LA
CIENCIA COMO ARMA REVOLUCIONARIA
Por Aristarco el Bolchevique
Un observador externo podría llegar a pensar que los habitantes de la Tierra
padecemos algún defecto genético determinante. No es difícil llegar a esta conclusión
a poco que se analice la situación mundial. Dejamos que los problemas se intensifiquen
sin inmutarnos o, peor aún, permitimos que quien mueve los hilos incentive la
ya penosa situación para engordar su cuenta corriente. Sin embargo, esta aparente
incapacidad congénita de los seres humanos, en realidad no tiene porqué ser
tal. Es más probable que el estado del planeta sea debido a la pereza intelectual
que caracteriza a la inmensa mayoría de la población.
Con una facilidad asombrosa nos refugiamos en unas pocas ideas básicas para
explicar la realidad que nos rodea. A partir de ello, con esas pequeñas recetas,
estamos tranquilos al creer que nada se escapa a nuestro entendimiento. Los
poderosos incentivan este sueño de la razón, al que ellos tampoco escapan, para
alcanzar sus poco nobles objetivos. Sin embargo, disponemos de una herramienta
para huir de esas cárceles en las que viven condenados nuestros cerebros. No
es otra que el pensamiento científico.
La ciencia no sólo es el mejor método para intentar explicar el universo y para
desarrollar nuevas tecnologías. También, y no menos importante, es una manera
de pensar, un método para discernir lo que los gobiernos quieren que creamos
de lo que podría ser cierto, una herramienta con la cual tendremos posibilidades
de aproximarnos a la verdad, una técnica que ilumina poco a poco nuestra comprensión.
La ciencia es, en definitiva, un arma poderosa y se puede alzar como el peor
enemigo del pensamiento único neoliberal.
Para aplicarla hay que crear un filtro por el que hacer pasar todos los datos
que nos llegan. No se puede dar por válido nada, de ninguna fuente, sin reflexionar
sobre ello y analizar qué grado de demostración alcanza. Este filtro también
tiene que ser de salida, puesto que nuestras ideas preconcebidas no son necesariamente
las mejores. No hay que temer la crítica de los demás a nuestras opiniones,
porque es la mejor manera de ponerlas a prueba y comprobar hasta qué punto se
aproximan a la verdad
Se trata de una mezcla de escepticismo, reflexión e imaginación. La única premisa
inicial es que no hay una verdad definitiva, sólo aproximaciones a ella cada
vez más perfectas. Igual que los científicos tienen que demostrar sus hipótesis
mediante resultados experimentales, hemos de exigir a los políticos que demuestren
sus afirmaciones con hechos, y a los periodistas que informen con objetividad,
no influidos por modas o, peor aún, por líneas editoriales que sirven al capital.
Además de políticos apoltronados y periodistas vendidos, hay otros fieros adversarios
del pensamiento crítico, tales como el esoterismo, la superstición, la ignorancia
y la religión. Todos ellos son poco menos que sinónimos y el último merece un
estudio aparte. Las principales religiones nos prometen que hay un dios velando
por nosotros y que cuando muramos iremos a un lugar mejor, siempre y cuando
nos comportemos como sus líderes indican. Para demostrar esas afirmaciones nos
muestran, como única prueba, un vulgar libro escrito hace siglos o milenios.
No es muy fiable quien basa su discurso en una exclusiva fuente y nos presenta
hechos indemostrables como si fueran indudables. La religión ha servido históricamente
para eliminar toda capacidad de razón del pueblo y hacerlo así más dócil.
Si queremos manejarnos con un pensamiento crítico y escéptico, y aspiramos a
reducir las posibilidades de que nos den gato por liebre, hay que comenzar por
liberarse de dogmas absurdos como el concepto de dios o el de la vida eterna.
Hay que tomarlos como lo que son, suposiciones dudosas en las que cada uno es
libre de creer o no.
Por tanto, para llegar a un mundo mejor es indispensable que cada persona reflexione,
analice y pida pruebas de todo lo que le cuentan, y también que aporte opiniones
originales basadas en la imaginación y la falta de prejuicios, siempre con disposición
a rectificar ante evidencias que demuestren algún error. De este modo, no es
difícil desenmascarar el pensamiento único que nos invade y llegar a la conclusión
de que hay otras realidades además de la que nos ha tocado vivir. Realidades
mejores que están al alcance de nuestra mano si no dejamos seguir actuando los
sutiles mecanismos de control que nublan nuestra razón.
Es evidente que, para empezar, hay que analizar con escepticismo implacable
todo lo que yo he expuesto en estas líneas, y no darlo por válido sin más.