EL GOLEM Y LAS BARRAS Y ESTRELLAS.

Por Pausanias el Ácrata

I. UNAS PALABRAS PRELIMINARES.

El año 1948 supone la creación oficial del Estado de Israel, consumación del sueño sionista fraguado casi un siglo atrás. Bajo el consentimiento y aprobación de la O.N.U. y los todopoderosos Estados Unidos de América, se reconoce algo que desde el año 1917 ya estaba acordado: la legitimación de la existencia de un país judío. Pactado en secreto con los representantes de la doctrina sionista, los países occidentales; Gran Bretaña y Francia, reconocían el derecho de los miles de judíos del mundo a disponer de un Estado propio en la franja de lo que en aquel entonces aún era Palestina. La confrontación de estas promesas con las realizadas a los musulmanes por los occidentales en busca de su apoyo en la guerra y con la realidad imperante en Oriente Próximo, hizo inviable la materialización del proyecto en aquellos momentos convulsos y hubo que aguardar treinta años más, antes de que los sionistas vieran consumadas sus ansias estatales.

Pese a haber pasado prácticamente un siglo desde aquellas promesas realizadas por los europeos hacia los judíos, promesas que llevarían un tercio de siglo más tarde al nacimiento de un Estado hebreo, el conflicto que este hecho suscitó permanece candente y de triste actualidad. Varias guerras abiertas y declaradas saldadas con el engrandecimiento de Israel y una continuada y no oficial que mantienen los miles de palestinos contra el gigante colonizador hebreo, son el saldo de este nuevo acto de insensatez de los Estados occidentales que en su repliegue, han creado situaciones tan trágicas como las que su invasión colonial produjo. Este artículo no solo pretende esclarecer en la medida de lo posible los hechos que han llevado a tal enfrentamiento armado en la estrechez árida que es el Medio Oriente, sino señalar y acusar a los principales responsables del desencadenamiento de estos: los Estados europeos y su ávido colonialismo que generó con su política egoísta, la espiral de violencia que aún pervive en Palestina, así como a los Estados Unidos de América que financian, consienten y articulan, desde detrás de las bambalinas, los hilos del genocidio sobre el pueblo palestino perpetrado por la ultraderecha sionista. Y, por supuesto, a los judíos que materializan su sueño estatal sobre la sangre de personas que se aferran a piedras y palos, mientras las balas estadounidenses que escupen fusiles (de idéntica procedencia) sostenidos por soldados hebreos cercenan sus vidas de miseria y hambre, rebelión e ira, sobre las ruinas de lo que fue su tierra. Goliat ha cambiado de bando. Su sombra nubla el sol para los palestinos. Detrás de la ciclópea figura del Gólem, las barras y estrellas ondean atrapadas en un trapo de fatal significado.

II. EL SIONISMO O LA DOCTRINA DEL ESTADO JUDÍO.

Theodore Hertl es el padre ideológico de este cuerpo de creencias que aboga por la reunificación de los judíos dispersos a lo largo y ancho del planeta en una patria propia; un Estado en ese territorio prometido ubicado en la franja bíblica de Palestina. Aunque dicho movimiento ya existía desde muy antiguo en su acepción mística (no hay que obviar que Sión es el monte sobre el que se levanta la ciudad de Jerusalén), su forma política nacionalista no nacerá hasta el siglo XIX. El precedente directo se encuentra en el escrito del médico semita Leo Pinsker, afincado en Odessa y que, tras los odiosos progroms (vocablo ruso para referirse a asesinatos en masa), reivindica una patria para los judíos oprimidos. Autoemancipación es su título y data de 1882. Sin embargo, los primeros en proponer la colonización de Palestina por los judíos (Pinsker nunca especificó lugar) serán los “Chowewe Sion” (simpatizantes de Sión), asociaciones creadas con posterioridad a 1882. Finalmente, será Hertl, un judío enriquecido, el que de cuerpo desde su confortable despacho a esta doctrina a finales del siglo XIX en su libro El Estado judío (Der Judenstaat); el cual, escrito en 1896 impulsado por el “asunto Dreyfuss”, será el documento que moldee definitivamente el sionismo político. En el año 1897, en el primer Congreso mundial sionista de Basilea, se sientan las bases de una rígida estructura política y se proyecta la creación de una sede para el pueblo judío en Palestina, garantizada por el derecho público.

Frente a este sionismo político, cabe resaltar la existencia de un movimiento sionista paralelo denominado sionismo cultural. Contrastando con el político, el sionismo cultural aboga por hacer de Palestina, gracias al trabajo político, cultural e intelectual, un centro espiritual que logre convocar a los judíos de todo el mundo a una unidad interna, posponiendo a una etapa venidera la realización de un Estado.

