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En Yaxchilán se conjugan dos constantes de todo el mundo maya, a saber, la guerra y las alianzas matrimoniales de elite. Mención aparte merece a su vez la religión, motor generador y directriz de toda la vida clásica de las sociedades mayas, así como la arquitectura y el arte.
La escultura del sitio es una de las más ricas y sin parangón en todo el Mayab. Su temática hace continua referencia a contiendas militares, prisioneros y rituales propiciatorios. Entre estos últimos encontramos principalmente sangrías y rituales de visión, amén de algún oscuro rito de traspaso depoderes y ungimientos para la batalla.
Los reyes de Yaxchilán acompañaron sus nombres en las listas regias de los dinteles y la Escalera Jeroglífica 1 con glifos correspondientes a otros personajes de elite. En un principio se creyeron estos individuos visitas de alcurnia de diversos señoríos a la corte del reino del Usumacinta (Schele y Mathews, 1991). Hoy día se sabe a ciencia cierta que estos nombres glíficos que acompañan a los de los ahawob de Yaxchilán eran prisioneros de guerra y no embajadas como se pensara al comienzo. La perpetuación de los nombres de los cautivos, insculpidos en los peldaños de la escalinata, supone una humillación constante al ser pisados a diario por los pies regios de los señores del centro. Como ya se indicó anteriormente, este afán guerrero en las esculturas llevó a considerar a Yaxchilán como una importante potencia, cabecera de un amplio espacio. Sin embargo, un estudio más pormenorizado del arte lapidario del lugar extrajo conclusiones diferentes, actualmente más aceptadas.
Por lo que se desprende de los primeros cautivos de los ahawob del Clásico Temprano, eran personajes de centros secundarios, de escasa importancia. De hecho, muchos de ellos ni siquiera fueron ahawob sino sahalob y personajes secundarios del entramado político de la región. No será hasta el sexto gobernante, K’inich Tatb’u Cráneo I, cuando se capture al primer enemigo con rango de realeza, un Pájaro Jaguar de Bonampak.Las guerras contra Piedras Negras fueron una constante durante toda la historia de Yaxchilán, desde su primer ahaw. No hay que olvidar que el sitio de El Chicazapote, dominio del reino del Cielo Nacido, solo dista 14 kilómetros de El Cayo, satélite de Piedras Negras. En estas campañas se enmarcan las capturas del Gobernante A de Piedras Negras por parte de Cráneo Luna, séptimo gobernante de Yaxchilán,y quizá en el 478 de un yahaw te’ subordinado del Gobernante B a manos del sucesor de Cráneo Luna, Pájaro Jaguar II. Este eterno conflicto entre ambos reinos del Usumacinta se cobró la vida del siguiente ahaw, Jaguar Ojo de Nudo I. Durante su reinado se produjeron importantes victorias sobre Piedras Negras, Bonampak y, parece ser en el 508, ante la gran Tikal. Pero su suerte cambió y el tablero 12 de Piedras Negras le muestra junto con otras cuatro figuras, arrodilladas y atadas por las muñecas, sumisas ante un triunfante Gobernante C. El hermano del caído, K’nich Tatb’u Cráneo II, mantiene contiendas con Lakanmtuun, Bonampak y, en el 537, contra Calakmul, todas ellas resueltas a su favor. Tras el vacío en el registro de los siguientes cien años, laguna de la cual solo se conoce la captura del señor de Lacanhá en el 564, los siguientes señores conocidos no obvian la práctica de la guerra como instrumento político. Pájaro Jaguar III, primer gobernante tras el silencio inscriptorio, se atribuye victorias frente a un señor de Hix Witz, Colina del Jaguar, quizá una zona al oeste de Yaxchilán. Ciertosautores, como Mary E. Miller (1991), sugieren que esta historia perdida del centro se debe a un periodo de subordinación de éste frente a otro foco importante en el Usumacinta, un poco más al norte, Piedras Negras quien, imbuido en la red política del gran Calakmul, pugna por el dominio de tan importante curso fluvial. A su vez, es necesario considerar el papel que pudieran tener Palenque y Toniná en la zona ya que aunque distantes pueden haber tenido una poderosa influencia a lo largo del Usumacinta en esos años durante los cuales Yaxchilán desapareció la escena. No será hasta el 9.12.9.8.1. 