Vamos y vamos y vamos

Eduardo Rosenzvaig


¿Cuál fue el papel de los millares de periódicos, diarios, hojas, revistas de anarquistas/socialistas/comunistas aparecidos entre 1900 y 1945? Todos desaparecieron. De ellos no quedan incluso registros o muy pocos. No queda nada. La pregunta es: Si Perón se quedó con el movimiento obrero, entonces ¿de qué sirvió todo ese gigantesco esfuerzo de obreros e intelectuales en medios de comunicación? Si los obreros pasaron a Perón, que no era ni anarquista ni socialista ni comunista y cuyo ideario, es sabido, se nutrió del fascismo italiano en su juventud y madurez, entonces, ¿qué produjo tanto esfuerzo intelectual y organizador? Hablamos de tipógrafos, y talleristas que aportaban dinero para poner en marcha las empresas editoriales, cárceles, tesón de distribuidores voluntarios, redactores, directores con sus vidas dedicadas a esas hojitas. ¿Cuál fue su eficacia?


La tesis que voy a presentar es la siguiente: La calidad y cantidad de leyes obreras que concedió Perón –sin precedentes en América Latina- ocurrieron por el extraordinario nivel de exigencia y conciencia desarrollados por esa prensa de combate de las izquierdas. Para ganar al movimiento obrero –y ésta fue su genialidad y audacia- Perón se puso por encima de las izquierdas, desde la Secretaría de Trabajo. Por encima del programa mínimo defendido por los propagandistas de las izquierdas. Dicho de otra forma, la burguesía no hubiera concedido tantas leyes si el umbral reivindicativo y de conciencia habría sido más bajo.

Por lo demás, podían sacarse recursos de un Estado económicamente excitado por la bonanza de la destrucción bélica en Europa. No hacía falta quitar nada a la oligarquía. Para hacer una revolución sin revolución, coincidían extraordinarios los tres elementos: conciencia obrera bullente, Estado panzón y Perón. Mussolini hubiera envidiado las coincidencias.


El golpe de Estado militar de 1930 demostraba que aún llenando las cárceles no se podía silenciar la prensa de las izquierdas y su capacidad de convocatoria. Al golpe de 1943 le ocurría otro tanto. Lo asombroso de Perón es, en todo caso, que tuvo la audacia –mediante el aparato del Estado creado por el propio golpe- de ponerse por encima del programa mínimo de las izquierdas contra el capitalismo. Concretarlo, asumir la dirección de las bases obreras con menos historia y organización, ir más allá y quedarse con casi todo el movimiento.

La altura de las leyes sociales que conservó y desarrolló la Argentina en las tres décadas entre 1944 y 1976, fueron la proyección de aquel medio siglo de colosal obra intelectual, práctica, propagandística y organizativa de los medios de comunicación y formación desarrollados por las izquierdas. Desde el volante al libro.

En el tiempo largo, el impulso llega hasta el Cordobazo y el perfil de Tosco. O mezclado de una manera iconoclasta, confusa, irreverente, por momentos incoherente, con los jóvenes peronistas de Ezeiza, y Perón echándolos por imberbes de la Plaza. Luego el genocidio anticipado con las “3 A” y el Operativo Independencia. En la idea represiva, en su núcleo, estaba acabar con la memoria de aquellos cincuenta años de las izquierdas.

Voy a tomar un pequeño período a manera de ejemplo. La Semana Trágica de enero de 1919 y los medios de comunicación anarquistas.

Desde diciembre de 1918 se mantenía una huelga por mejoras en las condiciones obreras en los Talleres metalúrgicos Vasena de Buenos Aires. La empresa contrata rompehuelgas. Destacamentos policiales se ponen a las órdenes de la fábrica. En un enfrentamiento entre huelguistas y crumiros, la policía mata a cinco obreros. Masas de trabajadores llevan los cadáveres al hombro hasta el cementerio de la Chacarita. En el trayecto, hay choques con la policía y centenares de muertos. La FORA del quinto Congreso declara la huelga general. La ciudad queda en manos de los huelguistas. Las armerías son asaltadas. Se supone que el Departamento Central de Policía no será defendido si hay un ataque del pueblo; que los policías huirán antes de morir. Las tropas del ejército toman entonces las calles, pero hay soldados que desobedecen a los mandos. El general Dellepiane se hace cargo del departamento de Policía para imponer disciplina a los desmoralizados gendarmes. Después de una semana de huelga general, comienza el cansancio. No hay un plan claro de cómo salir de la huelga. En esa semana hubo mil asesinados en las represiones y los detenidos políticos llegaron a cincuenta y cinco mil en todo el país.

