Los peores augurios, vaticinados tras el malogrado proceso de paz en
Euskadi, se van cumpliendo y superando.
Los diferentes poderes del Estado se han lanzado a una escalada represiva sin tapujos. La legislación excepcional, como la terrorista o la de Partidos, se están aplicando sin freno por el gobierno y por la no menos excepcional Audiencia Nacional. A la ilegalización de partidos y listas electorales, el encarcelamiento de dirigentes políticos o el cierre de diarios, se une ahora la condena a ciudadanos por ejercer su derecho a la actividad social y política. Es lo ocurrido con los encausados en el sumario 18/98, condenados, en un juicio lleno de irregularidades, a largas penas de cárcel por supuesta pertenencia o colaboración con banda armada, sin que haya un solo hecho que lo pruebe. Parece que hemos entrado en la fase de "guerra total", en la que se está socializando, de hecho, el sufrimiento.
Los portavoces oficiales u oficiosos del poder afirman que ETA es una
organización mafiosa, de malhechores, y que está moribunda. Pero los que eso afirman, dan a las actividades relacionadas con aquella organización una trascendencia política y una relevancia mediática muy desproporcionada y contradictoria respecto de tales afirmaciones. ¿Es necesaria tanta parafernalia? ¿Qué interés hay en ello?
A partir de ahora, con la sentencia del 18/98, se instaura una nueva
doctrina jurídica que considera que cualquier persona que coincida en
alguno de sus fines (la aspiración por la soberanía, la desobediencia
civil o el rechazo al TAV, por ejemplo), automáticamente puede ser
considerada del "entorno", y condenada por pertenencia o colaboración con banda armada, aunque no cometa ningún acto delictivo ni relacionado con la violencia. Consecuencia política: Ahora resulta que ETA es mucho más fuerte de lo que nos dicen, pues sus estructuras y ramificaciones llegan a casi todos los estamentos de la sociedad vasca, y se extienden también incluso por Madrid, Sevilla, y por donde ellos quieran. En qué quedamos, ¿son unos pocos, o son cientos, incluso miles? Eso de que todo lo que se mueve es terrorismo, no cuela ni en Madrid, a pesar de las campañas de desinformación e ntimidación.
Considero que las acciones de ETA son rechazables, tanto por razones
morales (el respeto a la vida), como por razones políticas y estratégicas (desde hace tiempo se han convertido en la excusa perfecta para potenciar la maquinaria represiva y mediática), y además perjudican objetivamente, una y otra vez, el avance y organización de los movimientos sociales, en Euskadi y en todo el Estado. La desactivación de los puentes de solidaridad y unidad entre los diferentes pueblos y luchas en el estado español es un hecho; resulta que apoyamos luchas a miles de kilómetros, pero ignoramos las que están sólo a cientos. Merecería la pena una reflexión tranquila y serena para analizar esta situación, y poder remover los diferentes obstáculos, en particular los que están a nuestro alcance.
Mientras tanto, y aunque en el momento presente resulte quijotesco
decirlo, hay que afirmar una vez más que la derrota unilateral es
imposible, y que sólo el diálogo y la negociación, con el final de la
violencia y de la vulneración de derechos, nos traerá la paz. Lo que
ignoramos es el tiempo que tendremos que sufrir hasta alcanzarla, y la
cantidad de movimientos y activistas, molestos al poder, que intentarán criminalizar y llevarse por delante.
En un estado de excepcionalidad, todos resultamos sospechosos