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KASHMIR: TAMBORES DE GUERRA EN EL TECHO DEL MUNDO.(I) Por PAUSANIAS EL ÁCRATA. I. “SI EXISTE UN PARAÍSO EN LA TIERRA, ESTE ES KASHMIR”. Con estas palabras se refirió uno de los emperadores mogoles a esta hermosa región. Y no sin razón. Kashmir, esa extraña y lejana Cachemira, embriagada de contrastes, se extiende al norte de la inmensidad de la India. Regada por el Indo, río padre que desciende desde las eternamente heladas cumbres de la cordillera del Himalaya, esta tierra pródiga en jardines y superlativos da cuna a una humanidad acostumbrada a los fríos y las altitudes extremas. Indoeuropeos, mogoles, cíngaros y un amplio abanico de étnias comparten un territorio curtido por el clima. Fríos glaciares, inmensidades verdes entre montañas ciclópeas, salvajes ríos cerriles en su empeño de desgastar la piedra resaltan la paz y armonía de los jardines mogoles, el atardecer sobre lagos, los últimos rayos de un sol a punto de ser engullido por alturas excesivas o la calma de un amanecer saludado por cánticos musulmanes desde mezquitas de desconocida arquitectura. Un paseo por un mercado saturado de colorido, especias de toda índole, ropas y utillaje de uso diario pasando por todo tipo de baratijas y comidas varias, le devuelven a uno a aquella época en la que todo era más sencillo. Especiadas comidas se nos ofrecen desde todos los lugares, se nos ofertan todo tipo de artículos y las moto-taxis y rickshaws te reclaman como posible cliente. Uno se desconecta del mundo, olvida sus vínculos con el viejo occidente para arroparse de fragancias y aromas ajenos, vetustas tradiciones desconocidas y vaga por callejuelas saturadas de fieles que acuden o salen de las mezquitas de orar a un cansado dios Alá. El hashís se mezcla en volutas con inciensos dulzones. Curiosos ojos negros cercados por arrugas prematuras recorren tu caminar. Eres un extraño en el paraíso. Y no eres el único.
Bajo la aparente belleza de esta recóndita parte del mundo se esconde la muerte. Controles militares jalonan las carreteras. Destacamentos apostados entre sacos de arena revelan una tensa situación. Soldados indios armados y una bien pertrechada policía de recia barba y turbante recorren las ciudades dando muestras del conflicto que enturbia la natural exuberancia de Kashmir. Frontera con Pakistán y de mayoría musulmana, esta región se enfrenta a un endémico conflicto que desgarra su tierra desde 1947 causando dolor y muerte entre sus habitantes. La trágica dimensión de este hecho se refleja en la militarización de la zona y, en especial, de la Línea de Control, frontera creada en 1971 que divide Kashmir en dos: una ocupada por la India y otra perteneciente a Pakistán (la llamada Kashmir libre por los musulmanes) y testigo de los más crudos enfrentamientos entre ambas potencias. Dos importantes guerras (una en 1965 y otra en el 71) y continuadas escaramuzas por parte de una potente guerrilla independentista han lacerado este oasis del Islam mecido por los lagos y la fertilidad propiciatoria de la generosa tierra. Las dos potencias beligerantes respaldan cada amenaza y cada discurso pronunciado como advertencia con armamento nuclear, característica que ha elevado el conflicto al plano de máxima relevancia internacional. Un paso en falso, una precipitación inconsciente puede desencadenar lo que sería el primer enfrentamiento nuclear de la historia de la humanidad. Resultaría una multiplicación de Hiroshima y Nagashaki, un ir y venir de cabezas nucleares devastadoras.