La Protesta, el diario anarquista que salía a la calle en las jornadas trágicas, con boletines informativos y de estímulo a la lucha, es clausurado. Algunos de sus redactores, como Diego Abad de Santillán, se trasladan a Santa Fe para editar la revista La Campana. En Rosario, Enrique Nido y José Torralvo –activo militante campesino andaluz- editan la revista Estudios. En Buenos Aires también es clausurado el diario Bandera Roja, animado por anarquistas orientados al bolcheviquismo, entre ellos Julio Barcos. Un grupo libertario que disiente con La Protesta, está formado por Rodolfo González Pacheco, Teodoro Antilli y Carlos S. Bianchi. Hay un semanario en Buenos Aires, de tono anticlerical y excelentes ilustraciones, impreso en los talleres de un diario italiano, que está dirigido por Oreste Ritori, de lucha revolucionaria en Brasil, deportado de la Argentina con la Ley de Residencia, y arrojado al agua en Montevideo, logrando fugarse a nado. Tira 50.000 ejemplares.

Tribuna Obrera aparece en 1920, diario de los anarcosindicalistas. En cada pequeña ciudad o pueblo del país una revista o periódico anarquista encabezando reivindicaciones sociales o morales. Una caja de Minerva de pedal y unas cuantas cajas de tipos son suficientes. La Protesta, que vuelve a salir, no publica avisos comerciales; se mantiene con la ayuda de los suscriptores, el trabajo de los paqueteros y colaboración de los sindicatos de imprenta. Los diarios de las izquierdas tienen algo de sagrado. Cuando no hay para pagar a redactores y administración, se hace una olla colectiva. Se reciben prendas de vestir de los contribuyentes o zapatos usados. De una agencia norteamericana se filtra un análisis sobre el crédito comercial que podía darse a los diarios de Buenos Aires. Aparecen todos con un máximo de crédito, salvo dos con la calificación de “crédito ilimitado”. Son el Goliat de La Prensa con su edificio-monumento en Avenida de Mayo, y La Protesta, un David. Al volver éste a aparecer, su administrador, Apolinario Barrera, está preso en la cárcel de Río Gallegos. Los administradores trabajan sin descanso, noche y día, y por lo común mueren jóvenes. Muchos de ellos gallegos. Es ordinario que, alguna noche, la policía allane las redacciones y se lleve todo el diario a la cárcel.

Los redactores viven lejos, en barrios a los que llegan en tranvía o tren, pero donde hay casas, porque estando en relación con otros camaradas, hay siempre un terrenito para cultivar y sostener una olla. Es muy importante esta tradición campesina. Entre los intelectuales, la pérdida de la cultura rural se produce después del peronismo. Tener una planta de tomates puede revistar tanta importancia –en cuestiones de independencia económica e ideológica por tanto- como leer un libro. Mientras el diario está clausurado y el personal en prisión, los que quedaron libres por casualidad buscan trabajo, por lo común manual. Intelectuales que están sumergiéndose continuamente en la realidad. La realidad es múltiple y ellos son múltiples.

Rodolfo González Pacheco es un famoso autor teatral anarquista, en esos tiempos donde el teatro representaba lo que hoy el video, para decir cosas con belleza, o decir belleza a través de las cosas. A sus obras acuden miles de espectadores buscando la pasión de la revolución. Pero se encuentran sólo con la pasión, la revolución él se las deja a ellos. Para otro gran escenario. El lanza con Antilli –que estuvo tres años en la prisión de Ushuaia por escribir un artículo defendiendo a Radowistsky, el vindicador del coronel Falcón –digo estuvieron lanzando periódicos y diarios como Germinal, La Mentira (órgano de la patria, la religión y el Estado), Campana Nueva, La Batalla (un vespertino mientras La Protesta sale de mañana). La Batalla se da la misión de acabar con la Ley de Residencia, congregando obreros y organizando mitines contra las torturas y deportaciones en masa. Vuelto González Pacheco de la prisión de Ushuaia, edita el periódico Libre Palabra, después El Manifiesto, más tarde La Obra, quincenal, clausurado en la Semana Trágica de 1919. Publican Tribuna Proletaria, diario de la mañana, cuya misión es la de luchar contra la guerra y las desviaciones de la llamada dictadura proletaria. Y en esto una posición de principios: A la libertad y la justicia se llega sólo con justicia y libertad.


