El
sistema capitalista actual, el neoliberalismo agresivo y
extremo que rige las relaciones económicas y políticas
de los países de todo el mundo, se ha extendido por
el globo como único sistema imperante. Su bandera
es la máxima ganancia económica, pasando por
encima de cualquier consideración que se desvíe
de este lema. Sobre el ser humano se encuentra la economía.
Bajo este entramado, interesado exclusivamente en extraer
el máximo beneficio a costa incluso de la vida de
los seres humanos, se debaten las sociedades que conforman
las diversas naciones del planeta Tierra. La globalización
responde a estas ansias. Extender este actual sistema liberal;
reducir el coste de las materias primas y elevar el de las
manufacturas resultantes, lo cual lleva a la total hecatombe
a los países “subdesarrollados” que basan
sus precarias economías en la exportación
de dichas materias primas a los países “desarrollados”
para que las empleen en producir bienes de consumo que a
su vez son vueltos a vender a mayor coste a los países
del “Tercer Mundo”. Para abaratar el coste de
esas materias tan necesarias, las multinacionales y grandes
corporaciones económicas, a través de sus
títeres, gobiernos y sistemas occidentales, promueven
guerras, golpes de Estado, y financian las dictaduras de
turno para mantener el orden que garantice esa situación
favorable a la economía “mundial”. Privatizaciones,
incentivos, devaluaciones, empréstitos, refinanciación
de préstamos, boicots,... todo vale en pro de una
maximización de las ganancias y la superación
continua de beneficios.
Al analizar el bloque que hoy conforma lo que eufemísticamente
se viene a llamar “Tercer Mundo”, nos encontramos
con un conjunto heterogéneo de países que
solo tienen un común denominador: el haber sido colonias
del mundo occidental. Esta curiosa, llamémosle casualidad,
da que pensar. Europa conquistó América, África
y Asia en una vorágine expansionista que se extendió
desde el siglo XV hasta el siglo XIX para dejar paso en
el ya extinto siglo XX (para América Latina la fechas
se encuentran en el siglo XIX) a un proceso irreal de descolonización.
Fue en ese amplio periodo, desde la llegada de los castellanos
en 1492 a América hasta los estertores del siglo
XIX, cuando los europeos se extendieron por el globo como
un virus de desastrosas consecuencias para las diferentes
naciones que encontraron en su avance. América se
rindió a las ansias expansionistas de la economía
europea. Allí las sociedades en diverso grado de
“desarrollo” que encontraron (desde sociedades
organizadas en bandas hasta estados imperialistas de corte
militar) conocieron pronto las devastadoras consecuencias
del “encuentro de dos mundos”. Si bien
no hay que idealizar las naciones que allí se asentaban
tampoco esto debe convertirse en óbice para nuestra
crítica hacia el colonialismo expansivo de los castellanos
que invadieron América Latina. Es cierto que mexicas,
incas, tarascos, tlaxcaltecas, mayas, otomies, aymaras y
una infinidad más de naciones respondían a
ese común exponente de todas las sociedades estatalizadas:
eran belicosos, conquistadores, con sociedades estratificadas
con diferente acceso a los bienes de producción...
Pero estos defectos, que, no debemos obviar, también
posee nuestra sociedad occidental, no justifican el etnocidio
a que estas gentes fueron sometidas. Las epidemias, los
asesinatos, torturas, malos tratos, explotación,
esclavización, aculturación forzosa... diezmaron
y, en algunos casos, exterminaron culturas enteras. Los
despojos de éstas son, aún hoy, el más
bajo eslabón en las sociedades americanas. Enclavados
en la pobreza que conlleva la discriminación étnica
malviven en los suburbios de las capitales latinoamericanas.
La independencia de América Latina tuvo lugar bastante
antes que la del resto de colonias. En el siglo XIX acceden
a la independencia casi todos los países americanos
controlados por europeos. Pero, como luego sucederá
con el resto en el siglo XX, es una independencia controlada
por una oligarquía criolla. Blancos, nunca indígenas,
que cambian el gobierno fáctico de sus países
pero no la situación real de subordinación
económica. Los nuevos dirigentes se pliegan a las
exigencias de los nuevos dueños: ingleses y norteamericanos.
Estos dos países que fomentaron y apoyaron la independencia
latinoamericana en pro de su propio provecho no pierden
la oportunidad: una vez expulsados los españoles,
su capital entra en los países recién nacidos
para apropiarse de ellos y sus riquezas. Como años
más tarde ocurrirá con los países asiáticos
y africanos, la nueva clase dirigente se vende ante los
intereses de las compañías y gobiernos europeos
y norteamericano. Sacando su jugosa tajada del pastel, permiten
la penetración del capital extranjero que se hace
con los recursos de estos ricos países. Así
no hay beneficio alguno en la recién encontrada independencia:
solo se cambia de amo y se lava la cara de los occidentales.
Ya no dominan el país con tropas y con agentes. Son
países democráticos, elegidos por ellos mismos
y para ellos mismos, mientras la mirada atenta del dólar
no permite ninguna alteración del orden preestablecido.
Las compañías multinacionales controlan la
economía de esos países condenándoles
a un permanente atraso económico y social.
Fue tras América, en el siglo XVI, cuando África
conoció la penetración portuguesa, al igual
que Asia. Luego les siguieron ingleses, franceses, belgas,
holandeses, alemanes y, por último, italianos. El
sistema mercantil portugués basado en factorías
costeras, fue sustituido por la penetración belicista
de las demás potencias occidentales que anexionaban
sin titubeos los territorios a los que llegaban. India,
China y la Indochina francesa (Laos, Vietnam y Camboya)
fueron absorbidas por occidente en su avance arrollador.
