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II. PREFACIO
Los ríos Salinas y Pasión confluyen para formar uno mayor que discurre a través de las tierras bajas mayas y desembocar en el Golfo de México. Es en el margen mexicano, una vez el Usumacinta abandona el Petén guatemalteco, donde se erige orgullosa la imponente ciudad de Yaxchilán. En un meandro con forma de herradura, los arquitectos, constructores y artistas mayas dirigidos por una elite megalómana levantaron y decoraron uno de los más bellos complejos arquitectónicos del Nuevo Mundo. Una fina mezcla de ideología política, ritual y belicismo se plasma en su impresionante conjunto de tallas, estelas y, sobretodo, dinteles labrados. Expertas manos trabajaron sin descanso para dotar a la ciudad del aspecto magnificente que el momento histórico reclamaba. Arquitectos, estuquistas, tallistas, astrónomos se consumaban generación tras generación al engrandecimiento de un sistema político monolítico y ególatra; una estructura social obediente a un rígido orden inspirado en patrones metafísicos. “Señores sagrados” (K’uhul ahawob) dirigiendo el destino de miles, manteniendo el devenir del tiempo y el universo y por lo que deben ser servidos. Ejércitos bravos y sanguinarios se enfrentaban en frecuentes contiendas por territorios y recursos. Sacrificios propiciatorios que contribuyen a calmar a los feroces dioses o a gratificar a los benévolos. La arqueología ha descifrado gran parte del pasado escrito en las acrópolis muertas. Su calendario y cosmovisión se van doblegando al conocimiento de arqueólogos, antropólogos, epigrafistas y lingüistas. Sus jeroglíficos poco a poco nos hablan revelándonos lo que codifican. Nombre de reyes, prisioneros, ciudades, dioses, ceremonias se despliegan frente a los investigadores. Mientras el pasado se rinde ante el estudio meticuloso de los especialistas, Yaxchilán ha evolucionado de ser una desconocida, un conjunto de piedras enmohecidas apiladas caóticamente, a ser un centro con una documentada historia, unos protagonistas, fechas y edificaciones reconocidas. Sin embargo, aún reticente, la verdadera historia de la ciclópea urbe se escurre en ciertos momentos hacia la oscura sombra que la historia proyecta. Muchas incógnitas permanecen sin ser desveladas. Los glifos, tallas y restos arqueológicos no han dicho aún la última palabra.
La génesis de la ciudad debió ser como la de otras muchas. Enormes piedras arrancadas de las canteras con un instrumental lítico y transportadas mediante la fuerza humana sin contar con bestias de tiro o ruedas que ayudasen en la empresa, unidas unas a otras con el cemento obtenido de la piedra de cal hasta conseguir alturas que desafían los principios de la gravedad. Todo ello siguiendo las instrucciones de unos arquitectos tan tenaces como minuciosos que con instrumentos de medición sencillos alcanzaron precisión absoluta ajustando leyes físicas a patrones cósmicos. Un empeño que plasmó en el empleo del espacio y mediante la piedra una mentalidad mística y temerosa de las fuerzas siderales que entretejen el destino de la humanidad y todo lo que existe. Parte de esa carga la transmiten las construcciones al visitante que más de mil años después observa en silencio la acrópolis maya acariciada por el Usumacinta.
Como en otras ciudades del Mayab, en la de Yaxchilán se ha podido reconstruir de manera más o menos razonable una historia inscrita en la piedra. Desde que en el año 1882, Alfred Maudslay la descubriera atrapada por el bosque tropical, la urbe ha sido visitada por un ingente número de investigadores y viajeros que mudos contemplan la magnificencia de tan hermoso conjunto. Incluso hoy en día, engullidos por la voraz vegetación y la ubérrima selva, esos testigos mudos, centinelas de los baktunes y katunes, nos maravillan. No podemos sustraernos a la fascinación que las ruinas de unas ciudades pretéritas provocan en nuestra mente al observarlas envueltas en ese halo de misterio mientras nuestra imaginación se enaltece ante los secretos que guardan. Pese a que cada vez se conoce más de aquellas gentes que desafiaron a un medioambiente tan adverso en su empeño de levantar una civilización, la fascinación se resiste a desaparecer. Aunque sus pulsiones y motivaciones a la hora de elevar aquellas ciudades hacia el cielo fueron tan humanas como las nuestras de hoy día, ese misterio permanece inalterable inherente al febril paisaje en que quedaron emplazadas: la selva centroamericana.