Ambas corrientes encuentran una síntesis en Chaim Weizmann quien aúna las dos vertientes sionistas en una sola. En la práctica tiene materialización en la creación del Centro sionista de Palestina en Gaffa en el año 1905 y la fundación de una Universidad Hebrea en el 18. Los pilares de la nueva tesis están preparados para sostener el armazón de un movimiento masivo venidero.

Efectivamente, pronto, esta teoría gana adeptos y se abre paso entre la población judaica que en aquellos momentos habita diseminada en diferentes países. Si bien estos países son diversos y muy diferentes entre sí, los judíos mantienen una cultura común basada principalmente en su religión. Este carácter, unido a la hostilidad manifiesta hacia su comunidad, les confiere un sentimiento de unión y de pertenencia a una cultura madre; hecho que explica en gran medida la rápida adopción y expansión del sionismo entre ellos. Este deseo de unificación bajo un único Estado para y dirigido por ellos, pronto crece entre esta población y el anhelo comienza a ser una de las constantes reclamaciones de los judíos de cara a los países poderosos que dirigen el entramado de las relaciones internacionales.

Obviamente, de no darse un factor decisivo, al que ahora mismo me referiré, sus peticiones hacia los poderosos hubieran caído en oídos sordos como las de tantos otros pueblos que claman por los derechos cercenados por la maquinaria del poder colonial. Este factor es el económico. La comunidad judía guarda una rica (en todos los sentidos) historia de prestamistas, banqueros, joyeros, anticuarios, abogados, comerciantes... en definitiva, burgueses adinerados que controlaban y controlan gran parte de la economía internacional. Este hecho explica porqué el sionismo no cayó en el mismo saco al que fueron a parar las ansias nacionalistas árabes, latinoamericanas o asiáticas. Saco que después se arrojó al agua lleno de piedras. Por ello, el sionismo alcanzó las metas que proponía y el reconocimiento internacional mientras otros miles de pueblos y culturas permanecieron, y aún permanecen, olvidadas y abandonadas ante genocidios consentidos y, muchas veces, perpetrados por el poder occidental. El triunfo del sionismo es el triunfo del capitalismo judío, el premio a su poderío económico, a cambio del cual, deben ceder su apoyo a la política occidental de expolio y colonialismo a lo largo y ancho del mundo y, sobre todo, al control territorial de Oriente Próximo, zona importante por su riqueza en petróleo y estratégica situación. Pese a todo, la O.N.U. en 1975 se vio forzada, por el macabro peso de los acontecimientos, a tener que reconocer en el sionismo una forma de racismo. Realmente es un genocidio selectivo y una limpieza étnica de consecuencias brutales. Pero remontémonos en el tiempo y analicemos la evolución de los acontecimientos para comprender las causas que han llevado a tal lamentable situación.

III. DESARROLLO DE PRÓXIMO ORIENTE: UN BOSQUEJO HISTÓRICO DEL NACIONALISMO ÁRABE.

Las raíces del conflicto de Oriente Medio se hunden profundo en la historia de esta zona y se deben buscar en el siglo XV. El imperio Otomano domina toda la zona del Oriente Próximo, aparte de un vasto territorio bajo el cual se originan las primeras pulsiones nacionalistas. Los pueblos sometidos al férreo control turco provienen de un bagaje cultural heterogéneo y pronto comienzan a sacudirse bajo la superficie aparentemente siempre apacible de todos los imperialismos. Entre este amplio abanico de pueblos, encontramos al islámico que empieza una ardua lucha frente al dominador otomano. Durante siglos la situación se mantiene en esa paz tensa y ficticia que intentan mostrar los grandes países. Bajo esa pátina de tranquilidad y orden, un agitado movimiento nacionalista árabe se agazapa lanzando zarpazos al armazón del colonialismo. En estas circunstancias estalla la I Guerra Mundial, acontecimiento bélico de inusitadas proporciones y el más devastador hasta esos momentos. Los cimientos del mundo se tambalean y en ese temblor y pánico a la derrota, los aliados occidentales buscan apoyos hasta en los lugares más inverosímiles. Entre estos se encuentran los árabes. Los aliados son conscientes del odio ferviente que sienten los musulmanes del Próximo Oriente hacia la máquina bélica que es el Imperio Turco y ven en ellos un posible resorte para acercarse a la victoria frente a los turcos en la zona. El Imperio Otomano, aliado del Imperio Austro-húngaro y Alemania, es un poderoso enemigo y todo apoyo es poco. Ante esta situación, Francia e Inglaterra pactan con los países árabes un acuerdo de apoyo mutuo por el cual los árabes lucharán del lado de los aliados, contra los otomanos, y los occidentales se comprometen a la creación de unos Estados independientes para los musulmanes. Sin embargo, las promesas de los franceses e ingleses son huecas ya que al mismo tiempo de realizarlas, una reunión en secreto entre ellos, lleva a la firma de los acuerdos de Sykes-Picot que establece el reparto entre Francia e Inglaterra de la Turquía otomana: Inglaterra pasaría a disponer de Irak y Palestina, así como Francia controlaría el Líbano y Siria. Y a su vez, los aliados han prometido a los judíos, en reconocimiento a su apoyo económico y por los acuerdos de Balfour (1917), la creación de un Estado de Israel en la franja de Palestina. En este juego de alianzas y traiciones los británicos y franceses desconocían el terreno en el que se movían y las consecuencias que desencadenarían sus falacias y falsas promesas.

