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EL ESTADO Y LOS PAÍSES:
GÉNESIS DEL PODER
Por Pausanias el Ácrata
(diciembre 2002)
I.- INTRODUCCIÓN:
PODER, ESTADO, NACIÓN Y PAÍS:
LA TERGIVERSACIÓN DE UN CONCEPTO.
Corre el siglo XXI. El Estado es
la forma mundial de organización social. El poder de los gobiernos
se ha impuesto en todo el planeta Tierra. Nada parece indicar que pudiera
existir vida fuera de esta forma estructural que organiza la vida social,
política y económica de los seres humanos. Nuestra calidad
de vida es insuperable. Los pueblos “primitivos”, bárbaros
e incivilizados que viven sin todos nuestros conocimientos y libertades,
nuestro confort y seguridad, son ejemplos pintorescos para visitar durante
las vacaciones a algún exótico país del “Tercer
Mundo”. No seríamos nada sin poder y Estados que nos hicieran
la vida así de fácil y cómoda. Los líderes
y reguladores de la sociedad, organizadores omnipresentes e infalibles,
son imprescindibles. Ellos hacen posible la continuidad de nuestra forma
de vida, de nuestra confortable y feliz existencia en un mundo organizado,
encasillado y repartido en países y Estados al margen de los cuales,
la existencia sería ardua y sufrida, inimaginable. Pero, ¿alguien
se ha parado realmente a plantearse qué es un país? ¿Por
qué surgió el poder sin el que estaríamos tan perdidos?
¿Qué causas y circunstancias llevaron al ser humano a crear
esta organización? ¿Qué diferencia hay entre una
nación, un país, un Estado? ¿Por qué hay voces
nacionalistas que claman contra Estados?
Corren días en los que resulta
necesario aclarar ciertos aspectos sobre estos conceptos que tanto se
manejan, de tan diversa manera y que engloban, dada la tergiversación
oficial, varios significados bajo un mismo significante (ninguno de ellos
real) y debido a ello, realmente pocos tienen claro. Se usan indiscriminadamente
(nación como sinónimo de país, nacionalismo como
patriotismo) en un momento, principios del siglo XXI, en el cual parecen
resurgir más que nunca los movimientos nacionalistas a lo largo
y ancho del planeta (¿o será que se les presta más
atención y se hace eco en los medios de información a algo
que existe desde hace mucho y siempre estuvo allí?). Chechenos
frente a rusos, kurdos cara a cara contra los turcos, palestinos versus
israelíes, tamiles contra indios, kashmires enfrentados a hindús
y, a veces, a pakistanís, irlandeses plantando cara a ingleses,
corsos y bretones al Estado francés, vascos pidiendo autonomía
al Estado Español e indígenas de todo el mundo (muchos grupos
étnicos como para enumerar aquí) insurrectos frente a Estados
diversos forman lo que los media califican de nacionalismos y los gobiernos
de todos los países bajo los cuales estos grupos afloran tachan
como fanatismos nacionalistas y radicales terroristas (la mayoría
de ellos toman la vía militar frente al opresor de su cultura o
al que impide el desarrollo independiente de esta) y aplican calificativos
peyorativos en busca del rechazo global y la uniformidad de pensamiento.
Si escuchamos hablar a un dirigente mexicano de los zapatistas los tildará
de violentos, terroristas y radicales, así como un homólogo
indio lo haría de los tamiles o kashmires o un español de
los vascos o catalanes. El objetivo es común: desacreditar cualquier
movimiento nacionalista que pueda desestabilizar el orden establecido.
Pero la cuestión aquí a abordar es ¿sabemos de qué
hablamos cuando empleamos estos términos, nación, país,
y nacionalismo? A juzgar por su empleo en boca de políticos y demagogos
televisivos obviamente la respuesta es no.
Aclaremos conceptos. Nada tiene
que ver el nacionalismo con el patriotismo como nada tienen en común
nación y país. Si se sabe algo de antropología esto
resulta claro. Pero si aunamos el desconocimiento general de esta materia
entre la población y el emponzoñamiento que los media se
empeñan en realizar sistemáticamente del término
(no sé si por desconocimiento o intencionadamente al servicio de
fines mayores) el desquiciamiento semántico es tal que su significado
real se diluye en otros con utilización política y fines
destructivos (a veces incluso por parte de los propios líderes
nacionalistas que muchas veces tienen intención de crear otro Estado
idéntico al que combaten).
