ENSAYOS FILOSÓFICOS
Por Esteban Torres

I. ÉTICA, FILOSOFÍA Y ECONOMÍA

Antes de iniciar esta exposición debemos aclarar cuál es la diferencia básica entre las ciencias y la Filosofía:

En primer lugar, todas las ciencias tienen un objeto o área de estudio. Por ejemplo, la Química estudia las propiedades de los elementos y compuestos, así como las interacciones y las reacciones entre las diferentes sustancias; la Historia estudia y analiza los hechos y acontecimientos humanos del pasado cuya autenticidad puede ser verificable; la Geografía estudia los relieves, accidentes, rasgos, etc. de la superficie de nuestro planeta; la Biología estudia los fenómenos que permiten la existencia de los seres vivos, así como su perpetuación y evolución. En segundo lugar, las ciencias no emiten juicios éticos, ya que su razón de ser es la búsqueda de la verdad y la ampliación de la comprensión del Universo a través de la observación, la experimentación y la estructuración y sistematización de los conocimientos así obtenidos por medio de teorías y leyes. Para la Ciencia las cosas no son buenas o malas; simplemente son falsas o verdaderas, probables o improbables. La Filosofía, por su parte, no tiene un sujeto o área de investigación específicos, ya que lo mismo puede especular sobre el origen de la vida o del Universo que sobre el presente o futuro de la Humanidad. También puede interesarse en el ser humano como individuo o en toda la sociedad planetaria. Por otra parte, la Filosofía no tiene a su disposición los recursos que tanto han contribuido a desarrollar las ciencias duras: el experimento y la medición, y únicamente utiliza la observación y el razonamiento. Pero lo más importante es que la Filosofía, a diferencia de la Ciencia, sí puede emitir juicios de valor, tanto éticos como estéticos. En lo único en que coinciden las ciencias y la Filosofía es que no existen verdades eternas: todo es circunstancial y está sujeto al devenir histórico. La aparición de nuevos conocimientos puede echar por tierra viejas verdades. La aparición de nuevas circunstancias (sociales, políticas, biológicas) puede invalidar viejas cosmovisiones.

Una vez aclarado esto, continuaremos con nuestra exposición:

Hace muchos siglos se practicaba la Alquimia, la Astrología y la Religión (o más bien las religiones). Con el paso del tiempo la Alquimia fue sustituida por la Química, la Astrología se convirtió en Astronomía y la Religión devino en Filosofía. Pero las cosas no ocurrieron de manera sencilla. Mientras que para el siglo V antes de nuestra era en Grecia ya se habían estructurado sistemas filosóficos refinados, en otras sociedades todavía se practicaban religiones primitivas, como el animismo. Respecto a la Química y la Astronomía, estas ciencias convivieron con la Alquimia y la Astrología hasta mucho tiempo después. No obstante, en las llamadas “sociedades modernas” la Alquimia (amuletos de aleaciones mágicas, sustancias homeopáticas milagrosas, etc.) y la Astrología (horóscopos, cartas astrales, etc.) aunque son rechazadas sistemáticamente por las comunidades científicas, todavía son aceptados por mucha gente, incluso por universitarios y políticos de alto rango. No obstante, aun cuando muchas personas “respetables” consultan adivinos, médiums, lectores del tarot, quirománticos, astrólogos, etc., la mayoría lo hace con discreción, sobre todo si su posición social o política pudiera ser afectada por el conocimiento público de esta afición.

Pero algo muy curioso ocurrió con la Filosofía y la Religión, ya que en pleno siglo XXI ambas conviven públicamente, aun en las sociedades “desarrolladas”. Actualmente científicos de primer nivel y políticos con altas responsabilidades no tienen empacho en declarar públicamente que practican alguna religión y que incluso sus decisiones más trascendentales las basan en esta creencia. En algunos países occidentales los presidentes y otros altos funcionarios todavía juran ante la Biblia cuando toman posesión de su cargo. Aun países que cuentan con un stablishment de científicos destacados, como Israel, practican una política nacional basada en conceptos religiosos, con los cuales justifica su expansionismo.

Sin embargo, a la mayoría de las personas no les preocupa esta situación, e incluso aseguran que la Religión es necesaria para normar la moral de las sociedades, puesto que “si la sociedad no tuviera una base religiosa, se desataría el libertinaje”. Aun más: hay quienes aseguran que no puede existir una ética social o individual que no esté basada en conceptos religiosos, y que el ateísmo generalizado fomentaría el egoísmo, el hedonismo y la criminalidad.

No obstante, hemos observado a lo largo de la Historia que la mayoría de los discursos moralistas de los gobernantes y jerarcas de las iglesias nada tenían que ver con sus verdaderos sentimientos. Mientras que en público –y a veces también en privado– predicaban la justicia, la compasión, la equidad, etc., sus vidas transcurrían en medio de feroces luchas por el poder y el dinero. No se nos olvide que todavía a mediados del siglo XIX se consideraba perfectamente compatible con la ética cristiana la esclavitud de los negros, la explotación inmisericorde de los obreros (con horarios de hasta 12 horas diarias y salarios con los que apenas podían sobrevivir) y el trabajo infantil (recordemos a los niños limpiadores de chimeneas que aparecen en algunos relatos de Charles Dickens). En plena Era Victoriana, cuando la represión sexual llegó a extremos grotescos en los países protestantes, algunos miembros de la aristocracia y algunos jóvenes (y no tan jóvenes) adinerados no tenían objeciones morales cuando seducían a sirvientas urbanas o jovencitas campesinas, quienes terminaban sus vidas en prostíbulos o, en el mejor de los casos, en instituciones de caridad para “mujeres descarriadas”.

Pero no todo esto quedó en el pasado. Actualmente todavía existe la explotación del trabajo infantil, la negación de los derechos de las mujeres (especialmente en los países islámicos), la depredación del medio ambiente, las guerras de rapiña (como las de Iraq y Afganistán), la tortura (tanto política como policiaca), el tráfico de armas, la trata de blancas, la trata de menores, la pedofília ejercida por miembros de las jerarquías eclesiásticas, etc. Aun cuando estas conductas son reprobables per se, resultan más preocupantes por el hecho de que muchos de quienes incurren en ellas se declaran creyentes y practicantes de alguna religión.

Ante este panorama, ¿qué podemos pensar de quienes insisten en seguir fundamentando la ética sobre creencias religiosas y no sobre una sólida reflexión filosófica? Muchos moralistas simplemente son hipócritas o fanáticos perdidos, o las dos cosas. Sin embargo, quienes más me preocupan son quienes están sinceramente convencidos de que la religión es el único fundamento confiable para elaborar un código de ética que pueda normar la conducta de los individuos de todas las sociedades y en todas las ocasiones. ¿Por qué? Porque a lo largo de la Historia hemos presenciado las consecuencias de una ética irreflexiva que únicamente sigue los dictados de una camarilla autoproclamada “intérprete” de la voz de Dios, o de los dioses. Aun cuando las castas sacerdotales (o “jerarquías eclesiásticas”, como se les llama ahora), actuaran de buena fe, cosa que rara vez ha ocurrido, nada nos garantiza que sus opiniones sean dignas de acatarse ciegamente. Por ejemplo, ¿en qué siglo, en qué lugar y a qué persona le dijo Dios cuál era su opinión respecto al robo, el homicidio, el adulterio, el aborto, la eutanasia, el incesto, etc.? Con excepción del incesto, el cual está prohibido en la mayoría de las culturas, prácticamente todas las religiones difieren en relación con estos temas. Y lo que es peor: las opiniones de las castas sacerdotales han variado a lo largo de la Historia. Por ejemplo, durante la Edad Media europea la Iglesia Católica raras veces condenaba el aborto, especialmente si se cometía durante los primeros 40 días posteriores a la concepción, cuando todavía no se instalaba el alma en el feto (ver los escritos de Tomás de Aquino). Por lo que respecta al homicidio, las castas sacerdotales han adoptado todas las posturas imaginables. El quinto mandamiento de los cristianos, “no matarás”, debió haber contenido la siguiente aclaración: “a menos que te lo ordene la casta sacerdotal o directamente Dios”.

Se me dirá que la ética basada en la Religión es intrínsecamente buena y que las fallas que pudiera tener se deben a la mala interpretación de los libros sagrados. Ante tal aseveración me pregunto: ¿Quién o quiénes escribieron los libros sagrados? Hasta donde sé, la opinión de Dios o de los dioses que aparece en los distintos libros “sagrados” varía ampliamente. Por ejemplo, las “verdades eternas” que aparecen en los Vedas, el Corán, la Biblia, el Popol Vuh, etc., no se parecen mucho entre sí, lo cual significa que, o los escribas no tomaron adecuadamente el dictado divino o que los dioses han cambiado continuamente de opinión. También puede ser que todos estos libros no sean más que colecciones de mitos que han perdurado hasta la actualidad gracias a la autoridad y el poder de las distintas castas sacerdotales, que los han utilizado para preservar sus privilegios. Me atrevo a sugerir que esto último es lo más probable. Un hecho que abona a favor de esta aseveración es el caso de los libros que describen las antiguas religiones griega, celta y nórdica, los cuales, aun cuando se han preservado hasta el presente, están consideradas “oficialmente“, no como literatura sagrada, sino como simples colecciones de mitos, debido a que las castas sacerdotales que los sustentaban desaparecieron hace siglos.

Muchos creyentes de varias religiones me han comentado que, falsos o verdaderos, los “valores” religiosos son necesarios para preservar la paz social, la convivencia y, sobre todo, el sentido de la vida, tanto a nivel individual como social. A esto yo contestaría que el principio fundamental de toda ética es la verdad, y que si se acepta construirla sobre algo falso (por más noble que sea), tarde o temprano se caerá en la obediencia ciega e irreflexiva. Por ejemplo, los inquisidores católicos no se preguntaban si era cierto o no que Dios aprobaba la tortura a los herejes; lo hacían sin ningún remordimiento, creyendo ciegamente que estaban cumpliendo con los mandatos de su Dios, expresados a través de sus representantes terrenales, es decir, de los sacerdotes cristianos. Esto mismo pensaban los verdugos durante la llamada Noche de San Bartolmé, cuando fueron asesinados más de 50 mil hugonotes en Francia, por órdenes del Papado. Pero esto no sólo ocurrió en el pasado; actualmente siguen ocurriendo casos semejantes, como las lapidaciones públicas de las mujeres adúlteras en algunos países islámicos y los actos de los terroristas suicidas que se inmolan creyendo que con esto están cumpliendo con los mandamientos de Alah.

