Transformaciones de estructura y redistribución del ingreso

Hugo Fazio

El modelo económico predominante a nivel mundial desde la segunda mitad de los años setenta, el neoliberalismo, presenta límites y contradicciones desde sus inicios y profundiza la desigualdad entre los países ricos y pobres y al interior de cada uno de ellos. En Chile significa una profunda regresión a los avances redistributivos obtenidos durante el gobierno de la Unidad Popular. Desde la instauración de este nivel en el plano global en el plano global nunca se volvió a los niveles de crecimiento registrado en casi las tres décadas anteriores, cuando predominaban las formulaciones keynesianas, las tasas de interés eran controladas por las autoridades monetarias con vistas a impulsar el proceso de formación de capital y el reparto de la nueva riqueza creada se hacía de manera menos inequitativa mirado desde el ángulo de los trabajadores. En el país, durante la UP crecieron las remuneraciones reales, la tasa de desocupación y la participación de las remuneraciones en el lapso llegaron a niveles que no se han vuelto a registrar. Las remuneraciones reales recién en 1998 volvieron al nivel promedio de 1971-1972.

En los últimos treinta años, las tasas de crecimiento más elevadas se dieron en la década de los setenta, o sea antes que se impusiesen en el mundo plenamente las formas que después pasaron a ser dominantes en el proceso de globalización, el modelo neoliberal, que para la región se transformó posteriormente en las formulaciones del llamado Consenso de Washington. Los hechos reales destruyen la visión, divulgada profusamente, que las características adquiridas por la globalización y el predominio neoliberal representarían un momento particularmente positivo en la economía mundial. Todo lo contrario.

Cuadro nº 1
Tasas de crecimiento por quinquenio a nivel mundial: 1970-2000
( Fuente: FMI. Tasas de variación. Promedio anual por quinquenio)
Quinquenio
Tasa
Quinquenio
Tasa
1971-1975
4,3
1986-1990
3,8
1976-1980
4,2
1991-1995
2,6
1981-1985
3,1
1996-2000
3,9

Los niveles de desigualdad social, por otra parte, durante su hegemonía se intensificaron. Desde el punto de vista del manejo macroeconómico se entró a privilegiar unilateralmente los objetivos antiinflacionarios y a mantener acotado los déficit fiscales. Las tasas de interés reales pasaron a ser el mecanismo más utilizado, llevándose en primer momento a nieves elevados. Los temas de crecimiento, empleo y en dimensión mayor aún reducir la desigualdad en la distribución del ingreso pasaron a un segundo plano o se dejaron en el olvido, como aconteció en Chile.

"Controlar la inflación - ha escrito el premio Nobel, Joseph Stiglitz - no es un fin en sí mismo: es un simple medio para lograr un crecimiento más rápido y más estable y con menor desempleo. Esas son las variables reales que importan y existen pocos testimonios de que los bancos centrales independientes, que se centran exclusivamente en la estabilidad de los precios, obtengan mejores resultados en cuanto a esos aspectos decisivos. De modo - concluyó - que la búsqueda a toda costa de la estabilidad de precios menoscaba el crecimiento económico y el bienestar" ( 9/6/03). Es la realidad que vivimos en la región y, por consiguiente en Chile, con la aplicación de estas políticas.

En América Latina la imposición del esquema neoliberal conlleva consecuencias muy negativas. La década de los ochenta fue calificada, acertadamente, por la Cepal como la "década perdida". Posteriormente, desde 1998 comienza un "sexenio perdido", que aún persiste. La estimación de crecimiento para el año 2003 en América y Latina y el Caribe de Cepal es de 1,5%. En 2001, el PIB regional creció en sólo 0,3%, para descender al año siguiente en 0,6%. En consecuencia, en el trienio 2001-2003, de confirmarse la estimación de Cepal, el crecimiento promedio anual será de apenas 0,4%, reduciéndose sistemáticamente el producto per cápita. Se trata del nivel más bajo de crecimiento desde comienzos de los setenta. Desde la década perdida de los ochenta hasta ahora el crecimiento promedio anual alcanzó escasamente a 2,2%, muy poco por encima del aumento en el producto por habitante. En la década de los setenta el crecimiento promedio sobrepasó el 6%. Son cifras preocupantes y reflejo fiel de la realidad regional.

