GUERRA CIVIL Y ESCRITORES EXTRANJEROS
Primera parte

Por Lemuel

1. Fueron tales la brutalidad y la barbarie de la agresión sufrida en 1936 por la República española, tan profundo el carácter oscurantista y retrógrado de sus justificaciones ideológicas, que prácticamente toda la intelectualidad mundial se manifestó de inmediato en contra de los rebeldes fascistas y a favor de la legalidad democrática del Gobierno. La historia universal no registra un movimiento cívico-cultural de envergadura y unanimidad comparables. Y es que, además de intuir en ese alzamiento de la peor reacción española los terroríficos preliminares de la guerra general que ya anunciaba a voz en cuello la bestia hitleriana, los escritores y artistas de los más diversos países entendieron con enorme lucidez que en la España republicana se jugaba de algún modo a cara o cruz su propia razón de ser, la posibilidad misma de la vida intelectual y creadora de todos ellos. Como escribiría después refiriéndose a su propio oficio el poeta Stephen Spender –en el prólogo a la antología Poems for Spain--, la de los republicanos fue “una lucha por las condiciones sin las cuales la escritura y la lectura de la poesía son casi imposibles en una sociedad moderna”.

En relación con esta problemática, en 1963 aparecía en las ediciones de Ruedo Ibérico de París un documentadísimo libro, que causaría sensación, titulado El mito de la cruzada de Franco, de Herbert R. Southworth. Antes y, sobre todo, después de esa fecha, se han publicado infinidad de trabajos valiosos acerca de nuestra guerra y de la repercusión que tuvo en la conciencia y en la actividad de tantas personalidades del mundo: desde la obra editada por el francés Marc Hanrez, hasta la muy reciente y estupenda del hispanoescocés Niall Binns, pasando por el precioso libro de Dario Puccini Romancero de la resistencia española.

Pero refiriéndonos ahora solo a El mito..., en este estudio, el formidable erudito norteamericano ponía en ridículo a ciertos miserables cachorros cagatintas del franquismo –los Pío Moa de los años cincuenta y sesenta del pasado siglo-- que pretendían, si no ocultar -- pues tal cosa era imposible, pese a la férrea censura impuesta por los inquisidores del Régimen--, al menos minimizar el apoyo dado a la República por la inmensa mayoría de la intelectualidad internacional. Paralelamente, aquellos desvergonzados historietistas, recurriendo cuando era necesario a la mentira e incluso a la falsificación documental, hacían los mayores esfuerzos imaginables para “engordar” la nómina de los adictos a la sublevación fascista.

2. Los plumíferos a sueldo de la dictadura, incapaces de ocultar, pues, la cantidad y calidad de los intelectuales de todo el mundo que se habían pronunciado y seguían pronunciándose a favor de la República española y en contra del fascismo, echaron mano de otras diversas argucias. Decían: sí, sí, pero es que esas gentes estaban y están mal informadas, se dejaron manipular por la propaganda roja entonces, y ahora no quieren perder la cara. O decían: sí, sí, pero es que esas gentes eran y siguen siendo comunistas, vendidas al oro de Moscú. O también: sí, sí, pero cuando muchas de esas gentes se desengañaron del comunismo, cayeron en la cuenta de que también habían estado miserablemente engañadas con respecto a la República y a la Cruzada de liberación nacional.

Rafael Calvo Serer, por ejemplo, combativo historietista del Opus Dei, insitía mucho en este último argumento, poniendo como ejemplo los diversos casos de conocidos ex-comunistas, entre ellos el norteamericano Louis Fischer y el cosmopolita de origen húngaro Arthur Koestler.

Y era verdad que esos autores habían abandonado el comunismo. Arthur Koestler, además –y esto es algo que Calvo Serer callaba, sin duda por pudor—, saltando garbosamente del rojo al amarillo, había pasado muy pronto a prestar sus valiosos servicios a la CIA, como tan bien explica, entre otros, Frances Stonor Saunders en su apabullante estudio La CIA y la guerra fría cultural. Pero ni siquiera esos avatares de sus biografías políticas supusieron que esos personajes cambiaran nunca de idea con respecto a lo que significó la República ni con respecto a lo que significó la Cruzada fascista de “liberación nacional”.

Louis Fischer, que ya había dejado de ser comunista antes de 1936, escribía en Men and Politics (1941): “[La guerra española] fue una guerra santa porque fue una guerra por la paz. Fue una guerra santa porque fue una guerra por la libertad. España había sido un país libre. Llegó a ser fascista. Todos aquellos que contribuyeron a la victoria de Franco contribuyeron también al estallido de la segunda guerra mundial. Todos aquellos que contribuyeron a la victoria de Franco contribuyeron a suprimir la democracia”. Y, treinta y tantas páginas más adelante, en el mismo libro: “Dos días después del comienzo del asedio de Madrid, me enrolé en las Brigadas Internacionales. Me siento más orgulloso de esto que de cualquier otra cosa que haya hecho en toda mi vida”.