Por otra parte, numerosas investigaciones sociológicas han demostrado que existen millones de personas que aseguran haber sido educados de acuerdo con los “valores” religiosos de sus padres y sin embargo no tienen empacho en mentir, engañar y defraudar. ¿Cuántos casos conocemos de criminales confesos que se han declarado “creyentes”? Y lo que es peor, ¿cuántos empresarios aparentemente honorables han hecho sus fortunas a base de engaños, fraudes, tráfico de influencias, etc.? ¿Y qué me dicen de los altos dignatarios de la Iglesia Católica que ordenan la excomunión de sacerdotes que incurren en el “pecado” de contraer matrimonio, pero toleran y encubren a ministros pederastas confesos?

Pero tampoco debemos confiar en los mesías laicos. Carlos Marx y sus seguidores aseguraban que el Socialismo “científico” nos iba a dar la posibilidad de crear el paraíso en la Tierra. ¿Y qué paso? Se equivocaron en sus profecías, y el experimento social en la Unión Soviética y en otros países “socialistas” terminó en un infierno terrenal. ¿Por qué? Porque los nuevos sacerdotes laicos, creyéndose poseedores de la verdad absoluta, despreciaron las opiniones de los socialistas “utópicos” como Bakunin y Kropotkin, de los sociólogos “burgueses” como Max Weber y de los filósofos “reaccionarios” como Nietzsche. Pero su peor error fue despreciar la opinión de sus pueblos e impedir su participación directa en los asuntos del Estado, con lo cual cerraron el camino hacia la democracia, y ésa es la razón por la que todos los regímenes comunistas terminaron en dictaduras. Una vez que las nuevas teocracias laicas se apoderaron de los gobiernos, todo signo de disidencia fue aplastado inmisericordemente y, en vez de socialismo, se implantó el peor de los capitalismos: el capitalismo de Estado, un sistema ineficiente y paralizante de toda iniciativa individual.

Los países –y los planetas– que no aprenden de la Historia están condenados a repetir los mismos errores, así que si alguna lección nos dejaron los regímenes “socialistas”, con sus campos de concentración y sus purgas sangrientas, es que se deben acatar los códigos de ética dictados por castas sacerdotales, ya sean religiosas o laicas.

Así pues, pienso que solamente una ética atea, basada en la reflexión filosófica y en hechos científicamente comprobados, podría ayudar a la sociedad mundial contemporánea a retomar el camino de la paz, la tolerancia y la solidaridad humana. Esto se debe hacer antes de que el fanatismo, la soberbia, la irresponsabilidad y la ambición desmedida nos lleven al suicidio ecológico o a la guerra atómica. Pero antes de exponer los pormenores de esta ética, hagamos algunas precisiones.

¿ÉTICA O ÉTICAS?

A fin de cuentas, no existen más que dos tipos de ética: la ética idealista y la ética realista. La primera parte de preceptos filosóficos o religiosos sin base científica alguna. El ejemplo más paradigmático de la ética idealista es el famoso “imperativo categórico” kantiano, que no es otra cosa que la versión laica de la ética judeo-cristiana. Aun cuando Kant no basa su ética en imperativos divinos, no es menos arbitrario al exigir al hombre que “ajuste sus acciones a los principios éticos universalmente admitidos” (ver la obra Crítica de la razón práctica). Estas afirmaciones tan contundentes, típicas de mentalidades soberbias como las de casi todos los filósofos idealistas, desde Platón, contrastan con el tono mesurado de pensadores como Epicuro, Diógenes de Laercio y Lucrecio.

¿Por qué es importante que un sistema ético tenga fundamento filosófico y científico y no sea únicamente el resultado de una especulación filosófica que no toma en cuenta la Sociología, la Historia, la Biología, la Antropología, etc.? La respuesta es muy simple: Porque, a diferencia de la filosofía especulativa, la ética tiene como fin constituirse en guía de conducta de una sociedad real y concreta, y si no cumple con este cometido puede hacer más mal que bien.

LA ÉTICA JUDEO-CRISTIANA

Cualquiera que haya analizado críticamente La Biblia concluirá que no se trata de un libro homogéneo, sino de una colección de textos agrupados arbitrariamente, que frecuentemente se contradicen incluso en materia de Teología. Sin embargo, en el Viejo Testamento, aun cuando abundaban las contradicciones, el tema central era la cosmovisión y los valores del pueblo judío. En cambio, en el Nuevo Testamento esta cosmovisión y estos valores fueron trastocados radicalmente, y los predicadores del Evangelio literalmente rehicieron la herencia hebrea y le agregaron toda clase de “novedades” teológicas, como el dogma de la Santísima Trinidad, la transustanciación y la divinidad del nuevo profeta (es decir, Jesucristo), así como la amenaza del infierno, el juicio final, etc. Todo esto naturalmente tenía que repercutir en su ética. Ahora ya no se se trataba sólo de alabar (y obedecer) directamente al Dios único, sino que esto debía hacerse a través de su hijo (y posteriormente a través de innumerables vírgenes y santos). Aun cuando el hombre del Antiguo Testamento no era dueño de su destino (a pesar del cacareado “libre albedrío”), pues tenía que amar (y obedecer ) a Dios “por sobre todas las cosas”, el hombre del Nuevo Testamento (es decir, el cristiano) se sentía doblemente compelido, pues la amenaza del juicio final y el castigo del fuego eterno eran más temibles que todas las calamidades que de tiempo en tiempo lanzaba Jehová sobre la Tierra.

Así, la ética cristiana, además de considerar al ser humano como un perpetuo menor de edad que tenía que obedecer sin ninguna explicación una serie de normas y preceptos absurdos, aterrorizaba a sus seguidores con castigos que no se le ocurrirían ni al más refinado sádico. Por supuesto que todo esto no era gratuito: los sacerdotes y gobernantes sacaban abundante provecho de esta situación. Como todos sabemos, el primero que se benefició con la imposición de esta religión del terror fue el emperador Constantino quien, allá por el año 3l3, declaró al Cristianismo como la religión oficial del Imperio Romano. Posteriormente los papas y obispos utilizaron el prestigio de la civilización romana para para cristianizar a los reyes bárbaros del norte de Europa, y con ellos a sus súbditos. Obviamente, los evangelizadores se hicieron retribuir generosamente sus “servicios” y se convirtieron en los administradores de los reinos recién convertidos, con los consiguientes privilegios que esto significaba.

Muchos historiadores argumentan que fue gracias al cristianismo que los pueblos del norte de Europa absorbieron la civilización romana (y griega), y que de no ser por los predicadores cristianos este proceso hubieran demorado muchos siglos. Sin embargo, ésta es una soberana mentira: muchos pueblos del norte, particularmente los germanos, siempre estuvieron deseosos de pertenecer al Imperio Romano, al que admiraban como el paradigma de la civilización. Las cosas más bien ocurrieron al revés: los bárbaros del norte aceptaron el cristianismo porque venía respaldado por la civilización romana y, por lo tanto, bien podrían haber adoptado a los dioses paganos si éstos hubieran venido “envueltos” en el paquete civilizatorio.

Pero, independientemente de la manera como ocurrieron las cosas, el caso es que la implantación del cristianismo en todo Europa significó también la imposición de una ética que promovía la sumisión, el temor y la renuncia al razonamiento y a la especulación científica y filosófica. Las actividades de los “sabios” de la Edad Media europea se reducían al estudio de la Teología y a adaptar al cristianismo las ideas filosóficas de Platón y Aristóteles (como fue el caso de Abelardo y Tomás de Aquino).

Y actualmente todavía hay personas que creen que el cristianismo puede aportar algo a la humanidad. Estas personas parten del supuesto de que las instituciones terrenales (es decir, las iglesias cristianas) tergiversaron las enseñanzas de Jesucristo y las utilizaron para lucrar con la fe de los pueblos. No obstante, esta postura no es en absoluto original, pues no es más que una versión moderna de las propuestas de Lutero y Calvino, las cuales, como se sabe, no sirvieron para instaurar el reino de Dios en la Tierra, sino que propiciaron pavorosas guerras religiosas, persecuciones y un sentimiento todavía más opresivo entre sus seguidores, conocido como la “opresión de la ética protestante”, que en mucho propició la aparición del capitalismo moderno (ver las obras de Max Weber).

Aun suponiendo que se pudieran rescatar las “verdaderas” enseñanzas de Jesucristo, ¿cuáles son éstas? ¿Las de los Evangelios canónicos, las de los Evangelios apócrifos o las de las Epístolas de (san) Pablo y otros? Pero la pregunta más importante es: ¿Realmente existió un personaje histórico llamado Jesucristo o Inmanuel? Fuera de las apologías cristianas, en ningún texto de la antigüedad se menciona la existencia de un personaje con las características que se le atribuyen a Jesucristo. De sus contemporáneos, Poncio Pilato(s) ni siquiera lo menciona en sus memorias, y del sumo sacerdote Caifás no tenemos ninguna referencia a él. Por su parte, el historiador judío Flavio Josefo se refiere a Jesús como un “sedicioso” sin mayor trascendencia.

Haciendo acopio de buena voluntad y concediendo que Jesús fue un personaje histórico y que sus “verdaderas” enseñanzas son las que aparecen en los cuatro Evangelios canónicos y en las Epístolas de (san) Pablo, ¿qué enseñanzas éticas podemos extraer de ahí? Que el hombre es malo por naturaleza (nace con el “pecado original”); que debe ser purificado con el bautizo (y otros rituales que se inventaron posteriormente, como la confesión, la misa, el acto de comulgar y la extremaunción); que debe creer (y obedecer) ciegamente lo que dicen los textos sagrados; que debe despreciar su cuerpo y aborrecer todo lo relacionado con el placer mundano; que debe abstenerse de toda reflexión científica o filosófica que atente contra los dogmas; que, en caso de conflicto entre los textos sagrados y las órdenes o indicaciones de la jerarquía eclesiástica, debe obedecer a éstas últimas.

LAS ÉTICAS TEÍSTAS

Algunos pensadores proponen una la ética basada en un dios mentalmente antropomorfo, que puede ser o no una persona. Pero antes de evaluar esta ética, debemos analizar exactamente en qué creen, qué es lo que proponen y en qué se basan los promotores de este tipo de creencias.

A diferencia de los seguidores del Cristianismo y de otras religiones, los teístas (panteístas, antrópicos y algunos agnósticos) no creen en textos revelados ni en profetas iluminados; ellos más bien manifiestan que tienen la “sensación” de que existe algo más que la realidad que percibimos con los sentidos y que el Universo no es producto del azar, sino el resultado de un plan preconcebido por un ente cuyos designios sólo podemos intuirlos a través de la meditación y la observación de la naturaleza y sus leyes.

