Por Aristarco el Bolchevique
y Plinio el Insurrecto
Una sociedad se puede definir en
buena medida por la manera en que afronta la delincuencia en su interior.
En las últimas décadas la UE y EE.UU. han venido apostando
por diferentes filosofías al respecto de esta cuestión.
Mientras en Europa se considera que el entorno es en buena medida responsable
del comportamiento de cada individuo, el modelo norteamericano considera
que cada persona es culpable por sí misma de sus actos sin poder
escudarse en el ambiente que le ha tocado vivir.
Consideramos evidente que un ser
humano es libre y que su comportamiento es en última instancia
decidido por sí mismo. Pero no es menos cierto que las decisiones
de cada cual se basan en muchos parámetros, y no pocos de ellos
surgen del lugar en el que se habita y de las relaciones sociales y económicas
que allí se dan.
No nos cabe duda de que robar para
mantener a los hijos, si no se da con otro medio para hacerlo, no sólo
no es un delito, si no que se trata de una obligación. De este
modo, estimamos que los
robos aumentarán en
un país con un sector de hambrientos con respecto a otro cuya población
está alimentada. De la misma forma, la proporción de personas
que recurren a la violencia para conseguir sus objetivos es proporcional
a la falta de bienestar en el pueblo. Cuando la gente vive bien tiene
mucho más que perder metiéndose en problemas, mientras que
quien nada tiene, nada pierde. El ligero aumento que ha experimentado
la delincuencia en España, está correlacionado proporcionalmente
con el aumento de la pobreza y marginalidad que sufren algunos sectores
de la población como los inmigrantes. Así mismo, si pensamos
que aproximadamente un 80% de la población reclusa, lo es por delitos
relacionados con la ilegalidad de las drogas, es fácil concluir
que con una política diferente en el tema de las drogas, nuestras
cárceles estarían más vacias.

Otra política sobre
drogas vaciaría las cárceles
Los ultraliberales, perfectamente
representados por los gobernantes de EE.UU., endurecen más y más
las penas, llegando a aplicar la pena de muerte sin que los índices
de crimen desciendan. Es por ello que las iniciativas represivas para
combatir la delincuencia, lejos de traducirse en resultados efectivos,
constituyen una prueba de la barbarie de algunos políticos y de
los ciudadanos que les permiten mantenerse en el poder.
En España, la maquinaria liberal-conservadora
del PP se ha puesto en marcha con el fin de endurecer el código
penal. Una vez más, al igual que con la legislación laboral
y económica, nos venden, como si fueran avanzados, métodos
que van retrocediendo y pareciéndose poco a poco a los que se aplicaban
en el medievo. Lo peor es que gran parte del pueblo, cada vez más
perdido y manipulado, lo considera necesario y clama venganza contra la
supuesta escalada de delincuencia.
Caso aparte merece el caso de los
etarras, a quienes se refuerza al no considerarles criminales de la misma
calaña que los demás y al aplicarles nuevas medidas especiales.
Y es que hay datos que deberían hacer reflexionar a más
de uno, si es que hay alguien en el PP capaz de hacerlo. Ningún
etarra de los 300 que se han reinsertado desde el principio de la democracia
ha vuelto a tomar las armas. Y a todos ellos se les aplicó el código
penal del franquismo de 1973. Los tres que volvieron a delinquir al salir
de la cárcel habían cumplido íntegra su pena sin
acogerse a ninguna reducción de pena.
La conclusión inmediata es
que nuestros actuales gobernantes quieren un código penal más
duro en muchos aspectos que el de la dictadura de Franco, definiéndose
a sí mismos y a quienes les apoyan, entre ellos esos supuestos
“izquierdistas” del lamentable PSOE. La actual derecha y la
mal llamada izquierda quiere medidas penitenciaras más rígidas
que las del dictador.

El nuevo código puede
superar al de este señor en muchos aspectos
España es ya el tercer país
de la UE en nivel de encarcelamiento, con una población penitenciaria
de 52000 personas (una cifra nunca alcanzada hasta ahora), y se pretende
aumentar más aún. De momento el gobierno ya ha prometido
construir 7 nuevas carceles. Tal vez algún lumbrera del PP haya
llegado a la genial conclusión de que si toda España está
en la cárcel nadie podrá cometer delitos. Parece que el
ahondar en la prevención mediante medidas sociales, económicas
y educativas es un camino demasiado difícil para los incapaces
a quienes mandamos al parlamento. Plantearse siquiera una reforma penal
y un sistema penitenciario que potencie por encima de todo la reinserción
y no el castigo, es algo que suena a chiste para nuestros gobernantes.
La estrategia más sencilla a su alcance es insistir una y otra
vez en que la delincuencia es un gran problema, tapar así otros
asuntos candentes, y aparecer como salvadores con medidas fascistas disfrazadas
de innovadoras.
Tenemos que dar la razón a
Gaspar Llamazares cuando dice que algunas de las nuevas penas son una
cadena perpetua encubierta, y hay que temblar ante la próxima reforma
el día que crean que haga falta. En cualquier momento nos contarán
que la panacea contra los malvados es la pena de muerte y habremos dado
definitivamente un salto al pasado, a tiempos que parecían superados
pero que en algunos aspectos ya son más infames a día de
hoy.
No más cárceles, no
más presos