PLANO DE YAXCHILÁN
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Yaxchilán, o Siyaj Chan como debió quizá de llamarse en sus tiempos de gloria y esplendor, se encarama en una elevación cáustica que nace en la ribera del Usumacinta. La imagen impresionante que hoy tenemos de la urbe se debe en gran parte a dos reyes del siglo VIII que dirigieron sus esfuerzos a engrandecerla. Más de 58 dinteles labrados se mantienen hoy día en las estructuras, gran cantidad de estelas muestran aún altivas un pasado muerto de lo que otrora fuera una ciudad llena de vida y color. Numerosas edificaciones, entre las que contamos templos, palacios, residencias y juegos de pelota, dibujan el contorno de una historia llena de batallas y reverencia a los dioses. Precisamente esa inclinación por los temas militares en el arte de Yaxchilán llevó a considerar a la ciudad como una importante potencia bélica, cabecera hegemónica de un espacio amplio. Sin embargo, las nuevas pruebas e investigaciones apuntan en una diferente dirección. Dirección que, desde luego, no desmerece el tesón y perseverancia con que esas gentes emprendieron el camino hacia la estatalidad en un medio tan hostil como es el bosque tropical mesoamericano.
III. HISTORIA DEL SITIO
Los orígenes de Yaxchilán se pierden en los inicios del periodo Clásico. Imitando la novedosa forma de organización sociopolítica que venía desarrollándose desde el período Formativo, durante casi mil años en las tierras selváticas del Petén y bajo la influencia de la costa del Pacífico, las tierras altas y la evolución en la vertiente del Atlántico (Norman Hammond, 1982), una recién consolidada elite que asentaba sus privilegios en el paulatino avance desde sus atribuciones como grandes hombres (Big Men) dirigentes y organizadores de las tareas para un bien común de la colectividad hacia un totalitarismo basado en gran medida en la religión y la guerra, comienza a ordenar y planificar lo que serán las primeras edificaciones en las orillas del Usumacinta. Siguiendo una tradición puramente mesoamericana, las siguientes ampliaciones y construcciones erigidas se superpondrán a estas originarias dejando un escaso rastro de ellas. Al ser lugares cargados de una fuerza mística (chul´el) por la repetición de rituales y ofrendas en ellos, las ulteriores edificaciones que encargaran los venideros ahawob se emplazarían sobre las ya existentes.
Yaxchilán tiene la enigmática característica (al igual que escasos centros más. Léase Bonampak, Lacanhá, Cancuén o Machaquilá) de poseer dos glifos-emblema. No se sabe por qué estos centros contaron con esta particularidad mientras otros, la mayoría, solo enarbolaban uno. Algunos estudiosos apuntan una unión política o algún tipo de gobierno conjunto entre dos reinos como parece ocurrir entre Bonampak y Lacanhá o Cancuén y Machaquilá. Por ello se barajó un origen similar para Yaxchilán. Sin embargo, no hay consenso entre los investigadores ni ninguna prueba definitiva que resuelva la controversia.
De los ahawob de este centro se conoce bastante debido en gran parte a los dinteles labrados, cuatro en especial, y una escalera jeroglífica que reconstruye toda la genealogía de la estirpe que creó la urbe lítica. El linaje de gobernantes de Yaxchilán se inicia quizá en el año 359 (la mayoría de las fechas aquí manejadas se deben a Peter Mathews, 1975, 1985), con la subida al poder del primer señor documentado, Yoaat B’alam I. A este poco conocido ahaw le sigue un segundo cuyo glifo viene representado por la cabeza de la deidad Itzamnaaj y la testa de un jaguar, representación que le ha valido el nombre de Itzamnaaj Balam I, también conocido popularmente como Escudo Jaguar I. Las fechas de su reinado se han perdido aunque su sucesor puede haber alcanzado el mando allá por el 378 d. N. E. Su nombre es Pájaro Jaguar I, o Yaxun Balam I, que, si la interpretación de las fechas es correcta, debió reinar la escasa cifra de 11 años, hasta el 389. En esta fecha se sitúa la ascensión de Yax Cráneo Asta de Venado de difícil cronología. Se supone que en el 402 le sucede el Gobernante 5 cuyo glifo está excesivamente erosionado en ambas fuentes (la serie de dinteles y la escalera jeroglífica) como para elucubrar más acerca de él.El sexto ahaw de Yaxchilán porta el nombre de Kinich Tatbu Cráneo I y las fechas de su mandato nos son desconocidas. Cráneo Luna (454-467) será el séptimo mandatario del sitio según las fuentes pétreas, al cual sigue Pájaro Jaguar II. Durante el reinado de estos dos últimos gobernantes se emprendieron guerras contra el pujante reino vecino de Piedras Negras, iniciándose una competencia, que derivará muchas veces en hostilidad, perenne a toda la historia de Yaxchilán.El noveno rey del reino del Usumacinta es denominado por David Stuart como Joy Balam, traducido como Jaguar Amarrado, aunque su glifo, un jaguar con un nudo que le pasa por un ojo,también ha llevado a denominarlo Jaguar Ojo de Nudo I. Las fechas marcadas para él son del 508 al 518. Le debemos la más temprana estela conocida de Yaxchilán, la estela 27, que le representa en toda la gloria de ahaw. Fue un líder fuerte y guerrero que venció a tan importantes rivales como Bonampak, Piedras Negras e, inclusive, Tikal. Su hermano, el décimo ahaw del sitio, le sucede cuando Joy Balam parece caer en el conflicto con Piedras Negras. Kinich Tatbu Cráneo II, 526-537, enfrenta tiempos de crisis. Quizá esto le lleve a la reconstrucción genealógica en los dinteles que encarga, una de las obras más refinadas que el Clásico conoce.
