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Este pasado día 29 de enero tuvo lugar la segunda sesión de lectura del libro de Ignacio Rodas, El
siglo del comunismo, recientemente publicado (www.marxismocontemporaneo.org). Con la
participación, como en la ocasión anterior, del autor, se leyó y discutió, en concreto, el segundo
capítulo del libro: «Las dos revoluciones comunistas».
El primer elemento clave que se dilucidó es el papel decisivo que, en el reconocimiento histórico
del movimiento comunista, desempeña la lucha efectiva para destruir el Estado burgués. A este
propósito, el análisis, en el plano de los hechos fundamentales —desarrollado en el citado capítulo del
libro—, del transcurso de las dos revoluciones, indiscutiblemente comunistas, vistas hasta hoy (la
Comuna de París de 1871 y la revolución proletaria internacional prologada por el Octubre ruso de
1917), no deja lugar a duda alguna: una auténtica revolución comunista o, dicho en otras palabras, toda
verdadera revolución proletaria queda definida, como tal, no por ningún supuesto contenido
pretendidamente "comunista" o "no capitalista" de las medidas adoptadas, sino por el hecho de que
tales medidas que, en ningún caso, pueden superar el cuadro social, todavía inevitablemente imperante
del capitalismo, se integran, sin embargo, en la lucha efectiva, de las masas explotadas, para destruir el
de la clase explotadora, el Estado capitalista.
Así pues, qué duda cabe —aseguró Rodas en el curso de la lectura/debate— de que toda auténtica
revolución proletaria, comunista, se esfuerza, desde el primer momento, en defender, por todos los
medios a su alcance, las condiciones de vida de la clase que la protagoniza, el proletariado, pero de ahí
a creer que la revolución de la clase trabajadora se distingue o puede distinguirse, a lo largo de toda su
primera fase desarrollo, por la adopción de medidas que podrían poner en cuestión el trabajo asalariado
sobre cuya base descansa la sociedad burguesa media todo un abismo, ni más ni menos, a la postre,
que el que separa irreconciliablemente el movimiento proletario revolucionario de la
contrarrevolución. Por el contrario, el movimiento revolucionario real, en esa primera fase de su
desarrollo —caracterizada por la imperiosa necesidad de derrotar política y militarmente al, aún muy
poderoso, capitalismo—, no ha reconocido ni reconocerá otra prioridad que la de la destrucción
efectiva, a escala de todo el planeta, de esas máquinas de opresión y represión de la burguesía sobre el
proletariado que son, independientemente del régimen, democrático o no, que adopten, los Estados
capitalistas.
Paradójicamente, pues, tal como puede leerse en este capítulo comentado de El siglo del
comunismo: las decisiones tomadas, en su transcurso, por la Comuna de París y por el Octubre ruso de
1917 «eran medidas revolucionarias, comunistas; no, qué duda cabe, porque correspondieran a la
sociedad sin clases, sino justamente, para decirlo así, por todo lo contrario, porque correspondían a las
condiciones reales de lucha para destruir la sociedad de clases capitalista, todavía existente; a las
condiciones reales de movilización y organización unidas de la clase explotada, el proletariado, para
avanzar efectivamente en ese camino, el que conduce a la sociedad comunista, de la única forma en
que era y es posible, imponiendo, antes que nada, el poder político y militar de los explotados sobre los
explotadores, como premisa indispensable para pasar a las transformación real de las relaciones
sociales de producción y vida imperantes».
Al hilo de la lectura, surgió un ejemplo significativo de esta paradoja, dialéctica como la vida
misma, de una revolución comunista que sólo puede empezar a avanzar hacia la sociedad sin clases
mediante la adopción, en lo económico, de medidas que se hallan en el cuadro del modo de producción
capitalista («¿qué otro tipo de medidas podía y puede adoptar toda verdadera revolución proletaria en
esa primera fase de su desarrollo en la que está y estará obligada a combatir, a vida o a muerte, en el
terreno político-militar, contra los ejércitos capitalistas?...» —dio en plantear, con pleno acierto, uno
de los compañeros asistentes—). El ejemplo, tratado en el libro y que se comentó, a este propósito, en
la sesión de lectura, fue el del control obrero de la producción, una de las primeras medidas aplicadas,
para defender los intereses del proletariado, tanto en la Comuna de París como en la revolución rusa de
1917 y que, sin duda alguna, volverá a la palestra con los primeros anuncios efectivos de la revolución
comunista de nuestro siglo. Por supuesto, controlar la producción, por parte del proletariado, en nada—¡en nada!— supone, de por sí, suprimir la explotación asalariada, que, en realidad, sólo puede
desaparecer y desaparecerá como fruto de un desarrollo, sostenido y sin precedentes, de las fuerzas
productivas que acabe, para siempre, con toda carencia material y, de resultas de ello, con no importa
qué utilidad del acaparamiento de productos. Pero además, la Comuna y la revolución soviética de
1917, nos reportan otra lección al respecto: la de que, bajo la determinación de la guerra civil
revolucionaria contra la burguesía a la que conduce, a escala de todo el planeta, toda verdadera
revolución proletaria, con lo que ello supone en cuanto a la exigencia de mantener en marcha y
desarrollar la producción, el Estado proletario no ha tenido ni tendrá interés alguno, de por sí, en
expropiar directamente aquellas empresas para cuya dirección efectiva todavía el proletariado no
cuente, a ciencia cierta, con sus propios cuadros. Por el contrario, mantener en sus puestos de gestión,
bajo el control, atento y estricto, de asambleas de los productores en cada centro de trabajo, a los
capitalistas y actuales cuadros burgueses que, bajo los efectos de la presión revolucionaria, se avengan
a ello —en tanto que, de entrada, se materializa el aplastamiento mundial de los Estados burgueses a
manos de la revolución comunista—, constituye la mejor de las escuelas posibles para la formación de
los propios cuadros proletarios destinados a dirigir eficazmente la producción.
