EL PELIGRO DE ASTEROIDES Y COMETAS

Por Aristarco el Bolchevique

En 1980, el premio Nóbel de física Luis Álvarez y su hijo, el paleontólogo Walter Álvarez, fueron los primeros en proponer que la extinción de los dinosaurios habría sido causada por el choque de un asteroide sobre la Tierra. Para aventurar tal hipótesis se basaron en el descubrimiento de grandes concentraciones de iridio en varias partes del mundo en un estrato subterráneo correspondiente a 66 millones de años anteriores a nuestra era. Los Álvarez plantearon que ese metal tan raro y en tal cantidad había de tener su origen en el espacio, en un gran asteroide del pasado. Algunos años después se confirmó el fatídico impacto para los grandes reptiles, en la mejicana Península de Yucatán.

Esta ha sido la última de las grandes extinciones masivas ocurrida en nuestro planeta, y no necesariamente será la última originada por la misma causa.

Los orígenes

En los primeros tiempos del Sistema Solar, hace unos 4500 millones de años, nuestra joven estrella se hallaba rodeada en sus cercanías por materiales pesados que, tras infinidad de colisiones entre sí, se unieron formando los cuatro planetas interiores: Mercurio, Venus, la Tierra y Marte. Fueron tiempos violentos, en los que se cree que ocurrieron cataclismos como un gran asteroide que golpeó la Tierra extrayendo materia que a la larga daría lugar a la Luna, u otro gran impacto que provocó que la rotación de Venus fuera desde ese instante contraria a la del resto de los planetas.

Posteriormente la densidad de asteroides disminuyó y en nuestros días permanecen aislados en el cinturón de asteroides, situado entre Marte y Júpiter, o más allá de la órbita de Neptuno, en el llamado Cinturón de Kuiper, donde recientemente se ha encontrado un cuerpo de 1280 Km. de diámetro y cuyo nombre provisional es Quoar. Hay astrónomos que prefieren considerar a Plutón como un objeto del cinturón de Kuiper, y no como el planeta más exterior, dada su órbita y características.

Además de asteroides, también sobraron otros objetos tras la formación del Sol y los planetas: los cometas. Se cree que estos cuerpos retienen la composición de la nube de materia original que dio lugar al Sistema Solar, y de ahí gran parte del interés en su estudio. La inmensa mayoría de ellos se encuentran más alejados aún que el cinturón de Kuiper, en la llamada Nube de Oort.


El Halley, el cometa más famoso

A causa de las influencias gravitatorias del entorno estos objetos pueden abandonar sus ubicaciones orbitales, y para el asunto que nos ocupa es indiferente si se trata de un cometa o un asteroide lo que impacte sobre la Tierra, pues lo decisivo no es tanto la composición como la masa del objeto que nos toque en suerte, o más bien en desgracia.

El caso más reciente

En verano de 1994 un cometa de gran tamaño colisionó contra Júpiter. Se trataba del Shomaker Levy, y el hecho de que hubiera quedado fragmentado en un acercamiento previo al planeta no restó espectacularidad a uno de los acontecimientos más importantes del pasado reciente en nuestra región del espacio.

Las 21 secciones, de más de dos kilómetros cada una, en que había quedado dividido golpearon al planeta gigante en una zona comprendida justo tras el horizonte observado desde la Tierra, sin embargo, todo quedó perfectamente registrado desde la sonda Galileo, que se hallaba en aquel momento en una región privilegiada. Además, desde aquí se pudieron apreciar los efectos a los pocos minutos de cada impacto, gracias a la rápida rotación de Júpiter.


Impacto de uno de los fragmentos

De este modo se registraron varios estallidos superiores al equivalente a todo el arsenal nuclear de la Tierra, y se pudieron verificar gran parte de las teorías que teníamos acerca de los resultados de un impacto de tal magnitud sobre nuestro planeta azul, confirmando el peligro que nos vienen anunciando muchos científicos desde hace varias décadas.

Posibles consecuencias en la Tierra

La atmósfera nos protege de los objetos más pequeños, pulverizándolos mediante el calor que sufren al friccionar contra ella a causa de sus elevadas velocidades, de modo que, para alcanzar la superficie, un asteroide o cometa necesita unos 100 metros de diámetro. Pero rocas de entre 50 y 100 metros pueden llegar a las cercanías del suelo, estallando finalmente con la potencia de varias bombas de Hiroshima. Sobre un área poblada el número de bajas humanas sería considerable.