Desde este momento, año 537, y hasta el siglo VII no se conoce gran cosa de la urbe. La ausencia constructiva (solo se asocia a este intervalo la Estela 2) y la erosión de la escalera jeroglífica solo nos ha permitido identificar con relativa seguridad al monarca Joy Balam II (C. Tate, 1992). Del 629 al 669 reina Yaxun Balam III, o Pájaro Jaguar III, conocido gracias a monumentos construidos después de su muerte. Se le considera el quinceavo en la línea genealógica. Su hijo con la Señora Pacal será su sucesor e iniciará una importantísima regeneración del centro. Itzamnaaj Balam II, o Escudo Jaguar II, reinó de manera efectiva y enérgica desde el año 681 hasta el 742 d. N. E. y a él se le deben una magnífica serie de edificaciones, estelas y dinteles labrados, encargados a los mejores artistas de su época. Se le calcula una longeva existencia (Tatiana Proskouriakoff, 1963, 1964), quizá de noventa años (dato este discutido por Alberto Ruz Lhuillier). El templo 44, un edificio conmemorativo a sus éxitos guerreros del 732 (M. E. Miller, 1991), posee dinteles y escalones jeroglíficos de inmenso valor artístico e histórico que engrandecen la figura de Itzamnajj Balam y conmemoran sus victorias y capturas. Como rey guerrero extendió el territorio de Yaxchilán (ver apartado V. I.) y practicó una política matrimonial y de alianzas sumamente activa (ver apartado V. II.).
Su muerte en el 742 abrió una década sin sucesor. En el 752 se documenta la siguiente ascensión, la de su hijo Pájaro Jaguar IV. Este dilatado periodo fue interpretado por Tatiana Proskouriakoff como un enfrentamiento por el poder que imposibilitó la estabilización de la sucesión hasta que uno de los candidatos se impusiera.

EDIFICIO 19 DE LA ACRÓPOLIS CENTRAL DE YAXCHILÁN. FOTO: GEMA LÓPEZ.
Sea como fuere, hay datos, no en Yaxchilán, sino en su vecino Piedras Negras que pueden bosquejar la situación.El grabado en el dintel 3 de esta ciudad, se interpretaba (T. Proskouriakoff, 1963, 1964, L. Schele, P. Mathews, 1991) como la participación de Pájaro Jaguar IV en la designación del heredero del Gobernante 4 de Piedras Negras, viendo en ella las estrategias de vínculos y uniones entre ciudades del Mayab. Hoy día, se interpreta de manera diametralmente opuesta. La comitiva de Yaxchilán, representada en el dintel por tres figuras a la derecha del Gobernante 4, es nombrada por sendos glifos emblema. En uno de ellos se cree reconocer la variante del nombre del gobernante fundador, y se le ha descrito como Yoaat Balam II, quien quizá gobernó en el interregno en Yaxchilán. Junto a él, un joven, quizá heredero, denominado bajo el glifo de Pájaro Jaguar. El Gobernante 4 se dirige a los visitantes en un texto labrado entre ambos. En él, les recuerda su antigua subordinación a Piedras Negras. Tradicionalmente se ha sugerido que fuera esta la validación de Pájaro Jaguar IV al trono de Yaxchilán tras un interregno gobernado por la figura acompañante, ese Yoaat Balam II, aunque también pudiera ser una embajada inicial entre dos importantes figuras (S. Martín, N. Grube, 2000). Según estos autores, es factible pensar que Piedras Negras sacaba a la luz información no deseada por su rival y vecino, Yaxchilán.