El término nación
es cultural. Una nación es una población con una cultura
común, un idioma común y un sistema de creencias compartido.
Y lo que es más importante, un etnónimo otorgado a sí
mismos por ellos mismos. Esto es, un nombre genérico para esa población
determinado por dicha población. Estos son los criterios que los
antropólogos e investigadores de la cultura han manejado durante
años para determinar las que son naciones y las que no lo son.
El idioma, una lengua común (aymara, quechua, otomí, euskera,
quiché, lacandón...) a toda la población, un sistema
comunitario y compartido de creencias, y la utilización de un nombre
común para ellos mismos y por ellos mismos (euskaldún, inca,
yanomamo,...).
Por otro lado nos encontramos el
vocablo país, el cual tiene un componente político. Un país
es un constructo artificial, nacido más o menos recientemente y
que viene a definir un pedazo de tierra que una elite dirigente, que organiza
la política y la economía, se adjudica como propio con fines
políticos y económicos. Se trazan unas líneas sobre
un mapa y se distribuye arbitrariamente entre los interesados. Así
ha sido el caso de África y Asia (en época muy reciente)
y América quinientos años atrás, pero no debemos
olvidar que también así lo fue en Europa bastante antes.
De esta manera y en tal reparto de pedazos de mapa, un país puede
englobar varias naciones dentro de sí. Luego, se intenta homogenizar
lo que queda dentro con una aculturación muy fuerte y recurriendo
a la violencia y coacción si esta fuere necesaria. Se superponen
términos, se equiparan en los diccionarios, se habla de derechos
históricos... En fin, mecanismos que conocemos muy bien y que llevan
a la asimilación de conceptos corruptos que perpetúan lo
establecido.
Como ejemplo para los incrédulos
y escépticos que se echen manos a la cabeza al leer esto se pueden
citar miles. Estados Unidos es un país pero los apaches son una
nación dentro de ese país, así como los cheyenes,
los hawaianos y un largo etcétera. México como país
engloba muchas naciones (mayas, mixtecos, zapotecos,...) así como
todos los países de América Latina, construidos artificialmente
sobre una realidad heterogénea. Los uros son peruanos por obligación
ya que cayeron dentro del reparto que los catellanos realizaron de América
en virreinatos. Pero la similitud entre un uro y un limeño es nula.
Y qué decir de África: un “bosquimano” no es
un sudafricano aunque su territorio esté contenido dentro de ese
país. Un fur no es un sudanés ni un pigmeo es un congoleño.
Y en cambio el Congo existe como país. Y en Europa tenemos casos
similares: ¿qué tiene que ver un astur de una aldea perdida
que habla bable con un saleroso y fiestero gaditano? Y ambos, irónicamente,
son españoles. O un euskaldun, ¿en qué se asemeja
a un extremeño?. El parecido cultural entre un corso y un parisino
es nulo así como es inexistente entre un musulmán de Kashmir,
un budista de Leh y un hindú de Vanarasi. Pero los países
para sobrevivir han de crear una ficción de unidad. Si cada nación
bajo un Estado reclamara sus derechos a la independencia cultural el chollo
se acabaría para muchos al desintegrarse la falacia de la “unidad
nacional” a la que la inexistente boca bajo el bigote de Aznar no
hace más que aludir. Pero, ¿cómo se llega a la aparición
de estas entidades que absorben naciones y crean países e imperios
sobre ellas?. ¿Cuáles son las causas que llevan a la formación
de los Estados que anularán las diferentes culturas que éstos
engloban?.
II. DE CÓMO NACEN LOS ESTADOS, LOS PAÍSES Y SE PERPETÚA
SU EXISTENCIA.
Ciertamente, la antropología
moderna aún busca la respuesta escrutando en el pasado e investigando
el presente. La arqueología y la etnografía permiten ir
perfilando hipótesis y esbozando conjeturas que bosquejan un complejo
proceso que lleva al ser humano de vivir en organizaciones igualitarias
de cincuenta a cien individuos, cazadores-recolectores con un sistema
de reciprocidad, a organizarse en férreas estructuras sociales
(que hemos venido a llamar Estados) con existencia de clases y fuertes
desigualdades, fuerzas armadas (policía y ejército) que
velan por el mantenimiento de dicha estructura y de los privilegios que
unos pocos ostentan frente a desequilibrios internos o invasiones externas.
