Por Pausanias el Ácrata
I. UNAS PALABRAS PRELIMINARES.
El año 1948 supone la creación
oficial del Estado de Israel, consumación del sueño sionista
fraguado casi un siglo atrás. Bajo el consentimiento y aprobación
de la O.N.U. y los todopoderosos Estados Unidos de América, se
reconoce algo que desde el año 1917 ya estaba acordado: la legitimación
de la existencia de un país judío. Pactado en secreto con
los representantes de la doctrina sionista, los países occidentales;
Gran Bretaña y Francia, reconocían el derecho de los miles
de judíos del mundo a disponer de un Estado propio en la franja
de lo que en aquel entonces aún era Palestina. La confrontación
de estas promesas con las realizadas a los musulmanes por los occidentales
en busca de su apoyo en la guerra y con la realidad imperante en Oriente
Próximo, hizo inviable la materialización del proyecto en
aquellos momentos convulsos y hubo que aguardar treinta años más,
antes de que los sionistas vieran consumadas sus ansias estatales.
Pese a haber pasado prácticamente un siglo desde aquellas promesas
realizadas por los europeos hacia los judíos, promesas que llevarían
un tercio de siglo más tarde al nacimiento de un Estado hebreo,
el conflicto que este hecho suscitó permanece candente y de triste
actualidad. Varias guerras abiertas y declaradas saldadas con el engrandecimiento
de Israel y una continuada y no oficial que mantienen los miles de palestinos
contra el gigante colonizador hebreo, son el saldo de este nuevo acto
de insensatez de los Estados occidentales que en su repliegue, han creado
situaciones tan trágicas como las que su invasión colonial
produjo. Este artículo no solo pretende esclarecer en la medida
de lo posible los hechos que han llevado a tal enfrentamiento armado en
la estrechez árida que es el Medio Oriente, sino señalar
y acusar a los principales responsables del desencadenamiento de estos:
los Estados europeos y su ávido colonialismo que generó
con su política egoísta, la espiral de violencia que aún
pervive en Palestina, así como a los Estados Unidos de América
que financian, consienten y articulan, desde detrás de las bambalinas,
los hilos del genocidio sobre el pueblo palestino perpetrado por la ultraderecha
sionista. Y, por supuesto, a los judíos que materializan su sueño
estatal sobre la sangre de personas que se aferran a piedras y palos,
mientras las balas estadounidenses que escupen fusiles (de idéntica
procedencia) sostenidos por soldados hebreos cercenan sus vidas de miseria
y hambre, rebelión e ira, sobre las ruinas de lo que fue su tierra.
Goliat ha cambiado de bando. Su sombra nubla el sol para los palestinos.
Detrás de la ciclópea figura del Gólem, las barras
y estrellas ondean atrapadas en un trapo de fatal significado.
II. EL SIONISMO O LA DOCTRINA
DEL ESTADO JUDÍO.
Theodore Hertl es
el padre ideológico de este cuerpo de creencias que aboga por la
reunificación de los judíos dispersos a lo largo y ancho
del planeta en una patria propia; un Estado en ese territorio prometido
ubicado en la franja bíblica de Palestina. Aunque dicho movimiento
ya existía desde muy antiguo en su acepción mística
(no hay que obviar que Sión es el monte sobre el que se levanta
la ciudad de Jerusalén), su forma política nacionalista
no nacerá hasta el siglo XIX. El precedente directo se encuentra
en el escrito del médico semita Leo Pinsker, afincado
en Odessa y que, tras los odiosos progroms (vocablo ruso para referirse
a asesinatos en masa), reivindica una patria para los judíos oprimidos.
Autoemancipación es su título
y data de 1882. Sin embargo, los primeros en proponer la colonización
de Palestina por los judíos (Pinsker nunca especificó lugar)
serán los “Chowewe Sion”
(simpatizantes de Sión), asociaciones creadas con posterioridad
a 1882. Finalmente, será Hertl, un judío enriquecido, el
que de cuerpo desde su confortable despacho a esta doctrina a finales
del siglo XIX en su libro El Estado judío
(Der Judenstaat); el cual, escrito en 1896 impulsado
por el “asunto Dreyfuss”, será el documento que moldee
definitivamente el sionismo político. En el año
1897, en el primer Congreso mundial sionista de Basilea,
se sientan las bases de una rígida estructura política y
se proyecta la creación de una sede para el pueblo judío
en Palestina, garantizada por el derecho público.
Frente a este sionismo político, cabe resaltar la existencia de
un movimiento sionista paralelo denominado sionismo cultural.
Contrastando con el político, el sionismo cultural aboga por hacer
de Palestina, gracias al trabajo político, cultural e intelectual,
un centro espiritual que logre convocar a los judíos de todo el
mundo a una unidad interna, posponiendo a una etapa venidera la realización
de un Estado.