América Latina: crecimiento promedio por quinquenios
(Fuente: FMI y Cepal. Tasas de variación de promedios anuales por quinquenios comparados con el trienio 2001-2003)
Quinquenio
Tasa
Quinquenio
Tasa
1971-1975 6
6,6
6 1991-1995
3,7
1976-1980 5
5,5
5 1996-2000
3,1
1981-1985 0
0,9
9 2001-2003*
0,4
1986-1990 2
2,2
* 2003 estimación Cepal

Seis años perdidos no pueden explicarse por el conocido curso cíclico de la economía. En casi un cuarto de siglo se han "perdido" más de la mitad de los años, mientras a nivel mundial la economía se ha encontrado en este lapso en diferentes momentos: recesiones y también períodos de auge. En la región se manifiestan claramente problemas estructurales. Se trata de ponerlos al descubierto, para superarlos.

En nuestra opinión, la situación creada no se puede analizar sin tener en cuenta las orientaciones del Consenso de Washington, las políticas económicas neoliberales predominantes en la región. Estas políticas se encuentran determinadas por "poderes "externos" y grupos de interés locales que terminan imponiendo muy habitualmente la dirección de los acontecimientos y reducen en los hechos la capacidad decisoria de los Estados. Entre estos poderes se encuentran, las grandes potencias económicas, particularmente EE.UU., el FMI y otros organismos internacionales, así como los grandes intereses económicos dominantes a nivel mundial.

El Consenso de Washington privilegió la apertura irrestricta a los movimientos de capitales y comerciales, las privatizaciones, las políticas desreguladoras, el predominio a todo evento de los mecanismos de mercado, el término de los déficit presupuestarios y bajas tasas de inflación como objetivos centrales, el panegírico de los procesos de transnacionalización. La sucesión de crisis tienen como factores impulsores la acción de los capitales especulativos a nivel mundial; los procesos de aperturas indiscriminadas que facilitan sus movimientos; la acción de bancos transnacionales que en un momento prestan intensamente y luego se cierran, además de discriminar a los usuarios del sistema medianos y pequeños; de calificadoras de riesgo y bancos de inversión internacionales que estimulan con su accionar la especulación financiera; y del predominio en la región - incluido Chile de políticas que facilitan los movimientos desequilibrantes de capitales.

Como consecuencia de las directivas del Consenso de Washington las desigualdades entre los países y al interior de ellos se ahondaron, el curso cíclico no desapareció, los desequilibrios originados en gigantescos movimientos de recursos, la mayor parte de ello de corte financiero para no decir especulativo, se transformaron en fuentes de crisis, la preponderancia del capital transnacional adquirió una nueva dimensión. En estas condiciones, la soberanía nacional y la democracia pierden terreno o se transforman muchas veces en formales.

El acuerdo alcanzado al finalizar el 2002 entre EE.UU. y Chile en el llamado "tratado de libre comercio" - aunque la temática abarcada es extraordinariamente más amplia que la comercial y la "libertad" es al capital - refuerza este camino fracasado. Amarra a Chile a seguir los lineamientos del Consenso de Washington, a pesar del fracaso de sus orientaciones, y significa una pérdida colosal de autonomía para decidir políticas no sólo en el presente sino que a futuro. Los gobernantes comprometen a generaciones posteriores, afectan la soberanía nacional, tratan de impedir el surgimiento de proyectos alternativos y niegan expresiones básicas de democracia.

Uno de los grandes desafíos de esta hora es, por ello, recuperar la democracia real, defender la soberanía nacional (mientras no existan procesos globales que tengan a los pueblos como protagonistas decisorios), convertir a la población de nuestros países en actores de su presente y futuro. En este esfuerzo es determinante ser capaces de descubrir y sacar a luz las grandes contradicciones en desarrollo.

Entre estas contradicciones se encuentra el papel desequilibrante de los movimientos de capitales. "El elemento común (de las últimas crisis en la región) - señaló Joseph Stiglitz - es la inestabilidad de los mercados de capitales" ( 4/8/02). Estos procesos muestran, subraya Stiglitz, "el peligro de las inestabilidades asociadas al sistema financiero global, especialmente por la forma en que, con el apoyo del FMI, es conducida la liberalización de los mercados" ( 1/6/02). Los mercados financieros, tal como ha manifestado a su vez el financista George Soros, en vez de actuar como un péndulo - contribuyendo a los equilibrios económicos - se comportan como una "bola de demolición".

