINOS
Parte VI. El
Señor feudal
Por Heródoto
el Rojo
Durante el Siglo XII los grandes
señores se dieron cuenta que sería más
rentable para ellos reducir las cargas señoriales sobre
los campesinos. Esta pequeña independencia estimulaba
su producción, y de forma indirecta los beneficios
del propio señor.
Hubo varias formas de aplicar esta interesada
libertad. La colonización y roturación de nuevas
tierras en sus dominios aumentaban su poder, a cambio, el
campesino se convertía en el propietario de la tierra,
es decir, libre de censos. Este caso no era muy común,
aunque sí novedoso.
Muchas veces la lucha entre señores
por dominar más tierras y campesinos redundaba en beneficios
para estos últimos. Los campesinos ganaron poco a poco
parcelas de libertad, ahora bien, en la Edad Media el término
Libertad era entendido más como Privilegio que como
el significado que le damos actualmente.
El señor acotó su arbitrariedad
con el fin de ganarse la confianza de familias de campesinos,
con lo que aumentaba su poder, pues el poder fiscal se mantenía
en la mayor parte de sus tierras, aunque ahora de una forma
más regulada y eficaz.
Los señores aflojaron su presión
sobre sus campesinos pero no dejaron de apoderarse de la mayor
parte de sus excedentes, ahora, sin embargo, la tomaban de
otra forma.
1.- La economía
del “Despilfarro”
El principal interés del señor
era aumentar sus rentas para gastarlo en todo lo que supusiera
expresar su poder y diferenciación del “vulgo”.
Ser rico en el siglo XII significaba que había que
gastar sus riquezas con los “amigos” y familiares.
Esta “economía” de consumo se localizaba
en torno a la “Corte”, en donde residía
el señor y cuya mayor gloria era repartir el máximo
de placeres terrenales a sus huéspedes e invitados,
un centro de emulación, en donde cada uno rivalizaba
en el despilfarro, cuanto más despilfarro, más
importante se consideraba el señor.
También la Iglesia se llevaba una buena
parte, pues había que tener a Dios contento.
Destaca en esta época sobremanera que
la caridad se institucionalizó, imprescindible para
el prestigio del señor en su feudo. El granero señorial
se abría muchas veces a los pobres, y las limosnas
llevaron la moneda hasta los estratos más bajos.

Representación
de unos nobles en sus fortificaciones de la ciudad.
Este despilfarro se mantenía
con unos materiales de lujo que eran imposibles de conseguir
en la mayoría de los señoríos, sobre
todo rurales.
Aparece también
“la moda”, forma inequívoca de diferenciación
social.
Todos estos productos
de lujo se tenían que comprar fuera, lo que hacía
imprescindible la figura del mercader.
La progresiva riqueza y nivel de vida de los
señores feudales hizo que el comercio de ciertos productos
fuera un gran negocio, de hecho era el único comercio
rentable: suministrar a los señores sus elevadas necesidades.
2-. La expansión
de las ciudades y el comercio
Los grandes señores
empezaron a tener, y desear, residencias en las ciudades.
En ellas era más fácil de controlar la recaudación
de todas las tierras de los alrededores, lo que llevó
a estos asentamientos muchos de los excedentes del campo.
Los señores, tanto laicos como eclesiásticos,
gastaban mucho más ahora en las ciudades, tanto en
la construcción de palacios e iglesias como en su inevitable
tendencia al gasto.
Así, empezaron
a desarrollarse unas actividades que hacía siglos que
eran marginales, el comercio y la artesanía. Esto atrajo
a nuevas personas, no siempre “libres” de cargas
señoriales, que se empezaron a establecer en los alrededores
de las ciudadelas, en lo que luego se conocerían como
“burgos”. La función de los “burgos”
era la de abastecer y aprovisionar a la “corte”
del señor. El crecimiento de estas nuevas urbes era
proporcional al poder del señor que residía
en esa ciudad. Las principales actividades que se desarrollaron
fueron, al principio, los oficios del pan, la carne, el cuero
y el hierro. Muchas veces los artesanos producían más
de lo que necesitaba el señor, lo que les permitía
poder venderlo a los campos circundantes, esto hizo aumentar
el comercio comarcal.
Había dos productos
que ningún señor podía prescindir: el
vino y telas de calidad.
Aunque casi todos los grandes dominios y ciudades
tenían viñas, de hecho aumentaron considerablemente
en esta época, el señor siempre quería
tener los mejores caldos para sus invitados, lo que provocó
que las zonas mejor preparadas para dar vinos de calidad se
especializaran en la vid, el campesino de viñas era
considerado más un artesano que un simple campesino,
residiendo la mayor parte de las veces en ciudades.
Es en esta época cuando ya empiezan
a destacar los vinos de Borgoña y el Rin.