Ambas corrientes encuentran una síntesis en Chaim Weizmann
quien aúna las dos vertientes sionistas en una sola. En la práctica
tiene materialización en la creación del Centro sionista
de Palestina en Gaffa en el año 1905 y la fundación de una
Universidad Hebrea en el 18. Los pilares de la nueva tesis están
preparados para sostener el armazón de un movimiento masivo venidero.
Efectivamente, pronto, esta teoría gana adeptos y se abre paso
entre la población judaica que en aquellos momentos habita diseminada
en diferentes países. Si bien estos países son diversos
y muy diferentes entre sí, los judíos mantienen una cultura
común basada principalmente en su religión. Este carácter,
unido a la hostilidad manifiesta hacia su comunidad, les confiere un sentimiento
de unión y de pertenencia a una cultura madre; hecho que explica
en gran medida la rápida adopción y expansión del
sionismo entre ellos. Este deseo de unificación bajo un único
Estado para y dirigido por ellos, pronto crece entre esta población
y el anhelo comienza a ser una de las constantes reclamaciones de los
judíos de cara a los países poderosos que dirigen el entramado
de las relaciones internacionales.
Obviamente, de no darse un factor decisivo, al que ahora mismo me referiré,
sus peticiones hacia los poderosos hubieran caído en oídos
sordos como las de tantos otros pueblos que claman por los derechos cercenados
por la maquinaria del poder colonial. Este factor es el económico.
La comunidad judía guarda una rica (en todos los sentidos) historia
de prestamistas, banqueros, joyeros, anticuarios, abogados, comerciantes...
en definitiva, burgueses adinerados que controlaban y controlan gran parte
de la economía internacional. Este hecho explica porqué
el sionismo no cayó en el mismo saco al que fueron a parar las
ansias nacionalistas árabes, latinoamericanas o asiáticas.
Saco que después se arrojó al agua lleno de piedras. Por
ello, el sionismo alcanzó las metas que proponía y el reconocimiento
internacional mientras otros miles de pueblos y culturas permanecieron,
y aún permanecen, olvidadas y abandonadas ante genocidios consentidos
y, muchas veces, perpetrados por el poder occidental. El triunfo
del sionismo es el triunfo del capitalismo judío, el premio
a su poderío económico, a cambio del cual, deben ceder su
apoyo a la política occidental de expolio y colonialismo a lo largo
y ancho del mundo y, sobre todo, al control territorial de Oriente Próximo,
zona importante por su riqueza en petróleo y estratégica
situación. Pese a todo, la O.N.U. en 1975 se vio forzada, por el
macabro peso de los acontecimientos, a tener que reconocer en el sionismo
una forma de racismo. Realmente es un genocidio selectivo y una limpieza
étnica de consecuencias brutales. Pero remontémonos en el
tiempo y analicemos la evolución de los acontecimientos para comprender
las causas que han llevado a tal lamentable situación.
III. DESARROLLO DE PRÓXIMO
ORIENTE: UN BOSQUEJO HISTÓRICO DEL NACIONALISMO ÁRABE.
Las raíces del conflicto
de Oriente Medio se hunden profundo en la historia de esta zona y se deben
buscar en el siglo XV. El imperio Otomano domina toda la zona del Oriente
Próximo, aparte de un vasto territorio bajo el cual se originan
las primeras pulsiones nacionalistas. Los pueblos sometidos al férreo
control turco provienen de un bagaje cultural heterogéneo y pronto
comienzan a sacudirse bajo la superficie aparentemente siempre apacible
de todos los imperialismos. Entre este amplio abanico de pueblos, encontramos
al islámico que empieza una ardua lucha frente al dominador otomano.
Durante siglos la situación se mantiene en esa paz tensa y ficticia
que intentan mostrar los grandes países. Bajo esa pátina
de tranquilidad y orden, un agitado movimiento nacionalista árabe
se agazapa lanzando zarpazos al armazón del colonialismo. En estas
circunstancias estalla la I Guerra Mundial, acontecimiento bélico
de inusitadas proporciones y el más devastador hasta esos momentos.
Los cimientos del mundo se tambalean y en ese temblor y pánico
a la derrota, los aliados occidentales buscan apoyos hasta en los lugares
más inverosímiles. Entre estos se encuentran los árabes.
Los aliados son conscientes del odio ferviente que sienten los musulmanes
del Próximo Oriente hacia la máquina bélica que es
el Imperio Turco y ven en ellos un posible resorte para acercarse a la
victoria frente a los turcos en la zona. El Imperio Otomano, aliado del
Imperio Austro-húngaro y Alemania, es un poderoso enemigo y todo
apoyo es poco. Ante esta situación, Francia e Inglaterra pactan
con los países árabes un acuerdo de apoyo mutuo por el cual
los árabes lucharán del lado de los aliados, contra los
otomanos, y los occidentales se comprometen a la creación de unos
Estados independientes para los musulmanes. Sin embargo, las promesas
de los franceses e ingleses son huecas ya que al mismo tiempo de realizarlas,
una reunión en secreto entre ellos, lleva a la firma de los acuerdos
de Sykes-Picot que establece el reparto entre Francia e Inglaterra
de la Turquía otomana: Inglaterra pasaría a disponer de
Irak y Palestina, así como Francia controlaría el Líbano
y Siria. Y a su vez, los aliados han prometido a los judíos, en
reconocimiento a su apoyo económico y por los acuerdos
de Balfour (1917), la creación de un Estado de Israel
en la franja de Palestina. En este juego de alianzas y traiciones los
británicos y franceses desconocían el terreno en el que
se movían y las consecuencias que desencadenarían sus falacias
y falsas promesas.