En cuanto a Koestler, que abandonó el comunismo inmediatamente después de nuestra guerra, se expresaba así en The invisible writing, de 1954, es decir, cuando ya era todo un CIÁ-tico hecho y derecho: “Si todavía tenía yo algunos escrúpulos, pronto fueron acallados por la desvergonzada propaganda franquista. En Inglaterra, en Francia, Franco exhibía la mohosa historia de que los rebeldes se habían sublevado a tiempo de aplastar un alzamiento comunista”. (Aunque hace medio siglo que se escribió esto de la “mohosa historia”, ¡aún no se han enterado de ese moho los mohosos píos mohas!) Y un poco antes, en el mismo libro: “Los actos de terror de los nazis fueron por lo menos ocultados tras los muros de las cárceles y de los campos de concentración. Pero las matanzas de Badajoz, los bombardeos de Madrid, la muerte de los niños de Getafe, la destrucción de Guernica, tuvieron lugar a la vista de todos; ante tales sucesos, las gentes reaccionaron con espontánea convulsión de horror... Una vez más, los moros habían llegado hasta los Pirineos, pero ahora como defensores de la Iglesia... Una vez más, una horda mercenaria, la Legión Extranjera del Tercio, mataba, violaba y saqueaba en nombre de una Santa Cruzada...”

3. Resultaría excesivo incluir aquí la inacabable nómina de los intelectuales y artistas internacionales que alzaron su voz, e incluso empuñaron las armas, en defensa de la República y en contra del fascismo teocrático-castrense. Valga citar rápidamente: Neruda, Vallejo, Paz, Mancisidor, Huidobro, González Tuñón, Torriente Brau, Carpentier, Marinello, Guillén, E. Paul, U. Sinclair, Hemingway, Dos Passos, L. Hugues, D. Parker, A. Bessie, Malraux, Sartre, de Beauvoir, S. Weil, C. Simon, Saint-Exupéry, Éluard, Tzara, Adamov, Péret, Aragon y Triolet, Supervielle, más una veintena de ingleses, más una decena de alemanes, más rusos, checos, italianos, griegos... Algunos de esos nombres, incluidos los de tantos que dieron su vida o perdieron su integridad física defendiendo la libertad de nuestro pueblo, figuran en el voluminoso, emocionante libro de Dario Puccini Romancero de la resistencia española, que ya he citado.

Pues bien. Si vanos fueron los esfuerzos de los propagandistas del Régimen por minimizar la cantidad y calidad de esos intelectuales, tampoco les fue mucho mejor a la hora de intentar embellecer el panorama de los otros, de los “suyos”, de los amigos de la Cruzada franquista.

Lo cierto es que, entre los intelectuales mundiales de alguna valía, estrictamente en apoyo de Franco y sus criminales mesnadas solo se posicionaron: el sudafricano Roy Campbell y los franceses Pierre Drieu la Rochelle y Robert Brasillach.

El primero, Campbell, un racista furibundo, dedicó a la guerra –en la que no participó personalmente-- un libro de poemas titulado Flowering Rifle, 1939. El propio autor reconoce que su texto es muy parcial, pero, según dice, también son parciales los escritores antifascistas ingleses, víctimas de un humanitarismo que “toma partido automáticamente por el Perro contra el Hombre, por el Judío contra el Cristiano, por el Negro contra el Blanco, por el Siervo contra el Amo...” Rabiosamente anticomunista y antisemita, el autor queda admirablemente autorretratado cuando manifiesta su alegría al ver los cuerpos de unos brigadistas masacrados: “y en Brunete podrás ver amontonados / a gilís muertos subiéndose uno a otro a las espaldas / para hacer una enorme paella de las llanuras, / un plato de arroz, con cadáveres en vez de granos”. Típico estilo falangista, como puede verse. No sorprende, por tanto, que un lúcido crítico franquista de los años 60 dijese de Campbell que era “el poeta extranjero que mejor había sentido y comprendido a España”.

El francés Robert Brasillach, detenido, juzgado y condenado por –cito la sentencia-- “sanguinario colaboracionismo” con el enemigo hitleriano, será fusilado en febrero de 1945. Pierre Drieu la Rochelle, más templado en sus filias nazis, pero temiendo a pesar de todo la misma suerte, se suicida abriendo la espita del gas en la cocina de su casa. De este último, la novela Gilles tiene parcialmente como escenario la guerra española. Peor escritor que Drieu, aunque más fanático, Brasillach también ambienta en España su novela Les sept couleurs, así como el libro Les cadets de l’Alcazar, escrita en colaboración con un mediocre correligionario ultra de nombre Henri Massis.

También es verdad que, junto con los citados, quizá cabe poner también al inglés Hilaire Belloc. Y, desde luego, a Paul Claudel. Sin embargo, Belloc apenas hizo ni escribió nada relacionado con la guerra, de modo que en muchos estudios se omite su nombre, simplemente por olvido, por la insignificancia práctica de sus simpatías fascistas. Quizá su aportación más destacada fue un artículo en el que definía el caso español diciendo que era “una prueba de fuerza entre el comunismo judío y nuestra tradicional civilización cristiana”. Parece que no estaba el hombre en su mejor momento.

Lemuel

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