|
EL DÍA
DEL JUICIO FINAL
Por Aristarco
el Bolchevique
El
concepto de fin del mundo anida en muchas religiones. En todos los casos,
sin excepción, se basa en la imaginación de mentes trastornadas
que, apoyadas en la ignorancia del pueblo, disfrutaron de audiencia y
llegaron a ser llamados profetas. Tales personajes se limitaron a argumentar
ideas producto de su imaginación y nunca apoyadas en la observación
objetiva del universo. Como siempre, a través del método
científico, podemos ignorar a embaucadores del pasado y hacernos
una idea muy aproximada de cómo será realmente el fin del
mundo, si entendemos como mundo el planeta en el que vivimos.
Nuestro Sol, como todas las estrellas,
tiene una vida limitada que viene marcada por la cantidad de combustible
con que cuenta y por la velocidad a la que lo consume. Dentro de aproximadamente
cinco mil millones de años sufrirá una serie de cambios
que harán imposible la vida en la Tierra tal y como la conocemos.
Para entonces no sabemos qué
habrá en nuestro planeta. Puede que nos hayamos autodestruido y
otras especies hayan tomado el relevo de la inteligencia. También
podría ocurrir que la evolución nunca vuelva a dar vida
inteligente o incluso que con tecnologías futuras y desconocidas
devastemos el planeta hasta hacerlo completamente inhabitable para todo
tipo de seres. Con un poco más de optimismo, podemos imaginar que
se impone la razón, cuidamos la Tierra y nuestra especie sobrevive.
En este último caso, dentro de cinco millones de milenios, el ser
humano se habrá convertido en algo imprevisible y se habrá
diversificado, ya sea mediante evolución natural o, más
probablemente, mediante ingeniería genética. Haya o no haya
alguien en la Tierra para observarlo el núcleo del Sol agotará
para entonces su contenido de hidrógeno.
El
combustible de la estrella es el hidrógeno. A causa de la presión
gravitatoria que se experimenta en el núcleo, los átomos
se fusionan de forma que cada cuatro de ellos se ensamblan creando otro
de helio y gran cantidad de energía. Cuando no quede nada que fusionar
en dicho núcleo, el proceso se trasladará a las capas exteriores,
las cuales se expandirán y al mismo tiempo se enfriarán
y adquirirán un tono rojizo.
Esta expansión del Sol comenzará
por alcanzar Mercurio, fundirlo y absorberlo. Algunos millones de años
después Venus correrá la misma suerte que el planeta más
interior de nuestro Sistema Solar. Llegados a este punto, desde la Tierra
se verá un Sol gigante rojo, que ocupará la mitad del cielo.
Lo cierto es que no habrá nadie vivo para verlo, al menos en directo,
porque las temperaturas serán tales que los océanos habrán
hervido y las montañas se habrán fundido. Es posible que
nuestros descendientes hayan emigrado dejando instrumentos de observación
para contemplar el lento pero implacable espectáculo.
Así
se mantendrá el Sol durante aproximadamente otros mil millones
de años, mientras en el núcleo se habrá estado fusionando
el helio para formar carbono. Cuando se agote todo este combustible, se
contraerá de manera que aumentará la presión y pasará
a fusionar elementos más pesados, la temperatura se elevará
una vez más y volverá a expandirse, reapareciendo así
el peligro para la integridad de nuestro planeta.
En una estrella más grande
todo esto habría sucedido mucho más rápido y de modo
más violento, explotando en forma de supernova, pero la agonía
de nuestro Sol se prolongará durante mucho tiempo. Los hipotéticos
instrumentos de observación instalados por alguien en la Tierra
percibirán sucesivas contracciones y expansiones, acompañadas
de detonaciones ensordecedoras. No está claro si en alguna fase
de crecimiento el Sol engullirá la Tierra, si es así, aquí
acabará la historia del planeta que nos vio nacer.
No obstante, este último proceso
será más rápido, y en algunos cientos de miles de
años el Sol habrá transformado tanta materia en energía
que su gravedad no será suficiente para presionar el núcleo
y continuar fusionando elementos, de forma que se irá apagando
poco a poco y para siempre. Esta menor gravedad tendrá una segunda
consecuencia inevitable: el campo gravitatorio que mantiene el Sistema
Solar orbitando alrededor del Sol no será suficiente para conservarlo
así.
Por tanto, si la Tierra no ha sido
absorbida, abandonará su trayectoria orbital, emprendiendo un viaje
impredecible a través del frío, la oscuridad y la soledad
del Cosmos, sobre el que sólo podemos especular. El espacio interestelar
está esencialmente vacío, y sería poco probable que
chocara con algo, pero se seguiría moviendo a causa del entramado
de fuerzas gravitatorias estelares que se dan en la galaxia. Tarde o temprano,
podría caer precipitada en un agujero negro, y un firme candidato
es el especialmente gigantesco que se encuentra en el centro de la Vía
Láctea.
Si su trayectoria la saca de la galaxia
podría mantenerse íntegra mucho tiempo, y al final compartir
el destino de todo el universo. Pero esa, será otra historia...
|