IV. MIENTRAS TANTO, EL SIONISMO.
Mientras el siglo XIX tocaba a su
fin, el movimiento sionista no había permanecido ajeno al desarrollo
de su doctrina y estático ante el desarrollo de los acontecimientos
históricos. Reclamando un territorio como propio, sin dudar en
ningún momento el punto geográfico donde quieren instaurar
su régimen, lo que será su tierra prometida fieles a su
tesis bíblica, los judíos han iniciado una migración
continua desde 1882 hacia Palestina guiados por las promesas religiosas
y la doctrina de Hertl-Weizmann. Movidos por los progroms rusos, comienzan
el nuevo éxodo dirigiéndose hacia Palestina. Unos 25.000
judíos se asientan ilegalmente desde este momento y hasta 1919
en territorio palestino. Cifra que irá en continuo aumento. Tal
será la proporción y magnitud de esta llegada semita que
los británicos en su Libro Blanco (1939), propondrán
limitar la emigración judía hacia Palestina. Las relaciones
entre los musulmanes y los judíos son buenas inicialmente, aceptando
los islámicos a los inmigrantes que huyen en muchos casos de una
persecución sistemática y brutal. Pero la situación
cambia drásticamente cuando al acabar la I Guerra Mundial, salen
a la luz los verdaderos planes de los vencedores en la contienda. Cuando
los acuerdos de Balfour son conocidos por los palestinos, estallan las
primeras revueltas. Los palestinos se niegan a la escisión de parte
de su territorio para cederlo a unos inmigrantes a los que, si bien han
aceptado, comienzan a percibir como una amenaza. Los judíos siguen
llegando a Palestina desde todas las partes del mundo amparados por el
sionismo e incitados por los acuerdos firmados con los aliados occidentales.
Estos colonos llegan perfectamente preparados, se organizan en las tierras
que toman conforme su tradición, levantan escuelas, templos, comisarías,
cuarteles, granjas colectivas, canales, irrigaciones... gracias al capital
que traen, les donan o consiguen de sus compañeros enriquecidos
en los países industrializados occidentales. Cuentan rápido
con una importante infraestructura y una disciplina unitaria que les es
fundamental para desarrollar el embrión de su Estado en el seno
de uno desconocido. Cuando la guerra concluye y los turcos se repliegan
de los territorios de Próximo Oriente, los palestinos son conscientes
plenamente de la gran traición de la que han sido víctimas.
Inglaterra y Francia, lejos de contribuir a la creación de Estados
árabes independientes, pasan a ser los nuevos otomanos. Se dividen
el territorio en áreas de influencia. Palestina, territorio que
nos interesa en este ensayo, queda bajo mandato británico. Solo
han cambiado los actores. La tensión sigue como telón de
fondo.
V. LA COMPLEJA EVOLUCIÓN
DE PALESTINA: INGLESES, MUSULMANES Y JUDÍOS. (1919- 1948).
Comienza en esos momentos y hasta
hoy día, una compleja y conflictiva situación en el territorio
palestino. Una vez finalizado el conflicto bélico, los Palestinos
se levantan contra la Declaración de Balfour. Inglaterra aprovecha
la revuelta para invadir Palestina, sofocarla y convertir dicho país
en mandato británico. Al tiempo, los judíos, cada vez más
presentes en el territorio de Palestina, representando en 1919 poco más
del 10% de la población del Estado palestino (unos 65.000 sionistas
se calculan que habitaban ya suelo palestino), presionan a los gobiernos
occidentales, en especial al de Gran Bretaña para que materialice
su promesa de creación de un Estado de Israel. Inglaterra, por
su parte, comienza a ser consciente del conflicto en el que se ha ido
involucrando y no sabe como salir ni que dirección tomar. Es, por
el momento, una traidora a los ojos de musulmanes, cuyo odio hacia Occidente,
se incuba bajo su dominación. El desgaste de la potencia colonial
que es Inglaterra, producto de la erosión causada a base de protestas
y revueltas islámicas, lleva a plantear la situación en
el Parlamento inglés. Sin embargo, la situación no es fácil.