González Pacheco viaja como propagandista anarquista a Uruguay, Chile, Paraguay y Cuba. Participa en otras publicaciones como La Antorcha y El Libertario. Va a prisión en 1920 por defender a Wilkens en un artículo.


“Yo soy autor teatral –escribe- como pudiera ser autor de un homicidio: por corazonadas o circunstancias de la vida. Paso por eso como el que, en su camino, pasa aquí un charco y allá una cumbre. Pero lo que yo amo está más adelante, más adelante...”


Para él lo entrañable tiene que ser comprendido por las entrañas. Sus artículos breves van a ello, pero no son sencillos; hay metáforas y giros estéticos vanguardistas. Los obreros deben sentirlos. Nada más. Sentirlos y recrearlos. Nada está dicho como final, todo está adelante. En 1920 habla de su repugnancia a todo posibilismo. Es el primero en hablar de lo que nos cansamos de ver en estos años. Pero su obra se centra en reencarnar en el hombre la confianza en el sí propio. Serenarle. Barrerle en el alma no sólo la loca esperanza de una fuerza suprema, sino igualmente la desesperación por su debilidad. Es pues, su misión, empujar al hombre por el estrecho sendero de la autoestima, con un precipicio a cada lado. En uno la ciega esperanza en Dios o en la Historia; en el otro la angustia por su debilidad moral.
Va a luchar a la guerra civil española y regresa para seguir luchando.


Perón, para ganar a los lectores de González Pacheco, debe lanzar toda la batería de leyes cuya realidad ya figuraba en las cabezas de ellos.
Hay algo interesante en estos hombres. Cualquier lugar es su lugar. Cualquier lugar no lo es. Ni siquiera depende de cómo se recibe su prédica de justicia. No se apegan a las cosas ni a los lugares, sino a los hombres. Los caminos son ideas de libertad sobre la tierra. Pacheco sostiene que los caminos reales son versos rebeldes tallados a talonazos. Los caminos se parecen a pensamientos fuertes y universales. Entre la masa de tierra que el burgués se apropia y encarcela, los caminos caminan. Saltan los alambres, marchan de a pie. En un viaje largo, es raro que estos fundadores de ideas compren un boleto. Por lo general polizones, o viajando presos, o caminando, o encima de los trenes o en los vagones de carga. Los caminos como ideas esculpidas en el mundo. En los caminos están –dice Pacheco- los talones de Espartaco.


“No es un camino de triunfo el nuestro. No siendo próceres, ni notables, ni héroes en ninguna de las formas que a estos les premian las multitudes de tontos, no es una marcha triunfal que hacemos. Como llegamos, partimos: sencillamente. No venimos a llevar, sino a traer”.

Hay algo de la conducta peregrina de Cristo, Gandhi o el Che, en este andar que es una prédica, como el hermano andariego, el que una mañana cualquiera se aparece en nuestra casa, para besarnos los hijos, contarnos una anécdota, ayudarnos a tapar la gotera del techo. Y su presencia es un regalo que paladean los chicos, las mujeres y nosotros. Para él tendemos la mejor cama. Le deseamos el más blando de los sueños esa noche. A la mañana seguirá su camino. ¡Vamos, vamos y vamos!


Desde el vehículo disfrutamos –verbo que viene de la fruta- la boca amarga del Atlántico, las siluetas húmedas del aire, o una alfombra colgada abajo del balcón de los Andes. Vamos. Pero entre nosotros y ese desparramo de belleza, está aquello salido del suelo, en pilas sucias y hediondas, oscureciendo vidrios, batidos como resacas: nuestros hermanos desocupados, escribe el autor teatral. Bordeamos precipicios de miseria, cruzando baches de desgracia y entramos en las estaciones lo mismo que a campamentos de pordioseros. Manos pedigüeñas, cuerpos doblados, rostros que parecen trapos de piso, este es el paisaje argentino, su obra burguesa.

