Las ansias de guerra de individuos
elegidos por sufragio universal, nos demuestran que realmente vivimos
bajo sistemas políticos que se podrían denominar dictaduras
de 4 años. Es en estas circunstancias, cuando uno llega a la conclusión
de que nuestro sistema político no es verdaderamente una democracia.
Pese a que todo indica que la opinión publica española es
contraria en su mayoría a la decisión de su gobierno de
involucrarles en una guerra, el señor Aznar actúa como un
dictador e ignora las demandas de la ciudadanía (esto se puede
hacer extensible a los gobernantes del Reino Unido, EE.UU. o cualquiera
de los países considerados democracias). La diferencia de los lideres
políticos occidentales con cualquier dictador de reconocido prestigio,
es que disfrazan sus actitudes autoritarias en actitudes paternalistas
de lo más patético. Nuestros gobernantes tienen 4 años
para dirigir nuestras vidas y tomar decisiones sin consultarnos. Aun así,
en el campo de la política, el eslogan habitual es “soberanía
popular en un gobierno de, por y para el pueblo”, pero el esquema
de funcionamiento difiere bastante del eslogan, pues consiste en considerar
al pueblo como un enemigo peligroso que debe ser controlado, por su propio
bien.
Estos individuos que, bajo el paraguas
de un partido político y una victoria electoral, luchan desaforadamente
por llegar a ser nuestros tutores, o lo que es peor aun, nuestros jefes,
lo que buscan es simplemente el poder. Ese poder que les da vía
libre durante 4 años para favorecer exclusivamente sus intereses
o los de una minoría que son los privilegiados de siempre. Algunos
dirán que no todos los lideres políticos tienen porque ser
así, pero con el actual sistema ¿quien nos garantiza que
el partido o grupo político al que votamos, no es nada más
que un grupo de individuos con ansias de poder?. Es decir, un pueblo que
realmente viva en libertad no puede contratar personas para dirigir nuestras
vidas durante 4 años, para pensar por nosotros, para decirnos que
es lo que esta bien y mal, y que es lo que debemos hacer. Esas personas
tienen que ser simples representantes o portavoces de lo que la sociedad
piense, no decidir por la sociedad.
Cuando hablamos de libertad y derechos,
me viene a la mente el concepto de seres humanos, esto es, personas de
carne y hueso, no abstracciones políticas o construcciones legales
como empresas, o estados, o capital. Si dichas entidades tienen algún
derecho, lo cual es discutible, debe ser derivado de los derechos de la
gente. Este debería ser el núcleo de un sistema más
justo, y a ello se oponen los sectores más ricos y privilegiados,
y esto es así tanto en el campo político como en socioeconómico.
Además existe una disparidad
entre los valores con que las personas realmente viven, cuando pueden
ejercer una elección, y los valores que se les enseña para
vivir. Vivimos una situación social marcada por la ignorancia,
el aturdimiento y el consumismo desmedido. Donde la única verdad
es que este consumismo ha sido una técnica muy efectiva de control
social. La idea de que la producción, en el sentido amplio, tiene
que ser organizada en un sistema jerárquico y autocrático,
es una parte esencial de la ideología gobernante. Esto lo saben
muy bien aquellos que ansían el poder. Saben que crear un país
poblado por millones de analfabetos cuya máxima aspiración
es poder consumir, pegados a una pantalla que nos ensucia la mente de
grasientas y asquerosas mentiras, es la técnica más fácil
para conseguir ser elegidos por una mayoría, y así legalizar
sus actitudes dictatoriales. La población es contemplada como un
mero “espectador” ignorante y no como un “participante”,
excepto durante esas oportunidades periódicas en que hay que elegir
entre los responsables del poder privado. Es lo que se ha dado en llamar
elecciones. Pero durante las elecciones, la opinión pública
es considerada esencialmente irrelevante si entra en conflicto con las
demandas de la minoría opulenta que posee el país. Un ejemplo
contundente de esto, y hay muchos, tiene que ver con el orden económico
internacional, con los llamados acuerdos comerciales. Estas cuestiones
no aparecen durante las elecciones. No aparecen porque los centros de
poder, la minoría opulenta, permanece unida ante la defensa de
la institucionalización de un particular orden socioeconómico.
Esto es muy normal, y toma sentido a partir de la asunción de que
el papel del ciudadano, como buen ignorante, es simplemente el de espectador.
Si la ciudadanía, como a veces sucede, intenta auto organizarse
y participar en política para presionar a favor de sus preocupaciones,
entonces hay un problema. Ha estas organizaciones se les empieza por tildar
de radicales, para seguir con otros calificativos que suelen finalizar
en acusarles de antidemocratas, cuando no de violentos o terroristas.
Entre las ideas alternativas al sistema
actual, considerado el mejor, está esa idea según la cual
la gente debería tener derecho a "participar” en las
decisiones que continuamente modifican su modo de vida en lo esencial,
y así no vean sus esperanzas truncadas cruelmente dentro de un
orden global, en el cual el poder político y financiero se concentra
mientras que los mercados financieros fluctúan erráticamente
con devastadoras consecuencias para los pobres. Es necesario cambiar las
relaciones entre la sociedad civil y el Estado, el nivel y calidad de
la actividad ciudadana, el acceso a la clase gobernante y la influencia
del gobierno sobre los ciudadanos.
Unos verdaderos líderes políticos
deben incitan a los ciudadanos a actuar como los agentes del cambio social.
Esto actualmente no lo hace ni un solo grupo político del parlamento
español. Aquí (y en todas las democracias occidentales)
los líderes políticos fomentan la creencia de que los movimientos
sociales alternativos a las urnas "amenazan la estabilidad democrática",
siembran el miedo y la inseguridad entre los ciudadanos y promueven la
creencia de que sólo la élite política puede decidir
cuándo, dónde y cómo hay que proceder para poner
en práctica el cambio social. La actividad política en la
"ciudadanía" se reduce a votar por un menú político
reducido y de élite, en vez de ser orientada activamente a formular
los contenidos de ese menú. En este sentido, los votantes no son
ciudadanos, en la medida en que no son miembros de una comunidad política.
Aunque votar es un ingrediente necesario de la ciudadanía, resulta
claramente insuficiente e inútil en las actuales circunstancias.
Pero no hay que ser pesimistas, pues
el particular orden socioeconómico impuesto es el resultado de
decisiones humanas en instituciones humanas. Las decisiones pueden modificarse,
las instituciones pueden modificarse y, en caso necesario, desmantelarse
y sustituirse, tal como gente honesta y valiente ha venido haciendo a
lo largo de la historial. Esta guerra puede servir entre otras cosas para
estimular a la sociedad a exigir ser participes. Prueba de ello es que
después de mucho tiempo, vuelven a surgir manifestaciones y acciones
espontáneas de grupos de ciudadanos s. Ciertos colectivos salen
a la calle sin que haya un partido político detrás que les
incite.

Para acabar, creo que nos encontramos
en un momento histórico en el que hoy más que nunca, debemos
recuperar el valor y el espíritu de una parte muy significativa
de todo el amplio movimiento anarquista: las diversas variantes socialistas
del mismo, ya sea el anarquismo comunista o el anarcosindicalismo, que
se relacionaban con la organización de una sociedad compleja basada
en la igualdad y la solidaridad.