Una comisión enviada por el presidente norteamericano Wilson en
1919 ilustra este hecho. Declara lo siguiente de la situación en
Oriente Medio: “aunque los árabes se llevan bien
con los hebreos que llevan ya tiempo viviendo en territorio palestino
y se expresan en árabe, declaran que se resistirán a la
continuación de la inmigración masiva judía y a la
creación de un Estado judío hasta las últimas consecuencias”.
Además, dicha comisión agregó que “los
judíos estaban todos de acuerdo con el sionismo y la creación
de un Estado judío bajo mandato británico”.
“Los sionistas esperan poder desposeer a los actuales
habitantes no-judíos de Palestina de todo lo que tenían
(para crear un Estado judío)”. Obvia recalcar
que las intenciones hebreas desde un principio son evidentes, si bien
el papel que juegan los Estados Unidos es mínimo en esos momentos.
Los palestinos comienzan a sentir un rencor creciente hacia los nuevos
dominadores, a los que, con razón, consideran unos réprobos
enemigos del pueblo musulmán. Los judíos continúan
una sistemática y organizada invasión silenciosa del territorio
palestino que consideran como propio por derecho divino e histórico.
En el año 31 ya representan un 16% de la población total.
Inglaterra mantiene el mandato, pero presionada inicia el desmantelamiento
de su ejemplar imperio colonial accediendo los primeros países
árabes a la independencia en 1922. El primero será Egipto,
país donde se instaura una monarquía títere del gobierno
de Londres. Luego Irak, en el año 32. Ese mismo año se crea
la República de Arabia Saudita. Este acto de liberación
es más simbólico que real. En esos primerizos momentos descolonizadores
se empiezan a fraguar los mecanismos que luego articularán el neocolonialismo.
El autogobierno que concede Inglaterra a sus colonias es tan sólo
nominal. El gobierno de los países que alcanzan la autodeterminación
sigue en la órbita de dependencia económica respecto a su
antigua metrópoli. La dominación pasa a ser invisible, económica;
no ya política como lo era antes y tanta fricción levantaba.
El control se mantiene sin dañar la imagen internacional de la
metrópoli que sigue percibiendo las ventajas económicas
que el colonialismo conlleva sin los handicaps que este supone. En esta
escalada de accesos a la independencia, nuevos países árabes
llegan a tal meta. Tras la II Guerra Mundial se originará una vorágine
de independencias fruto de las contradicciones coloniales. Durante la
guerra se afirma combatir la opresión nazi, su tiranía e
intento de conquista de los países libres y bajo estas hermosas
consignas, se reclutan jóvenes de las colonias como carne de cañón.
Y estas consignas se las aprenden bien los movimientos nacionalistas de
las colonias que reclaman esos derechos por los que se lucharon en la
guerra para ellos mismos. ¿Por qué esas proclamas no son
aplicadas para sus países colonizados y dominados por otras potencias?.
Además, una parte de población de las colonias viaja a estudiar
o vivir en las metrópolis y se empapa de ideología liberal-demócrata.
Regresarán a sus países con deseos independentistas y nacionalistas
fruto de los cuales, se crean importantes movimientos y partidos nacionalistas
(Istiqal en Marruecos, Destour en Argel,...) que presionan hasta conseguir
una paulatina descolonización. Aunque como ya hemos visto, no será
más que una reorganización del colonialismo que muta cual
virus para adaptarse a las nuevas condiciones. Emerge el neocolonialismo
que aún hoy día sigue vigente.
En este contexto, la emancipación de las colonias árabes
en Oriente Próximo será seguida por Siria, Líbano
y Transjordania (franja ridícula creada por los británicos
de manera artificial). Sin embargo, Palestina mantiene ese estatus de
mandato británico.
Gran Bretaña no sabe que hacer con Palestina. A partir del año
37, el gobierno británico ya había pronunciado su posición.
Dicha actitud era favorable a la creación de un Estado judío
en el 33% de las tierras palestinas, por supuesto, las mejores. Este posicionamiento
conlleva levantamientos palestinos que son sofocados por el ejército
británico y grupos terroristas sionistas que en acciones conjuntas,
atacan poblaciones musulmanas dejando un saldo de 4.000 muertos. Estas
brutales actividades sionistas son respondidas con nuevas ofensivas palestinas.
La rebelión palestina causó 500 muertos. Inglaterra intenta
frenar la inmigración judía aplicando la teoría expuesta
en el Libro Blanco. Se interceptan barcos de inmigrantes ilegales, se
envían judíos a campos de concentración en Chipre,
se limita la adquisición de tierras... Pero la oleada sionista,
organizada por la Agencia Judía, el Histadrut
(sindicato unitario con empresas, colonias y escuelas propias) y el Fondo
Nacional, no deja de aumentar. Es imparable. Las facciones involucradas
en esta franja de tierra árida y desértica son irreconciliables,
y la tensión generada a base de intrigas y falsos acuerdos se desatará
en cuanto Inglaterra anuncie una posible independencia con un desenlace
imprevisible. Ante la delicada tesitura, Inglaterra, temerosa, decide
aplazar una posible independencia y mantiene el control directo sobre
el país. En estas circunstancias, el avance nacional-socialista
alemán en Europa desencadena el acontecimiento al que ya nos refiriéramos
y nunca debiera haberse producido: la II Guerra Mundial. Superando las
expectativas que la Primera hacía prever, el avance armamentístico
y técnico contribuyó a que fuera aún más catastrófica,
desoladora y destructiva que su homónima predecesora. A su fin,
Palestina sigue en ese punto muerto de agitación y violencia.