Lo que sí es cierto, aparte de este oscuro periodo de interregno o lucha por el poder, es que el siguiente ahaw de Yaxchilán es Pájaro Jaguar IV. Asciende en el 752 y se mantendrá en el ahawlel hasta el 768. A su breve reinado le debemos una enorme profusión constructiva dirigida en gran medida a legitimar su derecho al cargo. Hijo de una reina de rango menor, la Señora Ik’ Cráneo, a los 43 años ostenta el cargo de ahaw y difunde un interregno del que él era centro de todos los asuntos como ungido de Itzamnaaj Balam (Schele y Freidel, 1990 Mathews, 1997). A este gobernante se le debe una extensa obra artística en la ciudad y una reescritura de la historia del centro en la escalinata jeroglífica. Manda restaurar la estela 27 del gobernante Joy Balam I y recoloca los dinteles en una nueva edificación, el edificio 12. Tampoco obvió el campo militar para dotar prestigio legitimador a su persona. No dudó en presentarse como un fiero guerrero con sonoros epítetos (“Él, el de los 20 cautivos” o “Amo de Aj Uk”).Utilizó la arquitectura pública como vehículo propagandístico, reformando profundamente la acrópolis central, sumando nuevas edificaciones o remodelando antiguas, y añadiendo un ingente cuerpo escultórico tanto en estelas como en dinteles y escaleras. Su política matrimonial también se destinó a fortalecer su gobierno, contrayendo lazos con entidades políticas de la zona, recientemente subyugadas por sus antepasados directos, y con mujeres de relevantes linajes nobiliarios de su propia ciudad (L. Schele, 1991). A las mujeres de estas nupcias las otorgó especial importancia dentro de las manifestaciones artísticas de Yaxchilán.
En el año 768 se asocia por última vez a este ahaw con un evento suficientemente importante como para ser registrado. En el dintel 9 intercambia “bastones alados” con el tío del heredero Chel Te Chan Kinich (según David Stuart, 1989), un sahal llamado Gran Cráneo. Dada la escasa edad del futuro ahaw, pudo tener Gran Cráneo poderes especiales para asesorar y supervisar su reinado (Schele y Freidel, 1990).
Chel Te Chan Kinich cambió su nombre por Itzamnaaj Balam III una vez accedió al trono. Su intento constructivo no pudo alcanzar al de su progenitor y, aunque al principio de su reinado se producen hermosas obras, se percibe cierta decadencia en el estilo y un bajón considerable en la producción de grandes edificios. La prosperidad que su padre aportó al reino de Yaxchilán en base a sus victorias militares y sus alianzas políticas dejó algo de huella en el mandato del heredero. Su tío Gran Cráneo fue fiel consorte suyo y quizá un distinguido capitán militar que le apoyó durante todo su reinado.
De esta manera, Itzamnaaj Balam III realizó un decidido esfuerzo por mantener el orden político y el dominio de Yaxchilán en un ambiente en el que posiblemente ya se presagiara el descenso que llevaría al colapso poco tiempo después.

ITZAMNAAJ BALAM III RECIBIENDO DEL SAHAL AJ CHAK MAAX TRES CAUTIVOS
Kinich Tatbu Cráneo III sucede a su padre Itzamnaaj Balam en el poder. Legó una serie de dinteles poco llamativos y un tosco templo, el bautizado con el número 3, con una sola puerta y un estilo arcaizante que desorientó a los arqueólogos. A él se le debió la última victoria sobre su rival Piedras Negras, capturando al Gobernante 7 y conmemorándolo en el dintel 10 según interpretación de David Stuart. Sin embargo, la desestructuración del sistema político se refleja en la tosquedad de las construcciones y tallas, más pequeñas y realizadas por manos menos diestras lo cual parece indicar que el poder de la dinastía Jaguar se estaba descomponiendo.
Para este periodo van cesando las pruebas de ocupación a gran escala del sitio. Aparecen casas de habitación en las plazas abandonadas utilizando en sus cimientos monumentos rotos. Poco después se produjo el abandono. Solo los lacandones peregrinaban al lugar con sus incensarios a rezar a sus antiguos dioses mientras que los reyes, otrora poderosos y temidos, quedaron olvidados. Los monos aulladores tomaron los templos y edificios a la par que la rencorosa selva reclamaba lo que antaño fuera suyo. Yaxchilán, durante varios siglos refulgente en el Usumacinta, se hundió en un anonimato del que, ahora, nos empeñamos en rescatarla.
AHAWOB DE YAXCHILÁN EN ORDEN CRONOLÓGICO:
YOAAT BALAM:359-¿?
ITZAMNAAJ BALAM I: ¿?
PÁJARO JAGUAR I: 378-389
YAX CRÁNEO ASTA DE VENADO: 389-402?
GOBERNANTE 5: 402?-¿?
KINICH TATBU CRÁNEO I: ¿?
CRÁNEO LUNA: 454-467
PÁJARO JAGUAR II: 467-¿?
JOY BALAM I: 508- 518
KINICH TATBU CRÁNEO II: 526-537
¿?
JOY BALAM II: 564-¿?
¿?
¿?
PÁJARO JAGUAR III: 629-669
ITZAMNAAJ BALAM II: 681-742
¿Regencia?,¿interregno?
YOAAT BALAM II: 749-¿?
PÁJARO JAGUAR IV: 752-768
ITZAMNAAJ BALAM III: 769-800
KINICH TATBU CRÁNEO III: 800-¿?
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