IV. MIENTRAS TANTO, EL SIONISMO.

Mientras el siglo XIX tocaba a su fin, el movimiento sionista no había permanecido ajeno al desarrollo de su doctrina y estático ante el desarrollo de los acontecimientos históricos. Reclamando un territorio como propio, sin dudar en ningún momento el punto geográfico donde quieren instaurar su régimen, lo que será su tierra prometida fieles a su tesis bíblica, los judíos han iniciado una migración continua desde 1882 hacia Palestina guiados por las promesas religiosas y la doctrina de Hertl-Weizmann. Movidos por los progroms rusos, comienzan el nuevo éxodo dirigiéndose hacia Palestina. Unos 25.000 judíos se asientan ilegalmente desde este momento y hasta 1919 en territorio palestino. Cifra que irá en continuo aumento. Tal será la proporción y magnitud de esta llegada semita que los británicos en su Libro Blanco (1939), propondrán limitar la emigración judía hacia Palestina. Las relaciones entre los musulmanes y los judíos son buenas inicialmente, aceptando los islámicos a los inmigrantes que huyen en muchos casos de una persecución sistemática y brutal. Pero la situación cambia drásticamente cuando al acabar la I Guerra Mundial, salen a la luz los verdaderos planes de los vencedores en la contienda. Cuando los acuerdos de Balfour son conocidos por los palestinos, estallan las primeras revueltas. Los palestinos se niegan a la escisión de parte de su territorio para cederlo a unos inmigrantes a los que, si bien han aceptado, comienzan a percibir como una amenaza. Los judíos siguen llegando a Palestina desde todas las partes del mundo amparados por el sionismo e incitados por los acuerdos firmados con los aliados occidentales. Estos colonos llegan perfectamente preparados, se organizan en las tierras que toman conforme su tradición, levantan escuelas, templos, comisarías, cuarteles, granjas colectivas, canales, irrigaciones... gracias al capital que traen, les donan o consiguen de sus compañeros enriquecidos en los países industrializados occidentales. Cuentan rápido con una importante infraestructura y una disciplina unitaria que les es fundamental para desarrollar el embrión de su Estado en el seno de uno desconocido. Cuando la guerra concluye y los turcos se repliegan de los territorios de Próximo Oriente, los palestinos son conscientes plenamente de la gran traición de la que han sido víctimas. Inglaterra y Francia, lejos de contribuir a la creación de Estados árabes independientes, pasan a ser los nuevos otomanos. Se dividen el territorio en áreas de influencia. Palestina, territorio que nos interesa en este ensayo, queda bajo mandato británico. Solo han cambiado los actores. La tensión sigue como telón de fondo.

V. LA COMPLEJA EVOLUCIÓN DE PALESTINA: INGLESES, MUSULMANES Y JUDÍOS. (1919- 1948).

Comienza en esos momentos y hasta hoy día, una compleja y conflictiva situación en el territorio palestino. Una vez finalizado el conflicto bélico, los Palestinos se levantan contra la Declaración de Balfour. Inglaterra aprovecha la revuelta para invadir Palestina, sofocarla y convertir dicho país en mandato británico. Al tiempo, los judíos, cada vez más presentes en el territorio de Palestina, representando en 1919 poco más del 10% de la población del Estado palestino (unos 65.000 sionistas se calculan que habitaban ya suelo palestino), presionan a los gobiernos occidentales, en especial al de Gran Bretaña para que materialice su promesa de creación de un Estado de Israel. Inglaterra, por su parte, comienza a ser consciente del conflicto en el que se ha ido involucrando y no sabe como salir ni que dirección tomar. Es, por el momento, una traidora a los ojos de musulmanes, cuyo odio hacia Occidente, se incuba bajo su dominación. El desgaste de la potencia colonial que es Inglaterra, producto de la erosión causada a base de protestas y revueltas islámicas, lleva a plantear la situación en el Parlamento inglés. Sin embargo, la situación no es fácil.