5 Imix 4 Mak (20 de Octubre del 681) cuando la gran urbe resucite para el registro epigráfico y arquitectónico. Itzamnaaj Balam II accede al poder en esa fecha e inicia un enfrentamiento con el sempiterno rival Piedras Negras. Sabemos esto por una inscripción en esta última ciudad en la estela 8 donde se registra la captura de un lugarteniente de Itzamnaaj Balam II. Esta recuperación del afán bélico en la ciudad de Yaxchilán indica tal vez una recién encontrada autonomía y la finalización de una tributación a la sombra de la otra gran potencia del Usumacinta. Frente al templo 41, en lo más alto de la ciudad, este gobernante colocó una serie de estelas que conmemoran sus victorias militares ante ahawob de escasa envergadura. La derrota frente a Piedras Negras en el 726 es omitida intencionadamente del registro. Tras un interregno de diez años oscuramente conocido, uno de sus hijos con una señora menor, Ik Cráneo, quizá de Calakmul, alcanza el poder tras lo que Tatiana Proskouriakoff creyó ser una cruenta lucha entre los candidatos a él. Pájaro Jaguar IV continúa batallando contra vecinos al tiempo que engrandece la ciudad en un afán constructivo sin precedentes entre sus antepasados. Estas victorias menores le reportaron gran capital y la reputación engañosa de Yaxhilán como Estado conquistador. Sus sucesores, los dos últimos ahawob, mantienen las dependencias que este gran gobernante les cediera. Itzamnaaj Balam III consume la mayor parte de su tiempo en el poder en la batalla. Motul de San José, Lacamtuun, Namaan y Hix Witz caen ante su acoso. La Pasadita, sitio cercano a Yaxchilán, y Laxtunich (aún sin identificar) parecen seguir bajo su dominio así como Bonampak y Lacanhá, reinos que permanecen subyugados a este señor. Junto con Bonampak, Itzamnaaj Balam III inicia una campaña contra el sitio de Sak Tz’i’ (Perro Blanco) quien pareció dominar Bonampak y Lacanhá anteriormente desplazando a Toniná, predecesor en el control de la zona. El último ahaw de Yaxchilán fue K’inich Tatb’u Cráneo III. El orden Clásico agonizaba y este rey poco pudo hacer para enfrentarlo. Su mayor logró fue la captura del Gobernante 7 de Piedras Negras en lo que fue la última batalla entre ambos reinos rivales. El colapso engulló poco después al Cielo Nacido y su último ahaw solo pudo legar la gloria de esta victoria final ante la potencia antagónica del Usumacinta. Luego, el abandono y olvido anegaron la ciudad y sus triunfos y derrotas pretéritas se sumieron en el aciago pozo del pasado.

Sin embargo, más importante que esta secuencia de enfrentamientos esbozada aquí sucintamente es el valor político que la guerra presenta como estrategia para la elite gobernante en las tierras bajas mayas. La continuidad de escaramuzas y contiendas entre ahawlob vecinos es algo, como hemos visto, constatado por la arqueología y epigrafía. Pareciera una civilización entregada a una vorágine guerrera extensible a toda su historia. ¿Por qué? ¿Qué impulsaría a estos constructores de pirámides y escrutiñadores de los cielos a lanzarse a esta eterna guerra? Las felices teorías de los primeros mayistas, como las más conocidas y difundidas de Morley, que dibujaban una sociedad de sabios pacíficos, sacerdotes entregados al saber en un reino utópico fueron demolidas por las evidencias materiales y el desciframiento de las inscripciones clásicas. La guerra era una parte crucial, sino la más importante, de la cultura maya. Incluso quizá fuera más cruenta y continuada en esta zona del Mayab, el Usumacinta, que cimienta la comunicación con nichos ecológicos del golfo de México y, a mayor distancia, las tierras altas mexicanas.
Se pueden encontrar diversas explicaciones posibles a este fenómeno.
Por un lado, cabe resaltar que la forma política que se piensa se desarrolló en las tierras bajas mayas fue el Estado segmentario. Este tipo de Estado se muestra extremadamente débil a la hora de controlar un territorio. Es escasa su centralización y poder efectivo sobre las zonas que aglutina la capital. Esto provoca unos límites o fronteras de territorio poco delimitados y difusos siendo las ciudades satélite más alejadas de la capital blanco propicio para potencias cercanas. El control sobre los recursos alimenticios, materiales y los bienes preciados para la elite, los cuales movían un comercio suntuario vital para el prestigio y diferenciación de la clase gobernante, motiva este infinito ansia de control de territorios. Además, unas exigencias cada vez mayores de la clase gobernante demandan una tributación mayor y un excedente extra. El control de territorios y su tributo es crucial en esta estrategia de supervivencia y suntuosidad de una oligarquía despótica. Y la guerra será uno de los mecanismos propicios y más efectivospara cumplir los objetivos de esta clase creciente. En cualquier caso, lo más factible es que los territorios vencidos no perderían su autonomía. Debilitados, con sus linajes principales sesgados por carnicerías sistemáticamente dirigidas a lograr ese fin, debían tributar al triunfante ahawlel, pero nunca pasaba a ser sujetado militarmente por este. La falta de una burocracia desarrollada, un ejército permanente y la imposibilidad de dejar fuerzas controlando el territorio vencido hacía inútil la posibilidad de absorberlo para que engrosara el territorio de Yaxchilán.

