Para mí mismo yo desconocido,
el dios que me posee y que habita,
desconocido, yo trabajado y roto,
despedazado como Dionisos, yo,
en la ignorancia de mí y en la brutal entrega
a los demonios de la noche y el día.
He pasado por aquí, antes, lo sé,
estuve entre los hombres,
y no me fueron indiferentes
ni las uvas ni la hidromiel, ni la lanza
con la que sometían los deseos a la tierra,
pero el cielo, azul en lo alto,
los trabajosos árboles, las abejas en el jardín
que se repite, lejos están de mí,
más ignorante de mí sino, ahora, que la noche
de las iniciaciones
cuando libé en honor de los hechizos.
Yo que fui morada de los dioses
y aposento de humanos, yo carne violada,
espíritu ultrajado por la ignorancia
de mí mismo, fiel en la infelicidad
a los tormentos de la tierra,
yo reverenciando al cielo,
posternado frente a las flores y a la memoria
de los astros, yo, huido de mí mismo
y verdugo de la felicidad que pone voz
a las estrellas. Irme, desposeerme
del mundo, huir hacia aposentos,
sin más recuerdos que un nombre que
me guié y brazos como lechos
anónimas tendidos para ofrecer
dulzura a mis tormentos. Eso es todo,
huir y en desmemoria ciega
aceptar los envíos con que el destino
entrega sus misterios, otra vez ciego,
otra vez entregado al canto y a la danza,
de las ménades siervo y culto del abismo.
Anchas velas, abríos a los vientos y ecos
de las sirenas y los cielos desocultados
a mi pasión de todo, abrid
estelas en los mares, dadme el sueño
perdido en las tormentas, dadme el rayo divino
y que a su voz sucumba, ya liberto de cárceles
y sombras que sepultados sean este día.