Por ejemplo, los antropistas o antrópicos aseguran que las leyes y las condiciones del universo están “calibradas” de tal manera que propicien la aparición no sólo de la vida, sino de vida inteligente y consciente. Dicen que si el Sol fuera más caliente o más frío o si la órbita de la Tierra fuera diferente (es decir, si la Tierra estuviera más cerca o más lejos del Sol), no hubiera ocurrido el fenómeno de la vida en este planeta. También aseguran que si el ciclo de la vida de las estrellas fuera más breve no habría tiempo de que se desarrollara vida inteligente en los planetas; que si ocurrieran con más frecuencia explosiones de supernovas, esto interrumpiría continuamente el desarrollo de la vida. En fin, estos pensadores suponen la existencia de un ente cuasiconsciente que elaboró desde el principio de los tiempos un proyecto o programa que ha venido guiando el desarrollo del Universo.

Las creencias de los panteístas son parecidas a las de los antrópicos, aun cuando su cosmología está menos desarrollada. Pero la diferencia fundamental entre ambos es que los primeros suponen que puede existir una comunicación “espiritual” entre el ente rector del universo llamado Dios y las criaturas inteligentes que lo habitan, mientras que los segundos no creen que se pueda establecer alguna clase de comunicación con este ser, y que cualesquiera que sean sus planes y proyectos trascendentes, éstos ya están contenidos en las leyes del universo.

Aunque no me parecen descabelladas estas ideas (especialmente si las comparamos con las propuestas absurdas de las religiones tradicionales), no creo que puedan servir de base para la elaboración de una ética universal, por la sencilla razón de que nadie sabe exactamente cuáles son las intenciones y cuál es la meta final de este ser rector del universo. Es más, nadie sabe exactamente qué desea este ser, si es que desea algo o si es que existe.

LA ETICA REALISTA

La palabra “ateísmo” es engañosa, pues da la impresión de que quienes lo practicamos estamos en contra de alguien o de algo, o que negamos a alguien o a algo. Incluso existen algunos teólogos malintencionados que aseguran que los ateos somos personas soberbias que odiamos a Dios por pura arrogancia, como lo hizo hace mucho tiempo el rebelde ángel Luzbel. Esta opinión, además de ser una puerilidad, constituye una trampa, pues parte de dos premisas falsas: que existe Dios y que existe el Demonio. No vamos a discutir aquí la leyenda de Luzbel, pues no nos interesa el folclor judeo-cristiano. Lo único que vamos a dejar en claro es que no podemos odiar a alguien en quien no creemos. Si alguien le preguntara a un teólogo cristiano si odia a Odín, a Quetzalcoatl o a Zeus, seguramente contestará que no puede odiar a un dios falso (es decir, inexistente). Pues bien, los ateos consideramos que también son inexistentes los dioses de todas las religiones, incluyendo a Zeus, Jehová, Odín, Visnú, etc., pues jamás han dado una sola prueba de su existencia. Lo que dicen los textos “sagrados” como la Biblia, el Corán, los Vedas, etc. no constituye una prueba de su existencia, ya que ni siquiera hay certeza de la existencia histórica de sus autores. Y aun cuando pudiera documentarse fehacientemente la existencia del autor de algún texto “sagrado”, esto no sería garantía de que lo que escribió es verdadero. Por ejemplo, durante siglos se ha dudado de la existencia histórica del poeta griego Homero; sin embargo, si se llegara verificar con toda certeza su existencia, esto no garantizaría que todas las hazañas de Odiseo fueron reales, pues hasta ahora no se han descubierto rastros de seres parecidos a los cíclopes o a las sirenas.

Consideramos que no se puede basar la ética en las enseñanzas de un dios cuya existencia nunca se ha demostrado, ya se trate de un ente filosófico como el dios de los antrópicos y los panteístas, o de un dios mitológico como el de todas las religiones basadas en textos “sagrados”. Por lo tanto, la única ética posible es la que dimane de una filosofía materialista y de ciertos hechos científicamente respaldados, y este es el caso de la ética realista, la cual parte del supuesto de que el Hombre no es más que un primate de la clase de los mamíferos, y que lo único que lo diferencia de los demás animales es el tamaño de su cerebro, su gran capacidad para manipular objetos y su legado cultural. La sinergia entre estas tres características es lo que ha permitido al ser humano los actuales niveles de conocimiento científico, de manipulación tecnológica y de desarrollo artístico. Hasta donde sabemos, el hombre es el único animal que ha podido acumular generación tras generación conocimientos científicos y metodologías tecnológicas y trasmitirlos a sus descendientes; también es el único animal capaz de apreciar la belleza en todas sus manifestaciones. Por otra parte, aunque no es la única especie que tiene en alta estima el amor en todas sus formas (quien posea una mascota seguramente sabrá que existe un lazo de amor entre él y el animal elegido como mascota), es el mamífero que más sufre si se le priva de éste, especialmente en la infancia (se ha comprobado que un bebé puede morir si se le priva de afecto durante los primeros meses de vida, aunque se le proporcione alimento y cuidados físicos).

La ética realista también parte del supuesto de que no existe el bien “en sí” ni el mal “en sí”; es decir, que la bondad y la maldad no son ideas abstractas con vida propia, sino conceptos derivados de la convivencia social y de la Historia, y que fuera de las sociedades humanas éstos conceptos no tienen sentido alguno. Por ejemplo, un león no es “malo” porque mata gacelas para comérselas. Tampoco es “bueno” un ciervo que ofrenda su vida para defender a sus cachorros.

Otra premisa básica de la ética realista es que, si bien podemos calificar como buena o mala la intencionalidad de una acción, es todavía más importante analizar a quién o a quienes perjudica o beneficia ésta. Por ejemplo, si un monje hace penitencia “para expiar sus pecados”, ¿a quién beneficia su sacrificio? No sabemos si existe la divinidad a la que le “ofrece su dolor” o si a esta divinidad le agradan los actos de masoquismo; pero supongamos que existe este dios, que sí le halagan estas muestras de sumisión y que efectivamente perdona los pecados del monje. ¿Esto en qué beneficia a sus congéneres? Desde el punto de vista de la ética realista, este acto de penitencia no es una acción “buena”, sino más bien egoísta, ya que el monje sólo piensa en sus pecados y en su posible perdón, pero nunca en los beneficios que esto podría traer a sus semejantes.

Antes de analizar más a fondo qué es la ética realista, debemos tratar de entender qué es la ética, o más bien qué se ha entendido por “ética” a lo largo de la Historia. Etimológicamente, proviene del griego ethos, que significa carácter o comportamiento. Si consideramos que el Hombre es esencialmente un animal social (o un zoon politikon, como diría Aristóteles), entonces también queda sobreentendido que se refiere al comportamiento del hombre frente a sus semejantes. Aunque los egipcios y los hebreos ya tenían preceptos éticos, éstos se circunscribían casi exclusivamente a “mandamientos” divinos; es decir, se trataba de normas morales absolutamente obligatorias y carentes de explicaciones o fundamentos. Los primeros pensadores que iniciaron el estudio filosófico de la ética fueron los sofistas, y de entre ellos destaca Protágoras, quien sostenía que las normas morales no eran mandamientos divinos sino deberes sociales que permitían el buen funcionamiento de las sociedades. Por su parte, Platón sostenía que existía un mundo moral ideal al cual debía adecuarse el comportamiento humano. Pero este eminente filósofo nunca se tomó el trabajo de explicar en dónde se encontraba este mundo moral ni cómo se había enterado de su existencia. Finalmente, Aristóteles, aunque aseguraba que la ética sólo podía basarse en la razón, y que su finalidad era la felicidad humana, sostenía que ésta debía ajustarse a los designios divinos. Posteriormente aparecieron otros pensadores que abordaron el tema desde distintas perspectivas, como Espinoza, Kant y Hegel (y otros muchos, cuya lista sería interminable); pero prácticamente todos coincidían en considerar a la ética como un catálogo de deberes y obligaciones dictados por la Divinidad, la Razón, la Naturaleza u otros entes abstractos cuyos planes y deseos sólo eran conocidos por algunos iluminados. Y ya que hablamos de iluminados, creo conveniente incluir a Sidartha Gautama, uno de los pocos pensadores antiguos que prepuso un manual de ética más o menos sensato (El Óctuple Camino), cuyas ideas fueron retomadas por los estoicos.

La síntesis presentada en el párrafo anterior está exageradamente resumida, ya que su única intención es enmarcar en una perspectiva histórica la idea equivocada que han sostenido la mayoría de los pensadores: que la ética es un catálogo de obligaciones que compelen al individuo a actuar de tal o cual manera, siguiendo los lineamientos de una entidad abstracta cuyos planes y deseos sólo ellos conocen o suponen que conocen. Por ejemplo, Hegel sostenía que, el ciudadano debía sacrificarse por su patria; Ignacio de Loyola aseguraba que estaba justificada cualquier atrocidad para defender la “verdadera” religión (es decir, la religión católica), y no olvidemos el ya mencionado “imperativo categórico” de Kant.

La ética realista, por el contrario, está basada en dos sólidos pilares: a) Una reflexión filosófica seria y rigurosa sobre hechos históricos, biológicos, psicológicos, y sociales verificables, y b) los fines e intereses del individuo y de la sociedad en la que está inmerso. Además, no exige más de lo que puede ofrecer un individuo mentalmente sano y que viva en una sociedad más o menos libre y empática. Como todas las demás, la ética realista propone el altruismo, pero no de cualquier clase: propone el altruismo razonado. Se trata de una ética de círculos concéntricos: primero yo, después mi familia, después mis amigos, después mis conocidos, después mi comunidad y finalmente toda la humanidad (no necesariamente en ese orden).

La mayoría de los zoólogos coinciden en que los animales tienen como máxima prioridad la sobrevivencia y la satisfacción de sus necesidades. Por lo tanto, si yo también soy un animal y si lo más importante es mi supervivencia y mi bienestar, ¿por qué debo practicar el altruismo si no existe ninguna divinidad ni ente suprahumano que me lo ordene? Por dos razones: por conveniencia y por empatía. Por ejemplo, un padre enfurecido porque su hijo quemó su casa probablemente arriesgará la vida para salvarlo de las llamas. En este caso el amor paternal es más fuerte que la furia por haber perdido su patrimonio. También puede ocurrir que, dominado por la avaricia, un hombre esté a punto de realizar un acto que pudiera hacerle perder a su mejor amigo. En tal caso probablemente renuncie a un bien muy apetecible con tal de mantener la amistad y el aprecio del amigo en cuestión.

Pero, ¿qué sucede cuando simplemente tengo la elección entre beneficiar a los demás o a mí mismo? Esto no se puede responder si no se ubica en un contexto real e histórico. En este caso, ¿quiénes son “los demás” y de qué beneficio estamos hablando? Por otra parte, si beneficio a “los demás”, ¿yo quedo excluido totalmente de este beneficio? Nuevamente recurramos a un ejemplo: Si “los demás” son mis hijos, y se trata de repartir el último pan de la alacena, yo creo que bien vale la pena hacer el sacrificio.