En ese avance de las ciencias se van extrayendo conclusiones certeras
que cada investigador interpreta según su enfoque. Ciertamente,
lo que es innegable y ya ningún antropólogo pone en duda
es que el paso de la vida en bandas igualitarias a organizaciones más
complejas (jefaturas y, posteriormente, Estados) supuso un retroceso en
calidad de vida y libertades para el individuo. Por esto es que hoy, lejos
de creer al Estado como una forma organizativa superior (como antes de
los 60-70 se presuponía y así se explicaba su adopción
entre las sociedades humanas llegando a despreciar como salvajes e incivilizados
primitivos a los componentes de bandas y tribus) las ciencias de la cultura
actuales se empeñan en buscar explicaciones para la aparición
de este fenómeno. Si el ser humano aceptó este paulatino
retroceso en su calidad de vida y cedió sus libertades frente a
una mínima parte de su sociedad que dejaba de trabajar para vivir
mejor entre lujos y sirvientes y ostentación conspicua, debió
de haber una razón para ello. La búsqueda sigue y se plantea
compleja. Pero, vayamos paso a paso.
III. UN CAMBIO FUNDAMENTAL
EN EL PASO HACIA LOS ESTADOS: LA AGRICULTURA.
El agotamiento del medio por los
cambios climáticos en el paso del Pleistoceno al Holoceno conjugada
con la actividad del ser humano parece llevar al Homo sapiens sapiens
a emplear nuevas técnicas de supervivencia. La agricultura nace
por ello. No de la mano de un genio anónimo que la descubre, sino
a través de muchos años de observación, experimentación
y práctica. Posiblemente ya fuera conocida antes de verse obligados
a tener que emplearla por el desgaste del medio al que hacíamos
referencia. Si no se usó antes fue por la carencia de utilidad
que suponía. La agricultura requiere más trabajo y un plazo
mayor de tiempo hasta que se obtienen los beneficios. Además estos
no son siempre seguros. Una cosecha puede fallar por un clima adverso
o desastres naturales (plagas, heladas, inundaciones...). La caza y recolección
ofrece el alimento necesario a menor esfuerzo. Unas horas al día
bastan para alimentar a cincuenta-cien individuos de una comunidad. Solo
cuando el Holoceno llega y se reduce la posibilidad de éxito en
estas faenas, el ser humano se verá forzado a practicar la agricultura.
Este cambio en la forma de producción llevará a cambios
tecnológicos y sociales ulteriores. La agricultura tiene pues un
puesto clave en el camino hacia los primeros Estados. ¿Cómo?
Vamos a analizar como este proceso productivo nuevo lleva a novedosas
formas sociales, económicas y políticas, formas todas ellas
hasta ese momento desconocidas.
IV. CÓMO LA AGRICULTURA
INFLUYE EN LAS NUEVAS FORMAS DE ORGANIZACIÓN VENIDERAS.
Los países son construcciones más o menos recientes. En
su intento por controlar una serie de recursos naturales y una población
que proporcione fuerza de trabajo, los Estados emergentes guerrearon (y
siguen guerreando) para consolidarlos como suyos y mantenerlos bajo su
dominio. El ejército que se forma con la existencia de una clase
ociosa encargada de vigilar los terrenos que la innovación de la
agricultura allá por el Neolítico (proceso no uniforme en
todo el globo) hace creer suyos a un grupo que ha abandonado el nomadismo
perseguidor de los recursos estacionales para convertirse en sedentario.
El desarrollo de la horticultura y, después, de la agricultura
produce un cambio en la mentalidad de los poseedores de tal “descubrimiento”.
El ser humano ya no pertenece a la tierra (como las bandas nómadas
creían y creen) sino que es la tierra en la que se asientan de
manera estable la que pertenece al ser humano. El territorio a cultivar
pasa a concebirse como propio y hay que defenderlo de presuntos invasores
ya que en él se ha invertido un trabajo costoso (preparar el terreno
para la siembra, escardándolo, desbrozándolo, talando árboles,
luego plantando las semillas, regando la tierra, esperando los frutos...).
