Se conoce como bosque mediterráneo a aquellas formaciones vegetales dominadas por árboles de hojas pequeñas, duras y perennes (también llamadas formaciones esclerófilas). Los rasgos anatómicos de las hojas de estos vegetales indican una clara adaptación a evitar una perdida excesiva de agua y por tanto es una adaptación al clima mediterráneo, cuyo rasgo más definitorio y característico es una acusada sequía estival. Estos mismos rasgos de las hojas aparecen en todas las formaciones vegetales que se dan en todas las regiones de clima Mediterráneo mundiales como California, centro de Chile, región del Cabo en África o suroeste de Australia, cuyas floras son muy diferentes entre sí, pero todas tienen las mismas características esclerófilas.
En el caso de España la formación mediterránea dominante es el encinar. Bajo la denominación común de encina hay dos árboles muy semejantes entre sí, pero de ecología y significación paisajística diferente. La posición taxonómica de las dos clases de encina que se encuentran en nuestro país ha sido y es objeto de discusión entre especialistas. Para la mayoría de los autores existe una única especie (Quercus ilex) y dos subespecies (Q. ilex subesp ilex y Q. ilex subesp ballota), pero para otros existen dos especies diferentes (Q. ilex y Q. rotundifolia). La primera se conoce como encina litoral, tiene las hojas más estrechas, es más exigente en humedad y más amiga de la influencia marina que la segunda, conocida como simplemente encina de hoja ancha o carrasca, que resiste más la sequía y los contrastes térmicos. Esta última se extiende ampliamente por todo el interior, este y sur del país, mientras que la encina litoral se halla únicamente en la costa de Cataluña, en la costa cantábrica (como relicto de otros tiempos), en Baleares y en puntos aislados de la Comunidad Valenciana.
La carrasca o encina de hoja ancha es el árbol cuyo dominio potencial en la Península Ibérica es el más extenso, pues se extiende a la casi totalidad de las provincias y regiones peninsulares. Este amplio dominio territorial se debe a su extraordinaria amplitud ecológica, pues no solo puede colonizar suelos desarrollados de cualquier naturaleza y sustrato (con tal de que no sean encharcables o salinos), sino que es un árbol extraordinariamente resistente a la sequía, al calor y al frío. Puede adaptarse a precipitaciones muy escasas, del orden de los 350 mm anuales, y acepta también precipitaciones elevadas si los suelos no se encharcan. Resiste bien las altas temperaturas (más de 40 º C), pero también resisten bien el frío invernal, hasta el punto de que en sus hojas no aparecen lesiones si no se alcanzan temperaturas más bajas de – 15ºC. Esto la convierte en una especie especialmente adaptada a los climas secos y térmicamente contrastados del interior peninsular y a las tierras meridionales que han de soportar una muy prolongada sequía estival, subsistiendo con modestas precipitaciones de otoño y primavera
Dada la gran extensión del territorio en que aparecen estos encinares y las muy diversas condiciones del sustrato, suelos y clima, es lógico pensar en una gran diversidad de formaciones. La diferencia en estas formaciones viene determinada fundamentalmente por su cortejo florístico y por las formaciones de matorral y pastizal asociadas al encinar. Actualmente solo en enclaves muy reducidos pueden observarse formaciones poco alteradas de la estructura original de un bosque de encinas. Durante siglos la actividad humanaa incidido de manera notable sobre este tipo de formación boscosa, principalmente en forma de talas y aclareos de la arboleda, eliminación de especies arbustivas, quemas reiterativas y sobrepastoreo de especies ramoneadoras, que ha favorecido la expansión de una vegetación que constituyen diferentes etapas de sustitución de los encinares. La tala selectiva y poda de encinas para la construcción, la obtención de leña para uso directo y elaboración de carbón han sido actividades muy usuales a lo largo de la historia.
Los aclareos de la arboleda engendran un hábitat de árboles dispersos, constituido por pequeñas encinas achaparradas y otros matorrales que configuran un monte bajo más o menos cerrado e irregular. El aclareo selectivo, principalmente con fines ganaderos, dejando pies de encina dispersos de escasa densidad, unido a la eliminación del matorral, permite la aparición, en amplios espacios abiertos, de especies herbáceas. Estas formaciones en terrenos fértiles y llanos constituyen la dehesa, explotación forestal y ganadera que, junto a los praderíos, forman un sistema tradicional de aprovechamiento de enorme importancia como medio de vida de un numeroso sector de la población. Estas dehesas constituyen ecosistemas complejos y de gran valor ecológico, ya que en ellas se alcanza un perfecto equilibrio entre la explotación racional de los recursos naturales y la conservación de la naturaleza.
Otra formación boscosa típicamente mediterránea y presente en la Península Ibérica, aunque menos extendido que el encinar, es el alcornocal. El alcornoque (Quercus suber) es un árbol muy parecido a la encina por su aspecto y porte, pero es muy fácil de diferenciar por su corteza, que le hace inconfundible. Su área de distribución coincide en buena parte con la encina de las que le separa una amplitud ecológica menor. Es poco resistente al frío, por lo que se limita a áreas cálidas y templadas de inviernos suaves. En humedad sus exigencias son muy superiores a las de la encina, requiriendo precipitaciones del orden de los 600 mm o superiores. Otros rasgo importante de las exigencias ecológicas del alcornoque es su carácter estrictamente silicícola, es decir requiere terrenos ácidos. Estas características ecológicas del alcornoque influyen notablemente en su distribución, pero en aquellos lugares donde se reúnen las condiciones de temperatura y humedad adecuadas y sustratos silíceos, el alcornoque se impone a las encinas de un modo más o menos completo y en lugar de encinares tendremos alcornocales.