Los ejemplos anteriores demuestran que todo es circunstancial e histórico. Pero también debemos hacer énfasis en que sólo con una apropiada educación de los niños, en el más amplio sentido de la palabra, se puede crear una sociedad empática y cooperativa. Desde que nace el niño recibe, principalmente de sus padres, un flujo continuo de una porción de la enorme herencia cultural que ha acumulado la humanidad a lo largo de milenios. Este mecanismo de asimilación o interiorización continúa en las escuelas y durante las interacciones sociales hasta la edad adulta y aún más allá. Dicho proceso educativo no consiste únicamente en la trasmisión/recepción de conocimientos y habilidades, sino también en el entrenamiento para el control de los sentimientos y emociones y para el refinamiento o afinamiento de los gustos y las percepciones. Si un hombre no aprende a controlar sus sentimientos y emociones se convierte en un individuo irascible, intolerante, patológicamente egoísta y finalmente en un inadaptado social. Si no logra refinar o afinar sus gustos y percepciones jamás logrará disfrutar del arte, la amistad, y el amor. No olvidemos que hasta para paladear un buen vino se requiere del entrenamiento y/o refinamiento del sentido del gusto.

Cuando el ser humano llega a cierta edad, comienza a tomar más en serio sus conflictos éticos, especialmente cuando se involucra por primera vez en proyectos (moralmente) idealistas, ya sean personales, políticos o comunitarios. Estos conflictos surgen debido a la confrontación entre sus intereses “egoístas” y sus ideales o intereses “altruistas”. No obstante, las más de las veces éste es un falso conflicto, ya que ambos intereses pueden no ser contradictorios. Por ejemplo, si un joven egresado de una escuela de medicina está indeciso entre instalar un consultorio en la ciudad e iniciar una lucrativa práctica médica o irse a recorrer rancherías para ayudar a curar campesinos, no tiene por qué angustiarse: puede optar por lo segundo y, si después de algunos años se le “acaba” el idealismo, podrá regresar a la ciudad. Si, por el contrario, la atención a los desamparados le satisface más con el paso de los años y esto le da sentido a su vida, puede decidir no regresar a la ciudad, aunque viva con ciertas limitaciones.

Todos los conflictos morales pueden arreglarse utilizando apropiadamente y con buena disposición el sano egoísmo y los buenos instintos. Así, desde el punto de vista del altruismo razonado, un hombre que arriesga su vida para salvar a alguien que se está ahogando puede ser calificado de imprudente; pero un individuo que sin arriesgar su vida no salva a alguien que se está ahogando, no merece otro adjetivo que el de moralmente autista. En el primer caso el hombre se dejó llevar por sus instintos de solidaridad y empatía, pero de cualquier modo prestó un servicio a la sociedad; en el segundo caso sólo puede decirse que se trata de un individuo que tiene embotados sus sentimientos de solidaridad y empatía, por lo que será disfuncional en cualquier sociedad.

¿Qué se requiere para implantar la ética realista en nuestro convulsionado mundo, antes de que nos destruya la guerra atómica, el cambio climático, el caos ecológico o alguna pandemia? En primer lugar, eliminar la influencia de las castas sacerdotales y demás “guías espirituales”. Mientras subsista la influencia de sacerdotes y otros intermediarios entre los dioses y la humanidad que compelan a los hombres a seguir los deseos de las divinidades, todas las éticas tendrán como objetivo que los individuos y las sociedades cumplan con sus mandamientos, y estos mandamientos seguirán siendo los que les convengan a la casta sacerdotal. Pero también hay sacerdotes laicos promotores del culto a la Patria, a la Raza, a la Cultura Occidental, al Estado, al Proletariado, al Capitalismo, etc. (Hitler, Stalin y Pol Pot son apenas algunos ejemplos). Estos sacerdotes laicos sostienen que los individuos no valen nada si no están al servicio de una causa gloriosa y trascendente. Por supuesto que no estamos en contra de las causas grandiosas (como serían la conquista de Marte, la trasformación del Sahara en un vergel, etc.). A lo que nos oponemos es a que estas causas sean convertidas en fetiches y se obligue a los hombres a rendirles culto.

Otra cosa que impide la propagación de la ética realista es la perversión de los instintos provocada por una mala educación dentro de la familia, ambientes sociales demasiado adversos y el bombardeo ideológico de los medios de comunicación mercantilizados, que promueven el egoísmo miope, el hedonismo barato y la violencia gratuita. Esto propicia el embotamiento de los sanos instintos y de los sentimientos de solidaridad y empatía, y genera una multitud de individuos patológicamente egoístas o, lo que es peor, moralmente autistas, es decir, incapaces de conmoverse ante el sufrimiento ajeno o involucrarse en actividades sociales o comunales que no les reditúen recompensas inmediatas y tangibles.

Finalmente tenemos la falta de visión histórica, social y política de las clases dirigentes. La mayor parte de los miembros de las plutocracias, especialmente en los países del Tercer Mundo, piensan que apartándose físicamente de la “chusma” y refugiándose en recintos amurallados y protegidos estarán a salvo de la delincuencia y de los conflictos sociales. No obstante, mientras formen parte de una sociedad, tarde o temprano también serán víctimas de un un robo, secuestro u homicidio y, en caso de un estallido social, serán los primeros en sufrir sus consecuencias. Su sano egoísmo debería indicarles que vale la pena sacrificar un poco de su riqueza para propiciar una comunidad humana más justa e igualitaria, lo que a su vez producirá seguridad, paz y armonía social.

II. LA ÉTICA EN EL CONTEXTO HISTÓRICO Y SOCIAL

Como lo han demostrado varios estudios antropológicos, el hombre no es más que un antropoide que se convirtió en mono depredador (ver, por ejemplo, los trabajos de Desmond Morris). Mientras todavía era un mono arborícola, la jerarquización de las manadas pre-humanas consistía esencialmente en la preeminencia sexual de un macho dominante (a veces acompañado de una hembra alfa). Pero esta preeminencia no se extendía a otras áreas ni era hereditaria, por lo que no se formaban castas privilegiadas. Cuando los pre-humanos se convirtieron en cazadores, comenzaron a surgir los líderes, pero su liderazgo se circunscribía a las actividades de caza y tampoco implicaba grandes privilegios ni era hereditario, puesto que el macho dominante ni siquiera sabía exactamente quiénes eran sus hijos. Las sociedades plenamente jerarquizadas aparecieron muchos miles (o quizá millones) de años después, cuando los humanos ya estaban totalmente conscientes de la relación causal entre la actividad sexual y la reproducción. Pero esta jerarquización no se formalizó hasta la consolidación de la familia monogámica patriarcal, la propiedad privada y el Estado.

No vamos a divagar aquí sobre las sociedades matriarcales, la familia punalúa y otras organizaciones o estructuras sociales que surgieron en algunos pueblos a lo largo de la Historia, ya que finalmente el esquema que prevaleció en casi todo el mundo fue el de la familia monogámica patriarcal, auspiciada y protegida por un Estado cada vez más autónomo, poderoso y autoritario. Lo que sí debemos enfatizar es que el Estado, como todas las instituciones impuestas a las sociedades humanas, debía tener una base de legitimidad, y ésta generalmente se la proporcionaba la casta sacerdotal.

Si se me dice que algunos jefes guerreros casi no requerían del apoyo de los sacerdotes o chamanes para ejercer su liderazgo (como ocurría entre las tribus germánicas de la antigüedad y entre los indios de Norteamérica antes de la llegada de los europeos), mi respuesta es que estas sociedades todavía no llegaban al estadio de desarrollo en el que surgió el Estado, es decir, a la época en la que aparecieron los primeros reinos. También debemos puntualizar otra cosa: no todos los Estados requerían en el mismo grado del apoyo de las castas sacerdotales para legitimar su autoridad. En los Estados teocráticos, como Israel o Egipto, las castas sacerdotales no sólo constituían la base del Estado, sino que ellas mismas eran el Estado; en cambio, en el Imperio Romano las castas sacerdotales constituían sólo uno de los sostenes de la legitimidad del Estado. En el caso de las ciudades-Estado griegas (y durante los primeros años de la República Romana) la influencia de los sacerdotes y adivinos era mínima, y las cosas pudieron preservarse así durante algún tiempo gracias a la activa participación y vigilancia de los ciudadanos (y digo “ciudadanos” y no “pueblo”, porque en esas sociedades la mayoría de la población estaba constituida por esclavos, mujeres y extranjeros, a quienes no se les otorgaban derechos políticos).

¿Por qué prevalecieron las sociedades polarizadas, en las que un pequeño grupo se impuso al resto de la población y logró acaparar la riqueza y el poder? Existen varias teorías. Una de ellas propone que los machos dominantes, una vez que establecieron con certeza la paternidad en algún momento de la prehistoria, decidieron transferir sus privilegios a sus hijos, y de esa manera se formaron las clases gobernantes. Sin embargo, para asegurar esta continuidad debían “estabilizar” sus sociedades a nivel “micro” por medio de la familia monogámica patriarcal y a nivel “macro” por medio del Estado. La familia monogámica patriarcal logró la plena sumisión de la mujer y los hijos, mientras que el Estado mantenía a raya a los machos que no formaban parte del círculo de los gobernantes, aunque no les impedía ejercer el poder dentro de sus propias familias. Pero las clases dominantes no se conformaron con trasmitir a sus descendientes el poder, también decidieron trasmitirles sus bienes, y fue entonces cuando elaboraron el concepto de “propiedad privada”.

Otra teoría propone que no fueron los machos dominantes quienes iniciaron la división de las sociedades en castas, sino los sacerdotes, y que posteriormente surgieron luchas por el poder entre ambos. Los resultados de estas luchas fueron los que determinaron si los primeros reinos iban a ser repúblicas más o menos democráticas o teocracias.

Me inclino a pensar que ambas teorías son correctas pero que, además, intervinieron otros factores, de tipo climático, geográfico y cultural. Por ejemplo, no es casual que los pueblos de la antigüedad que disfrutaban de mayor libertad política e individual (me refiero, naturalmente, a los ciudadanos libres, no a los esclavos) eran los griegos y los fenicios, ambos dedicados al comercio marítimo, al intercambio cultural con otros pueblos y al desarrollo de las ciencias prácticas. Por lo que respecta a los pueblos germánicos, su relativo nivel de libertad se debía más bien a su bajo estadío de desarrollo: todavía estaban en plena barbarie (esto también sería aplicable a las tribus de indios de Norteamérica antes de la llegada de los colonizadores europeos, cuya relativa libertad contrastaba con el grado de opresión que padecían sus contemporáneos de las teocracias mesoamericanas).