Una comisión enviada por el presidente norteamericano Wilson en 1919 ilustra este hecho. Declara lo siguiente de la situación en Oriente Medio: “aunque los árabes se llevan bien con los hebreos que llevan ya tiempo viviendo en territorio palestino y se expresan en árabe, declaran que se resistirán a la continuación de la inmigración masiva judía y a la creación de un Estado judío hasta las últimas consecuencias”. Además, dicha comisión agregó que “los judíos estaban todos de acuerdo con el sionismo y la creación de un Estado judío bajo mandato británico”. “Los sionistas esperan poder desposeer a los actuales habitantes no-judíos de Palestina de todo lo que tenían (para crear un Estado judío)”. Obvia recalcar que las intenciones hebreas desde un principio son evidentes, si bien el papel que juegan los Estados Unidos es mínimo en esos momentos.

Los palestinos comienzan a sentir un rencor creciente hacia los nuevos dominadores, a los que, con razón, consideran unos réprobos enemigos del pueblo musulmán. Los judíos continúan una sistemática y organizada invasión silenciosa del territorio palestino que consideran como propio por derecho divino e histórico. En el año 31 ya representan un 16% de la población total. Inglaterra mantiene el mandato, pero presionada inicia el desmantelamiento de su ejemplar imperio colonial accediendo los primeros países árabes a la independencia en 1922. El primero será Egipto, país donde se instaura una monarquía títere del gobierno de Londres. Luego Irak, en el año 32. Ese mismo año se crea la República de Arabia Saudita. Este acto de liberación es más simbólico que real. En esos primerizos momentos descolonizadores se empiezan a fraguar los mecanismos que luego articularán el neocolonialismo. El autogobierno que concede Inglaterra a sus colonias es tan sólo nominal. El gobierno de los países que alcanzan la autodeterminación sigue en la órbita de dependencia económica respecto a su antigua metrópoli. La dominación pasa a ser invisible, económica; no ya política como lo era antes y tanta fricción levantaba. El control se mantiene sin dañar la imagen internacional de la metrópoli que sigue percibiendo las ventajas económicas que el colonialismo conlleva sin los handicaps que este supone. En esta escalada de accesos a la independencia, nuevos países árabes llegan a tal meta. Tras la II Guerra Mundial se originará una vorágine de independencias fruto de las contradicciones coloniales. Durante la guerra se afirma combatir la opresión nazi, su tiranía e intento de conquista de los países libres y bajo estas hermosas consignas, se reclutan jóvenes de las colonias como carne de cañón. Y estas consignas se las aprenden bien los movimientos nacionalistas de las colonias que reclaman esos derechos por los que se lucharon en la guerra para ellos mismos. ¿Por qué esas proclamas no son aplicadas para sus países colonizados y dominados por otras potencias?. Además, una parte de población de las colonias viaja a estudiar o vivir en las metrópolis y se empapa de ideología liberal-demócrata. Regresarán a sus países con deseos independentistas y nacionalistas fruto de los cuales, se crean importantes movimientos y partidos nacionalistas (Istiqal en Marruecos, Destour en Argel,...) que presionan hasta conseguir una paulatina descolonización. Aunque como ya hemos visto, no será más que una reorganización del colonialismo que muta cual virus para adaptarse a las nuevas condiciones. Emerge el neocolonialismo que aún hoy día sigue vigente.

En este contexto, la emancipación de las colonias árabes en Oriente Próximo será seguida por Siria, Líbano y Transjordania (franja ridícula creada por los británicos de manera artificial). Sin embargo, Palestina mantiene ese estatus de mandato británico.

Gran Bretaña no sabe que hacer con Palestina. A partir del año 37, el gobierno británico ya había pronunciado su posición. Dicha actitud era favorable a la creación de un Estado judío en el 33% de las tierras palestinas, por supuesto, las mejores. Este posicionamiento conlleva levantamientos palestinos que son sofocados por el ejército británico y grupos terroristas sionistas que en acciones conjuntas, atacan poblaciones musulmanas dejando un saldo de 4.000 muertos. Estas brutales actividades sionistas son respondidas con nuevas ofensivas palestinas. La rebelión palestina causó 500 muertos. Inglaterra intenta frenar la inmigración judía aplicando la teoría expuesta en el Libro Blanco. Se interceptan barcos de inmigrantes ilegales, se envían judíos a campos de concentración en Chipre, se limita la adquisición de tierras... Pero la oleada sionista, organizada por la Agencia Judía, el Histadrut (sindicato unitario con empresas, colonias y escuelas propias) y el Fondo Nacional, no deja de aumentar. Es imparable. Las facciones involucradas en esta franja de tierra árida y desértica son irreconciliables, y la tensión generada a base de intrigas y falsos acuerdos se desatará en cuanto Inglaterra anuncie una posible independencia con un desenlace imprevisible. Ante la delicada tesitura, Inglaterra, temerosa, decide aplazar una posible independencia y mantiene el control directo sobre el país. En estas circunstancias, el avance nacional-socialista alemán en Europa desencadena el acontecimiento al que ya nos refiriéramos y nunca debiera haberse producido: la II Guerra Mundial. Superando las expectativas que la Primera hacía prever, el avance armamentístico y técnico contribuyó a que fuera aún más catastrófica, desoladora y destructiva que su homónima predecesora. A su fin, Palestina sigue en ese punto muerto de agitación y violencia.

