Disparamos
Gladys a la aurora |
Claudia Korol
Intervención en la presentación del
libro "Gladys Marín. Conversaciones con Claudia Korol", editado
por América Libre (prólogos de Emir Sader, Pedro Lemebel, Hebe
de Bonafini, Joao Pedro Stédile, Claudia Korol)
Buenos días. Permítanme al conversar ahora con ustedes, continuar
el diálogo con Gladys que realizamos en este libro. Sabemos ustedes y
yo, sabemos nosotros y ella, que hablar con Gladys es, de alguna manera, hablar
con el corazón rebelde de Chile. Sabemos también que en la palabra
de Gladys, dicen sus palabras muchos compañeros y compañeras,
que han hecho de sus vidas un canto de amor a Chile, a la humanidad. Un canto
libre. Un canto con fundamento. Un canto general.
En 1973, me asomé a la militancia en la escuela secundaria. Abrazar entonces a la revolución chilena, era un gesto casi natural. Era tan natural como tomar en sus brazos a una niña, como quien levanta su primer bandera. Era lo más natural para mi generación, no sólo en Argentina sino en toda América Latina. Así lo expresan, de diferentes maneras, algunos de los que prologan el libro, como Joao Pedro Stédile, dirigente del Movimiento Sin Tierra del Brasil, Silvio Rodríguez de Cuba, Emir Sader de Brasil (director de América Libre), como lo recuerdan nuestras madres de Plaza de Mayo, a través de la palabra de Hebe de Bonafini, o como lo denuncia la memoria registrada magistralmente por nuestro escritor enamorado, Pedro Lemebel.
En esos días en los que los jóvenes cruzaban la codillera para
sumarse a la campaña de alfabetización, o a las brigadas de muralistas,
o a diversas tareas junto a la juventud chilena, supe por primera vez de aquella
muchacha amaranto, que animaba los esfuerzos para que el socialismo chileno
o mejor dicho para que la revolución chilena, fuera una gigantesca obra
de masas, una realización colectiva con el enorme aporte de la juventud.
En ese 73, pude divisar desde lejos a la muchacha amaranto, en una actividad
en la que participó en Argentina. Tiempo después, en septiembre,
salimos a las calles muchos días para movilizarnos por el dolor, la rabia,
la indignación que en el mundo provocó el golpe. Juramos entonces
ir a Chile para ser parte del combate. Gritamos hasta quedarnos sin voz. "¡Chile
no se rinde!" "¡Vamos Chile carajo!".
Casi diez años después, y atravesada al medio por nuestra propia y argentina dictadura -que extendió la geografía de la dictadura chilena con las alas del Cóndor-, vine por primera vez a Chile, a participar de los trabajos voluntarios en el territorio mapuche, junto a la juventud chilena.
Allí volví a encontrarme, aún sin conocerla, con “la
Gladys”, que animaba desde la clandestinidad la resistencia chilena. La
conocí gracias a ustedes, a los jóvenes y las jóvenes amaranto,
a los muchachos y muchachas rodriguistas, a quienes desde diversas trincheras,
miristas, socialistas, cristianos, independientes, se jugaban para rehacer en
Chile la esperanza, para abrir de una vez, las grandes alamedas.
Fue en esas jornadas de la rebelión chilena, a las que traté de
compartir participando en distintas actividades solidarias en cada oportunidad
que pude durante los años 84, 85, y 86, -año en que me expulsaron
del país-, fue en esas jornadas, decía, en las que aprendí
las muchas maneras que el pueblo chileno ha encontrado para endurecerse, sin
perder la ternura.
Creo que esta síntesis guevariana, es la que ha ido modelando el alma de la resistencia chilena. Endurecerse sin perder la ternura jamás. Ese tal vez pueda ser también el retrato de la Gladys, que sabe ser tierna y dura, dura y tierna, en el combate y en la amistad.
Así, de dureza y de ternura, se ha escrito la rebelión en nuestro
continente, y en ella Gladys es una piedra más de las muchas que levantaron
el muro contra el fascismo primero y contra la impunidad después. Una
piedra más, pero una piedra fundamental. De aquellas que se colocan en
la base de la tierra, para sostener el peso de las grandes construcciones.
Es también, Gladys, la piedra que los cabros jóvenes arrojan contra
los pacos, para lastimar su uniformada prepotencia.
Es la piedra del camino que se sigue haciendo al andar.
Es –en un tiempo marcado por tantas renuncias y deserciones- la piedra que no se quiebra, la pasión que no se pulveriza.
Es, al mismo tiempo, una de aquellas piedras que las olas del mar llevan y traen hacia diversos destinos, para anunciar distancias y guardar misterios.
Es el amuleto que guardamos en secreto, para que nos de fuerzas en los momentos de tempestad.
Pienso que no debe ser fácil para Gladys ser la piedra que sostiene el
muro y rehace el camino, la que levanta un puente entre dos orillas para que
el terror no complete su objetivo de partir en dos la historia americana.
No debe ser fácil, pienso, ser la piedra amuleto, en la que creemos y en la que depositamos nuestra suerte.
No debe ser fácil ser todas esas piedras, y seguir siendo ella, la Gladys, la niña de Curepto, la muchacha amaranto, la mujer que recibe la Orden José Martí como una estrella que Cuba coloca en el cielo americano.
Porque no es fácil, no creo que sea casual que una vez más en
su vida Gladys tenga que pelear para seguir siendo ella. Y esta pelea nueva,
dolorosa, que hoy libra, es por ser ella, y también por todos y todas
las que con ella nos reunimos para crear un posible camino.
Este libro intenta ayudar también, si puede, a esa batalla. Hacerse piedra
en las manos de todos ustedes, para que la usen como les resulte más
conveniente. ¡No está mal, finalmente, disparar cada tanto unos
libros sobre los pacos!
Intenta contribuir a la multiplicación de la voz de Gladys, nuestra voz, para que siga encendiendo corazones, para animar un nuevo tiempo de rebeldía. Para que vaya y vuelva como las olas, acariciando al continente en todos sus bordes, para continuar la historia, con más esperanza que rabia, con más ternura que nunca.
Querida Gladys, hermana del alma, compañera, amiga, corazón rebelde de Chile: nuestro compromiso es claro. Seguir la pelea. Sacar las fuerzas de abajo de las piedras si fuera necesario, para pelear por América Latina, por Chile, y por vos, Gladys, por tu vida que también es la nuestra, por los sueños que duermen en nuestro territorio dormido, por la poesía que algún día podremos escribir. Por el futuro que será nuestro sólo si hoy luchamos, y si luchamos cada día mejor.
Mientras tanto, Gladys, escribimos la historia de nuestra América en la tierra que guarda nuestra memoria, la grabamos con piedras afiladas en la Cordillera de los Andes.
Como nos enseñó el pueblo de José Martí, sabemos que nuestra honda es la de David. Y con ella disparamos Gladys sobre la aurora.
27 de marzo del 2004. Santiago de Chile