¿NOS SIGUE QUEDANDO PARÍS?
Por Aristarco el bolchevique (junio 2002)
Las
recientes elecciones presidenciales en Francia son un ejemplo de cómo
la vieja socialdemocracia europea no ha hecho sus deberes. Ha ido olvidando
sus valores y se ha dejado llevar por un juego de alternancia de poder con la
derecha, llegando a identificarse y confundirse la una con la otra. Mientras
tanto, los capitalistas recuperan el terreno perdido durante gran parte del
Siglo XX y mediante sus poderosos medios de comunicación pretenden hacernos
creer que la modernidad consiste en volver a las relaciones laborales de la
edad media.
Esta difícil diferenciación entre la izquierda mayoritaria y la derecha se traduce en discursos clónicos de unos y de otros, haciendo olvidar al pueblo la conciencia de clase y sembrando temibles campos de cultivo de los que surgen peligrosos mutantes ideológicos. Variaciones del fascismo y nazismo brotan con otras caras pero el mismo discurso atractivo para los adormecidos ciudadanos.
No deberíamos sorprendernos en exceso de esta crisis de las socialdemocracias.
Partiendo de ideas marxistas renunciaron a la revolución desde el principio
y dentro de ese híbrido llamado "estado del bienestar" creyeron
que podrían amansar a los capitalistas. Olvidaron que estos saltan al
cuello a la primera oportunidad, deshumanizando los países, persuadiendo
a los políticos de que la lógica del mercado es un dogma y transformando
al
trabajador en una vulgar materia prima que sirva a sus aspiraciones.
Por otro lado, la izquierda real tradicional, representada por comunistas en la mayoría de los parlamentos, con unos porcentajes que rondan el 10 por ciento en los mejores casos, se debate en el eterno dilema de pactar con el diablo, personificado por socialdemócratas y similares, o permanecer alejados del poder sin tener ocasión de hacer nada por el pueblo. Hubo un tiempo en que había una tercera opción: la revolución armada. Sin embargo, para bien o para mal, en Europa es inconcebible tal alternativa en estos tiempos.
Después de las últimas elecciones legislativas, en Francia los
comunistas hicieron una apuesta arriesgada y decidieron pactar con el diablo.
Lionel Jospin era un diablo de cuernos pequeños y tridente de juguete,
era un hombre dialogante que intentaba devolver al
buen
camino un partido devastado por Miterrand. Era un político de buena voluntad
con el que se podía intentar hacer algo útil para frenar la ofensiva
capitalista.
Se hicieron cosas bien y cosas mal, y se puede discutir largo y tendido sobre si fue una iniciativa acertada o un craso error, pero la consecuencia objetiva ha sido una tremenda debacle del Partido Comunista de Francia en las elecciones presidenciales. Parece indudable que se impone un cambio de táctica en toda Europa.
La ascensión del fascismo es síntoma de que el pueblo comienza a estar cansado de medias tintas, y es ese el campo de juego donde los comunistas tienen mucho que decir. Hay que volver al discurso de izquierda real y llamar a las cosas por su nombre. Hay que explicar que un banquero es un criminal por definición, que un empresario es un explotador potencial cuando no efectivo y que, por tanto, hay que acabar con ambas figuras. Hay que decir que un inmigrante no es un enemigo y que un trabajador europeo es aliado de un trabajador de otro continente, siendo el enemigo común el capitalismo mundial. Hay que seguir, en resumen, una línea clara, tajante y sin fisuras, y recordar lo que en su momento manifestó Vladimir Ilich Ulianov: "socialismo o barbarie"
Otra necesidad inmediata de los comunistas es unirse a todas las fuerzas progresistas.
Las
diferencias son insignificantes comparadas con las coincidencias y el objetivo
común reside en desmembrar la sociedad neoliberal y hacer un mundo mejor.
Los socialdemócratas sólo sirven para esta unión si reniegan
de su pasado reciente Si, por el contrario, optan por seguir igual, deberían
quedarse a su suerte y ahogarse en sus propias contradicciones.
Con estos métodos es posible volver a conectar con el pueblo con mucha más facilidad que los fascistas puesto que, a diferencia de estos, los comunistas formamos parte del propio pueblo llano y podemos ganar por la mano a la ultraderecha retrógrada.
Lo cierto es que de España no espero gran cosa. Como siempre, vamos retrasados varias décadas y todavía no ha comenzado el desencanto por el bipartidismo. Izquierda Unida realiza una labor bastante impecable, pero no hay muchas más fuerzas válidas con las que fusionarse y que tengan aspiraciones de crecer en el parlamento. Por no hablar de la versión socialdemócrata que sufrimos por aquí, encarnada en el PSOE, probablemente la más deplorable de Europa. Pongo más esperanzas en Francia, donde pronto hay elecciones legislativas. Se hallan a tiempo de aprender de sus errores a marchas forzadas y comenzar un giro en la UE. Quizá así podamos continuar utilizando la frase de Bogart en Casablanca y decir que "siempre nos quedará París"