Este complejo trabajo debe ser organizado por alguien, un líder,
que cohesione las tareas, las organice y dirija, y que, seguramente, en
el sistema de “grandes hombres”, predecesor de la Jefaturas
organizadas, trabajara igual que todos o, incluso, más duro. Pero
con el tiempo este “Gran Hombre” redistribuidor justo, comienza
a quedarse con más, a guardar excedente, y a dejar de trabajar.
Sus éxitos en su tarea organizadora le avalan y le permiten quedar
exento de labor física. Paralelo a esto, el grupo ha ido aumentando
demográficamente. La agricultura proporciona más alimento
y, más o menos, asegurado, aunque en ella haya que invertir mayor
cantidad de trabajo que en la caza y recolección. Además,
una mujer sedentaria tiene la posibilidad de tener más hijos que
una nómada o seminómada. Más trabajo requiere mayor
mano de trabajo. Si a esto le unimos la mayor producción alimenticia
que permite sustentar a más elementos en el grupo podremos comprender
el incremento demográfico del Neolítico. Es la pescadilla
que se muerde la cola. Crece la población, hace falta más
producción y para ella, más mano de obra. El excedente que
la agricultura permite obtener y, muy importante, almacenar, es otro factor
de suma importancia en el camino hacia los Estados prístinos. El
temor, muchas veces justificado, a pillajes y grupos saqueadores, invasiones
de un terreno que como hemos visto se pasa a considerar propio y diversas
racias de grupos organizados, lleva a la organización de vigilancia
armada del territorio. En principio, todos los integrantes del grupo tendrían
armas y vigilarían los sembrados. Pero, al igual que ocurrirá
con el Gran Hombre organizador y redistribuidor, poco a poco los más
capacitados en el manejo de las armas, los que más valerosos se
muestren o que mayor capacidad física denoten irán formando
un grupo armado que se distancia de la producción para dedicarse
única y exclusivamente de las tareas de protección del poblado
y campos de cultivo. El excedente sobrante almacenado en depósitos
para tal efecto será el que les alimente. Nacen así los
ejércitos. Este embrión se irá desarrollando, perfeccionando
y encumbrando en la nueva organización al tiempo que los excluidos
de él, el resto de agricultores y, aún, recolectores y cazadores
(se combinan ambas prácticas siempre que era posible), van olvidando
el manejo de las armas relegadas a segundo plano por las azadas y palos
cavadores. Finalmente, las generaciones venideras, descendientes de esta
“clase” campesina, no tendrán la opción al uso
de las armas mas que en periodos de reclutamiento obligatorio en épocas
de guerra. Esta, tal y como la concebimos hoy día, un enfrentamiento
entre dos bandos fuertemente armados, nace de la mano de estos Estados
emergentes. No es que antes no hubiera conflictos armados. Desde que el
ser humano es tal las luchas parecen acompañarlo en su periplo
cultural. Pero la capacidad de enfrentamiento entre dos bandas de cincuenta
individuos es limitada. Solo la mitad, estimando hacia lo alto, son adultos
capacitados para la lucha. Armados de garrotes y lanzas, dos bandos de
veintitantos individuos batallan en una suerte de combate a veces, incluso,
simulado o ritual. Las bajas son escasas y nunca suponen la erradicación
total de una tribu o poblado salvo extrañas y cruentas excepciones
(se conocen culturas que batallan mediante insultos y, a lo sumo, pedradas.
A la primera baja todos se retiran alarmados entre gritos y clamores de
venganza que nunca llegará a consumarse). Con el desarrollo de
las nuevas formas de control social y económico la capacidad de
movilización de hombres aptos para la guerra es mucho mayor (ya
hablamos del aumento demográfico) y se ha institucionalizado un
ejercito permanente especializado en el arte de matar. Las armas se han
desarrollado y el objetivo es conquistar nuevos territorios para sumarlos
al ya poseídos por un Estado. En estas condiciones es fácil
adivinar que las batallas son más cruentas y que en el ejercicio
de la absorción de nuevas zonas los insurrectos son eliminados.
