Chicho – Chile – Lucha

Claudia Korol

En el documental “Uso mis manos, uso mis ideas”, realizado por el grupo de cine Mascaró, se registra magníficamente la experiencia de alfabetización realizada en 1973 en Centenario, Neuquen, más precisamente en Villa Obrera. Allí Elsa, quien en aquel entonces era alfabetizadora, cuenta cómo -alterando la lógica previsible del orden en que se debían desarrollar las clases-, tuvieron que pasar rápidamente en aquel septiembre a conocer las dificultades de la letra “CH”. Pedagogía liberadora, pedagogía del oprimido, la alfabetización debía partir de las necesidades de sus protagonistas. La lectura del mundo no podía obviar aquella conmoción que los sacudía. La escritura de la historia tuvo que comenzar por las letras más complejas. Elsa no dudó al modificar los planes, incorporando como “palabras generadoras”: Chicho – Chile – Lucha.

Chicho. El nombre con que se conocía al Compañero Presidente, que acababa de inmolarse en La Moneda. Salvador Allende. Sus últimas imágenes lo retrataban portando el arma que le regalara en su visita realizada en noviembre de 1971 Fidel Castro, simbolizando así, tanto como La Moneda en llamas, los límites que había encontrado la experiencia original desarrollada por la izquierda chilena: el intento de construir una nueva sociedad, hombres y mujeres nuevos, nuevas relaciones, partiendo de las propias instituciones del capitalismo, basándose en la creación de una mayoría popular política que garantizara esas transformaciones. La “vía chilena al socialismo” era la apuesta a una revolución “pacífica”, a evitar el derramamiento de sangre, a conquistar el poder popular forzando los límites de la democracia representativa.

Chile. El nombre que representó una esperanza para toda América Latina y que empezó a ser una herida y una advertencia. El golpe de Estado, la feroz dictadura, anunciaban la decisión del gobierno de EE.UU. de hacer de la Doctrina de Seguridad Nacional el dogma para el apoyo a los regímenes despiadados que promovieron en todo el continente, en los que utilizaron estratégicamente el terror para instalar el modelo neoliberal del capitalismo. El último mensaje de Allende denunciaba a los responsables del agotamiento de ese proyecto: “el capital foráneo, el imperialismo, unidos a la reacción”. Anunciaba también un tiempo futuro en el que “se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor.”

Lucha. La palabra que designaba la única actitud vital que permitiría seguir soñando los sueños de quienes fueron devorados por la monstruosidad pinochetista.

Chicho – Chile –Lucha. Así escribieron en sus cuadernos, en esos negros días de septiembre, los obreros y obreras de Villa Obrera. Así aprendían también su propia historia y aprehendían la manera de registrar sus esperanzas y comunicar sus propuestas.

La experiencia de alfabetización fue interrumpida. Primero la derecha peronista desplazó a los sectores combativos que participaban del gobierno provincial que -al igual que en el país- comenzaron a ser perseguidos. Tiempo después en Argentina se establecía una dictadura feroz. El Plan Cóndor fue el nombre de la estrategia contrainsurgente desarrollada por el imperialismo y por las burguesías locales en ambos países.

La dictadura fue la respuesta a la búsqueda de cambios que recorría al continente. El Chile de Chicho no sólo anunció grandes transformaciones. También las produjo. En el discurso de despedida a Fidel, realizado en noviembre de 1971, Allende subrayaba: “recuperamos nuestras riquezas básicas de manos del capital foráneo, y por eso, dentro de los cauces legales y de la propia Constitución, pode­mos decir al mundo, con orgullo de chilenos: el carbón es nuestro, el salitre es nuestro, el hierro es nuestro, el acero es nuestro, el cobre es nuestro. Hemos intensificado la reforma agraria y herido profundamente al latifundio, hemos estatizado la banca y hemos estatizado también diversos monopolios para fortalecer el área de la econo­mía social”.

En ese mismo tiempo quedó registrada con claridad la advertencia que hiciera Fidel a Allende en el encuentro recordado como “El diálogo de América” “yo tengo una impresión: que esa resistencia acude a los procedimientos clásicos, además más desarrollados. Es un procedimiento que nosotros calificamos de fascista y que trata por tanto de ganar masa. Masa, con la demagogia si es posible de los sectores más atrasados de las capas humildes, y ganar masa en las capas medias. Y entonces hará falta una cuestión por demostrar: si esos intereses se resignarán pasivamente a los cambios de estructura que la Unidad Popular y el pueblo chileno han querido llevar adelante. Y es de esperar, si nosotros vamos a analizar teóricamente esta cuestión, que hagan resistencia, hagan resistencia fuerte e incluso hagan resistencia violenta.”

La reacción no se resignó a perder sus privilegios, y conspiró con el gobierno norteamericano para producir el golpe. Frente a la ofensiva fascista, no existió una estrategia clara de la izquierda chilena tendiente a defender las conquistas de la Unidad Popular, consolidando el bloque de fuerzas que dio posibilidad a esta experiencia, evitando el enfrentamiento sectario entre los partidos que integraban la coalición, reforzando el proyecto histórico socialista desde las bases de un poder popular, con capacidad y decisión para sostener la estrategia socialista, en las distintas condiciones que exigiera la lucha de clases. La “vía chilena al socialismo” era una oportunidad histórica, que merecía ser defendida, apelando a la organización popular de base, desconfiando sistemáticamente de la institucionalidad que conspiraba contra el gobierno socialista, y mucho más aún, de las FF. AA. cuyo rol histórico ha sido el de sostén del sistema capitalista. El socialismo, no podía ser alcanzado por una sola vía. La combinación de las formas de lucha, la capacidad de poner freno a la violencia contrarrevolucionaria, la creatividad en la creación de un bloque histórico transformado en sujeto de la construcción socialista, eran requerimientos para llevar adelante ese desafío.

La dictadura no sólo concretó un genocidio físico. Realizó también un genocidio cultural. Vació las palabras de contenido, las sepultó en fosas comunes. Desapareció los valores fundantes de lo popular. Exilió la memoria. Un presidente que se llama socialista, ha firmado en Chile el ingreso al TLC (Tratado de Libre Comercio).

Sin embargo, como revancha de la historia, cuando se cumplen 30 años del golpe de Estado, el primer Paro Nacional conmovió al país con el ¡ya basta! de miles de trabajadores.

Participé el 13 de agosto en las movilizaciones, corridas, actos relámpagos, que acompañaron la convocatoria al Paro Nacional. Vi lágrimas que brotaban producto de los gases y lágrimas que nacían de la memoria, de verificar que aunque aún no se hayan abierto las grandes alamedas, los constructores de sueños siguen dando tercamente la pelea.

Fue en el regreso de Santiago, en el que me acordé que mi propia alfabetización política, fue iniciada también en el año 73, en las marchas de la juventud argentina por Chile, en las que resonaba aquel grito “hermano chileno, no bajes la bandera, que aquí estamos dispuestos a cruzar la cordillera”. Recordé también cuando con las brigadas solidarias de la juventud argentina participamos en Chile durante los años 84, 85, 86, en diferentes acciones que preparaban el esfuerzo de la rebelión.

Como los obreros y obreras de Neuquen, escribí entonces en un papel, con las dificultades y las esperanzas de la CH: “Chicho: ¡Chile lucha!”

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