¿Cómo fue que comenzamos a recuperar la libertad y la democracia? En Europa occidental, que es donde más se ha estudiado el desarrollo de las sociedades, esta recuperación se inició durante el Renacimiento, que consistió esencialmente en el redescubrimiento y revaloración de la cultura grecolatina y en la crítica del asfixiante ambiente en el que las cuasi-teocracias medievales mantenían sumidas a las sociedades de todo el Continente Europeo. No es casual que el Renacimiento comenzara en el norte de Italia, en donde a la sazón florecían varias ciudades-Estado dedicadas al comercio marítimo y, por lo tanto, al intercambio cultural con otros pueblos. Posteriormente otros pueblos marítimos como España, Portugal, Holanda e Inglaterra ampliaron los horizontes mentales de Europa con sus exploraciones y actividades comerciales ultramarinas. De ahí en adelante se sucedieron una serie de acontecimientos venturosos (con sus avances y retrocesos), que culminaron con la Ilustración y la fundación del primer Estado democrático moderno: Estados Unidos de Norteamérica. Por supuesto que el régimen político norteamericano estaba muy lejos de ser una auténtica democracia; más bien era una plutocracia republicana (además, recordemos que en los estados del sur continuó vigente la esclavitud hasta la conclusión de la guerra civil, en 1865), pero de todas maneras contrastaba con los regímenes absolutistas que todavía prevalecían en Europa y en casi todo el mundo. Posteriormente estalló la Revolución Francesa y se desarrollaron los movimientos socialistas europeos del Siglo XIX, aunque su finalidad primordial no era la promoción de la libertad y la democracia sino la reivindicación económica de las clases más desposeídas, y ninguna corriente, excepto la de los anarquistas, planteó la posibilidad de desaparecer al Estado.

¿Y actualmente cómo está el panorama mundial? Con la caída de los regímenes “socialistas”, desapareció la oportunidad de modificar radicalmente nuestras sociedades. Los regímenes auto-denominados “comunistas” no sólo traicionaron las grandes expectativas de la Revolución de Octubre, sino que le dieron mala fama al socialismo (Hitler, al igual que Stalin, también se encargó de enlodar el término “socialismo”, pues no olvidemos que la palabra “nazi” es apócope de “Nationalsozialist”, es decir, Nacional-socialismo”). La palabra “comunismo” se convirtió en sinónimo de ausencia de las más elementales libertades (como la libertad de tránsito), censura, represión, ineficiencia económica y un culto cuasi-religioso a la ideología marxista que ni las propias burocracias lo tomaban en serio. Gracias al desprestigio del socialismo pudo renacer el liberalismo económico, ahora con el nombre de neoliberalismo, y conceptos como el laissez faire, que ya habían sido sepultados durante el Siglo XIX, revivieron con el disfraz de “economía de mercado”. La Organización de las Naciones Unidas, una institución que podría haber acabado para siempre con las guerras, el desorden económico mundial y la pobreza endémica, terminó convertida en un club dedicado a avalar las guerras de rapiña de las grandes potencias, principalmente de la única superpotencia que aún perdura. Finalmente, aun cuando el número de democracias formales ha aumentado, la mayoría de los países “democráticos” están gobernados por camarillas de políticos oportunistas que, en contubernio con las oligarquías locales, se dedican a expoliar “democráticamente” a sus respectivos pueblos. El mundo moderno también está plagado de democracias sui géneris, como las de Libia, Siria y Egipto, en donde los gobernantes no sólo son vitalicios, sino que a veces hasta heredan el poder a sus hijos.

Hemos llegado a una situación en la que se glorifica el éxito personal y se considera como meta primordial de la vida la acumulación de riquezas y poder a cualquier costo, sin importar el bienestar de la sociedad y la preservación del medio ambiente. Actualmente abundan los individuos que se consideran personas “decentes”, pero que actúan durante toda su vida acatando muy pocas normas éticas. Me refiero a los gobernantes que se aprovechan de su posición para enriquecerse, a los empresarios que prefieren sobornar a los líderes sindicales en vez de hacerles algunas concesiones a sus empleados, a los líderes sindicales que traicionan sin remordimientos a sus representados, a los capitalistas que utilizan sus “relaciones” con funcionarios públicos para hacer negocios turbios a costa del erario público, a los jefes policíacos y a los jueces que entran en contubernio con las bandas criminales, a los industriales inconscientes que vierten subrepticiamente residuos tóxicos a los ríos o a los lagos para ahorrarse el costo de su tratamiento. Esta lista podría continuar hasta llenar varias páginas y podría incluir hasta a los ciudadanos estándar que arrojan bolsas de basura en los jardines públicos o que organizan fiestas ruidosas sin ninguna consideración para el sueño de sus vecinos.

Este panorama tan sombrío es el que me ha motivado a proponer esta ética realista. Si alguien me dijera que una ética sin sustento en la tradición y en la religión no podría ser aceptada por el grueso de la población, yo contestaría que esta propuesta no es para mentalidades perezosas y aturdidas por el bombardeo inmisericorde de los medios de enajenación masiva que padecemos en la actualidad, sino para hombres y mujeres maduros y reflexivos que todavía no hayan perdido la capacidad de indignarse ante las injusticias y estupideces del mundo. Por otra parte, quienes piensan que es inútil proponer algo que va en contra de los intereses creados, los prejuicios más extendidos y el pensamiento rutinario más arraigado en nuestras sociedades, me consuela recordar que así se opinaba de los pensadores del siglo XVIII que propusieron la creación de sociedades democráticas, igualitarias y solidarias en una época en la que predominaban los regímenes absolutistas, las desigualdades económicas abismales y una inmovilidad social muy difícil de remontar.

Así pues, partiendo del hecho de que nadie ha demostrado la existencia de un ser sobrenatural que tenga las características de Dios o de los dioses, no podemos seguir basando nuestra ética personal y social en mandamientos divinos, expresados a través de castas sacerdotales que a lo largo de la Historia han demostrado que lo único que les importa es la preservación de sus privilegios. Por otra parte, mientras no tengamos indicios claros de que la evolución del Universo está guiada por una voluntad superior que lo lleva hacia un destino predeterminado, no podemos dar a nuestras vidas un sentido de trascendencia que no sea la trascendencia social.

Lo que sí existe es la trascendencia biológica. Los seres humanos que vivimos actualmente en este planeta somos custodios de una herencia biológica de más de tres mil millones de años (ver el libro El Gen egoísta, de Richard Dawkins), lo cual me parece mucho más maravilloso que todos los mitos y milagros inventados por el hombre a lo largo de los siglos. Esto no es un asunto trivial: implica una gran responsabilidad, tanto individual como social.
Los datos duros de la realidad nos muestran dos hechos aparentemente contradictorios: que no somos más que un accidente fortuito de la naturaleza (y que, por lo tanto, no le importamos al Universo) y que al mismo tiempo tenemos una seria responsabilidad, consistente en la preservación y, de ser posible, el mejoramiento de la vida, sobre todo de la vida consciente, es decir, de la vida humana.

De acuerdo con las estimaciones de los astrónomos, hay unas cien mil millones de estrellas en nuestra galaxia, y es probable que en todo el Universo existan billones de galaxias. Considerando que nuestra estrella madre (el Sol) está considerada como una estrella estándar, no es descabellado suponer que existen miles de planetas que albergan vida (y algunos, quizá vida inteligente). Sin embargo, hasta ahora no hemos obtenido pruebas sólidas de que haya vida de cualquier clase en otro planeta que no sea nuestra amada Tierra.

Por lo tanto, el primer deber ético de nuestras sociedades es fomentar las condiciones necesarias para la preservación de la vida en la Tierra, y esto significa respetar la biodiversidad, cuidar los ecosistemas, frenar el consumismo, el desperdicio y el crecimiento demográfico, prevenir la deforestación, prohibir el tráfico y la caza de especies en peligro de extinción, así como la caza “deportiva”, no contaminar ríos y lagos, no abusar de la pesca marítima, etc.

A nivel individual, el primer deber ético es para con nosotros mismos: debemos procurar nuestra felicidad y el desarrollo de nuestras potencialidades. Pero de ninguna manera estoy en contra del altruismo, aunque sólo considero sano al altruismo producto del desbordamiento emocional que produce la plena realización de las potencialidades personales. Me gusta la generosidad del campesino que obtuvo una excelente cosecha y que organiza una fiesta para compartir con sus familiares y amigos el producto de un beneficio inesperado, me reanima la generosidad del millonario que regala la mitad de su fortuna “porque ya no sabe qué hacer con tanto dinero”, me conmueve la generosidad del profesor que imparte clases los fines de semana a los trabajadores de su barrio sin percibir un salario, simplemente por el gusto de verlos crecer intelectualmente.

El siguiente deber ético individual es para con nuestra familia, particularmente para con nuestros hijos. Los hijos son doblemente importantes porque, además de ser las personas más amadas, son los depositarios de nuestra herencia biológica, y esto lo saben incluso los animales, quienes, sin haber recibido clases de ética, llegan a ofrendar sus vidas para defender a sus descendientes.

Pareciera una contradicción que mientras en los párrafos anteriores critiqué a la familia monogámica patriarcal, ahora la esté defendiendo. Pero no me contradigo, ya que no defiendo a este tipo de familia (es decir, a la familia monogámica patriarcal), sino a la familia cooperativista y empática en la que cada miembro desempeña gustosamente el rol que le corresponde sin abusar de los demás miembros y aplicando criterios guiados por el amor, la reflexión y el respeto a los demás, y tomando en cuenta las circunstancias. ¿Por qué incluyo las circunstancias? Porque en la resolución de algunos dilemas éticos influyen las circunstancias (y en estos casos se opta por el mal menor, como ocurre con la eutanasia, el aborto, el suicidio, etc.)

Sin embargo, las familias no son entidades aisladas y autosuficientes que pueden prescindir del apoyo de los demás miembros de la sociedad. Por el contrario, requieren desarrollarse en sociedades que les proporcionen un entorno seguro, sano y estimulante. Entiendo por “entorno seguro” un ambiente en donde la arquitectura tome en cuenta a los ancianos, a los discapacitados y dé prioridad al peatón, a los niños, a los ciclistas y no al automóvil; en el que la delincuencia haya sido reducida al mínimo, y en el que se pueda confiar en el sistema policíaco y de justicia. Entiendo por “entorno sano” un ambiente limpio y libre de contaminación ambiental (basura, gases tóxicos, aguas contaminadas, ruido, carteles de publicidad y otros contaminantes visuales). Entiendo por un “entorno estimulante” un ambiente que sea agradable para los sentidos y provechoso para el espíritu (aunque no me gusta la palabra “espíritu”, por sus connotaciones religiosas, no encontré otra más apropiada), en el que abunden las actividades artísticas, deportivas, recreativas, de convivencia, de aprendizaje, etc.

III. LA PRAXIS DE LA ÉTICA

Desde hace siglos se discute si el ser humano es malvado o bondadoso por naturaleza. La tradición judeo-cristiana sostiene que el hombre tiene tendencia innata hacia la maldad y que es necesario el freno de la Religión (“el temor de Dios”) para encaminarlo hacia una vida de bien. Pensadores como Voltaire y Rousseau afirmaban lo contrario y, sobre todo el segundo, sostenían que el hombre nace bueno y que la sociedad lo corrompe.