Los demás componentes de la sociedad enemiga pasan a engrosar la
mano de obra del Estado invasor. La guerra como se conoce en la actualidad
ha nacido.
V. OTROS IMPORTANTES FACTORES
EN EL DESARROLLO DE LOS ESTADOS.
Antes de continuar por nuestro particular
recorrido en el desarrollo de las sociedades estatales quisiera incluir
una nota aclarativa. Ya he recalcado, creo que suficientemente el relevante
papel (a mi entender, imprescindible) que la agricultura juega en este
fenómeno del paso de sociedades igualitarias a Jefaturas y, posteriormente,
Estados incipientes. Sin embargo, pese a creerla piedra angular en este
proceso y juzgar que sin ella los cambios no se hubieran podido dar, no
pretendo dar la impresión de que es el único recurso que
determina el surgimiento de estas estructuras sociales. La cultura humana
es algo complejo e interrelacionado como para ser reducida a un único
y decisorio factor. Con él se combinan otros no de menor importancia.
Muchos casos han demostrado que
el control de ciertas materias primas contribuyen al desarrollo de las
Jefaturas y Estados. Territorios ricos en objetos preciados o de primera
necesidad hacen que los controladores de esta zona acumulen riquezas fruto
del intercambio y comercio de estas materias y se acelere el proceso.
Sin embargo, el cambio de mentalidad ya se debe haber dado. Esa concepción
de poseer el territorio, que dicho sea de paso, está en toda sociedad
humana no solo en las agrarias aunque en estas últimas se acentúa
hasta niveles extremos (una banda recolectora-cazadora explota un territorio
y no gusta de otras bandas en el mismo espacio pero no considera en propiedad
esa zona y casi nunca deniega el acceso a ciertos recursos naturales a
otras bandas que pasen por allí), es necesaria para ver como propiedad
personal una riqueza natural determinada. Ya han de ser sedentarios, controlar
efectivamente ese territorio y defenderlo de los que necesitan o aspiran
las materias que se contienen en dicha zona. Canteras para la construcción,
sal, piedras preciosas, una fauna determinada, madera... y un largo etcétera
son riquezas con las que puede contar un territorio y muchos otros no.
La sociedad que pasa a erigirse en dominadora de una zona agraciada con
tal riqueza, la explota e intercambia por otros materiales suntuarios
o no, o favores personales debidos por los receptores que no pueden compensar
a los poseedores de la riqueza natural. Caso conocido es el de los bonyoro
en África. Controlaban la sal, bien preciado para la ganadería,
la conservación de los alimentos y otras funciones menores, y en
torno a ella se desarrolló una organización estatal deudora
de tal control. Los mayas poseían en “su” selva tropical
una fauna apreciada en el altiplano mexicano por sus exóticas plumas
y pieles inexistentes allá. Este comercio consolidó una
elite de comerciantes, hijos de los propios nobles. Se sabe que el comercio
era un monopolio en manos de los dirigentes y que los plebeyos tenían
vetada cualquier actividad comercial. Esto da fe de la importancia enriquecedora
de esta actividad. Con ella se consiguen artículos suntuarios solo
destinados a los nobles y reyes que se distinguen del resto con ellos
y marcan esa línea infranqueable que recuerda quién es quién
en el mapa social. Lo que antes eran plumajes y joyas exóticas
y valiosas, son deportivos, yakusis y trajes de alto diseño en
la actualidad que siguen poniendo de relevancia esa diferenciación
social.
VI. LA PERPETUACIÓN
DE UN RÉGIMEN NUEVO.
Hasta ahora hemos ido viendo de
manera resumida y esquematizada al límite (de otra manera llevaría
escribir un libro sobre el tema) como una nueva forma de estructuración
social se izó de entre la maraña cultural de hace 4000 años.
El cambio climático obligó a adoptar nuevas formas de explotación
al medio que conllevaron un nuevo enfoque en la producción, la
tecnología, las relaciones sociales y la mentalidad. La reciprocidad
imperante en las bandas igualitarias va cediendo paso a una redistribución
igualitaria al principio y luego desigual en manos de un Gran Hombre que,
pese a trabajar al principio codo a codo con el resto, poco a poco y con
el paso del tiempo y generaciones (el cargo al principio hay que ganárselo,
luego pasará a ser hereditario) se aleja del esfuerzo físico
productor para dedicarse a organizar las, por otro lado, necesarias tareas.