Otro de los aspectos de la discusión giró en torno a la necesidad, para llevar a la práctica este
combate revolucionario por la destrucción del Estado capitalista, de la organización más democrática
posible del Estado proletario, que posibilite la plena participación, en él, de las más amplias masas de
la clase explotada. La democracia proletaria más irrestricta y no el poder de ningún partido, es, pues, el
régimen de la dictadura del proletariado y, a este respecto, de nuevo, las dos revoluciones comunistas,
ya acontecidas, deparan vívidos ejemplos de cómo ello es posible: la Comuna incorporando a las tareas
decisorias y ejecutivas de la revolución en marcha al conjunto de las masas trabajadoras insurrectas de
París; los Soviets rusos expresando y ejerciendo, mientras la revolución tuvo aliento, el poder de las
masas obreras y campesinas de Rusia, bajo la determinación proletaria, revolucionaria, de la lucha por
el desarrollo y triunfo, a escala internacional, de la revolución comunista. Sobre esta última
experiencia, la del papel decisivo jugado por la democracia proletaria, soviética, en la revolución rusa
de Octubre, la reunión tuvo ocasión de detenerse, siempre al hilo de la lectura del libro de Rodas, en
diferentes hechos y, en particular, en la composición proletaria, plural, de los Soviets, en vida de
Lenin, que testimonian irrevocablemente no sólo hasta qué punto nos hallamos ante una auténtica
revolución (esto es, ante la irrupción, en escena, de la masa del proletariado), sino, asimismo, hasta qué
punto, el Partido Bolchevique, antes de sucumbir, en 1926 a la contrarrevolución capitalista de Stalin,
hizo todo lo que estaba en sus manos, para defender el cuadro de independencia de clase, por encima
de las divisiones partidarias, que, en el ámbito estatal, encarnaban los Soviets. Baste, a este propósito,
un revelador dato entre los numerosos que se facilitan, sobre este tema, en el libro: en el IX Congreso
de los Soviets de toda Rusia —el último que contó con la participación de Lenin—, celebrado, en
Moscú, del 23 al 28 de diciembre de 1921, pese al retroceso, ya evidente, de la revolución, en Rusia y
a escala internacional, cercada ya, de manera irremediable, política, militar y económicamente, por las
grandes potencias capitalistas, pese a la insurrección anarquista generalizada, al calor del avance
general de la contrarrevolución, en el interior de Rusia contra los Soviets, participaron 143 delegados
(un 7,17 % del total) que se declararon, de forma pública, no bolcheviques. Este hecho bastaría por sí
sólo, si no hubiera mil más que pudieran aportarse en tal sentido, para proporcionar prueba fehaciente
de que, lejos de constituir táctica alguna, para el Partido de Lenin, en la línea del Partido Comunista
fundado por Marx y Engels, la impulsión y constitución de la unidad del proletariado; el desarrollo, en
todo momento, por todos los medios a su alcance, del frente único de la clase explotada suponían una
estrategia permanente que hablaba, habla y hablará inequívocamente de la naturaleza revolucionaria
del comunismo.
Las sesiones de lectura y discusión de El siglo comunismo prosiguen, abiertas a la participación de
todo compañero verdaderamente determinado por la aprehensión, con fines revolucionarios, en una
unidad de praxis militante, del pasado, el presente y el futuro de la revolución proletaria.
ROS
Barcelona, a 1 de febrero de 2005
Para todo contacto: marxismo@marxismocontemporaneo.org
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