Las Naciones Unidas han tratado inútilmente de mediar entre ambos países pero no han encontrado una vía aceptada por los contendientes, en especial, por la India siempre tajante y vigilante de lo que sería una autodeterminación de la región. Pakistán promueve un plebiscito pero sus intenciones respecto a la zona quedan aún a la sombra. Siempre ha negado el apoyo que la India le atribuye a las fuerzas guerrilleras, pero su colaboración con ellas parecería de lo más probable. Y, desde hace poco, a parte de los intereses sobre Kashmir por parte de las dos potencias asiáticas, se ha erigido una nueva facción. Los propios kashmires reclaman voz en una contienda que les afecta directamente y para la cual nadie les ha cedido la palabra ni la ocasión de elevar su opinión por encima de las balas. Parece haberse llegado a un punto muerto, a un callejón sin salida en una situación límite. La artillería recorre las noches kashmires con fogonazos luminiscentes. La seguridad se resquebraja para el viajero y más aún para el habitante que día a día soporta el peso mortal de un conflicto estancado. La muerte abona ahora la tierra en la que Alá eligió sus jardines para descansar. El paraíso se desvanece.
II. EL COLONIALISMO: ORÍGENES DE UN CONFLICTO ENDÉMICO. Al tiempo que los navíos
castellanos luchaban contra la inmensidad oceánica en el intento
de arribar en costas americanas, los portugueses no cejaban en otro ambicioso
proyecto: alcanzar la inmemorial India bordeando el continente africano.
Tarea nada fácil por otro lado ya que el cabo que separaba un océano
de otro, el Atlántico del Índico, se encargaba de disuadir
a posibles aventureros de sus desvaríos emprendedores. El cabo
de las Tormentas, eterno guardián de tragedias y naufragios, no
permitía a ningún navegante la osada empresa. Pero mientras
los primeros tripulantes castellanos hollaban la tierra del Nuevo Mundo
clavando cruces y dejando su impronta en un territorio virgen, en 1497,
un aguerrido marino de origen portugués, Vasco da Gama,
doblegaba la bravía mar y conseguía lo que hasta ese momento
nadie hubo hecho jamás: doblar el cabo de las Tormentas (que desde
ese momento pasaría a denominarse cabo de Buena Esperanza,
en virtud de lo que aguardaba al que lo alcanzaba y sobrepasaba) y llevar
su nave hasta la costa de Kerala, al oeste de la India,
en 1498. Fue así como los europeos se establecían permanentemente
en el gigante asiático. Siguiendo la costumbre portuguesa de crear
factorías costeras a modo de punto comercial, la India recibió
en el año 1510 el establecimiento en Goa de comerciantes
lusos en un enclave de tal estilo. No conquistaban ni se adentraban tierra
adentro con deseos expansionistas. Los fortines lusos obedecían
al mercantilismo más puro: factorías en las que comerciar
y tratar con los indígenas y sacar con ello el mayor provecho posible.
Con este primer viaje la Ruta de las Especias quedó
establecida, materializándose el sueño de alcanzar los bienes
indios burlando el control otomano sobre el Mediterráneo que imposibilitaba
todo intento de comercio. El hecho de ser los primeros y abrir esta ruta
otorgó a los portugueses el honor de controlar este monopolio durante
un siglo de manera ininterrumpida. III. SANGRE POR EL CONTROL DE LA TIERRA LOS VEDAS. Los portugueses se vieron arrollados
por el peso de la historia. No disponían de los recursos y medios
como para mantener un fuerte y duradero imperio ultramarino y la llegada
de otras expediciones desde distintos países rápido eclipsaron
su hegemonía. IV. KALI IMPONE SU REINO. El siglo XIX se abre con una India
controlada por Gran Bretaña. Kashmir, de mayoría musulmana,
entra dentro de este país integrado a base de diversos reinos y
culturas. Es uno más de esos reinos al frente del cual un gobernador
títere. Un enorme puzzle con divergentes piezas que encajan bajo
la atenta vigilancia colonial británica. Se mantienen los reinos
que existían y se les concede una soberanía ficticia. El
poder se concentra en la Compañía quien hace y deshace a
su antojo. Un ejercito pertrechado vela por los intereses coloniales y
vigila la fragilidad de ese artificial conjunto que llamaron país,
la India. Portugueses y franceses quedan arrinconados en sus reducidos
enclaves, islas marginales en un mar inglés. Ir a la segunda parte - Volver al índice de Kashmir |
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