El
mes pasado expliqué algunos descubrimientos clave,
los cuales obligaron a la comunidad científica a
plantearse que algo fallaba en la concepción del
Universo, en lo que había sido considerado válido
hasta esos primeros años del Siglo XX. Era necesario
enfocar las cosas de una manera diferente, de una forma
en la que se tuviera en cuenta la nueva luz que se había
arrojado sobre la esencia de la naturaleza.
Se
trataba de encontrar unas leyes diferentes, y antes de entrar
en ello, vamos a ver cómo eran las imperantes hasta
ese momento, las que se incluían dentro de la llamada
mecánica clásica.
MECÁNICA
CLÁSICA
La
mecánica es el estudio matemático del movimiento.
Dicho de otra manera, su función consiste en comprobar
la velocidad y la posición de un objeto, o conjunto
de objetos, con el fin de predecir su comportamiento futuro
a partir de ciertas leyes.
Ya
desde los griegos hubo intentos de aproximarse al problema,
pero la falta en aquella época de un buen método
experimental provocó que los resultados fueran escasos.
Hubo que esperar hasta la aparición de gigantes de
la talla de Galileo Galiei o Johanes
Kepler, pero sobre todo hasta que su sucesor, Isaac
Newton, publicó en 1687 la obra “Principios
Matemáticos de Filosofía Natural”,
conocida corrientemente como “Principia”.

Este
libro es considerado por muchos el más decisivo de
la historia de la ciencia. En sus páginas se exponían
los tres principios de la mecánica:
1.
Todo cuerpo permanece en reposo o continúa su movimiento
en línea recta con velocidad constante si no está
sometido a una fuerza exterior.
2.
La fuerza que mueve un cuerpo es igual a la masa de dicho
cuerpo por su aceleración
3.
A toda acción se opone una reacción, igual
y de sentido contrario.
A
partir de estos tres preceptos, durante los Siglos XVIII
y XIX, varios grandes matemáticos (Laplace,
Lagrange, Hamilton, etc.)
elaboraron toda una doctrina para describir y predecir el
movimiento de los objetos, la cual, hoy en día, se
conoce como mecánica clásica
o mecánica de Newton.
Llegados
a este momento, se creía que ya se sabía lo
suficiente como para estar en disposición de, a partir
de las posiciones y velocidades de los objetos de un sistema,
y del conocimiento de fuerzas como la gravedad, calcular
las posiciones y velocidades en cualquier momento futuro.
El propio Universo es un sistema, el mayor de todos, y por
tanto se pensaba que la física se hallaba cerca de
explicarlo todo.
Pero
las cosas no serían tan fáciles. Aunque todo
esto sigue siendo válido en nuestros días
si observamos los sucesos que se dan en nuestra vida cotidiana,
los avances del Siglo XX indicaron que esta mecánica
no funcionaba en tres casos:
1. En el mundo de lo muy pequeño (átomos,
moléculas, partículas fundamentales, etc.)
hubo que sustituirla por la mecánica cuántica
2. Cuando los objetos se mueven a velocidad cercana a
la de la luz, hay que tener en cuenta la relatividad
especial.
3. En presencia de grandes masas gravitatorias, como estrellas,
hay que aplicar la relatividad general.
Por
tanto, es a la primera frontera, a la de lo muy pequeño,
a la que se dedica la mecánica cuántica.
HEISENBERG
Y SCHRÖDINGER
Varios
descubrimientos de principios del Siglo XX, entre los cuales
vimos los más importantes el mes pasado (los cuantos,
el efecto fotoeléctrico, las órbitas del electrón
y la dualidad onda-partícula) revelaron que en el
mundo de las moléculas, de los átomos y de
los objetos aún más pequeños, la mecánica
clásica no es más que una aproximación.
El
alemán Werner Heisenberg y el austriaco
Erwin Schrödinger fueron los ilustres
físicos que, de manera independiente, tomaron estos
hallazgos y los integraron en una nueva teoría para
crear una mecánica distinta.

Heisenberg y
Schrödinger
En
las décadas iniciales del siglo XX, cada uno de ellos
utilizó unas herramientas matemáticas diferentes
para elaborar la nueva teoría. El primero se basó
en lo que se llaman matrices, y el segundo
en un sistema que se conoce como función
de onda. Poco después Schrödinger demostró
que ambos métodos eran equivalentes, de forma que
cualquiera de ellos se puede deducir a partir del otro.
Resulta
extremadamente curioso el camino que utilizó Heisenberg.
Tomó las energías posibles de los electrones
en el átomo y elaboró algo a lo que llamó
tablas, compuestas por unas operaciones
matemáticas que daban resultados acerca de la posición
o la velocidad del electrón. Después se percató
de que este método de “tablas”
ya era utilizado ampliamente por los matemáticos,
quienes llamaban matrices a dichas tablas. Este es uno de
los ejemplos de abstracciones matemáticas que con
el tiempo encuentran aplicación en el mundo real.
Sin
embargo, es el procedimiento basado en la función
de onda de Schrödinger el que se estudia principalmente
hoy en día en las universidades, así como
el que utilizan físicos y químicos en sus
trabajos, por tratarse de un método más manejable.
De hecho, el premio Nóbel de física Steven
Weinberg, confiesa que él mismo no consigue
entender las motivaciones qué llevaron a Heisenberg
a dar los pasos mentales con los que desarrolló su
entramado matemático.
De
esa función de onda y de sus sorprendentes consecuencias
para nuestra concepción del mundo, hablaremos el
mes que viene.
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