Los graves problemas para el conjunto de la humanidad comenzarían con un impacto de un cuerpo de unos 2 Kilómetros, el cual generaría una energía de un millón de megatones, el equivalente a 75 millones de bombas como la de Hiroshima. Se produciría una inyección de polvo en la atmósfera que cambiaría el clima de forma suficiente para eliminar buena parte de las cosechas, y con ellas a más de mil millones de personas.

Un choque más grande, de un objeto a partir de unos 10 kilómetros de diámetro, provocaría una explosión de 100 millones de megatones, que haría arder la práctica totalidad de la masa vegetal del planeta, oscurecería el cielo durante años y causaría la extinción de casi todas las especies, entre ellas la nuestra.

Es evidente que la superficie de la Tierra está en su mayor parte compuesta por agua, y que los grandes impactos serían sobre los océanos con una probabilidad aproximada del 70 por ciento, pero no es tranquilizador si se tiene en cuenta que las olas provocadas alcanzarían alturas de más de 100 metros a causa de la colisión de un cuerpo de 2 kilómetros, arrasando las zonas costeras de los continentes de alrededor.

Algunos datos a tener en cuenta

En la historia documentada de la humanidad no hay antecedentes de estos sucesos a gran escala. Lo más espectacular registrado ocurrió en la región siberiana de Tunguska, en 1908, cuando un asteroide de unos 60 metros estalló a 8 kilómetros de altura liberando una energía de 15 megatones y arrasando una zona de 2000 kilómetros cuadrados. Recientemente ha ocurrido otro suceso similar pero menos violento en una región cercana a esta.


Tunguska

La causa de la falta de experiencia con sucesos de este tipo es que las probabilidad de que ocurra un acontecimiento de estas características disminuye proporcionalmente a la fuerza del impacto, de forma que cálculos recientes de David Morrison y Clark Chapman indican que en el plazo de una vida humana hay una posibilidad entre 4000 de que se produzca una colisión de un millón de megatones, y la probabilidad de morir como consecuencia de ella si se da es de 1 entre 5. De forma que cualquier persona del presente, del pasado y del futuro, tiene, ha tenido o tendrá una probabilidad entre un millón de fallecer por dicho suceso cada año de su vida

Puede parecer que una entre un millón es una probabilidad muy baja, pero no lo es tanto si tenemos en cuenta que se aproxima a la de morir en accidente de avión, es muy inferior que la de ser asesinado en un atentado terrorista, y aún es mucho menor que la de caer victima del hasta hace poco famoso mal de las vacas locas.

En cuanto a un gran impacto como el que acabó con los dinosaurios, no se da más que cada 100 millones de años de media, pero dada la extinción total que supondría merece también ser tenido en consideración.

Prevención y soluciones

No obstante, tampoco hay que caer en el catastrofismo tan de moda últimamente en los medios de comunicación, que huelen una noticia y la sacan de quicio sin preocuparse por informarse mínimamente.

Ninguno de los grandes asteroides ni cometas avistados hasta el momento suponen una amenaza para la Tierra, y el proyecto Spaceguard formulado por la NASA podría censar sin demasiados gastos casi todos los objetos peligrosos, para así prevenir con décadas de tiempo el peligro y poder dominarlo con calma, desviándolo poco a poco de su fatídica trayectoria mediante pequeñas explosiones calculadas milimétricamente.

Sin embargo, cabría la posibilidad de que un cuerpo proveniente de distancias remotas fuera indetectable hasta uno o dos años antes del impacto. En tal caso con las tecnologías actuales tendríamos graves problemas para manejar la situación. Así, algunos científicos proponen un aumento del gasto en investigación nuclear, para conseguir bombas más potentes que pudieran afrontar la amenaza. Lógicamente, dichos sistemas defensivos podría dar lugar a accidentes o usos inapropiados de forma que el remedio fuera peor que la enfermedad.

Es por ello por lo que creo que lo más razonable sería olvidarnos del armamento atómico, para esta y para cualquier otra aplicación, e invertir en cambio en investigación espacial en todas sus facetas. De este modo conoceríamos nuestro entorno cósmico mucho mejor y desarrollaríamos tecnologías limpias que ahora ni imaginamos para poder afrontar este y otros problemas de manera civilizada.

Y es que, para bien y para mal, el futuro está ahí fuera, lejos de nuestro pequeño planeta

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