DINTEL 16 (752 D. N. E.). PÁJARO JAGUAR ERGUIDO ANTE UN ACONGOJADO PRISIONERO, SAHAL DEL PEQUEÑO REINO DE WAK’ AB.
Unido a esta inestabilidad fronteriza y necesidad de territorios productores en la dinámica de reinos hegemónicos se halla la debilidad de la figura regia. El ahaw debía probar su valía como dirigente. Entre las cualidades que necesitaba reunir, una de las más importantes era la valentía y la tenacidad militar. Requería triunfos en batalla que justificaran su derecho a ascender al poder y, cuando ya lo ostentaba, que era un líder digno capaz de proteger a su pueblo. Este hecho, propio de los Estados débiles donde el heredero al poder debe probar su derecho a reclamarlo y conseguirlo por las armas ante enemigos en el campo de batalla, es el que explica esa obsesión por la guerra entre los candidatos al ahawlel y el recurrente de las capturas preinaugurales y su plasmación en la piedra para su mayor gloria. El carisma necesario para gobernar se ganaba por las armas.
No debemos obviar el carácter ritual de las contiendas. La guerra era toda una actividad ritual dirigida a capturar prisioneros de sangre real para el sacrificio. Las guerras iban precedidas y seguidas de rituales. Incluso quizá se celebraran haciéndolas concordar con eventos calendáricos y astronómicos. Venus era la estrella y divinidad que regentaba esta actividad y no sería descabellado creer en una comunión entre su ciclo y algunas contiendas en el mundo maya.
Y aún cabría, desde mi punto de vista, apuntar un motivo más. La guerra, el estado de conflicto permanente, genera un sentimiento de desprotección e inseguridad entre los vasallos. Esta desasosegadora sensación crea la necesidad de un poder que proteja a los habitantes del ahawlel. La guerra, como ya apuntara David Webster (1975), produce líderes fortalecidos y con mayor prestigio que justifican la necesidad de su cargo mediante la protección del pueblo frente a los enemigos que acechan. Un estado de guerra continuo, como parece ser el que reinara en el Mayab durante todo el periodo Clásico, asienta unas estructuras de poder que se autoproclaman protectoras de su pueblo, linaje y clan. El ahaw como líder guerrero y conductor de los ejércitos en la batalla afianza su cargo y genera la necesidad de su existencia.
La guerra fue una de las piedras angulares de la civilización maya clásica. La ingente documentación que en las urbes se concentra y hace alusión a este tipo de eventos violentos rindió a los que aún se empeñaban en ver una edénica cultura ajena a aspectos tan mundanos. Yaxchilán, quizá por situarse en un lugar de llamativo interés ecológico para otras potencias del Mayab, quizá por una escasa acumulación del poder en la figura gobernante (como ya apuntamos en el punto III. II. al referirnos a la figura del sahal) o tal vez por ambas razones, mantuvo una continua beligerarancia que se reflejó en su lapidario inscrito. Ese ahínco en conmemorar sus logros militares nos muestra la importancia que los ahawob del centro concedieron a la guerra como instrumento de control. La triple finalidad a la que se dirigía resultó vital en la dinámica clásica: por un lado, era una ventajosa forma de adscribir territorios productores al ahawlel. A su vez, el ahaw probaba a la nobleza que completaba el cuerpo de la elite su capacidad para mantener el bienestar de los suyos y las crecientes necesidades y demandas cubiertas. Y, por último, fortalecía la necesidad de continuidad de un poder protector para un pueblo desamparado ante las razzias de potencias vecinas. Con la pátina oportuna de sacralidad y ritualismo, la maquinaria militar de Yaxchilán enfrentaba el paso de los siglos con desigual fortuna en el campo de batalla. Sin embargo, la pervivencia de unos señores guerreros durante casi mil años en la cima de la elaborada estructura social maya dan fe de su exitosa función como estrategia política. Puede ser que fuera de lo que realmente se tratara.
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