El llamado de la tierra

Eduardo Rosenzvaig

El ingenio San Martín de Tabacal anualmente enviaba emisarios al monte del Este de Tartagal, donde vivíamos, a contactar aborígenes para traerlos a la zafra azucarera. Un día determinado, el ingenio ponía frente a nuestra casa, en las vías, coches de transporte de personas o sea coche de pasajeros, una enorme cantidad y varias locomotoras. La calle... cómo puedo decir.. o sea desde el monte venía una calle que cruzaba hasta la estación, y desde esa calle llegaban corriendo por cuadras y cuadras con sus vestimentas, sus hijos, sus perros, sus animales... Eran los aborígenes saliendo del monte para ir al ingenio.

Se quedaban todo el día ubicados en los trenes y partían al día siguiente. Esa noche, mientras esperaban, se reunían en una pequeña canchita de fútbol que teníamos al lado de la estación, hacían una fogata en el centro y los varones aborígenes formaban un enorme círculo que se movía lentamente alrededor del fuego, mientras conversaban entre ellos cada uno con su china a la par.

En determinado momento alguien, posiblemente un cacique, daba una orden, suponemos que daba la orden porque todos al unísono comenzaban a agilizar el paso, golpeando el suelo con sus pies desnudos, al unísono, mientras a voz en cuello les salía como un grito, era un canto natural un ¡oh oh oh! ¡fortísimo! Todos los vecinos se reunían para ver y escucharlos; las chinas también hacían oír su voz, chillona, junto a la de su varón. En la noche, ese coro inmenso era impresionante porque se lo oía desde cuadras y cuadras de distancia. Mi madre solía contar que en el monte, donde tenían sus viviendas, ellos se colocaban cuentas de huesos en los tobillos y en los puños y ese ruido de los huesos se escuchaba por kilómetros y kilómetros en la noche del monte gigantesco. Era más impresionante todavía cada año. Todos íbamos a ver y se sentían los pies descalzos en la tierra y los ¡ohohoh! ¡ohohoh! ¡ohohoh! ¡ohohohoh! ¡ohohoh! hasta el amanecer. Hasta que el sol era sol. Hasta que seguramente veían la vida entrar desde el horizonte sin pedir permiso. ¡Ohohoh! durante noches enteras después que se iban yo, que era chico, oía el ¡ohohoh!, me despertaba oyéndolo. Era algún mensaje. Trataba de descubrir qué querían decir. Algo querían anticipar. Quizás ese algo no lo entendieran o no lo entendiéramos nosotros. Los pies desnudos al golpear en masa, tocando con ese sonido profundo, amarillo, las napas de agua. Después viajaba el sonido con las aguas subterráneas. Se podían sentir lejos las vibraciones. Digamos, era como si la tierra hablara con el estómago y esos aborígenes fueran nada más el ventrílocuo. Abrían la boca, golpeaban los pies, pero la Tierra era que decía algo que nunca supe qué. Yo era chico, iba a un colegio Salesiano, usaba zapatillas, aprendía las canciones de la bella Italia de los curitas italianos, pero esa noche resultaba inexplicable. Pasaba una catástrofe, una maravilla, un nacimiento en alguna parte del mundo. Algo muy terrible o hermoso.

Cuando terminaba la zafra, como el ingenio les vendía las provisiones diarias, les descontaba a cada uno sus gastos y entregaba el dinero que habían ganado. Nunca supe cuánto ganaban ellos, los aborígenes, pero cada uno venía con su buen paquete de dinero