Un estudio dado a conocer hace pocos meses del economista jefe del FMI, Kenneth Rogoff - elaborado conjuntamente con Eswar Prasad, Shang-Jin Wei y M. Ayhan Kose - llega a la conclusión que “un sistemático examen de la evidencia existente sugiere que es difícil establecer una fuerte relación causal” entre la integración financiera al mundo de un país subdesarrollado y su crecimiento económico (5/6/03). “Una lectura objetiva del vasto esfuerzo de investigación realizado a la fecha - explicita el documento - sugiere que no hay un respaldo fuerte, sólido y uniforme para el argumento teórico según el cual la globalización financiera per se depara una tasa más alta de crecimiento económico”.

El estudio igualmente consigna que la liberalización de las cuentas de capitales de las balanzas de pagos condujo a aumentar en muchas ocasiones la vulnerabilidad a las crisis de los países subdesarrollados. “Algunos de los países que liberalizaron su cuenta capital - se señala en el texto - padecieron colapsos productivos, relacionados con costosas crisis bancarias o monetarias”. La importancia de las citas de Rogoff es que corresponden a constataciones del economista jefe del FMI, organismo difusor de los criterios desmentidos por la vida. Las últimas décadas entregan numerosas evidencias de ello, incluyendo la violenta contracción registrada por la economía chilena a comienzos de la década de los ochenta, agravada por la política de la dictadura de tipo de cambio fijo, que facilitó un ingreso masivo de recursos desde el exterior y la realización de numerosas acciones especulativas por los grandes intereses económicos. Argentina y Brasil constituyen actualmente ejemplos salientes en la región.

Los efectos "contagio", o sea la transmisión de las crisis de un país a otro, constituyen otro tema consignado en el documento. “La globalización – puntualizan los autores – aumentó esos riesgos porque los vínculos financieros entre países amplifican los efectos de diversos shocks y los transmiten a mayor velocidad a través de las fronteras nacionales”. El efecto "tequila" de 1974-1975 remeció a la economía de países sudamericanos, especialmente Argentina y Brasil. Chile fue menos afectado por la existencia de mecanismo regulatorios - como el encaje y la prohibición de sacar capitales antes de un año - que con el TLC se renuncia a utilizar, salvo en situaciones de crisis cuando los capitales no entran.

Los grandes intereses dominantes a nivel mundial no aprenden de los hechos. En el seminario internacional efectuado al finalizar julio y en los primeros días de agosto en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, en Santander (España), con participación de personeros de los organismos financieros internacionales, gobiernos, grandes empresas y bancos centrales de diferentes países, titulado "Latinoamérica: a la búsqueda del crecimiento sostenible y socialmente responsable", se insistió en que "no hay más opciones para América Latina", que estas políticas fracasadas.

El director general de Asuntos Internacionales del Banco Central español, José María Viñals, llegó al extremo de afirmar que "si Argentina, Uruguay y otros países que se la jugaron por las privatizaciones, la liberalización de precios y el control de la inflación están peor que antes de las reformas, es por una aplicación inconsistente de tales políticas" ( 1/8/03). Con este tipo de declaraciones muestran que ya no tienen nada nuevo que ofrecer. Solamente "más de lo mismo". Sin reconocer, de otra parte, el origen de las políticas aplicadas.

En estos días el presidente argentino, Néstor Kirchner, señaló: "No nos incomodan que sigan creyendo en las políticas del derrame o en las recetas del Consenso de Washington; lo que reclamamos es un poco de honestidad para reconocer que esas políticas de Estado ( las seguidas bajo la recomendación del FMI ) son las que nos hundieron en la miseria. Contribuyeron al diseño del modelo, mientras el mundo fue testigo de la satisfacción por las políticas que aquí se aplicaban, llegando a tomar a Argentina como el buen alumno. No vamos a aceptar las mismas recetas que nos llevaron al fracaso". ¿ Puede olvidarse que en 1998 en la reunión general del FMI -agregamos-, Argentina fue presentada como ejemplo al mundo? El tipo de cambio fijo y los sucesivos planes de ajuste buscando reducir el déficit fiscal, que hundieron a Argentina en la "trampa presupuestaria", fueron recomendados o apoyados por el Fondo.

