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Se suele decir que que es “mejor una paloma en mano a cientas volando”, y es un dicho muy común de la sociedad colombiana. No ha habido mejor forma de plasmar este dicho en la realidad que lo que ha hecho el Estado colombiano al proceso de Liberación de la Madre Tierra. El Estado ha cogido con su mano a unas cuantas palomas, unos cuantos seres vivos en libertad, que no solo se han quedado la libertad para ellos sino que saben que la libertad solo es libertad si se comparte con los demás.

Por eso mismo el Estado los ha alcanzado con esa mano, esa mano negra que puede hacer su trabajo sucio, y los ha estrujado hasta quitarles la vida. Además, en esta ocasión, viendo que por mucho que ha estrujado hasta la muerte a Lorenzo Largo, Belisario Camacho, Guillermo Pavi, Pedro Poscué, Javier Oteca y Daniel Bastos, también ha alcanzado a acallar una de las muchas expresiones de la voz de la Madre Tierra. Ha alcanzado a un comunicador, pero no cualquier comunicador sino uno que ha dejado la posibilidad de los lujos, del prestigio; por ser un canal, un medio por el cual la Madre Tierra comunica a sus hijos, su voluntad, que no es sino el ejercicio de desalambrarla de la maquinaria voraz de muerte que la tiene sometida a la explotación. Han atacado a alguien de Enraizando, uno de los tantos procesos dentro de ese hermoso abanico que se llama Liberación de la Madre Tierra, y que incluso hasta ingenuamente se cree re-sintiendo a la Madre Tierra, y que está pudiendo ayudar a regresar a su seno a quienes han sido sometidos por la racionalidad capitalista a la confusión, a quienes el capital los ha sesgado con su espectáculo de consumo. Ese herido que nos duele profundamente, es alguien que comprendiendo que la comunicación no es un ejercicio individual, sino colectivo, ha generado espacios de reflexión, de re-creación de los saberes ancestrales de tal forma que sea la misma comunidad la que comunique, siendo él solo un dinamizador más.

En el proceso de re-sentir la Madre Tierra, de querer liberarla, las comunidades liberadores se han tenido que ganar aún más el desprecio del capital, porque su postura ha cambiado de la mera resistencia a la predica capitalista, sino que ahora, no solo negándose a recibir esta predica, son capaces de replicar, de decir una forma, una visión del mundo, de la tierra, diferente, que no está sometida al capital, su visión pasa de la resistencia a la transformación, y es ahí cuando el Estado se preocupa.

Y es que los que pilotean la maquinaria del capital, se han dado cuenta que asesinar liberadores no sirve, porque nos duele, sí, nos duele mucho; pero como liberadores que son, regresan a su seno, para que estos sigan manifestándose alrededor de ella. Mejor dicho, los liberadores que mueren, no mueren en realidad, simplemente se transforman, se vuelven la memoria viva, en su espiralidad atraviesan la comunidad empujándola cada vez más a liberarla. Jamas se van, siempre está allí, y más porque la comunidad está constantemente recordándolos; porque lo comunican, porque no se les olvida; porque la lucha contra el poder es la lucha contra el olvido, y las comunidades indígenas saben muy bien de luchar contra el poder. Es así que el Estado ha cambiado de estrategia y esta vez, ha querido atacar la misma raíz del pensamiento nasa, los ha querido someter al olvido, ha querido quitarles una expresión de su voz, una de las muchas que tiene, una que les permite recordar, que les permite vivir de sus ancestros y para sus descendientes. El Estado ha mostrado su intención clara, la suya no es sino la de someter al olvido a las comunidades indígenas, para poder exterminarlas como siempre ha querido. Sea a través del sometimiento cultural, y convertirlos en los ‘ciudadanos’ o en la ‘sociedad civil’, o cuando estos no se dejan, por el medio físico, acallándolos, aislándolos y aplastándolos con todo su aparataje de violencia directa.