En el año 47, dos después de que concluyera la guerra, Inglaterra,
desgastada ante la infatigable oposición armada palestina que niega
doblegarse, decide retirarse de la zona dejando el conflictivo mandato
en manos de la recién nacida Organización de Naciones Unidas.
Un año después, esta organización autoriza la creación
del Estado de Israel en territorio palestino. El 14 de Mayo, el
Consejo Nacional judío proclama el nacimiento. El 56,5%
del país pasa a estar controlado por los sionistas. Es Israel.
El 43% permanece como Palestina. Jerusalén pasa a ser enclave internacional.
Una vez más, no hubo que esperar la repulsa palestina.
VI. EL GOLEM SE LEVANTA EN
ISRAEL (1948- LA ACTUALIDAD).
Ese mismo año y el siguiente
se inicia una sistemática limpieza étnica. Unos 700.000
palestinos son deportados, expulsados de su territorio. Estados Unidos
empieza a involucrarse activamente en el conflicto, relevando a los ingleses.
El presidente Truman, demócrata mediocre, reconoce
el Estado de Israel. Desde este momento, el apoyo yanqui al Estado sionista
es total. Los judíos se han organizado y preparado para este momento
durante mucho tiempo. Cuentan con un ejército perfectamente equipado,
una policía secreta importante y, en general, unas fuerzas represoras
totalmente entrenadas y financiadas por los países occidentales.
Frente a ellos, un puñado de palestinos con apenas armas y valiéndose
de palos, piedras y artefactos caseros, permiten a los sionistas provocar,
con la excusa de la insubordinación palestina, la primera
guerra israelí-árabe, también conocida como
guerra de independencia árabe. En ella, los israelitas aplastan
a la alianza árabe y engrandecen el territorio que la O.N.U. les
otorgara. En Enero del 49 se firma el armisticio e Israel pasa a controlar
casi el doble de los territorios que la O.N.U. le concediera un año
atrás.
A partir del año 52, la confrontación entre israelíes
y musulmanes es total. En ese año, los países árabes
comienzan su revolución. Se sienten traicionados y vejados por
Occidente, tanto por su política de dominación económica
neocolonial como por su apoyo abierto a Israel, y por su propia oligarquía
que pacta con los países occidentales para su propio provecho.
Tomando conceptos del socialismo y aunándolos al islamismo, moldean
una tendencia que se ha venido a denominar socialismo islámico.
Su principal representante fue Nasser en Egipto. En el
verano del 52, el movimiento militar que encabeza, derroca la monarquía
títere instaurada por Gran Bretaña en el 22 y crea la República
egipcia. Con él Egipto accede a la independencia real. Desde aquí
el movimiento revolucionario se extiende al resto de países árabes:
Irán, Irak, Siria, Yemen... Se proyecta la sombra de la Guerra
Fría al conflicto de Próximo Oriente. Estados Unidos se
vuelca en su representante en la zona: el sionismo.
Al tiempo, Israel se ha consolidado como país fuerte en esta región.
Sigue recibiendo una inmigración judía y el apoyo del capital
de Gran Bretaña y Estados Unidos.
En el año 56, un nuevo incidente desencadena otra acción
violenta que enfrenta a israelíes y musulmanes. Es la guerra
del Canal de Suez. Nasser, consolidado como líder socialista
de Egipto, en el empeño de construir la presa de Assuan pide ayuda
financiera a los países del bloque Occidental, los cuales se la
deniegan. Será entonces cuando la U.R.S.S. ofrezca financiación
a Egipto. Pese a esta ayuda interesada del bloque del Este, el capital
no alcanza para la titánica obra y Nasser, en un acto de rebelde
osadía, nacionaliza el canal de Suez, considerado como internacional.
Ante este inesperado viraje de la situación pronto se palpa la
ira occidental. Gran Bretaña y Francia preparan un ataque contra
la insurrecta Egipto. Pero para no manchar su reputación de cara
al mundo, orquestan tras el biombo el conflicto mediante un intermediario
aliado y sumiso: por supuesto, Israel. Los sionistas atacan Egipto y el
curso del conflicto parece serles favorable. Sin embargo, un hecho inesperado
cambia el rumbo de la contienda bélica. Es la intervención
de la U.R.S.S. y de E.E.U.U.. Ambos gigantes interceden y obligan a Israel
a deponer las armas. Ante esta repentina situación Gran Bretaña
y Francia claudican en su afán colonial e Israel se repliega. Nasser
aparece como un héroe engrandecido de cara a su pueblo y la opinión
pública.