En el año 47, dos después de que concluyera la guerra, Inglaterra, desgastada ante la infatigable oposición armada palestina que niega doblegarse, decide retirarse de la zona dejando el conflictivo mandato en manos de la recién nacida Organización de Naciones Unidas. Un año después, esta organización autoriza la creación del Estado de Israel en territorio palestino. El 14 de Mayo, el Consejo Nacional judío proclama el nacimiento. El 56,5% del país pasa a estar controlado por los sionistas. Es Israel. El 43% permanece como Palestina. Jerusalén pasa a ser enclave internacional. Una vez más, no hubo que esperar la repulsa palestina.

VI. EL GOLEM SE LEVANTA EN ISRAEL (1948- LA ACTUALIDAD).

Ese mismo año y el siguiente se inicia una sistemática limpieza étnica. Unos 700.000 palestinos son deportados, expulsados de su territorio. Estados Unidos empieza a involucrarse activamente en el conflicto, relevando a los ingleses. El presidente Truman, demócrata mediocre, reconoce el Estado de Israel. Desde este momento, el apoyo yanqui al Estado sionista es total. Los judíos se han organizado y preparado para este momento durante mucho tiempo. Cuentan con un ejército perfectamente equipado, una policía secreta importante y, en general, unas fuerzas represoras totalmente entrenadas y financiadas por los países occidentales. Frente a ellos, un puñado de palestinos con apenas armas y valiéndose de palos, piedras y artefactos caseros, permiten a los sionistas provocar, con la excusa de la insubordinación palestina, la primera guerra israelí-árabe, también conocida como guerra de independencia árabe. En ella, los israelitas aplastan a la alianza árabe y engrandecen el territorio que la O.N.U. les otorgara. En Enero del 49 se firma el armisticio e Israel pasa a controlar casi el doble de los territorios que la O.N.U. le concediera un año atrás.

A partir del año 52, la confrontación entre israelíes y musulmanes es total. En ese año, los países árabes comienzan su revolución. Se sienten traicionados y vejados por Occidente, tanto por su política de dominación económica neocolonial como por su apoyo abierto a Israel, y por su propia oligarquía que pacta con los países occidentales para su propio provecho. Tomando conceptos del socialismo y aunándolos al islamismo, moldean una tendencia que se ha venido a denominar socialismo islámico. Su principal representante fue Nasser en Egipto. En el verano del 52, el movimiento militar que encabeza, derroca la monarquía títere instaurada por Gran Bretaña en el 22 y crea la República egipcia. Con él Egipto accede a la independencia real. Desde aquí el movimiento revolucionario se extiende al resto de países árabes: Irán, Irak, Siria, Yemen... Se proyecta la sombra de la Guerra Fría al conflicto de Próximo Oriente. Estados Unidos se vuelca en su representante en la zona: el sionismo.

Al tiempo, Israel se ha consolidado como país fuerte en esta región. Sigue recibiendo una inmigración judía y el apoyo del capital de Gran Bretaña y Estados Unidos.

En el año 56, un nuevo incidente desencadena otra acción violenta que enfrenta a israelíes y musulmanes. Es la guerra del Canal de Suez. Nasser, consolidado como líder socialista de Egipto, en el empeño de construir la presa de Assuan pide ayuda financiera a los países del bloque Occidental, los cuales se la deniegan. Será entonces cuando la U.R.S.S. ofrezca financiación a Egipto. Pese a esta ayuda interesada del bloque del Este, el capital no alcanza para la titánica obra y Nasser, en un acto de rebelde osadía, nacionaliza el canal de Suez, considerado como internacional. Ante este inesperado viraje de la situación pronto se palpa la ira occidental. Gran Bretaña y Francia preparan un ataque contra la insurrecta Egipto. Pero para no manchar su reputación de cara al mundo, orquestan tras el biombo el conflicto mediante un intermediario aliado y sumiso: por supuesto, Israel. Los sionistas atacan Egipto y el curso del conflicto parece serles favorable. Sin embargo, un hecho inesperado cambia el rumbo de la contienda bélica. Es la intervención de la U.R.S.S. y de E.E.U.U.. Ambos gigantes interceden y obligan a Israel a deponer las armas. Ante esta repentina situación Gran Bretaña y Francia claudican en su afán colonial e Israel se repliega. Nasser aparece como un héroe engrandecido de cara a su pueblo y la opinión pública.