En América del Sur, el fracaso de las políticas del Consenso de Washington se expresa, de manera muy nítida, en la profundidad y prolongación de la crisis regional. América del Sur vive su mayor crisis desde la década de los treinta del siglo pasado. Los costos económicos y sociales de esta crisis son enormes. Ello explica, al mismo tiempo, las grandes acciones masivas de rechazo a esta política en diferentes jornadas electorales - como aconteció en las elecciones presidenciales de Brasil, Ecuador o Venezuela - o por movilizaciones ciudadanos gigantescas como las que derribaron a fines de 2001 al binomio De la Rúa- Cavallo o frustraron hace pocos meses en Bolivia el ajuste acordado entre el FMI y el gobierno de Sánchez de Lozada, entre otros ejemplos.

Estamos en un momento de inflexión. De un lado, un modelo fracasado que se busca perpetuar a través de gobernar en sintonía con los "mercados" o en tratados denominados de "libre comercio", aunque EE.UU. no se obliga en ellos a eliminar sus mecanismos de protección, o lisa y llanamente a través de la violencia. Si los mecanismos económicos entran a generar contradicciones muy profundas o van perdiendo su hegemonismo y, por tanto, no son suficientes para imponer una política determinada se recurre a los extra económicos. En esta dirección se ubica la Estrategia de Seguridad Nacional hecha pública por Bush hace un año, en septiembre de 2002.

Los propósitos de fondo económicos de la Casa Blanca se expresan en la Estrategia de Seguridad Nacional enunciada por Bush en septiembre del año pasado, en la cual se habla de extender por el mundo la forma de capitalismo existente en EE.UU. En el manifiesto se expresa reiteradamente la idea de promover “el crecimiento económico y la libertad económica más allá de las costas de Norteamérica". En otras palabras, el objetivo expreso es propagar su modelo de economía, que para la región es la definida en el Consenso de Washington.

Sin embargo, EE.UU. no es precisamente el mejor modelo de equidad social. "Central en este esquema imperial - ha escrito el economista español Vicenç Navarro - está la exportación del modelo neoliberal a ultranza y que la administración Bush está aplicando a EE.UU. y desea exportar al mundo. Este modelo consiste en unas políticas clasistas extremas, definidas ... por The New York Times como "el modelo de la lucha de clases desde arriba" (4/3/03), que favorece enormemente a las rentas muy superiores (su reforma fiscal ha significado unos beneficios de US $500.000 millones para el 1% de los contribuyentes) a costa de las clases populares, que han visto un gran deterioro de los servicios públicos debido a los recortes muy acentuados de los fondos sociales federales y a la transferencia de los fondos públicos a las áreas militares. Estas políticas regresivas, definidas por el secretario general de la Federación de Sindicatos, señor Sweeney, como "las más reaccionarias y antisindicales desde el presidente Hoover" - añade Navarro - están creando un enorme descenso del consumo público social, que ha contribuido en gran manera al mayor crecimiento del desempleo desde 1992" (18/4/03).

De otra parte, se intenta propagar un tipo de capitalismo que da muestra de profundas contradicciones y que vive con cargo al resto de la población mundial, incluidos desde luego los países en desarrollo. Los déficits "gemelos", fiscal y en cuenta corriente de la balanza de pagos de EE.UU., en un país con desahorro interno genera un cuadro explosivo. "Esta asombrosa degradación de la tasa de ahorro - escribió en Le Monde Diplomatique, el economista Federic Clairmont - es uno de los síntomas de la degeneración del capitalismo estadounidense, en tanto el ahorro y la inversión están entre los principales ingredientes de la acumulación del capital".

Enfrentamos un hecho aparentemente paradojal: el resto del mundo - mayoritariamente crítico de la política belicista de Bush - financia desde hace años a EE.UU. y, por tanto, dan sustento a su posición hegemónica. ¿Hasta cuándo persistirá esta situación ? "Para hacer frente a un déficit en cuenta corriente de US$ 500.000 millones, que tiene un incremento anual de 10% - agrega Clairmont -, es necesario tener entradas de por lo menos US$ 2.000 millones por día, lo que equivale al 76% del excedente de la balanza de transacciones corrientes mundial. Esta situación - concluye - es difícilmente sostenible, incluso a corto plazo".