Pero la serpiente sionista no cedió en su empeño. El apoyo
de Estados Unidos le permitía y permite sentirse muy superior a
los empobrecidos países árabes. Unos incidentes fronterizos
y la continua hostilidad árabe, llevan en el año 67 a provocar
a Israel la Guerra de los Seis Días, una guerra
relámpago en la que la hegemonía hebrea queda de manifiesto
aplastando a las fuerzas árabes con pasmosa facilidad. Con la firma
del acuerdo de paz, Israel casi duplicó su territorio. Por el Sur,
ocupó Gaza, toda la península del Sinaí (anteriormente
de Egipto). Por el Este, se anexionó Cisjordania y se apropió
de Jerusalén, ciudad que proclama como su capital. La O.N.U. no
aceptó esta nueva capital y no ha sido reconocido internacionalmente,
pero el sionismo la conserva como tal por su valor religioso. Por el Norte,
arrebatan a Siria el Golam y ocupan el Sur del Líbano. Palestina
deja de existir. Trescientos mil árabes se ven expulsados de sus
hogares. Estados Unidos ampara la perpetración de este genocidio,
satisfecho el tío Sam, orgulloso de su nuevo hijo adoptivo.
Los palestinos, representados por los Estados árabes, deciden organizarse
también para luchar por su cuenta. Fruto de esta decisión,
se crea la OLP (Organización para la Liberación
de Palestina) de la cual asumirá el mando unos años después
Yasser Arafat. La OLP comienza desde entonces, y hasta
hoy día, una sucesión de atentados contra objetivos israelíes,
los cuales van siempre seguidos por la represalia tremenda de estos. Se
impone toque de queda, ataque a poblaciones palestinas, torturas, asesinatos
en masa...
A partir del año 75 se empezó a hablar de paz. Con el patrocinio
de Estados Unidos, ya permanentemente presentes en cualquier asunto relacionado
con Oriente Medio, se inicia un tímido y falaz proceso de paz.
Se necesita estabilidad y es buen momento para imponerla. Sadat,
sucesor de Nasser en Egipto, ofrece la paz a los sionistas. En Camp
Davis, Estados Unidos, se firma este tratado que supone el fin
de la hostilidad entre los dos países, Egipto e Israel. Israel,
por su parte, devuelve la región del Sinaí a Egipto. A Sadat
le costaría la vida esta “traición” y un atentado
acabaría con su vida. Es el primer país musulmán
en salir del vértice de violencia que es Oriente Medio y distanciarse
así del enfrentamiento con Israel.
En el contexto internacional, sin embargo, se producen nuevos hechos interesantes
en esta zona. En el 79 tuvo lugar la revolución islámica
en Irán, dirigida por Jomeini. Irán había sido un
gran aliado de Estados Unidos y este contratiempo no le gustó en
exceso. Como solución propició la guerra entre Irán
e Irak. Apoyó el dictatorial régimen de Sadam Hussein,
aprovisionándolo de armas y municiones, y cuantiosas ayudas financieras
para que este tirano se enfrentara al Ayatolah Jomeini que se interponía
en los designios de los Estados Unidos. Más tarde, Hussein se escaparía
de las manos de su hacedor gringo y en su delirio de grandeza, se enfrentaría
a él. Los aliados se reducían para los yanquis en Próximo
Oriente. En este desolado paraje en perenne conflicto, Israel relucía
como joya estratégica en el vacío de aliados.
Parias sin territorio en su propia tierra, los palestinos comienzan una
infatigable guerra de guerrillas. Se establecen entre Jordania y el sur
del Líbano, desde donde hostigan con asiduidad a Israel con incursiones
continuas de castigo. Finalmente, Jordania expulsó a los palestinos
que mantienen su desigual cruzada contra la tiranía sionista desde
el Líbano. Cuando estalla la Guerra civil en este país,
enfrentamiento armado entre cristianos y musulmanes, Israel decide invadirlo
para imponer “paz” y expulsar a los palestinos allí
refugiados. Los resultados de tal represión son tremendos. Bajo
el mando de Ariel Sharon, las tropas israelíes y falangistas libaneses
eliminan a 3500 personas, hombres, mujeres y niños palestinos y
libaneses. La matanza de Sabra y Shatilla aún resuena con tintes
sangrientos en la memoria del que quiere recordar.
A finales de los 80, concretamente en el 87, los palestinos que habitan
en suelo ocupado, en Gaza y Cisjordania, hartos de la desesperante situación
a la que se ven sometidos, organizan la Intifada. Como respuesta al asesinato
de unos palestinos por soldados israelíes, estalla una fuerte revuelta
árabe. Piedras y palos, bombas caseras y terroristas suicidas frente
a la violencia sistemática y organizada sionista que demolían
hogares, cerraban escuelas y universidades, arrestando y asesinando en
masa de personas,... Esta primera Intifada se extendió hasta 1993.