Investigaciones posteriores han demostrado que ninguno de los dos puntos de vista es correcto y que todo depende de las circunstancias. Cuando dicen que un hombre es “bueno” o “malo”, ¿a qué se refieren? ¿Es bueno o malo con quién y por qué? Si un hombre mata a otro para robarle su comida, decimos que es malo. Pero, ¿qué pasa si este mismo hombre mata un animal para comérselo? La mayoría de la gente diría que este acto no es éticamente reprobable. Incluso habrá quien opine que esta acción ni siquiera tiene que ver con la ética, en tanto que el individuo en cuestión no actúe con excesiva crueldad. Pero veamos este otro caso: Si un individuo entra violentamente a una granja y destruye las cosechas, mata los animales e incendia la vivienda en donde habita el propietario toda la gente opinará que esta acción no sólo va contra la ética, sino también contra las más elementales normas de convivencia. Sin embargo, si un empresario hotelero destruye un manglar y toda la fauna y flora del lugar para construir un “desarrollo turístico” con instalaciones que no sólo chocan con el paisaje, sino que contaminan el lugar con desechos, insecticidas, etc., muchas personas dirán que este individuo no es un malvado, sino un inversionista que está creando fuentes de trabajo. Aun los grupos ecologistas que reprueban estas acciones no considerarán a este empresario como una persona malvada, sino simplemente como un individuo inconsciente.

Como puede verse, la calificación de una acción o una conducta siempre está relacionada con las circunstancias, las consecuencias y con los sujetos afectados por éstas. Este hecho, aparentemente tan obvio, ha sido ignorado por la mayoría de los moralistas de todos los tiempos, especialmente por lo filósofos idealistas, quienes hablaban del bien “en sí” y del mal “en sí”, como si estas entelequias tuvieran vida propia.

Por otra parte, en casi todas las religiones, y especialmente en las de origen judío, prácticamente toda la ética está relacionada con la divinidad: lo que es malo es lo que ofende o molesta a Dios, mientras que lo bueno es lo que le agrada. En casos extremos, los beneficios o perjuicios que una acción puedan llevar a los individuos o a la sociedad carecen de importancia para este tipo de ética. Por ejemplo, el primer mandamiento de los cristianos no es un deber ético hacia el prójimo o hacia la sociedad, sino hacia la divinidad: “Amarás a Dios sobre todas las cosas”. Aun el segundo y el tercer mandamiento tienen como sujeto a Dios, y sólo hasta el quinto se hace referencia al ser humano: “No matarás” (supongo que la prohibición de matar se refiere a seres humanos, no a animales ni a ecosistemas).

Por lo tanto, mientras no introduzcamos la ética realista difícilmente nos salvaremos de la catástrofe social, económica y ecológica que se avecina. Pero para lograr este cambio no sólo tenemos que predicar entre los hombres y mujeres de buena voluntad; también tenemos que convencer a los miembros de los sectores privilegiados de la sociedad, es decir, a los magnates industriales, comerciales y financieros y a los miembros de las altas jerarquías de los gobiernos. Pero no avanzaremos mucho si previamente no les ganamos la batalla a los ideólogos del status quo, quienes no sólo contribuyen a dar legitimidad al sistema actual, sino que refuerzan las convicciones de los poderosos, dándoles incluso buena conciencia.

¿Pero por qué habría de triunfar la ética realista en sociedades en las que fallaron las éticas fundadas en mandatos divinos? Porque nuestra ética no exige sacrificios absurdos ni ordena conductas que vayan en contra de nuestros instintos e intereses legítimos. Promueve la alegría de vivir, la generosidad y la empatía, la solidaridad razonada, la educación de los sentimientos y el refinamiento de los gustos. Además, esta ética está basada en el sentido común, en reflexiones filosóficas y en datos científicos verificables. Finalmente, nuestra ética no requiere de enemigos reales o inventados para aglutinar a la sociedad y canalizar sus energías en contra de una real o supuesta amenaza. No requerimos del odio para trasformar nuestro entorno social.
Resumiendo: el ser humano es un animal social que nace con un conjunto de instintos, potencialidades y limitaciones. Pero esto no significa que sea esclavo de su herencia genética, como las hormigas o la abejas, cuyos destinos están predeterminados desde el momento del nacimiento. Nuestra gran capacidad cerebral nos permite una serie de opciones que serían imposibles para un insecto. Además, gracias a nuestra larga infancia tenemos tiempo para asimilar la enorme herencia cultural que han acumulado las sociedades humanas. Si la infancia y la juventud transcurren de manera satisfactoria, el adulto humano finalmente podrá realizar una síntesis entre sus instintos, su educación y su herencia cultural que le permitirá llevar una vida productiva por el resto de su vida. Si todos los habitantes del planeta pudieran acceder a este esquema de vida, se acabarían para siempre muchos de los problemas sociales y buena parte de los problemas individuales. Desafortunadamente las cosas están muy lejos de ser así. Padres disfuncionales, una enfermedad prolongada o discapacitante de alguno o de ambos padres, una crisis económica grave y prolongada, una guerra devastadora, una catástrofe natural, etc. pueden trastornar de tal manera el desarrollo de los hijos, que sus consecuencias pueden afectar a dos o más generaciones posteriores. Afortunadamente el hombre es un animal que vive inmerso en una organización social que puede contribuir a subsanar las contingencias de la vida. Así pues, si deseamos una sociedad sana, ésta debe ser solidaria con las familias y los individuos que la constituyen. Por eso es que el principio fundamental de la ética realista es la solidaridad.

El segundo principio de la ética realista es la reciprocidad, lo que implica que la solidaridad debe ser en ambos sentidos: desde la sociedad hacia las familias (e individuos) y desde éstas hacia la sociedad. Otro principio fundamental es la libertad. Aun cuando algunos pensadores consideran que la libertad es incluso más importante que la solidaridad y la reciprocidad, yo considero que no es así, ya que la libertad carece de sentido en una sociedad caótica. Por lo que respecta a la libertad absoluta, éste es un concepto absurdo, tanto desde el punto de vista biológico como social.

Durante el siglo XIX, y sobre todo en el siglo XX, surgió un falso debate en torno a estas cuestiones. Los socialistas autoritarios (es decir, los marxistas-leninistas) aseguraban que la finalidad de la Revolución de Octubre era imponer la igualdad económica, aun a costa de las libertades políticas e individuales de la población. Los resultados de esta decisión son ampliamente conocidos: una vez eliminado todo vestigio de democracia se instalaron en todos los países “socialistas” regímenes burocrático-policiacos cuya finalidad dejó de ser la igualdad económica, ya que ahora lo que importaba era perpetuarse en el poder. Por su parte, los dirigentes e ideólogos de las “democracias” occidentales alardeaban continuamente de las libertades de que gozaban sus países. Las desigualdades económicas y la explotación a la que estaba sujeta la mayoría de la población era el pequeño precio que tenían que pagar para el disfrute de estas libertades.

Pero, como ya lo mencioné, éste era un falso dilema. Las alternativas no eran “igualdad económica sin libertades” o “libertades sin igualdad económica”, ya que hay otras muchas opciones, es decir, regímenes económico-sociales en los que coexistan la igualdad económica (hasta donde esto sea posible) y las libertades políticas e individuales. Para empezar, ningún socialista sensato propondría seriamente una sociedad en la que se introdujera por decreto la absoluta igualdad económica, ya que esta igualdad es intrínsecamente imposible debido, entre otras cosas, a la diversidad de capacidades e intereses de los miembros de las sociedades humanas. Por otra parte, la imposición de cualquier cosa a una sociedad (ya sea un régimen político, una religión o una cultura), constituye un acto de violencia que afecta negativamente el tejido social y provoca un rechazo prolongado por parte de la población. Por lo tanto, los regímenes marxistas-leninistas estaban condenados al fracaso desde el principio. En lo que respecta a las supuestas libertades que ofrecían los regímenes capitalistas, éstos bienes sólo eran disfrutables por una mínima parte de la población. ¿De qué le servía la libertad de tránsito a un asalariado que estaba obligado a presentarse a trabajar a una fábrica casi 365 días al año? ¿De qué le servía el derecho de voto a un campesino analfabeto que no distinguía en absoluto las propuestas sociales y económicas de los distintos partidos políticos? ¿De qué le servía el derecho de propiedad a un obrero que jamás podría ahorrar lo suficiente para comprar una casa?

Se me dirá que actualmente (por lo menos en los países “desarrollados”) esto ya ha sido superado. Probablemente estén cerca de lograrlo las socialdemocracias nórdicas; no obstante, mientras que en la mayoría de los países del Primer Mundo el nivel de vida del grueso de la población se ha elevado, persisten estructuras políticas sociales y económicas que permiten que un grupo reducido de capitalistas amasen enormes fortunas y que un grupo reducido de políticos tomen decisiones que no benefician a la sociedad en su conjunto, o que incluso la perjudican. El ejemplo más paradigmático de esta situación lo constituye Estados Unidos de Norteamérica. ¿Por qué este país está amenazado continuamente por el terrorismo internacional? ¿Por qué sus gobernantes pudieron expedir una ley (la llamada Ley patriota o patriótica) que permite la conculcación de los derechos individuales, con el pretexto de combatir el terrorismo? ¿Por qué la economía de casi todas las familias norteamericanas está al borde de la bancarrota debido al manejo irresponsable de la Reserva Federal, que ha puesto al dólar en una situación de alto riesgo? La respuesta es muy simple: el pueblo norteamericano no tiene libertad ni capacidad para castigar a sus gobernantes. Tampoco puede controlar a sus grandes empresarios, especialmente a los propietarios de los medios masivos de comunicación (¿o de enajenación), quienes se han encargado de evitar que el ciudadano medio se entere de los motivos por los que Estados Unidos ha cosechado tanto odio en el mundo, particularmente en el mundo islámico. Estos medios tampoco hablaron en su momento de los golpes de Estado patrocinados por la CIA y por empresas trasnacionales (como los de Irán, Guatemala o Chile), ni de las invasiones militares injustificadas (como las de Vietnam, Nicaragua y Panamá, y recientemente las de Iraq y Afganistán).

Pero las barbaridades que realizan los gobiernos y las grandes empresas no siempre son tan conspicuas. Por ejemplo, poco se sabe de los métodos que utilizan los grandes laboratorios farmacéuticos para probar nuevos medicamentos, que consisten en convertir en conejillos de indias a depauperados e ignorantes habitantes del Tercer Mundo. Tampoco está muy difundido entre el gran público un hecho particularmente siniestro: los experimentos realizados por el Ejército Norteamericano consistentes en administrar psicotrópicos y sustancias radiactivas a sus propios soldados. Además, recientemente la prensa ha dado a conocer a la opinión pública mundial los métodos fascistas que utiliza la CIA y el Pentágono para interrogar a los sospechosos de terrorismo, a quienes les niegan hasta los derechos jurídicos más elementales: el habeas corpus y el derecho a un juicio.