La economía norteamericana es un gigante con pies de barro. Situación útil de tener presente cuando su posición hegemónica aparece tan incontrarrestable. Desde luego, su abrumadora superioridad militar le ayuda a mantener esta posición hegemónica, pero su política bélica al mismo tiempo acentúa sus desequilibrios y contradicciones de fondo. Las contradicciones económicas - si son considerables - tenderán siempre de una u otra forma a abrirse paso, claro, depende siempre de la voluntad de los hombres y mujeres para abrirles camino.

En el documento de Seguridad Nacional de Bush, una visión apologética del mercado - el cual sin duda tiene muchas potencialidades - ocupa un lugar prioritario. "El concepto de libre mercado - se señala en su texto - surgió como principio moral antes de que fuera un pilar de la economía". Se trata de un principio que debe expandirse de cualquier forma, incluyendo en primer término el papel central de las fuerzas armadas. "Es tiempo - se proclama -. de reafirmar el papel esencial de la fuerza militar americana". Es el "libre mercado" impuesto mediante la violencia, lo cual es la negación más plena de la libertad y de la democracia.

Al mismo tiempo, en la Estrategia de Seguridad de Bush se le asigna una importancia muy grande a mejorar la "seguridad energética", obviamente en primer lugar la de EE.UU. "Fortaleceremos - se señala textualmente - nuestra propia seguridad energética y la prosperidad compartida de la economía mundial colaborando con nuestros aliados, socios comerciales y productores de energía". En un documento interno del Estado Mayor de los Ejércitos de EE.UU., preparado por el Instituto de Estudios Estratégicos del Departamento de Defensa del Gobierno, se expresa que los "problemas de seguridad nacional en el siglo XXI se centrarán en conflictos sobre la propiedad y distribución (incluyendo las rutas de tráfico) de recursos energéticos en todas las partes del mundo, pero muy en especial en el Golfo Pérsico y en la región del Caspio".

Esta orientación ocupa un lugar central en los objetivos económicos de la agresión a Irak. Precisamente, con la agresión a Irak se pasó de buscar imponer los criterios de la Estrategia de Seguridad prioritariamente a través de mecanismos económicos para hacerlo mediante instrumentos extraeconómicos, concretamente por la vía de la agresión militar y la violencia. “Es hora de reafirmar - dice el documento de Seguridad Nacional - la función esencial del poderío militar norteamericano. Debemos construir y mantener nuestras defensas para ponerlas encima de cualquier reto. Para hacerlo, nuestras fuerzas armadas deben disuadir a cualquier futura competencia militar o derrotar decisivamente a cualquier adversario si fracasa la disuasión".

En el plano global se expresa un superpoder apoyado en el más poderoso despliegue bélico de la historia de la humanidad. Nunca antes existió tanta disparidad entre los gastos de defensa de un país y los de las otras grandes potencias. El presupuesto de Defensa de EE.UU. alcanza a los US$ 364.000 millones, cantidad equivalente a la gastada por los siguientes quince países que más invierten en asuntos militares. Este monto debe aumentar con los recursos adicionales que le impone la ocupación de Irak.

La pregunta es para qué Bush quiere un gasto militar de esta magnitud. Algunos podrían preguntar -como se preguntó Fidel Castro -: ¿Y no tiene esta superpotencia otros medios para establecer ese dominio a partir de sus ventajas militares, económicas, tecnológicas y políticas? Parece que no -contesta-, a partir del hecho real de que, desde el punto de vista económico, el orden establecido, la globalización neoliberal impuesta al mundo, es insostenible" ( 11/5/03).

El destacado economista egipcio Samir Amin ha manifestado que América Latina tiene un desafío en tres direcciones. "La primera - dice Amin - es profundizar la democratización en todos sus aspectos y no reducirla a una marca de fábrica en la que sólo haya partidos y elecciones. Segundo, el progreso social. La política debe disminuir las desigualdades sociales, que en América latina son las más escandalosas del mundo entero. La tercera es ensanchar sus márgenes de independencia respecto del sistema mundial imperialista y específicamente de Estados Unidos" (10/8/03), el cual se busca solidificar a través de tratados como el suscrito entre la Casa Blanca y Chile.

