Las
Bellas Palabras de Bertold Brecht |
Alejandra Arístegui
Cuando en la historia de un país sucede algo límite, una situación que se va gestando de manera imparable y monstruosa, la mayoría de los hombres nos quedamos atónitos, desconcertados. Los medios de comunicación aportan sus perversos silencios, cada individuo queda entrampado en el tejido de la sin-razón, clavado en posición de impotencia. Daba vergüenza, al mediar el 2001, que los únicos combativos que mostraba la televisión fueran los jubilados. Las palabras circulantes eran locura, fragmentación, desocupación, hambre, miseria. "Pero si en la Argentina nunca hubo hambre"; "que los desocupados no molesten a los que queremos trabajar"; "que los "viejos" (con su miserable jubilación) tampoco"; "que los maestros den clase"; "déjenos negar la exclusión y dolor de los otros...". Cada vez nos daba más vergüenza el país, y nosotros y todo. La reacción del 19 de diciembre de 2001 nos puso otra vez de pie. Jóvenes, viejos, intelectuales, cartoneros, los niños y los perros de las familias. Todos a la calle, a la Plaza de Mayo, al son de las cacerolas. Estado de sitio? NO . Que se vayan todos.