Comenzará a guardar lo mejor para él, ya sea del comercio
como de la producción de la tierra, y a distribuir lo obtenido
desigualmente entre los pobladores. Premia a unos para ganarse su apoyo,
en especial a esa “clase” armada que le conviene tener de
su lado, a sus familiares y cercanos, así como a un grupo de antiguos
chamanes que se empiezan a constituir en una religión institucionalizada.
No producen y se encargan de mediar entre los humanos y los espíritus
y antepasados para que sean favorables al grupo. Estos especialistas sobrenaturales
en las tribus y bandas son a tiempo parcial, es decir, también
producen. Conforme la agricultura se va convirtiendo en nueva forma de
producción desplazando al resto de actividades, estos antiguos
chamanes a tiempo parcial van dejando de producir, especializándose
en su tarea principal y más requerida: la comunicación con
el mundo sobrenatural. Los antepasados, siempre venerados en todo tipo
de sociedad preindustrial, poco a poco sufren un proceso de divinización,
en especial los ancestros del líder. Se entronca así y poco
a poco, en un proceso paulatino, al jefe redistribuidor con las deidades
y el derecho divino le legitima como soberano. Su mandato es perpetuado
por una ideología extraterrena que se va forjando despacio y constituyendo
una mitología compleja y rica al servicio del poder. El animismo
“primitivo” es suplantado por una religión en toda
regla, con deidades que regulan todas las actividades del humano así
como su propia vida. Los chamanes pasan a ser sacerdotes que monopolizan
la sabiduría y los conocimientos que, transmitidos de generación
en generación, les aseguran un puesto clave en el organigrama social.
Escritura, astronomía, matemáticas, calendario... son disciplinas
que les mantienen en una posición estratégica y necesaria
para el funcionamiento de la economía. Las cosechas requieren una
precisa predicción del clima que solo y gracias a estos conocimientos
los sacerdotes pueden determinar. Los rituales, actividades religiosas
comunales y sacrificios dan al grupo un sentido de pertenencia a un todo,
una cohesión interna y una justificación de la desigualdad
imperante. El Gran Jefe lo es por derecho divino. Ningún mortal
temeroso de los dioses puede discutir sus privilegios.
De esta forma, el redistribuidor
que comenzó organizando las arduas tareas que la agricultura reclama
pasa a convertirse con el devenir del tiempo en un despótico mandatario,
a veces un dios viviente con derechos ilimitados. Se empieza a distinguir
del resto llevando adornos y ropajes vetados al común. Hace valer
su autoridad gracias a la coerción armada y la legitimación
ideológica. Sus hijos o elegidos heredan su cargo. Lo que antes
se donaba voluntariamente para ser redistribuido igualitariamente ahora
son impuestos obligatorios a depósitos estatales. Se reclaman trabajos
para obras públicas y al servicio del soberano. Un nuevo sistema
se perpetúa. El poder ha nacido.
VII. ¿PUNTO Y FINAL?
Desde ese momento, el nuevo sistema,
el Estado se inmortaliza en el tiempo. Pocas bandas pueden sobrevivir
a su expansión continua del nuevo organismo en busca de recursos
que satisfagan la demanda alimenticia de una población creciente
y un mayor contingente de mano de obra, guerreros... Lo que antes era
una amenaza, el aumento desmesurado demográfico que para una banda
supondría una catástrofe, ahora, para los Estados agrarios
y ganaderos supone una bendición. Cuanta más masa humana
bajo su control mayor poder podrá concentrar. Esta concepción
lleva al desarrollo sistemático y feroz de la guerra y explica
porqué una banda no hace prisioneros en sus contiendas y una cultura
en el nivel estatal conquista y somete. Carneiro definió como incostación
el proceso que sufren las culturas que no han querido alcanzar el estadio
estatal. Si tienen donde huir, así lo harán, refugiándose
de la expansión civilizadora de los Estados. Ocuparán tierras
no deseadas, insalubres o con condiciones muy duras. Los ¡kung san,
por ejemplo, se vieron forzados a desplazarse al Kalahari, o los pigmeos
a refugiarse en las entrañas de la selva ecuatorial africana, ambos
terrenos poco codiciados por sus condiciones adversas a la vida del ser
humano. Los uros tuvieron que llegar a vivir sobre las aguas del Titicaca
para no ser engullidos por el engranaje imperial inca. Sin embargo, no
todas las naciones pueden escapar a la agresión civilizadora. Hay
culturas sin posibilidad de huida por imposición geográfica
o por encontrarse entre dos culturas estatales. Es la incostación.
