REFLEXIONES ACERCA DE NUESTRA "DEMOCRACIA"

Por Plinio el Insurrecto (abril 2003)

Las ansias de guerra de individuos elegidos por sufragio universal, nos demuestran que realmente vivimos bajo sistemas políticos que se podrían denominar dictaduras de 4 años. Es en estas circunstancias, cuando uno llega a la conclusión de que nuestro sistema político no es verdaderamente una democracia. Pese a que todo indica que la opinión publica española es contraria en su mayoría a la decisión de su gobierno de involucrarles en una guerra, el señor Aznar actúa como un dictador e ignora las demandas de la ciudadanía (esto se puede hacer extensible a los gobernantes del Reino Unido, EE.UU. o cualquiera de los países considerados democracias). La diferencia de los lideres políticos occidentales con cualquier dictador de reconocido prestigio, es que disfrazan sus actitudes autoritarias en actitudes paternalistas de lo más patético. Nuestros gobernantes tienen 4 años para dirigir nuestras vidas y tomar decisiones sin consultarnos. Aun así, en el campo de la política, el eslogan habitual es “soberanía popular en un gobierno de, por y para el pueblo”, pero el esquema de funcionamiento difiere bastante del eslogan, pues consiste en considerar al pueblo como un enemigo peligroso que debe ser controlado, por su propio bien.

Estos individuos que, bajo el paraguas de un partido político y una victoria electoral, luchan desaforadamente por llegar a ser nuestros tutores, o lo que es peor aun, nuestros jefes, lo que buscan es simplemente el poder. Ese poder que les da vía libre durante 4 años para favorecer exclusivamente sus intereses o los de una minoría que son los privilegiados de siempre. Algunos dirán que no todos los lideres políticos tienen porque ser así, pero con el actual sistema ¿quien nos garantiza que el partido o grupo político al que votamos, no es nada más que un grupo de individuos con ansias de poder?. Es decir, un pueblo que realmente viva en libertad no puede contratar personas para dirigir nuestras vidas durante 4 años, para pensar por nosotros, para decirnos que es lo que esta bien y mal, y que es lo que debemos hacer. Esas personas tienen que ser simples representantes o portavoces de lo que la sociedad piense, no decidir por la sociedad.

Cuando hablamos de libertad y derechos, me viene a la mente el concepto de seres humanos, esto es, personas de carne y hueso, no abstracciones políticas o construcciones legales como empresas, o estados, o capital. Si dichas entidades tienen algún derecho, lo cual es discutible, debe ser derivado de los derechos de la gente. Este debería ser el núcleo de un sistema más justo, y a ello se oponen los sectores más ricos y privilegiados, y esto es así tanto en el campo político como en socioeconómico.

Además existe una disparidad entre los valores con que las personas realmente viven, cuando pueden ejercer una elección, y los valores que se les enseña para vivir. Vivimos una situación social marcada por la ignorancia, el aturdimiento y el consumismo desmedido. Donde la única verdad es que este consumismo ha sido una técnica muy efectiva de control social. La idea de que la producción, en el sentido amplio, tiene que ser organizada en un sistema jerárquico y autocrático, es una parte esencial de la ideología gobernante. Esto lo saben muy bien aquellos que ansían el poder. Saben que crear un país poblado por millones de analfabetos cuya máxima aspiración es poder consumir, pegados a una pantalla que nos ensucia la mente de grasientas y asquerosas mentiras, es la técnica más fácil para conseguir ser elegidos por una mayoría, y así legalizar sus actitudes dictatoriales. La población es contemplada como un mero “espectador” ignorante y no como un “participante”, excepto durante esas oportunidades periódicas en que hay que elegir entre los responsables del poder privado. Es lo que se ha dado en llamar elecciones. Pero durante las elecciones, la opinión pública es considerada esencialmente irrelevante si entra en conflicto con las demandas de la minoría opulenta que posee el país. Un ejemplo contundente de esto, y hay muchos, tiene que ver con el orden económico internacional, con los llamados acuerdos comerciales. Estas cuestiones no aparecen durante las elecciones. No aparecen porque los centros de poder, la minoría opulenta, permanece unida ante la defensa de la institucionalización de un particular orden socioeconómico. Esto es muy normal, y toma sentido a partir de la asunción de que el papel del ciudadano, como buen ignorante, es simplemente el de espectador. Si la ciudadanía, como a veces sucede, intenta auto organizarse y participar en política para presionar a favor de sus preocupaciones, entonces hay un problema. Ha estas organizaciones se les empieza por tildar de radicales, para seguir con otros calificativos que suelen finalizar en acusarles de antidemocratas, cuando no de violentos o terroristas.

Entre las ideas alternativas al sistema actual, considerado el mejor, está esa idea según la cual la gente debería tener derecho a "participar” en las decisiones que continuamente modifican su modo de vida en lo esencial, y así no vean sus esperanzas truncadas cruelmente dentro de un orden global, en el cual el poder político y financiero se concentra mientras que los mercados financieros fluctúan erráticamente con devastadoras consecuencias para los pobres. Es necesario cambiar las relaciones entre la sociedad civil y el Estado, el nivel y calidad de la actividad ciudadana, el acceso a la clase gobernante y la influencia del gobierno sobre los ciudadanos.

Unos verdaderos líderes políticos deben incitan a los ciudadanos a actuar como los agentes del cambio social. Esto actualmente no lo hace ni un solo grupo político del parlamento español. Aquí (y en todas las democracias occidentales) los líderes políticos fomentan la creencia de que los movimientos sociales alternativos a las urnas "amenazan la estabilidad democrática", siembran el miedo y la inseguridad entre los ciudadanos y promueven la creencia de que sólo la élite política puede decidir cuándo, dónde y cómo hay que proceder para poner en práctica el cambio social. La actividad política en la "ciudadanía" se reduce a votar por un menú político reducido y de élite, en vez de ser orientada activamente a formular los contenidos de ese menú. En este sentido, los votantes no son ciudadanos, en la medida en que no son miembros de una comunidad política. Aunque votar es un ingrediente necesario de la ciudadanía, resulta claramente insuficiente e inútil en las actuales circunstancias.

Pero no hay que ser pesimistas, pues el particular orden socioeconómico impuesto es el resultado de decisiones humanas en instituciones humanas. Las decisiones pueden modificarse, las instituciones pueden modificarse y, en caso necesario, desmantelarse y sustituirse, tal como gente honesta y valiente ha venido haciendo a lo largo de la historial. Esta guerra puede servir entre otras cosas para estimular a la sociedad a exigir ser participes. Prueba de ello es que después de mucho tiempo, vuelven a surgir manifestaciones y acciones espontáneas de grupos de ciudadanos s. Ciertos colectivos salen a la calle sin que haya un partido político detrás que les incite.

Para acabar, creo que nos encontramos en un momento histórico en el que hoy más que nunca, debemos recuperar el valor y el espíritu de una parte muy significativa de todo el amplio movimiento anarquista: las diversas variantes socialistas del mismo, ya sea el anarquismo comunista o el anarcosindicalismo, que se relacionaban con la organización de una sociedad compleja basada en la igualdad y la solidaridad.

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