Respecto a los paños
sucedía algo parecido, si bien en la mayoría
de las ciudades existía un artesanado especializado
en la fabricación de telas, éstas no solían
colmar los exquisitos gustos señoriales. Su pasión
por la máxima calidad y diferenciación social,
hizo destacar sobremanera a la región de Flandes. Fue
en esta zona cuando, hacia el siglo XI, se fue sustituyendo
el telar vertical, éste era de uso prácticamente
femenino, dando unas telas anchas y cortas. Sin embargo, el
telar horizontal se convirtió en un útil masculino,
como el arado, pues también requería un mayor
esfuerzo físico. Con este telar se producía
hasta cinco veces más que con el anterior, dando una
tela estrecha y larga, lo que era ideal para el transporte
en grandes cantidades, además, con la técnica
del batanado se conseguía unas telas de mucha más
calidad.
Como ya hemos comentado,
este comercio fue posible por los mercaderes. Las expediciones
comerciales seguían siendo peligrosas, por lo que muchas
veces se formaban “fraternidades”, donde se regulaban
en estatutos normas tales como las armas que debían
llevar, la prohibición de abandonar la caravana, la
ayuda mutua, e incluso el traslado del cuerpo de un compañero
muerto en la ruta.
La actividad era peligrosa pero ofrecía
grandes ganancias en poco tiempo.
El vigor de estas nuevas
actividades atrajo todavía a más campesinos
hacia la ciudad, que pronto encontraban trabajo. Así
la ciudad fue el centro que absorbía los excedentes
agrícolas y humanos del campo.
Pronto aparecieron las
primeras disputas entre los señores y los “burgueses”,
las ansias de libertad de las corporaciones municipales estaban
en contraposición total con la servidumbre señorial,
lo que muchas veces se convertían en auténticas
revueltas de las ciudades contra sus señores. Al final
casi siempre se llegaban a acuerdos o pactos, en los que se
solía ceder pequeñas parcelas económicas
a los municipios. Evidentemente estas reclamaciones irán
a mayores a lo largo de los años, pues las ciudades
se convirtieron en el principal ingreso de los señores,
frente a los anhelos burgueses de conseguir ser una “ciudad
libre” (de cargas señoriales).
3.- El modelo
eclesiástico.
Ya hemos comentado en
varias ocasiones como la alta jerarquía de la Iglesia
actuaba como cualquier señor feudal. De hecho, al ser
prácticamente los únicos que utilizaban la escritura
de forma habitual, sus actividades son mucho más conocidas
que las de los señores laicos, en especial el de los
monasterios benedictinos, que en esta época dieron
un significado muy especial al “Ora et laborat”.
Como norma general la
idea era que los monjes debían estar sólo preocupados
de su vida espiritual, para lo cual debían desentenderse
de las preocupaciones terrenales, es decir, aprovisionarse
lo mejor posible de víveres y dinero y así dedicarse
de pleno a su Dios.

Construcción
de una Catedral
Esto, en la práctica, significaba que
los dominios de la Iglesia (tan poderosos y extensos como
los laicos), se convertirían en explotaciones económicas
para asegurar su “modo de vida”.
Así, se contrataban
los servicios de administradores, que se encargaban de la
explotación del monasterio y sus tierras.
Un caso típico
y bien registrado en esta época fue el monasterio de
Cluny, con una interpretación de
la regla benedictina que incitaba al gasto, de una forma muy
parecida a la de los señores laicos.
Para ellos era preciso
exaltar la gloria de Dios, se necesitaba reconstruir todos
los lugares en los que se veneraba al señor, con grandes
decoraciones y riquezas. Además, los monjes necesitaban
dedicarse plenamente al “oficio divino”, para
lo que requerían alimentos selectos y ropa adecuada
a su cargo. El trabajo manual que predicaba la norma quedó
en un acto casi simbólico. Los obispos y altos cargos
disponían de una escolta de soldados que muchas veces
sobrepasaban a los otros señores laicos.
En estos monasterios y abadías se producía
como en cualquier dominio, su economía se basaba en
el cobro de censos y rentas de la tierra, así como
de las grandes donaciones. Todo esto llevó a un uso
y gasto del dinero comparable a cualquier señor, lo
que muchas veces llevó al endeudamiento de las abadías.
Pronto aparecieron voces
disconformes con esta actitud, con peticiones de volver a
las reglas primitivas y condenando el gasto excesivo. La nueva
orden del Cister (cistercienses) renunciaba
a vivir del trabajo ajeno, por lo que dejaban entrar a sus
congregaciones a “conversos”, es decir, monjes
que se dedicaban solamente al cultivo de la tierra. Es en
esta época cuando también aparecen los primeros
movimientos heréticos, que más tarde se convertirán
en grandes herejías como la “cátara”.
Así entramos en la Baja Edad Media,
con un despegue económico basado en la agricultura,
pero en donde el uso de la moneda cambiará la estructura
social en pocos años. Pronto destacarán las
ciudades italianas, en donde el comercio y los gremios artesanales
las harán avanzar hacia una nueva economía,
pero eso es otra historia.........
Así lo vi, así
os lo cuento.
Quiero dedicar estos
artículos sobre la Alta Edad Media al historiador George
Duby, auténtico inspirador y alma de estos
párrafos, y con el que descubrí la importancia
de entender la vida económica y social de nuestros
antepasados.
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