¿De qué manera podría prosperar la ética realista en un mundo en donde los ciudadanos no tienen la capacidad para modificar sus sociedades, debido a que no pueden controlar a sus gobiernos ni a sus grandes magnates? La única solución es adoptar el (¡qué horror!) socialismo cooperativista. Pero no se espanten; después de más de 70 años de capitalismo de Estado en la Unión Soviética todavía habemos algunas personas que creemos en las bondades del socialismo democrático y libertario. Y es precisamente por la experiencia soviética por la que quiero enfatizar la necesidad de aprovechar las lecciones de la Historia. En primer lugar, nunca debemos imponer un régimen político o económico por la fuerza: sólo el consentimiento y la consecuente participación de la población nos permitirá hacer cambios positivos y duraderos en la sociedad. En segundo lugar, tenemos que ganar previamente la batalla ideológica y convencer a los intelectuales orgánicos del sistema de que, si ocurre una catástrofe global, ninguna torre de marfil los salvará de los horrores de una guerra atómica, biológica o química, o de un cataclismo natural a nivel mundial provocado por el cambio climático. Quizá los ricos que tengan suficientes ahorros en oro podrán capotear una crisis económica mundial como la de l929, pero a la larga tampoco sobrevivirán al caos social que sobrevendrá.

Si exponemos claramente nuestras metas y objetivos quizá hasta los más recalcitrantes barones de la banca dejen de horrorizarse ante la palabra socialismo. Pero si no logramos eliminar las connotaciones satánicas de esta palabra, no tengo inconveniente en que la eliminemos de nuestra propuesta y continuemos nuestra labor utilizando únicamente el segundo término: el cooperativismo.

¿Pero, qué es el cooperativismo? Es una actividad económica, política y social que han venido practicando desde hace milenios algunos sectores de la sociedad, pero que desafortunadamente no ha podido prosperar porque lo han impedido los grandes intereses económicos, políticos y religiosos.

IV. ÉTICA Y COOPERATIVISMO

FUNDAMENTOS BIOLÓGICOS E HISTÓRICOS

Entre los animales sociales la cooperación mutua es necesaria y, en ocasiones, vital para la preservación de las especies. Sin embargo, esta actitud cooperativa no es una conducta aprendida por los individuos, sino un instinto inscrito en los genes del animal. Desafortunadamente este instinto de cooperación generalmente se circunscribe a los miembros de la manada, así que un animal ajeno al grupo no sólo no recibe sus beneficios.

Los animales sociales forman grupos que pueden incluir una familia, varias familias o un número indeterminado de individuos no emparentados, y la cooperación puede consistir en el cuidado grupal de las crías por parte de las hembras o los machos adultos, la formación de cuadrillas de vigilancia y alarma ante una amenaza, el compartimiento del producto de la caza, del terreno de pastoreo, de la guarida, etc. También varía el grado de cooperación. Mientras que las hembras de algunas especies acceden a amamantar a hijos que no son suyos, las hembras de otras especies se niegan a hacerlo, por lo que los cachorros huérfanos están condenados a morir de hambre. Así pues, la variación en las conductas cooperativas de los animales sociales de las distintas especies es prácticamente infinita.

¿Y respecto al animal humano? De acuerdo con las más recientes investigaciones atropológicas, las primitivas hordas humanas estaban formadas por algunas decenas de familias emparentadas entre sí y encabezadas por uno o varios machos dominantes. Aun cuando los machos dominantes tenían ciertos privilegios, en general ejercían un liderazgo benigno que permitía la cohesión del grupo y fomentaba la cooperación entre todos los miembros. Esto ocurriría prácticamente en todos los lugares del mundo ya que, excepto en casos extraordinarios, los seres humanos raras veces viven permanente solos, puesto que la existencia solitaria puede conducir a la muerte o a la locura. Desde el tiempo de los antiguos griegos ya se sabía que el Hombre es un animal que no puede alcanzar su pleno desarrollo fuera de un grupo social organizado (“el hombre es un zoon politikon”, decía el filósofo Aristóteles).

Actualmente hay muy pocos científicos que rebaten esta perspectiva histórica. La mayoría de los investigadores coinciden en que el ser humano es instintivamente gregario, empático y cooperativista. Lo que todavía es materia de discusión es el alcance que tenían estos sentimientos instintivos en la prehistoria. Además de los miembros de la horda, ¿la empatía y el instinto de cooperación también incluía a miembros de otras hordas (por ejemplo, hombres enfermos o heridos rezagados de su horda, niños huérfanos, abandonados o extraviados, hembras capturadas, etc.), o todos los integrantes de otras hordas automáticamente eran considerados extraños, o incluso enemigos? Por ahora no lo sabemos, pero en lo que sí existe consenso es que dentro de las hordas primitivas la conducta cooperativa era esencial para la sobrevivencia del grupo.

Algunos historiadores, antropólogos y sociólogos proponen la hipótesis de que el estado actual es el resultado de una distorsión de las relaciones humanas provocada por la imposición en las sociedades primitivas de estructuras jerarquizadas que chocaron con los instintos e intereses de la mayoría de sus integrantes. A lo largo del devenir humano los agrupamientos de hordas en tribus y de tribus en naciones no se hicieron a través de contratos voluntarios, sino por medios coercitivos, lo que provocó la convivencia forzada de grupos con intereses diversos e incluso antagónicos, y esto a su vez originó una erosión progresiva de la solidaridad, la empatía y la cooperación entre los individuos dentro de las sociedades, y choques cada vez más violentos con otras sociedades.

Ya sea que las cosas hayan ocurrido así o de alguna otra manera, el caso es que actualmente la especie humana está dividida en naciones, razas, religiones, ideologías, clases sociales, etc., y esta división frecuentemente provoca odios, conflictos y guerras ¿Por qué ocurre esto? Entre otras cosas, porque hay élites que se benefician de este estado de cosas. Pongamos un ejemplo que demuestra lo fundamentada que está nuestra aseveración: la actual guerra de Iraq. ¿Alguno de ustedes será tan inocente como para creer que el gobierno norteamericano invadió ese país para combatir el terrorismo e imponer la democracia? La verdad es que el gobierno de Bush necesitaba reactivar el complejo industrial-militar norteamericano y decidió inventar un enemigo ad hoc para probar su recientemente modernizado arsenal y posteriormente repartir contratos de reconstrucción y de explotación petrolera entre sus socios y allegados. Así de simple y descarnada es la verdad de este conflicto bélico. Olvídense de supuestos “choques de civilizaciones”, “ejes del mal”, de la “defensa de la democracia occidental y cristiana” etc.; todo se reduce a intereses comerciales mezquinos y a un absoluto desprecio por la vida humana, sobre todo si se trata de la vida de individuos lejanos y sin rostro y, además, infieles y probablemente terroristas.

Lo más triste de todo es que, frente al caótico e injusto estado en el que se encuentra la especie humana, el hombre común se siente totalmente inerme. Las sociedades actuales son tan grandes y complejas, que el hombre medio se siente abrumado e impotente y piensa que ni la más refinada y transparente democracia participativa le permitiría influir en los acontecimientos nacionales, ya no digamos en los de carácter mundial. Afortunadamente esto no es cierto, pues todavía habemos personas que no creemos que estén cerrados todos los caminos hacia la Utopía, y que el camino más viable es el cooperativismo. Después de dos siglos de experimentos socialistas que terminaron en pavorosas tiranías, después de dos guerras mundiales y la amenaza de una tercera y última, después una pandemia del SIDA y de las hambrunas africanas, todavía creemos que los instintos de cooperación y solidaridad que acompañaron a lo largo de cientos de miles de años a las hordas humanas aún nos pueden ayudar a construir un nuevo tipo de convivencia que permita a la mayoría de los seres humanos vivir una vida sana y productiva y desarrollar sus potencialidades en beneficio propio y de sus semejantes. Sólo hace falta una mente abierta y buena voluntad.

BREVE DEFINICIÓN DEL COOPERATIVISMO

El cooperativismo, como su nombre lo indica, es una doctrina social y económica que impulsa la cooperación voluntaria entre los miembros de una comunidad para crear y administrar un proyecto económico común. Se basa en dos premisas fundamentales: la existencia de un instinto en el hombre que lo impulsa a colaborar con su grupo y la posibilidad de educar al ser humano para que refine sus sentimientos de solidaridad y empatía hacia los demás. Por lo que respecta al instinto de cooperación, no dudo que, precisamente por tratarse de un instinto, haya sobrevivido en nuestros genes hasta nuestros días. En relación con los sentimientos de solidaridad y empatía, todo es cuestión de educar a los niños en un ambiente que los propicie, es decir, en una sociedad que no se parezca a la nuestra. ¿Y cómo vamos a lograr esto? Por supuesto que no va a ser por medio de una revolución sangrienta encabezada por un líder carismático rodeado de una camarilla de ideólogos fanáticos. Nuestra labor deberá ser lenta y callada, sin líderes autoritarios y omnisapientes que vigilen la estricta observancia del dogma y la verdad absoluta. Nuestra labor deberá realizarse entre nuestros amigos y parientes, en nuestras escuelas y centros de trabajo, en el Internet, etc. Estará basada únicamente en cinco principios fundamentales: la solidaridad, la reciprocidad, la empatía, la libertad y la equidad. De la solidaridad, la reciprocidad y la empatía ya hablamos en los capítulos anteriores, así que ahora nos concentraremos en la libertad y la equidad.

La libertad, o más bien las libertades, se dividen en dos grupos: Las libertades fundamentales, y las libertades políticas. Las libertades fundamentales son las que nos permiten vivir y desarrollarnos como seres humanos sin interferencias del Estado y de la sociedad; es decir, las que nos permiten creer, pensar y decir todo lo que deseemos sin ninguna restricción o censura, pero sin dañar a los demás miembros de la sociedad. Otras libertades fundamentales son la de libertad de tránsito, de elección de pareja, de elección de profesión u ocupación, de asociación, etc. Las libertades políticas son las que nos permiten participar en el manejo de nuestras instituciones políticas y sociales; éstas son la libertad de votar, de revocar el mandato de los gobernantes, de acceder a la información gubernamental, de asociarse en partidos políticos, de manifestarse públicamente, de postularse para un cargo público, etc.

La equidad es el principio según el cual todos individuos, familias o grupos deben recibir de la sociedad exactamente lo que merecen, de acuerdo con sus aportaciones, sus capacidades y sus necesidades, en ese orden. Lo anterior quiere decir que un individuo apático, egoísta y perezoso, por más necesitado que se encuentre no debe recibir de la sociedad lo mismo que recibiría una persona colaboradora, generosa y diligente. Este individuo, no obstante, podría recibir una ayuda inmerecida de la sociedad, no por razones de equidad, sino por solidaridad y empatía. Como puede verse, mientras que la equidad tiene el carácter de obligatoria, la solidaridad puede ser otorgada graciosamente por los miembros de la sociedad sin que medie la coerción.