Pero la serpiente sionista no cedió en su empeño. El apoyo de Estados Unidos le permitía y permite sentirse muy superior a los empobrecidos países árabes. Unos incidentes fronterizos y la continua hostilidad árabe, llevan en el año 67 a provocar a Israel la Guerra de los Seis Días, una guerra relámpago en la que la hegemonía hebrea queda de manifiesto aplastando a las fuerzas árabes con pasmosa facilidad. Con la firma del acuerdo de paz, Israel casi duplicó su territorio. Por el Sur, ocupó Gaza, toda la península del Sinaí (anteriormente de Egipto). Por el Este, se anexionó Cisjordania y se apropió de Jerusalén, ciudad que proclama como su capital. La O.N.U. no aceptó esta nueva capital y no ha sido reconocido internacionalmente, pero el sionismo la conserva como tal por su valor religioso. Por el Norte, arrebatan a Siria el Golam y ocupan el Sur del Líbano. Palestina deja de existir. Trescientos mil árabes se ven expulsados de sus hogares. Estados Unidos ampara la perpetración de este genocidio, satisfecho el tío Sam, orgulloso de su nuevo hijo adoptivo.

Los palestinos, representados por los Estados árabes, deciden organizarse también para luchar por su cuenta. Fruto de esta decisión, se crea la OLP (Organización para la Liberación de Palestina) de la cual asumirá el mando unos años después Yasser Arafat. La OLP comienza desde entonces, y hasta hoy día, una sucesión de atentados contra objetivos israelíes, los cuales van siempre seguidos por la represalia tremenda de estos. Se impone toque de queda, ataque a poblaciones palestinas, torturas, asesinatos en masa...

A partir del año 75 se empezó a hablar de paz. Con el patrocinio de Estados Unidos, ya permanentemente presentes en cualquier asunto relacionado con Oriente Medio, se inicia un tímido y falaz proceso de paz. Se necesita estabilidad y es buen momento para imponerla. Sadat, sucesor de Nasser en Egipto, ofrece la paz a los sionistas. En Camp Davis, Estados Unidos, se firma este tratado que supone el fin de la hostilidad entre los dos países, Egipto e Israel. Israel, por su parte, devuelve la región del Sinaí a Egipto. A Sadat le costaría la vida esta “traición” y un atentado acabaría con su vida. Es el primer país musulmán en salir del vértice de violencia que es Oriente Medio y distanciarse así del enfrentamiento con Israel.

En el contexto internacional, sin embargo, se producen nuevos hechos interesantes en esta zona. En el 79 tuvo lugar la revolución islámica en Irán, dirigida por Jomeini. Irán había sido un gran aliado de Estados Unidos y este contratiempo no le gustó en exceso. Como solución propició la guerra entre Irán e Irak. Apoyó el dictatorial régimen de Sadam Hussein, aprovisionándolo de armas y municiones, y cuantiosas ayudas financieras para que este tirano se enfrentara al Ayatolah Jomeini que se interponía en los designios de los Estados Unidos. Más tarde, Hussein se escaparía de las manos de su hacedor gringo y en su delirio de grandeza, se enfrentaría a él. Los aliados se reducían para los yanquis en Próximo Oriente. En este desolado paraje en perenne conflicto, Israel relucía como joya estratégica en el vacío de aliados.

Parias sin territorio en su propia tierra, los palestinos comienzan una infatigable guerra de guerrillas. Se establecen entre Jordania y el sur del Líbano, desde donde hostigan con asiduidad a Israel con incursiones continuas de castigo. Finalmente, Jordania expulsó a los palestinos que mantienen su desigual cruzada contra la tiranía sionista desde el Líbano. Cuando estalla la Guerra civil en este país, enfrentamiento armado entre cristianos y musulmanes, Israel decide invadirlo para imponer “paz” y expulsar a los palestinos allí refugiados. Los resultados de tal represión son tremendos. Bajo el mando de Ariel Sharon, las tropas israelíes y falangistas libaneses eliminan a 3500 personas, hombres, mujeres y niños palestinos y libaneses. La matanza de Sabra y Shatilla aún resuena con tintes sangrientos en la memoria del que quiere recordar.

A finales de los 80, concretamente en el 87, los palestinos que habitan en suelo ocupado, en Gaza y Cisjordania, hartos de la desesperante situación a la que se ven sometidos, organizan la Intifada. Como respuesta al asesinato de unos palestinos por soldados israelíes, estalla una fuerte revuelta árabe. Piedras y palos, bombas caseras y terroristas suicidas frente a la violencia sistemática y organizada sionista que demolían hogares, cerraban escuelas y universidades, arrestando y asesinando en masa de personas,... Esta primera Intifada se extendió hasta 1993.