Al salir del ingenio mismo los esperaba una nube de comerciantes que les vendía las cosas más inverosímiles, porque sabían que traían el dinero. Les vendían de todo, ¡hasta zapatos taco alto! Cuando subían al tren ya habían dejado parte de lo ganado en esos seis meses de trabajo animal. Pero en cada parada, los comerciantes le pagaban al jefe de estación para que demorase al tren. Los comerciantes del lugar hacían su agosto. Así en cada una de las estaciones hasta llegar a Tartagal. Aquí ya se sabía que venía el tren, pero no se sabía a qué hora llegaba. Generalmente estaba arribando a las cuatro o cinco de la mañana, por eso todo el comercio de Tartagal estaba esa noche con las luces encendidas, esperando la llegada del tren para, a esa hora, venderles todo lo que les podían vender y también para comprarle todo lo que ellos ya no querían llevar al monte. Venían alegres y trágicos los aborígenes. El dinero no tenía sentido en las manos de ellos o en las manos de ellos tenía todo el sentido de la fiesta y de la tragedia reunidos. Lloraban y gastaban. Era el fondo de la tierra que les decía ¿para qué van a llevar esos papeles al monte? ¿qué van a ser esos papeles en el centro de la tierra? Estaban confundidos. Los comerciantes gritaban, casi en ataque de histeria los rodeaban porque sabían que en unos minutos se hacían del trabajo de otros, durante meses como animales. Yo era chico y me imaginé lo que debió ser para Colón.

Frente a nuestra casa, sobre la avenida, esperaban flotas de camiones, camiones abiertos, con baranda, pero decenas de camiones alineados a los que trepaban los aborígenes para volver a sus casas en el monte.

Entonces es cuando ellos mismos trataban de vender lo que les habían enchufado, desde bicicletas, carritos, juguetes, zapatos hasta que se iba el último camión. Ya eran las diez de la mañana, se hacía fácil el medio día. Partían con sus chiretes. Las guaguas, sus hijos... En el nuevo cambio, en la reventa de lo que compraran, se quedaban con uno o dos billetes, tal vez como recuerdo de la vida en la civilización. O con nada. Al final algunos regalaban lo que habían comprado para proteger a sus chiretes. Los acariciaban como protegiéndolos de algo. Los abrazaban y se iban en los camiones como ganado llevado al matadero. Por eso seguramente abrazaban tanto a los chiretes. Ya no les interesaba nada de esos artículos, los dejaban tirados para proteger de algo a sus criaturas.

Al Norte de Tartagal, en Campo Durán, esa vez estaban perforando y de repente tocaron la napa. YPF estaba perforando, y de golpe tocaron la napa a 4.100 metros de profundidad, fue el primer pozo. Todo Tartagal fue a ver, una cosa tan maravillosa cómo el petróleo salía incontenible; no lo habían podido dominar. Era un enorme chorro que se deslizaba por las cañadas porque el pozo estaba en el medio del monte, había que caminar para llegar hasta ahí. A tanta profundidad estaba, que se había destilado por la presión; tenía un color verde azulado claro, muy claro. Todo el mundo levantaba muestras y se las llevaba a sus casas. El petróleo brotaba con tanta infinita fuerza, como aguantando, como esperando millones de años para hablar. Por eso tan claro, surgía semidestilado. En el fondo de la tierra se había destilado. Vaya a saber cuántos millones de millones de toneladas de helechos hicieron falta, antes que existieran los árboles y las flores, cuando se estuvo formando.

Al ver ese petróleo supe, era un chico yo, pero lo supe, que venía de ese color verde azulado claro –no negro- buscando el golpe de los pies de los aborígenes. Venía a buscarlos a ellos. No sé a decirles qué cosa, pero sí a hablar con ellos. Como si el líquido los hubiese escuchado durante todo ese tiempo. Pero ellos ya no estaban. Habían sido llevados por los camiones.

El petróleo terminó en manos de Repsol, para que cada europeo tenga su automóvil individual y conozca el mundo. Ahora que soy viejo pienso que ese chorro verde azulado claro era un chorro de semen que la Tierra lanzaba en el lugar donde nacieron estos aborígenes y donde desaparecerán o ya desaparecieron quizás. ¡Ah sí! Fue un chorro grandioso de semen en el aire. No tuve dudas que la tierra quería fecundar al ¡ohohoh! ¡ohohoh! ¡ohohoh!, que sabiendo de qué cosa trataba el canto, se vino a buscarlo. Por eso dos noches después de concluido todavía no me dejaba dormir.

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