MANIQUEÍSMO
Por Oruga Azul

El maniqueísmo es, por una parte, la confianza en la perfección de uno mismo, de sus ideas y de su moral. Por otra, casi seguro, el desconocimiento de las ideas contrarias o el ignorar voluntariamente una parte de las mismas (tal vez cambiando su sentido).

Es fundamental saber que no hay nada negro o blanco, que nadie posee la verdad completa, pero eso es algo difícil de conseguir porque se teme caer en el relativismo (y, de hecho, eso fue lo que les sucedió a los sofistas contemporáneos a Sócrates).

Históricamente, cuando se establece una división maniqueísta es siempre con una finalidad relacionada con el dominio de una gran masa; atendiendo a esto, encuentro tres tipos de maniqueísmo: el religioso, el político y el revolucionario (estos dos últimos muy relacionados).

El maniqueísmo religioso sirve para dar ejemplo; se distingue entre bueno y malo (Dios y Demonio), y se asigna un destino distinto para el hombre que sigue a uno o a otro (Cielo e Infierno). Haciendo creer a la masa que el Infierno es lo que espera al malo, se consiguen dos cosas: que actúe como debe actuar el bueno (obediencia ciega a la Iglesia) y que confíe en la derrota última del malo (los diferentes mesías de la tradición judeo-cristiana y la Yihad son ejemplos de ello).

El maniqueísmo político dirige a la masa que sigue una ideología en contra de la rival: demoniza la contraria y hace perfecta la propia, cayendo muchas veces en la contradicción. El caso español se retuerce aún más, porque el PP demoniza al PSOE (el rival más potente), haciendo creer a la población que es ésta la oposición de izquierdas cuando no hay nada más alejado de la verdad; se trata de un maniqueísmo mucho más inteligente que no sólo ayuda a la derrota del opositor electoral sino que también evita (aunque no sea el único factor determinante) la presencia de un verdadero partido de izquierdas en los órganos de gobierno.

El maniqueismo revolucionario es, posiblemente, el más interesante de los tres porque va estrechamente ligado a los otros dos. Para llevar a cabo una revolución es necesario que una gran masa se una bajo un mismo mando e ideales; de la división profunda surgen el enfrentamiento y el fracaso. Pero el mando no se sirve sólo de la demonización del contrario para conducir a la masa, sino también de aquellos sentimientos que puedan crear cohesión entre los individuos (el religioso o el nacionalista, por ejemplo).

Volviendo al caso español, el detalle curioso que presenta es que el maniqueísmo de la derecha podría servir a la izquierda si ésta tuviera un partido sólido al frente (aunque no necesariamente muy votado); ante un ataque continuo en los discursos (siempre con argumentación, sin recurrir a recursos demagógicos), la derecha se vería obligada a reaccionar, señalando un nuevo enemigo al que muchos votantes seguirían (todos aquellos que, guiados por esa demonización, votan al PSOE, más los que se abstienen).

El problema de esta estrategia es que también la izquierda se serviría (aunque indirectamente) del maniqueísmo político, cosa que quizás alguno no admita desde un punto de vista estrictamente intelectual; a mí, desde luego, creo que me vale.

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