Uno de los fenómenos más
bellos que se pueden observar en los cielos de nuestro planeta es con
toda seguridad la Aurora. Se trata de un raro fenómeno luminoso
que contadas noches se puede divisar en zonas próximas a los polos.
Concretamente se denomina Aurora Boreal cuando se trata del Norte y Aurora
Austral cuando se divisa al Sur, significando literalmente en el primer
caso Luces del Norte y en el segundo Luces del Sur.
Para comprender el origen de este
espectáculo natural hay que referirse al campo magnético
terrestre y al viento solar.
EL CAMPO MAGNÉTICO
TERRESTRE
Cualquiera que se haya informado
sobre el funcionamiento de una brújula, ha aprendido que la aguja
siempre señala al Norte a causa de que la Tierra es un gigantesco
imán, que orienta dicha aguja como consecuencia del campo magnético
que genera alrededor del planeta.

La brújula es prueba
viviente del campo magnético terrestre
La teoría más aceptada
para explicar este campo magnético la propusieron en distinta forma
y tiempo varios físicos eminentes, entre los que podemos destacar
a Walter M. Elzasser y a Edward Bullard. Desde entonces ha habido otros
intentos de explicación, pero hoy en día esta es la única
que se considera seriamente.
Se trata de la Teoría del
Dinamo Autoexcitable y, explicada de manera simple, se basa en que el
núcleo terrestre está girando y cargado eléctricamente,
generando un campo que crea líneas de campo magnéticas que
penetran en la Tierra por el polo norte magnético y salen por el
polo sur magnético. Estos polos magnéticos se hallan a pocos
kilómetros de lo polos geográficos.
EL VIENTO SOLAR
El Sol se halla rodeado de una capa
de gas formado por partículas cargadas eléctricamente, principalmente
protones, electrones y núcleos de otros elementos como el Helio.
Esta capa se llama Corona y sus partículas se expanden lentamente,
siendo expulsadas cuando se distancian lo suficiente del Sol, constituyendo
el viento solar.

La Corona Solar se aprecia
perfectamente en los eclipses
La velocidad de este viento y la
densidad de sus partículas son muy variables, y hay momentos en
que ambos parámetros son fuertemente incrementados, dependiendo
de los ciclos del Sol. Por otro lado, nuestra estrella, al igual que la
Tierra posee su propio campo magnético, que se extiende por todo
el Sistema Solar orientando las partículas que escapan de la corona
y llevando a una pequeña parte de ellas a interactuar con los campos
magnéticos de los planetas.
LAS AURORAS
De este modo, algunas partículas
solares llegan al alcance de nuestro planeta, y son dirigidas por su campo
magnético hacia los polos mientras aumenta su velocidad y llegan
a la ionosfera, una de las capas externas de nuestra atmósfera.
En este punto chocan con las propias partículas del aire desprendiendo
energía y provocando en ocasiones esos increíbles espectáculos
llamados Auroras.
Los colores varían según
la altura, y la intensidad de la luz generada cambia según la actividad
solar y la velocidad y densidad del viento solar. Podemos contemplar tonos
verdosos a una altura de entre 100 y 150 kilómetros sobre el nivel
del mar, y más rojizos en altitudes superiores.
También se puedan observar
Auroras en otros planetas, como es previsible si tenemos en cuenta que
muchos de ellos cuentan con las condiciones necesarias, es decir, atmósfera
y campo magnético.

Aurora en Júpiter captada por la sonda Galileo
Resulta curioso el hecho de que nuestros
monitores de ordenador o televisores se basan en un principio parecido
a este. En la parte de atrás hay una pieza que emite electrones
(haciendo de Sol), que circulan por un tubo vacío de aire (haciendo
del espacio entre el Sol y la Tierra) y chocan con la pantalla (que representa
el papel de la ionosfera), dando lugar los puntos de color que forman
las imágenes.
Por tanto, los que no tenemos la
oportunidad de viajar a los lugares adecuados en los momentos adecuados,
nos podemos conformar pensando que estamos viendo humildes imitaciones
de Auroras cuando encendemos un televisor o un monitor. Quien no se consuela
es porque no quiere.