Pero hay algo en lo que se equivoca el Estado al creer que estrujando unas cuántas personas, incluso comunicadoras, podrán acabar el proceso de Liberación de la Madre Tierra, y es que el Estado cree que todos son de su condición, pero las comunidades liberadores, ahora caminando a la autogestión y a la autonomía, se nutren de todos los aportes que puedan hacer quienes re-sientan la Madre Tierra, y se lancen a desalambrarla, pero aquí las comunidades precisamente en su ejercicio de autonomía, han podido darse cuenta que ellas mismas pueden producir y además, re-crear los medios de comunicación, economía, cultura y de su propia sociedad. La comunicación se re-crea con los mayores, con la tulpa, con el fogón en la cocina, y en todo espacio de la vida. No van a poder acallarnos a todos, porque es que somos más que el Estado, que es una cosa chiquítica, que se supone según dicen grandes intelectuales debería estar al servicio de nosotros, pero que ha sido tomado o siempre estuvo tomado por una minoría, una mafia al servicio de la economía de los pocos. Ante este desafío, las comunidades han decidido construirse como gobierno propio, como autonomía, y es así como pudiendo re-crearse como sociedad libre, el estado jamas podrá descabezarla, porque esta no tiene líderes.

“Grano que en diversas formas produce las plantas y que al caer o ser sembrado produce nuevas plantas de la misma especie”. De este modo, el diccionario define la palabra “semilla”. Pero, en realidad, una “semilla” es mucho más. La semilla es el primer paso a la vida, al fruto, al alimento. Aunque, a pesar del papel central que juegan en la agricultura, hoy muchas semillas se encuentran en peligro de extinción.

 Si a lo largo de 12.000 años de agricultura, se manejaron unas 7.000 especies de plantas y miles de razas de animales para la alimentación; en la actualidad, según datos del Convenio sobre Diversidad Biológica, sólo quince variedades de cultivos y ocho de animales representan el 90% de nuestra comida. Esta pérdida de agrodiversidad no sólo tiene negativas consecuencias ecológicas sino que implica la desaparición de saberes, principios nutritivos y conocimientos gastronómicos y amenaza nuestra seguridad alimentaria al depender de unos pocos cultivos.

 La globalización alimentaria, en su camino por mercantilizar y hacer negocio con los alimentos, ha contribuido, en muy pocos años, a la desaparición de cientos de variedades agrícolas y ganaderas. Y ha primado aquellas que mejor se adaptaban a las necesidades del mercado: ser trasladadas largas distancias, que requerían de menos cuidados, buena apariencia, más productivas, etc.

 La agricultura industrial e intensiva, a partir de la Revolución Verde, en los años 60/70, con el teórico fin de mejorar y modernizar la producción agrícola y alimentaria, acabó imponiendo semillas industriales, desacreditando las semillas campesinas y privatizando su uso. Mediante la firma de contratos, el campesinado pasó a depender de la compra anual de semillas, sin posibilidad de poder guardarlas después de la cosecha y plantarlas la siguiente temporada.

 Las semillas, que representaban un bien común, fueron privatizadas, patentadas y, en definitiva, “secuestradas”. Y actualmente el mercado mundial de semillas está extremadamente monopolizado: diez empresas controlan el 70% del mismo.

“Somos víctimas de una guerra por el control de las semillas. Y el resultado de esta guerra será determinante para el futuro de la humanidad, porque de las semillas dependemos todos y todas para nuestra alimentación cotidiana” afirmaba el movimiento internacional de La Vía Campesina.
Tomemos nota. (Esther Vivas, Periodista y socióloga)

http://www.nodo50.org/ciencia_popular/

Pronunciamiento desde el Portal Libertario OACA

Al hablar de la violencia en Latinoamérica y en otras partes del mundo, se piensa que esta sólo implica las problemáticas de una sociedad inestable que se conflictúa y golpea a sí misma, de un sinfín de patrones que condenan a nuestros barrios, pueblos y comunidades, reproducida en las calles, en las relaciones sociales y dentro de uno mismo. Hay más elementos al interior de este esquema, existe una violencia otra en los medios de comunicación, desinformando lo que acontece diariamente; después, nos encontramos con una violencia selectiva que se respalda en la criminalización por instituciones y los malos gobiernos, condenando a través de sus leyes a personas inocentes, imputándoles delitos fabricados e inculpándolos como personas violentas, precisamente, porque esos malos gobiernos –en su mito propio- se anteponen como los únicos guardianes del orden y la vida.

¿Qué pasa entonces con quienes se dan cuenta de que no es así?

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