El tema de la equidad es muy importante porque constituye la base de todo sistema cooperativista. La equidad, además, es un tema que los ideólogos del capitalismo se rehúsan sistemáticamente a discutir. Aunque desde la época de Ricardo los economistas ya hablaban de la plusvalía, fue Marx quien esclareció definitivamente la cuestión. En términos muy sencillos, la plusvalía o valor agregado es el aumento de valor que sufre un objeto comercializable (mercancía) cuando es transformado por el trabajo humano. Por ejemplo, una caja de tornillos vale más que el rollo de alambre que se utilizó para elaborarlos, una olla metálica vale más que la lámina que se utilizó para fabricarla, un rollo de tela vale más que el algodón o la lana que se utilizó para tejerlo, etc. Así pues, la plusvalía no es más que trabajo humano acumulado, y aquí está la clave de la falta de equidad del sistema capitalista: Si un empresario capitalista instala una fábrica de cualquier cosa y contrata 100 obreros para que trabajen en ella, parte de la premisa de que va a recibir un porcentaje de la plusvalía que van a generar sus asalariados. Por ejemplo, si cada uno de sus 100 asalariados produce 100 dólares diarios de plusvalía y el empresario sólo les paga 50 dólares diarios a cada uno, entonces recibirá 5 000 dólares diarios provenientes de la plusvalía que les descontó. Esto muestra la falta de equidad de este sistema, pues el capitalista recibe 100 veces más ingresos que cada uno de sus empleados, sin trabajar 100 veces más que ellos y sin ser 100 veces más inteligente y productivo. Por supuesto que el empresario se defenderá diciendo que el porcentaje de la plusvalía que recibió lo merece con justicia porque él, y sólo él, arriesgó su capital para producir la mercancía en cuestión, mientras que los obreros sólo pusieron su trabajo.

No vamos a discutir aquí el tema de la acumulación original ni la manera tan truculenta como evolucionó el capitalismo hasta llegar a la moderna sociedad anónima o corporación. Lo que sí vamos a dejar en claro es que, si queremos transitar de una manera tranquila y civilizada del capitalismo al cooperativismo no nos queda más remedio que respetar el derecho de propiedad de los empresarios capitalistas (aunque lo consideremos injusto) y comenzar a crear, en paralelo, empresas cooperativas. Por lo tanto, el punto de partida para la instalación del cooperativismo en nuestras sociedades es permitir la libre competencia entre las sociedades anónimas y las cooperativas, pero con base en un régimen fiscal que favorezca a estas últimas con la exención de impuestos. También se deben eliminar todos los impuestos al consumo (excepto a productos cuyo consumo se desee limitar, como el alcohol y el tabaco). El grueso de la recaudación fiscal se concentrará en el impuesto sobre la renta en sus dos vertientes: impuesto a las empresas (o personas morales) e impuesto a los individuos (o personas físicas), y esto significará que los capitalistas pagarán doble impuesto (por ellos mismos y por sus empresas), mientras que los cooperativistas únicamente pagarán como personas físicas, ya que las cooperativas y las empresas familiares estarán exentas de este impuesto. Tanto la doble tributación para las corporaciones y sus accionistas, como la exención de impuestos a las cooperativas ya se aplica en algunas naciones (por ejemplo, en los países escandinavos e Israel, los cuales están a la vanguardia mundial en materia de cooperativas), así que los congresos o parlamentos de los países en desarrollo no tendrán argumentos válidos para negarse a aprobar una legislación de este tipo. El fomento al cooperativismo también requerirá de fuertes inversiones por parte del Estado y de la consiguiente creación de bancos de desarrollo, así como de una red de institutos de capacitación para la formación de los cuadros de administración para este tipo de empresas. Obviamente, para financiar estas instituciones será necesario tomar los fondos fiscales que actualmente se destinan al gasto militar y a subsidios fiscales a grandes empresas.

A medida que prospere el sector cooperativista de la economía irán desapareciendo las corporaciones debido al éxodo de asalariados hacia las empresas cooperativas, y eventualmente éstas desaparecerán por falta de empleados a quienes explotar. Esto permitirá la eliminación de uno de los agentes que más daño está causando a nuestras sociedades: la élite capitalista que, a diferencia de los funcionarios gubernamentales elegidos democráticamente, posee un gran poder y ninguna responsabilidad frente a la ciudadanía, así como una sed aparentemente insaciable de más dinero y poder, a costa de lo que sea. ¿Estas medidas son utópicas? ¿Permitirá el actual stablishment que sus amadas corporaciones dejen de ser las entidades privilegiadas del Estado? Todo dependerá de nuestra capacidad de argumentación y convencimiento y de nuestra fuerza política real. No es la primera vez que las actividades de convencimiento de los intelectuales y grupos organizados logra cambios importantes en la sociedad cuando su labor es continua y está bien fundamentada y argumentada (simplemente recordemos la abolición de la esclavitud y de las monarquías absolutas, así como la adopción de la democracia representativa y de la seguridad social). Esto no sólo ocurrió en el pasado, ya que en los últimos años los movimientos ecologistas han obtenido notables triunfos, a pesar de la oposición de las grandes transnacionales. Y tampoco olvidemos a las organizaciones pacifistas y de derechos humanos y su positiva intervención aun en países dictatoriales.

De todos modos no podemos confiar en la buena voluntad de nuestros actuales gobernantes, así que el prerrequisito para el triunfo de nuestra causa es movilizarnos para realizar una trasformación a fondo de los sistemas políticos del mundo: no basta con la democracia representativa para que el ciudadano medio adquiera la capacidad para controlar plenamente la actividad de sus gobernantes, especialmente si persiste el actual contubernio entre los grandes capitalistas, los gobiernos y los partidos políticos. Debemos tener presente que los actuales partidos políticos se han convertido en gigantescas burocracias plagadas de intereses y carentes de toda ética, e incluso de ideología. Los términos “izquierda” y “derecha” han perdido su sentido original. Hemos llegado a niveles orwelianos de distorsión del sentido de las palabras, pues de otro modo no se explica que partidos políticos autodenominados “socialistas” (como el PSOE español, la Socialdemocracia alemana y los partidos “socialistas” de Sudamérica) permitan el fortalecimiento de las grandes trasnacionales y avalen las llamadas “mega-fusiones” y la compra masiva de acciones por parte las compañías “controladoras”, que de esta manera se convierten en super-corporaciones con más poder real que los gobiernos.

¿Todavía hay tiempo de rescatar a los gobiernos de la manipulación de los partidos tradicionales y de las grandes corporaciones? Yo creo que sí, pero siempre y cuando no juguemos el mismo juego que ellos inventaron. Mientras que ellos juegan a nivel macro, nosotros tenemos que contrarrestarlos actuando a nivel micro. Esta estrategia es la única que nos permitirá avanzar, pues no hay otro modo de competir con los dueños del gran poder y del gran dinero. Además, si formamos grandes organizaciones piramidales, corremos el riesgo de engendrar líderes autócratas, quienes, debido a la naturaleza humana y a los enormes intereses en juego, podrían venderse al enemigo y traicionar nuestra causa. Nuestras organizaciones no deben tener más de unos cientos de miembros, los cuales deben estar dispuestos a sesionar por lo menos una vez a la semana, y sólo podrán coordinarse con otras organizaciones de manera horizontal y siempre bajo un esquema de rendición estricta de cuentas. No se permitirá la reelección de los coordinadores, y éstos siempre estarán acompañados de un comité de miembros de las bases cuando realicen negociaciones con los partidos actuales, con las grandes corporaciones o con los gobiernos.

La meta inicial del movimiento cooperativista será la multiplicación de las cooperativas, hasta que sean tantas y alcancen tanto poder como el que actualmente tienen las corporaciones. Para no desgastarnos prematuramente, no entraremos en polémicas político-idológicas con las corporaciones, los partidos políticos o el gobierno, y sólo hasta que estemos en condiciones de igualdad comenzaremos a discutir los temas que no sean los estrictamente económicos.

¿Cómo funciona una cooperativa? De la misma manera que una sociedad anónima o corporación, pero en estas empresas todo gira en torno a la equidad (que no es lo mismo que la igualdad). A cada socio la corresponde una parte de las utilidades, la cual se determina de acuerdo con la cantidad de trabajo y talento que aporta, no con el número de acciones que posee. Por supuesto que en estas empresas también hay jerarquías, pero el puesto que cada quien desempeña lo determina el comité administrador con base en las cualidades y los conocimientos personales de cada uno de los socios. A diferencia de la junta de accionistas de las sociedades anónimas, los miembros del comité administrador son elegidos democráticamente entre todos los socios, y la duración de su encargo está predeterminada, por lo que no se pueden perpetuar en el puesto.

Además de la equidad, otra peculiaridad de las cooperativas que las diferencia de las sociedades anónimas es la estricta conexión entre el capital y el trabajo: ningún socio puede aportar únicamente capital o únicamente trabajo, ya que ambos están indisolublemente unidos. Mientras que en una corporación un accionista puede ganar cien veces más que un empleado común sin necesidad de trabajar un sólo día del año, en una cooperativa esto es imposible, ya que no es creíble que un socio pueda producir cien veces más que otro, por más ingenioso y esforzado que sea. No obstante, a un socio que aporte una innovación tecnológica o alguna mejora de otro tipo a la empresa se le podría otorgar un premio o regalías adicionales a su sueldo, pero esto no viola el principio de equidad, a menos que sea exagerada la recompensa otorgada por su aportación.

La meta final del cooperativismo es reeducar a la sociedad para que recupere los hábitos de cooperación y buena convivencia social. También busca eliminar los mecanismos políticos y económicos que actualmente permiten a algunos individuos acumular gigantescas fortunas (y el enorme poder que esto conlleva) y utilizarlas a su capricho y sin ningún control por parte de los gobiernos, y mucho menos de las ciudadanías, propiciando con ello la degradación social y ambiental, las guerras y todas las demás calamidades que produce el poder exagerado y sin control que actualmente disfrutan unos cuantos.

También debe quedar muy claro que, a diferencia del comunismo trasnochado, el cooperativismo no pretende la igualdad económica absoluta entre todos los miembros de la sociedad (y mucho menos la intervención del Estado para que ello sea obligatorio), ya que esto, además de imposible, es inequitativo. Lo que busca es que la riqueza producida por el ingenio y el trabajo del ciudadano común no le sea arrebatada por el Estado, como ocurría en el socialismo burocrático, ni por los empresarios capitalistas, como ocurre actualmente en todo el mundo