Finalmente se unirán voluntaria o forzosamente al Estado pretensor.
Así volvemos al principio de este ensayo. Los Estados engloban
naciones muy distintas desde su génesis. El reloj de la historia
pasa, pero el poder permanece ahí, petrificado en la estructura
social que se enquista en el tiempo. Hoy día siguen existiendo
los Estados como forma de organización social imperante. Pocas
tribus y bandas sobrevivieron al avance arrollador de estas culturas.
Las que permanecen vivas es, como ya he observado, en medios poco accesibles.
Sin embargo, nichos ambientales que pertenecen a alguien. Los ¡kung
mantienen a duras penas su forma de vida ancestral en el desierto del
Kalahari, pero están confinados bajo la supervisión y el
paternalismo del Estado sudafricano. La Amazonia, zona cultural rica en
naciones con culturas en el estadio de banda, se divide entre la avaricia
usurpadora de varios Estados (países) que las han absorbido y,
en gran parte, destruido aculturándolas.
Estas son las consecuencias del
avance de los países. Las múltiples naciones que han ido
incorporando a su organismo han despertado. Se desperezan y piden una
autonomía que, claro está, los Estados se niegan a conceder.
Son los nacionalismos que tanto censuran los bienpensantes. Han estado
demasiado tiempo cautivos bajo las estructuras opresivas de los países.
Y ahora que reclaman lo que hace mucho se les arrebató, quizá
sea tarde. Porque las semillas de la confusión sembradas por los
Estados han germinado y ya poca gente puede discernir un Estado de una
nación, un país de una cultura y el poder se ha petrificado
en la sociedad como única forma posible de regir el destino social.
Tergiversa las mentalidades para hacerse creer imprescindible y niega
cualquier forma organizativa que prescinda de él. Es su gran éxito.
Hacer creer que nada fuera de su tutela puede existir, crear una dependencia
fortísima hacia la forma de vida que ofrece. El 90% de la sociedad
considera atrasados e incivilizados a las naciones que aún hoy
viven como bandas y tribus. Ridiculizan sus creencias o les consideran
anécdotas vivientes en un mundo de superstición e inseguridad,
muriéndose de hambre o enfermedades en su lucha continua por conseguir
alimentos. Hoy día, la antropología ha desvelado que la
calidad de vida (midiendo calidad de vida en relación horas trabajadas)
es mayor en un grupo de estas características que en la sociedad
industrial occidental. Se ha destruido el mito del salvaje con taparrabos,
casi un animal sin razocinio, sustituyéndolo por un ser humano
perfectamente adaptado a un medio con una alta calidad de vida y una libertad
inimaginable para nosotros. Los estudios de Richard Lee entre los mal
llamados bosquimanos, por citar un ejemplo entre muchos, ilustran estas
argumentaciones. Sin embargo, la opinión mayoritaria no deja de
ser la anteriormente citada. Los más condescendientes hablan de
tolerancia (nunca respeto) hacia sus formas de vida. Víctimas del
turismo, son mercancías del sistema estatal. Puntos de referencia
para demostrar lo bien que vivimos y lo afortunados que somos. ¡Van
desnudos! ¡Y ni siquiera creen en Dios!
Hemos analizado cómo surgió
el poder, qué mecanismos y procesos le llevaron a desarrollar sus
omnipresentes tentáculos y las consecuencias que trajo consigo,
así como cuándo lo hizo y su perpetuación, todo ello
de forma resumida y esquemática. Solo espero que este breve ensayo
(llamarlo como queráis) sirva para algo y aclarar ciertas ideas
y, sobre todo, demostrar que sin poder se pudo y podría vivir.
Solo hay que desearlo.
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