En 1990-91, Irak, antaño marioneta financiada por el poder del
“pentagonismo”, invade Kuwait, zona de influencia yanqui con
importantes reservas petrolíferas que Hussein reclama como parte
de Irak (ciertamente esta franja fue seccionada de Irak tiempo atrás).
Estas reclamaciones del dictador iraquí, se ven respaldadas por
una invasión militar a la que no tardará en responder el
prepotente poder estadounidense. La Guerra del Golfo, como se la llamó,
no fue más que otro sangriento episodio por el control del oro
negro, pero el devastador epílogo y las voces internacionales que
clamaron contra la barbarie acaecida, llevaron a replantearse la antigua
tentativa de distensión. La Conferencia Internacional de
Madrid en Octubre de 1991 fue el punto de arranque de un proceso
de paz para la región de Oriente Próximo. Fruto de este
empuje se fueron llegando a acuerdos entre Israel y otros países
árabes: con Jordania, con el Líbano, y los sionistas llegaron
a comprometerse a reconocer autonomía a las regiones palestinas:
Gaza y algunos territorios de Cisjordania. La subida al poder de la derecha
reaccionaria sionista personificada en Netanyaju paralizó el proceso.
Ante esta intransigencia judía, se iniciará la segunda Intifada
en el año 2000. La radicalización del conflicto es palpable.
Los israelíes han intensificado su política de limpieza
étnica. Los colonos sionistas siguen ocupando suelo palestino.
Se ha impuesto toque de queda, se derriban con bulldozers las casas musulmanas,
se atacan todos los hospitales que atienden a palestinos, se bombardean
escuelas... Ante este terrorismo sionista, los atentados suicidas palestinos
se redoblan. Las facciones más extremistas y violentas ejecutan
estas acciones que acaban con sus propias vidas como respuesta a la aniquilación
de su pueblo. Ante el ciclón de violencia, el terror instaurado
por los sionistas, la mirada indiferente de Occidente. Los Estados Unidos
y su séquito europeo se frotan las manos mientras el servilismo
sionista se las mancha de sangre. El control de la zona pasa por el apoyo
al Estado de Israel en su “pacificación” de ella, ignorando
las consecuencias que ello tenga sobre los pueblos que la habiten. El
genocidio consentido, amparado y respaldado por los poderes occidentales,
en especial Estados Unidos de América, continua hoy día
dejando un cómputo de cadáveres terriblemente elevado en
Oriente Próximo.
Tierra que vio florecer los primeros Estados, regados por el Tigris y
el Eufrates, lugar que maravilló a los clásicos y que vio
erigirse pétreas ciudades, zigurats y templos espléndidos
detrás de civilizaciones imponentes que confeccionaron los primerizos
alfabetos en los que el ser humano computara riquezas y tributos, es hoy
día lugar donde los Estados mantienen el reino de terror que aquellos
prehistóricos ya iniciaran. El humo negro de los saqueos, pillajes
y batallas sumerias, acadias, babilonias, hititas, filisteas, hebreas,
cananeas, nabateas y demás, aún obscurece el cielo de la
“tierra prometida” en condensaciones que suben desde los obuses
y misiles sionistas. El petróleo, nuevo oro y eje de la economía
mundial, mantiene encendida la mecha de la guerra en el Medio Oriente.
VI. CONCLUSIONES FINALES.
El Estado judío de Israel
se fundamenta sobre las bases que todo Estado que desea seguir siéndolo
aprueba. Frente a los díscolos descontentos, a los sediciosos rebeldes
y “terroristas” malpensantes, unas fuerzas del “orden
público”, un ejército cuantioso y pertrechado adecuadamente,
y un terrorismo de Estado que disuadan del intento de rebelarse contra
el poder establecido, a los ciudadanos no conformes. Monopolio de la violencia
y su uso. “Del Estado al individuo se llama orden. Del
individuo al Estado violencia”. La diferencia básica
se halla en que Israel como Estado se encuentra en el seno de otro anterior,
al que han desposeído de territorio, y al no haber eliminado todas
las células del predecesor, la resistencia a él es mayor
que uno legitimado ante la opinión pública. La situación
militarizada, por otro lado, es inevitable si se comprende este hecho.
Israel es un extraño en territorio hostil. Es la consecuencia lógica
de la existencia de Estados.
La nación árabe, expulsada de sus tierras y forzadas a ser
parias en su antiguo territorio, relegados a habitar las tierras menos
ricas y fértiles y a guardar una estricta disciplina vigilada por
los soldados sionistas, ha organizado una tenaz resistencia y un contraterrorismo
amparado en una religión, la islámica, que provee de argumentos
la lucha armada contra el invasor. Frente a este aumento de la actividad
contra el Estado judío, la militarización sionista se justifica
y alimenta. La impunidad de la ultraderecha judía en el poder es
alarmante, así como la de sus padrinos occidentales. Se calcula
que entre 1949 y el año 2001, Estados Unidos ha destinado 95.000
millones de dólares a ayuda financiera hacia el Estado de Israel.