Hay que recordar, aunque resulte una obviedad, que estos
países no existían a la llegada de los colonizadores.
Fueron creados por éstos en respuesta a su mejor
organización territorial para su explotación
económica. En África, la situación
se complicó. Allí se dieron cita los divergentes
intereses de diferentes potencias europeas. Ingleses y franceses
chocaron en su sueño de dominio. Portugueses y alemanes
también se vieron inmiscuidos en un segundo plano,
así como belgas y holandeses (estos últimos
en el cono sur representados por los infames boers o africaners,
como también se les denominó, perpetrando
un verdadero genocidio sobre las culturas locales). Los
italianos se incorporaron tarde a este festín y reclamaron
su porción. Como los españoles, otra fuerza
de segunda, poco sacaron. El choque de todos estos intereses
cruzados, con los ingleses y franceses como mayores potencias
rivales, acabaron por determinar lo que es hoy el mapa africano
con esas frontera tan rectilíneas que no atienden
mas que a las intenciones occidentales de repartición.
Las etnias que en esos territorios vivían (muchas
ya había alcanzado el Estado como forma de organización)
se vieron confinadas en cárceles burocráticas
territoriales. Dos culturas totalmente opuestas y rivales
se encontraron encerradas en una prisión llamada
país que no comprendían. Esta mezcla en un
mismo territorio de culturas enfrentadas llevó y
sigue conduciendo a horribles matanzas interétnicas
que los occidentales no llegamos a comprender y tildamos
de barbarie e irracionalidad de los “negros”.
Los efectos de ese colonialismo aún persisten en
los viejos territorios ocupados.
En el siglo XX las críticas a este sistema de opresión
comienzan a resquebrajar los cimientos de la estructura
colonial. La II Guerra Mundial terminó destrozando
en mil pedazos la falacia colonial de superioridad blanca.
La moral occidental que tildaba de salvajes y subdesarrollados
a los pueblos conquistados en África y Asia y justificaba
el paternalismo y la presencia europea en los países
al frente de esos gobiernos y protectorados se ve seriamente
dañada por la barbarie de la guerra. El hombre blanco
es tan salvaje o más que los pueblos supuestamente
“inferiores” y “atrasados”. Además,
si los países europeos se enfrentan a la invasión
nacional socialista alemana y a su colonialismo europeo,
¿qué justificación tienen esos que
defienden la libertad de cada pueblo y país para
someter a su vez a otros?
Finalmente se van concediendo independencias. Uno tras otro
los países creados por los blancos europeos acceden
a una independencia controlada. Parecía que el sueño
explotador de Europa caía demolido por una realidad
innegable: el anhelo de libertad del ser humano. Estados
Unidos apoyaba fervientemente esa independencia. Todo parecía
brillante y feliz. Todo retornaba a su antiguo cauce.
Pero
la realidad era otra. Como bien sabemos hoy día,
solo se sustituyó la forma de colonialismo. El antiguo,
ese formal con tropas de ocupación y gobierno blanco,
se cambia por el neocolonialismo. Se controlan
las independencias para que accedan al poder gobiernos adictos
a la causa occidental y sigan permitiendo la explotación
del país y sus preciados recursos a las compañías
occidentales. Las tropas europeas se retiran. Los gobiernos
blancos se desmantelan. Se limpia la fachada, no el interior.
Las nuevas elites surgidas de esa emancipación se
alían con los intereses estadounidenses y europeos
para mantener el poder y sus prebendas. A cambio de él,
los occidentales campan a sus anchas por el país.
Se privatizan los recursos, se abarata la mano de obra,
se eliminan sindicatos, se recortan derechos... Si algún
gobierno cambia de manos y unas votaciones se escapan al
control occidental, una serie de boicots (huelgas de transportes,
se le retiran ayudas, préstamos, financiación,
se le excluye del comercio internacional...) ayudan a reencauzar
la situación. Si esta coacción no es suficiente,
un golpe de estado ayuda a devolver la calma financiera
al país y las expropiaciones a las compañías
damnificadas. Todo está bajo control. El capital
occidental no corre ningún riesgo. La historia está
llena de ejemplos: Allende en Chile, Arbenz en Guatemala,
los sandinistas en Nicaragua, el FMLN en el Salvador, Vietnam,
el Congo, Cuba... un sinfín de estratagemas militares
y económicas que devolvieron a los poderosos el control
de los países díscolos que pretendían
una soberanía auténtica y un cierto grado
de bienestar social para sus ciudadanos.
Este breve bosquejo del neocolonialismo solo pretende recalcar
algo que a veces se olvida en la conciencia social. No vale
dar una limosna a Intermón o Médicos sin Fronteras,
y decir pobrecitos, que mal están. No es que Dios
lo quiera así. No son países pobres por gracia
divina o por una división celestial de los recursos
y riqueza. Todos los países que hoy conforman ese
“Tercer Mundo” tienen un enorme potencial y
una ingente cantidad de materias primas y riqueza natural.
Entonces, ¿cuál es el problema? Se responde
que la corrupción de sus dirigentes, o con motivos
raciales a este subdesarrollo. Nada más lejos de
la realidad. Su clase gobernante responde a la demanda de
control y sometimiento de los países occidentales
y su condición étnica (desterremos de una
vez la palabra raza o racial, por favor, no existen suficientes
diferencias genéticas entre dos Homo sapiens sapiens
como para hablar de razas diferentes) nada tiene de responsable
en esta pobreza endémica. Si hay algo que no funciona
es el mundo que hemos creado. Un mundo dividido en clases,
países ricos y pobres, y en el cual el único
motor es el económico. El beneficio de esos países
supondría las pérdidas para la economía
occidental y eso es algo que jamás se permitirá.
A menos que luchemos porque se permita.