En 1990-91, Irak, antaño marioneta financiada por el poder del “pentagonismo”, invade Kuwait, zona de influencia yanqui con importantes reservas petrolíferas que Hussein reclama como parte de Irak (ciertamente esta franja fue seccionada de Irak tiempo atrás). Estas reclamaciones del dictador iraquí, se ven respaldadas por una invasión militar a la que no tardará en responder el prepotente poder estadounidense. La Guerra del Golfo, como se la llamó, no fue más que otro sangriento episodio por el control del oro negro, pero el devastador epílogo y las voces internacionales que clamaron contra la barbarie acaecida, llevaron a replantearse la antigua tentativa de distensión. La Conferencia Internacional de Madrid en Octubre de 1991 fue el punto de arranque de un proceso de paz para la región de Oriente Próximo. Fruto de este empuje se fueron llegando a acuerdos entre Israel y otros países árabes: con Jordania, con el Líbano, y los sionistas llegaron a comprometerse a reconocer autonomía a las regiones palestinas: Gaza y algunos territorios de Cisjordania. La subida al poder de la derecha reaccionaria sionista personificada en Netanyaju paralizó el proceso.

Ante esta intransigencia judía, se iniciará la segunda Intifada en el año 2000. La radicalización del conflicto es palpable. Los israelíes han intensificado su política de limpieza étnica. Los colonos sionistas siguen ocupando suelo palestino. Se ha impuesto toque de queda, se derriban con bulldozers las casas musulmanas, se atacan todos los hospitales que atienden a palestinos, se bombardean escuelas... Ante este terrorismo sionista, los atentados suicidas palestinos se redoblan. Las facciones más extremistas y violentas ejecutan estas acciones que acaban con sus propias vidas como respuesta a la aniquilación de su pueblo. Ante el ciclón de violencia, el terror instaurado por los sionistas, la mirada indiferente de Occidente. Los Estados Unidos y su séquito europeo se frotan las manos mientras el servilismo sionista se las mancha de sangre. El control de la zona pasa por el apoyo al Estado de Israel en su “pacificación” de ella, ignorando las consecuencias que ello tenga sobre los pueblos que la habiten. El genocidio consentido, amparado y respaldado por los poderes occidentales, en especial Estados Unidos de América, continua hoy día dejando un cómputo de cadáveres terriblemente elevado en Oriente Próximo.

Tierra que vio florecer los primeros Estados, regados por el Tigris y el Eufrates, lugar que maravilló a los clásicos y que vio erigirse pétreas ciudades, zigurats y templos espléndidos detrás de civilizaciones imponentes que confeccionaron los primerizos alfabetos en los que el ser humano computara riquezas y tributos, es hoy día lugar donde los Estados mantienen el reino de terror que aquellos prehistóricos ya iniciaran. El humo negro de los saqueos, pillajes y batallas sumerias, acadias, babilonias, hititas, filisteas, hebreas, cananeas, nabateas y demás, aún obscurece el cielo de la “tierra prometida” en condensaciones que suben desde los obuses y misiles sionistas. El petróleo, nuevo oro y eje de la economía mundial, mantiene encendida la mecha de la guerra en el Medio Oriente.


VI. CONCLUSIONES FINALES.

El Estado judío de Israel se fundamenta sobre las bases que todo Estado que desea seguir siéndolo aprueba. Frente a los díscolos descontentos, a los sediciosos rebeldes y “terroristas” malpensantes, unas fuerzas del “orden público”, un ejército cuantioso y pertrechado adecuadamente, y un terrorismo de Estado que disuadan del intento de rebelarse contra el poder establecido, a los ciudadanos no conformes. Monopolio de la violencia y su uso. “Del Estado al individuo se llama orden. Del individuo al Estado violencia”. La diferencia básica se halla en que Israel como Estado se encuentra en el seno de otro anterior, al que han desposeído de territorio, y al no haber eliminado todas las células del predecesor, la resistencia a él es mayor que uno legitimado ante la opinión pública. La situación militarizada, por otro lado, es inevitable si se comprende este hecho. Israel es un extraño en territorio hostil. Es la consecuencia lógica de la existencia de Estados.