La industria armamentística norteamericana ha sido, sin duda, una
de las grandes beneficiaria de este descarnado conflicto. Compañías
como la Northrop Grumman, Boeing, Lockheed Martín, Raytheon y Exxon
Mobil se han embolsado 8.000 millones de dólares desde 1995 gracias
a Israel. Creo que ilustra a quien favorece este inagotable escenario
bélico.
El pueblo judío ha sufrido en sus carnes la persecución
sistemática y la más execrable expresión de degradación
de la humanidad, sometidos a un implacable ejercicio de horror cuya única
finalidad era el exterminio. Hacinados, torturados, vejados, sometidos
a un régimen de terror han conocido el acre sabor del odio nazi
contra ellos mismos y de ellos mismos contra sus verdugos. Cincuenta y
ocho años después, el refugiado es el dominador, la víctima
es el asesino, el oprimido es el opresor. El sionismo es el homicida.
La ruleta de la historia ha girado lenta e inexorablemente hasta colocar
en el extremo opuesto al damnificado. El terrorismo israelí, organizado
en grupos paramilitares de ultraderecha (grupos a los que pertenecieron
los más destacados representantes democráticos actuales
del pueblo judío), ha cometido infinidad de crímenes contra
la humanidad y un genocidio premeditado, tanto desde el poder como desde
fuera de él antes de alcanzarlo.
Obvia decir que en esta consideración del pueblo semítico
cabe una extensa lista de excepciones así como lejos se puede estar
de considerar a la nación Palestina como ejemplificación
de santidad. Tal y como se ha mostrado la historia y ya hemos reseñado,
quizá no sería descabellado imaginar igual situación
en el caso inverso.
Son muchas las voces disidentes dentro de la nación judaica que
se oponen a esta sistematizado ataque y masacre de todo un pueblo. Movimientos
pacifistas, las madres de negro, la izquierda judía, y el movimiento
insumiso y desertor dentro del propio ejército (el más representativo
es el movimiento Ometz Lesarev (Valentía para
rechazar), encabezado por mandos y soldados judíos que en un escrito
respaldado por su propia acción, se niegan a servir en territorio
ocupado; por considerar que humillan, expropian y asesinan a un pueblo,
comienzan a alzar con valentía la voz contra esta barbarie y sinrazón.
Sería, pues, un craso error considerar a todos los judíos
como unos fascistas asesinos, así como idealizar a los palestinos
como mártires ejemplo de bienhechores, guerrilleros que luchan
por las libertades de la humanidad. Lejos estamos de los prototipos simplistas
y de las visiones maniqueas. El fanatismo árabe en muchos casos
ha violado en igual medida las libertades y derechos de muchos seres humanos
en muy diversos países. Pero este hecho, la intransigencia religiosa
musulmana, no justifica, nada más lejos, el genocidio perpetrado
por las fuerzas sionistas y las naciones Occidentales que apoyan al Estado
de Israel en su escalada hacia la militarización y la violencia
como mecanismo de acción. Ese integrismo árabe (fomentado
por Occidente frente al socialismo islámico y que tiene explicación
lógica como reacción frente al olvido y traición
de occidente, para diferenciarse del prototipo de occidental y encontrar
respaldo a su lucha en instancias superiores) sería buen tema de
debate para otro artículo. Analizar sus causas, razones y orígenes
está fuera de este. Simplemente, se ha querido mostrar, con mayor
o menor acierto, una situación lamentable, un ejemplo más
de la consecuencia de la estatalización del planeta, del fatal
resultado de parcelar la tierra en Estados administrados por una elite
gobernante. Una plutocracia que dirige la guerra conforme sus intereses
económicos, territoriales y políticos; evidenciando una
total ausencia de escrúpulos hacia los derechos más básicos
de los seres humanos, a los que distribuyen en países y bajo Estados
conforme sus divisiones en los mapas. Es una evidencia más, el
resultado nefasto de fanatismos tanto estatalistas como religiosos que
derivan en cruentos actos carentes de sentido alguno en un continuo conflicto
que nos aleja cada día más del verdadero enemigo que es
el capitalismo neoliberal. El divide y vencerás es usado con letal
eficacia. Un sistema que se esconde tras países, Estados, banderas,
corporaciones y empresas que hacen odiar y odiarnos. Ni guerra
entre pueblos, ni paz entre clases debiera ser la única
consigna que resonara entre todos los explotados del mundo y no perder
el horizonte en guerras y conflictos creados por intereses de los poderosos
que orquestan el destino del mundo a golpe de finanzas y cotizaciones.
Otro mundo es posible.