Hay cosas que no nos damos cuenta y de la que estos agitadores se dan cuenta. Algo hacen las ideas. Los hombres de estos medios van a un rancho campesino o a la estiba del puerto, y allí otros seres paran su faena, dando la mano al recién llegado, brillando en el fondo las pupilas con preguntas: ¿qué pasa en los remotos pueblos?, ¿qué pasa en los remotos tiempos? El recién llegado habla de luchas y entonces el oyente recuerda algún periódico. En ese momento, viene la pregunta clave del oyente: ¿Para cuándo?

La misma pregunta que nos hacemos hoy con la voz oscura, firme, maciza. El practicante de los medios contesta al oyente que no hay que creer en el mundo nuevo como los habitantes de Judea esperaban desde hacía mil años al Mesías. ¿Cómo para cuándo?, insiste González Pacheco. Para hoy. El mundo nuevo son las nuevas ideas. Ya están aquí, están dentro de nosotros, son. No podemos ser tan ciegos de no ver que si están las ideas, el cambio de la realidad es cuestión de tiempo humano. No tiempo universal ni divino ni mecánico. Ya está. Ha llegado el tiempo si está adentro nuestro.

Para bloquear esta prédica y llevarse la atmósfera con la red, la genialidad de Perón fue ponerse por encima de esta agitación en las conciencias. Después, el verticalismo, disciplinamiento al líder, formas de pulverización de la democracia gremial, todo en la lógica de la burguesía. Como también en esa lógica clasista estuvo, que después de barrer con cárceles y genocidio a una generación, Menem llegó a suprimir todas y cada una de las leyes sociales desde el propio peronismo, a su nombre y con la sindicalización vertical votando las desapariciones jurídicas. Cumplida la desviación oportuna del Estado asistencial, la burguesía retornaba a la lógica original. Quedarse con todo. Sino estaríamos hablando de otra clase.


Vamos.

En marcha. No hay caminos ni guías ni mapas en este viaje del hombre, alerta González Pacheco. Al país al que vamos no hay otra cosa que la marcha. La tierra prometida no está fuera de nosotros, sino adentro. Las islas surgen del agua que no está. Las ideas florecen del aire que respiramos.

En la guerra civil española, Pacheco asiste a este acto. Una miliciana cae con el arma, ametrallada por los fascistas, entre una pila de muertos mal armados. Alguien intenta levantarla y huir con ella a la rastra. Ella abre los ojos. No está muerta y reconoce al compañero con una sonrisa.

–¿Hemos ganado? -pregunta.

–No, perdimos. Ven.

Entonces ella se desase de los brazos que tratan de arrastrarla, y se deja caer sobre los muertos. “¡Déjame aquí!”, dice.
El autor lo cuenta en uno de sus carteles, pequeños retratos de la época y la conciencia, en cinco líneas. Cinco líneas son suficientes cuando vuelve la pregunta: ¿Para cuándo?

Fue un período extraordinario en la producción comunicativa. Las ideas quedaron en el hueso y en el tuétano del hueso. ¿Para cuándo? Hoy. Aún así, las ideas siempre tenían un límite. La revolución no. Las revoluciones son la genialidad de las ideas.

Pero la revolución halla a su paso un tipo de hombre que la frena, la desvía o, cuando no puede más, la mediatiza. No es un enemigo –escribe Pacheco-, el enemigo espera lejos, oculto, para matarla. El hombre del que habla no es un canalla descreído ni un adversario de la revolución, sino el amigo a medias. No la combate en sus posibilidades para mañana. La discute hoy, negándonos la capacidad. Es una sabia trampa. El no es de izquierda ni de derechas, es arribista. En ambos lados tiene intereses, simpatías y raíces. La Historia es suya, así que el resto se queda sin Historia. ¿Hablaba en 1933 Pacheco de un líder que iba precisamente a nacer?


En todo caso, puede decirse que Perón copió a esa pléyade de productores de medios de comunicación del combate social, el concepto de la identidad, del valor de lo particular, de la importancia del uno, de las masas compuestas por individualidades infinitamente distintas, y expresados en la multiplicidad de publicaciones tan diversas y únicas. Ninguna época de los medios tan distante a ésta que vivimos uniformada, aplastada por la línea general, el paquete de intereses corporativos, la monotonía del pensamiento único y la brutalidad única del capital.

Tan ciertamente libres en hablar a oídos distintos, que podían hacer la pregunta que a Rafael Barrett, el talentoso, le hizo su hijito:

“Papá ¿quién es esa vaca?”.

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