La nación árabe, expulsada de sus tierras y forzadas a ser parias en su antiguo territorio, relegados a habitar las tierras menos ricas y fértiles y a guardar una estricta disciplina vigilada por los soldados sionistas, ha organizado una tenaz resistencia y un contraterrorismo amparado en una religión, la islámica, que provee de argumentos la lucha armada contra el invasor. Frente a este aumento de la actividad contra el Estado judío, la militarización sionista se justifica y alimenta. La impunidad de la ultraderecha judía en el poder es alarmante, así como la de sus padrinos occidentales. Se calcula que entre 1949 y el año 2001, Estados Unidos ha destinado 95.000 millones de dólares a ayuda financiera hacia el Estado de Israel. La industria armamentística norteamericana ha sido, sin duda, una de las grandes beneficiaria de este descarnado conflicto. Compañías como la Northrop Grumman, Boeing, Lockheed Martín, Raytheon y Exxon Mobil se han embolsado 8.000 millones de dólares desde 1995 gracias a Israel. Creo que ilustra a quien favorece este inagotable escenario bélico.

El pueblo judío ha sufrido en sus carnes la persecución sistemática y la más execrable expresión de degradación de la humanidad, sometidos a un implacable ejercicio de horror cuya única finalidad era el exterminio. Hacinados, torturados, vejados, sometidos a un régimen de terror han conocido el acre sabor del odio nazi contra ellos mismos y de ellos mismos contra sus verdugos. Cincuenta y ocho años después, el refugiado es el dominador, la víctima es el asesino, el oprimido es el opresor. El sionismo es el homicida. La ruleta de la historia ha girado lenta e inexorablemente hasta colocar en el extremo opuesto al damnificado. El terrorismo israelí, organizado en grupos paramilitares de ultraderecha (grupos a los que pertenecieron los más destacados representantes democráticos actuales del pueblo judío), ha cometido infinidad de crímenes contra la humanidad y un genocidio premeditado, tanto desde el poder como desde fuera de él antes de alcanzarlo.

Obvia decir que en esta consideración del pueblo semítico cabe una extensa lista de excepciones así como lejos se puede estar de considerar a la nación Palestina como ejemplificación de santidad. Tal y como se ha mostrado la historia y ya hemos reseñado, quizá no sería descabellado imaginar igual situación en el caso inverso.

Son muchas las voces disidentes dentro de la nación judaica que se oponen a esta sistematizado ataque y masacre de todo un pueblo. Movimientos pacifistas, las madres de negro, la izquierda judía, y el movimiento insumiso y desertor dentro del propio ejército (el más representativo es el movimiento Ometz Lesarev (Valentía para rechazar), encabezado por mandos y soldados judíos que en un escrito respaldado por su propia acción, se niegan a servir en territorio ocupado; por considerar que humillan, expropian y asesinan a un pueblo, comienzan a alzar con valentía la voz contra esta barbarie y sinrazón. Sería, pues, un craso error considerar a todos los judíos como unos fascistas asesinos, así como idealizar a los palestinos como mártires ejemplo de bienhechores, guerrilleros que luchan por las libertades de la humanidad. Lejos estamos de los prototipos simplistas y de las visiones maniqueas. El fanatismo árabe en muchos casos ha violado en igual medida las libertades y derechos de muchos seres humanos en muy diversos países. Pero este hecho, la intransigencia religiosa musulmana, no justifica, nada más lejos, el genocidio perpetrado por las fuerzas sionistas y las naciones Occidentales que apoyan al Estado de Israel en su escalada hacia la militarización y la violencia como mecanismo de acción. Ese integrismo árabe (fomentado por Occidente frente al socialismo islámico y que tiene explicación lógica como reacción frente al olvido y traición de occidente, para diferenciarse del prototipo de occidental y encontrar respaldo a su lucha en instancias superiores) sería buen tema de debate para otro artículo. Analizar sus causas, razones y orígenes está fuera de este. Simplemente, se ha querido mostrar, con mayor o menor acierto, una situación lamentable, un ejemplo más de la consecuencia de la estatalización del planeta, del fatal resultado de parcelar la tierra en Estados administrados por una elite gobernante. Una plutocracia que dirige la guerra conforme sus intereses económicos, territoriales y políticos; evidenciando una total ausencia de escrúpulos hacia los derechos más básicos de los seres humanos, a los que distribuyen en países y bajo Estados conforme sus divisiones en los mapas. Es una evidencia más, el resultado nefasto de fanatismos tanto estatalistas como religiosos que derivan en cruentos actos carentes de sentido alguno en un continuo conflicto que nos aleja cada día más del verdadero enemigo que es el capitalismo neoliberal. El divide y vencerás es usado con letal eficacia. Un sistema que se esconde tras países, Estados, banderas, corporaciones y empresas que hacen odiar y odiarnos. Ni guerra entre pueblos, ni paz entre clases debiera ser la única consigna que resonara entre todos los explotados del mundo y no perder el horizonte en guerras y conflictos creados por intereses de los poderosos que orquestan el destino del mundo a golpe de finanzas y cotizaciones.
Otro mundo es posible.

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