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ARISTARCO DE
SAMOS Por
Aristarco el Bolchevique
Las grandes ideas
son producto de las grandes mentes, y entre las más grandes ideas
sin duda se encuentran las que nos descubren un mundo distinto al que
nuestros sentidos sugieren. Estas últimas son producto de los cerebros
más sobresalientes y en la actualidad las dos principales teorías
que se complementan para explicarnos el universo, la relatividad
y la cuántica, son cualquier cosa menos fácilmente
predecibles por los sentidos o por la intuición.
La primera nos habla
de conceptos como un espacio curvado o un tiempo inconstante, y la segunda
nos dice que las características de las partículas nunca
serán conocidas más que como funciones de probabilidad.
No cabe duda de que los precursores de estas teorías están
entre los más grandes humanos de la historia, de forma que todo
el mundo conoce la figura de Einstein y cualquiera que
tenga un mínimo interés por la ciencia admira a Schrödinger,
a Heisenberg (a este a pesar de que fue nazi) y a todos
los iniciadores de la cuántica (entre ellos el propio Einstein).
Pero hay otra idea
de la misma envergadura que ahora nos parece evidente. Se trata de la
Teoría Heliocéntrica, la cual dice que
la Tierra, de igual modo que los demás planetas, gira alrededor
del Sol. Ahora nos parece indiscutible, pero si no lo hubiéramos
aprendido en nuestra infancia, nuestros sentidos nos convencerían
del modelo contrario, el Geocéntrico, que muestra
una Tierra inmóvil y al Sol y los demás astros girando alrededor,
de Este a Oeste. Para imponer la idea heliocéntrica a la humanidad
tuvieron que pasar casi 2000 años desde su formulación,
que vino de mano de un genio llamado Aristarco de Samos.
Hay que decir que,
previamente a él, los Pitagóricos habían
defendido que la Tierra giraba cada 24 horas alrededor de una entelequia
metafísica llamada Fuego Central, pero era más explicado
por razones casi religiosas que por las frías observaciones. Aristarco
en cambio, a partir de sus cálculos matemáticos y sus escrutinios
del cielo, llegó a la conclusión de que los movimientos
celestes se interpretaban mediante una Tierra girando alrededor de sí
misma cada día y alrededor del Sol cada año.
No han llegado a
nuestros días muchos datos sobre Aristarco ni tampoco sobre su
obra científica. Se estima que nació alrededor del 310 a.C.
en Samos (Grecia) y murió sobre el 230 a.C. en Alejandría,
en cuya Biblioteca desarrolló gran parte de su labor. De su obra
sólo nos ha llegado un tratado, un cálculo sobre el Tamaño
y distancias del Sol y de la Luna, que no es del todo preciso
pero da muestras de sus capacidades como astrónomo y matemático.
Entre sus contemporáneos era conocido como Aristarco “el
geómetra”.

Imagen
del único tratado que nos ha llegado de Aristarco
Sin embargo, hay
referencias de terceros que otorgan la paternidad del heliocentrismo a
Aristarco. El gran sabio Arquímedes en su obra
Arenario, de 210 a.C., cuenta cómo Aristarco había
escrito un libro en el que sostenía que el Sol y las estrellas
fijas permanecían inmóviles mientras la Tierra giraba alrededor
del Sol, y que la esfera de las estrellas fijas también tenía
el Sol como centro. Hoy en día sabemos de sobra que el Sol no es
tampoco el centro del Universo, pero era un paso de gigante plantear que
la Tierra no era el ombligo del universo, para comenzar a hacernos una
idea de nuestra insignificante posición real en el Cosmos.
Otra prueba la hallamos
en un texto de Plutarco, en el Siglo I d. C., donde explica
cómo Cleantes propuso denunciar a Aristarco por
motivos religiosos, al haber desplazado la Tierra del centro del Universo.
En la misma obra, Plutarco nos narra cómo la visión totalmente
predominante de la época continuaba siendo la de Platón,
que describía a la Tierra como inmóvil.
Así pues,
Aristarco el geómetra no tuvo éxito a la hora de convencer
a sus coetáneos de su revolucionaria teoría, y no sería
justo achacar tal fracaso sólo a la superstición y a la
religión, ya que hay que recordar que en la Biblioteca de Alejandría
se daban cita algunas de las mentes más abiertas de la antigüedad.
Lo que ocurre es que ya en aquella época se pedían pruebas
para demostrar las nuevas ideas, y ni Aristarco ni nadie podía
explicar porqué si la Tierra describía esa orbita anual
alrededor del Sol, las estrellas se mantenían siempre en la misma
posición relativa a lo largo del año.
Aristarco sostenía,
con buen criterio, que las estrellas fijas estaban a tal distancia que
su posición aparentaba ser siempre la misma aunque la Tierra se
moviera con respecto al Sol, pero esto era indemostrable en aquella época.
Por tanto, tras el desastre mundial que supuso para la humanidad la desaparición
de la Biblioteca de Alejandría y los más de mil años
de oscuridad para la ciencia que le siguieron, hubo que esperar a Copérnico,
quien en 1543 publicó su De Revolutionibus Orbium Caelestiun,
donde retomaba el modelo heliocéntrico. Se dice que iba a citar
en el epílogo a Aristarco como su precursor pero finalmente decidió
no hacerlo, según los peor pensados para no quitarse mérito
a sí mismo.
Tampoco Copérnico
convenció demasiado, y no fue hasta el gran Galileo Galilei,
nacido en 1564, cuando se estableció oficialmente el heliocentrismo,
no sin dificultades, de hecho, no fue aceptado por los más retrógrados
hasta el Siglo XIX.
Aristarco de Samos
merece ser recordado como el astrónomo más avanzado de la
antigüedad, así como ser considerado uno de los más
importantes teóricos que han contribuido a explicar el universo.
Mi insignificante homenaje consiste en usar su nombre como parte de mi
seudónimo, y mucho más reseñable es saber que se
le hizo algo de justicia dando su nombre a un cráter de la Luna.
Curiosamente, dicho cráter es vecino del que lleva el nombre de
otro de los inspiradores de Alejandría Revolucionaria, el cráter
Aristarco está junto al cráter Herodoto.

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