La economía debe colocarse en función de los seres humanos. Su éxito o fracaso se mide, por tanto, ante todo en las consecuencias socio-económicas que tengan. Con las políticas neoliberales estas consecuencias son aberrantes. "Todos los países de la zona - se dice en un estudio próximo a aparecer del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo ( PNUD) acerca del desarrollo democrático de América Latina - son más desiguales que el promedio mundial, y 16 de un total de 18 pueden ser catalogados como sumamente desiguales. En 15 casos, más del 25% de la población vive bajo la línea de la pobreza, y en siete de ellos la cantidad de pobreza supera el 50%. ... y en siete países al menos uno de cada cinco niños carece de acceso a los medios de nutrición más esenciales. El promedio regional del PIB per cápita no ha variado de forma significativa en los últimos 20 años: en 1980, ese PIB era de US $ 3.739 per cápita; en 2000, de US $ 3.952 dólares. En medio están todas las reformas estructurales impulsadas por el Consenso de Washington. En 1980 el porcentaje de pobres ponderado por el tamaño de la población representaba para los 18 países de la región estudiados, el 46%; en 2001, ese porcentaje había disminuido tan sólo al 42,2%. Sin embargo, en términos absolutos el número de habitantes que se situaba por debajo de la línea de pobreza aumentó: en el año 1990, el número de latinoamericanos pobres era de 190 millones, y en el año 2001 (con una población total de 496 millones), la cantidad de pobres ascendía a 209 millones.

En los últimos seis años - coincidiendo con el sexenio perdido - la reducción de los niveles de pobreza se estancó, con tasas que se mantienen en lo fundamental constantes desde 1997. En la década en curso la situación ha empeorado. En 2002, la cifra de pobres aumentó en un punto porcentual, afectando al 43,4% de todos los latinoamericanos. Cepal estima que en el presente año su número se elevará a 225 millones de personas.

¿Chile se encuentra al margen de este proceso de deterioro de la distribución en el ingreso? No. En distribución funcional del ingreso se ha producido una regresión gigantesca, cuyas víctimas son quienes viven de una remuneración. Si comparamos el gobierno de la Unidad Popular con lo sucedido posteriormente el retroceso producido es de gran magnitud. A comienzos de los setenta, las remuneraciones captaban un 62,9% del ingreso y, en consecuencia, un 37,1% era recibido por los denominados excedentes de explotación. Hoy la participación de las remuneraciones en la distribución del ingreso es de aproximadamente un 40%. La relación en los hechos se revirtió. Se trata de US $12.000 millones a US $ 13.000 millones que se redistribuyen anualmente preferentemente en beneficio de los grandes intereses económicos.

Este retroceso se produjo ante todo en los años de dictadura. Pero ha continuado en los gobiernos de la Concertación. Chile se encuentra entre los países de peor distribución del ingreso a nivel mundial. Si el cálculo se efectúa en quintiles, o sea en 20% de la población, el sector de mayores ingresos captaba el año 2000 un 57,5% del total, mientras que el primer quintil percibía sólo un 3,7%. La brecha entre ambos grupos fue de 15,5 veces. En América Latina hay países con una relación aún peor entre los dos quintiles extremos. Es el caso de Brasil (25, 5 veces), Colombia (20,3) y México (16,2).

En Argentina, la crisis desatada a partir de mediados de 1998 condujo a un deterioro muy agudo en la distribución del ingreso. Según datos oficiales para la Capital y el Gran Buenos Aires en 2002 el 10% más rico de la población recibió el 38,8% de los ingresos totales. Mientras, al 10% más pobre le correspondió apenas el 1,3%. Así, la distancia que separa los ingresos de los más ricos de los más pobres se amplió a 29,8 veces. En 1974, cuando el INDEC comenzó con estas estadísticas, era de 12,3 veces. El retroceso es muy elevado.

Sin embargo, el FMI sigue insistiendo en la misma política. Propicia como condición para llegar a un nuevo acuerdo con el gobierno argentino otra reducción en los niveles de gasto público. La recesión que afecta en estos días a la economía brasileña no puede tampoco separarse de las políticas aplicadas en conformidad con el plan de ajuste acordado en los últimos meses del año pasado. Son grandes contradicciones a resolver, fundamentales para plantearse objetivos que pongan en primero lugar los intereses de las grandes mayorías y puedan proponerse -como lo hizo el gobierno de la Unidad Popular- cambios en la redistribución del ingreso.

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