La clave central de la administración Kirchner radica en lo que
puede llamarse neocamporato: no sólo por lo que explicitan sus voceros
con referencia a 1973, sino porque las personas que fueron altos funcionarios
de aquel gobierno tan breve y que ahora reaparecen. Righi, ministro del interior
en ese momento episódico y frustrado, es el último y más
notorio ejemplo. Lo que no se pudo hacer entonces de la presunta revolución
de la izquierda juvenil peronista, sería el programa fundamental en
el año 2004.
Varios rasgos de este programa atentan internamente contra la realización
de semejante proyecto: 1) han pasado treinta años entre el momento
en que esa izquierda juvenil tenía una base social multitudinaria,
agresiva y exigente, y la actualidad; 2) los miembros más coherentes
de esa juventud, por sus tensiones revolucionarias, han desaparecido o han
sido asesinados; 3) los que quedan (Kirchner y la señadora Fernández
son ejemplares en este sentido), moderadamente optaron por replegarse en desmedro
de anteriores compromisos revolucionarios; 4) para decirlo bruscamente, se
aburguesaron, así como sus fervores de cambio se trocaron en un discurso
que, de tan elegíaco, se desplazó hacia lo sobreactuado y puramente
simbólico; y 5) a lo largo de esos treinta años, sobre todo
después de 1983, los sobrevivientes en su mayoría se vincularon
acríticamente al menemismo, materialización política
de la derecha peronista que, en su etapa combativa, representaba al “enemigo
interno”.
El perfil más visualizable de la táctica transversalista
reside, precisamente, en personajes que adhirieron de manera servicial al
menemato en su apogeo. Incluso, a las órdenes de figuras como Ruckauf
–y otros por el estilo- que encarnaron no ya lo más reaccionario
del menemato, sino que fueron altos funcionarios de Isabel Perón muy
próximos, por cierto, a López Rega y a las represiones previas
al 1976.
En este orden de cosas, correspondería rescatar históricamente
algunas genealogrías. Con los obvios matices correspondientes a cada
coyuntura histórica, pero sin apelar a la ideología de los matices
(polvorienta e interminable colección de datos que impiden cualquier
posibilidad de síntesis). Las dictaduras siempre se han caracterizado
por eliminar a sus propios sectores de izquierda, cuando se trataba de institucionalizarse
frente a las presiones y exigencias del establishment más tradicional.
Para no abundar: Hitler al suprimir a Roehm y a las SA en 1934, Mussolini
anulando a los RAS provinciales más vinculados, por su origen, al sindicalismo
y a la anarquía; Perón frente a quienes, realmente, le organizaron
el 17 de octubre, descartando a Cipriano Reyes, Gay, e incluso, a Mercante.
Con los jóvenes que le organizaron el regreso y el triunfo electoral
en 1973, Perón actuó de manera análoga el 1° de mayo
de 1974. Dura expulsión de Plaza de Mayo de los montoneros. Lamentablemente,
otro olvido histórico por parte del presidente Kirchner y la gran mayoría
de sus seguidores. Sin embargo, el señor presidente se declara peronista,
“de centro”, cuando se le pregunta si es de izquierda. La senadora
Fernández, al salir de una entrevista con la viuda de Mitterand, niega
su filiación “progresista” en beneficio de un enfático
peronismo. Un dirigente sindical, malicioso, me dijo hace unos días:
“Si el señor presidente o su esposa me explican qué quiere
decir ser peronista en el 2004, ya mismo me hago peronista”.
En América, los dos partidos tradicionales han perdido sus contenidos;
apenas si son aparatos eleccionarios y burocráticos. En Estados Unidos
resulta penoso, cuando no grotesco, el empecinamiento de los republicanos
y los demócratas por diferenciares más allá de un pragmatismo
oportunista. Los adecos y los copeyanos –en Venezuela- no son más
que aparatos que apenas si sobreviven en su oposición a Chávez.
En el Uruguay, la situación de los dos partidos clásicos es
lamentable: apenas una melancólica sobrevivencia de divisas blancas
o coloradas, que agatas resultan eficaces cuando se trata de organizar algún
contubernio frente a los avances del Frente Amplio. Los peronistas de todas
las variantes (¡ay! en la Argentina), se regocijan por la degradación
del radicalismo. Sin advertir que esa degradación los involucra a ellos
mismos.
Jaqueada cotidianamente por el Fondo Monetario Internacional y por los
piqueteros más combativos, la administración Kirchner se obstina,
por intermedio de sus voceros, en negar las categorías de izquierda
y derecha. Se trata de una versión actualizada de “ni yanquis
ni marxistas”. Convierte así el kirchnerismo un problema político
en puro nominalismo. Ya se sabe de memoria, que esas denominaciones provienen
de una categorización topográfica desde la revolución
francesa. Pero los cuestionamientos financieros y las exigencias populares
de hoy, aluden nítidamente no ya a una cuestión académica,
sino a la insoslayable lucha de clases. Proceso histórico que no se
conjura con la fórmula consabida de “ni... ni” que, en
lo fundamental, corrobora el centrismo vacilante caracerizado por un penduleo
táctico. Vaivén que vertiginosamente remite al clásico
pragmatismo del teniente general Juan Domingo Perón. Ecuación
pragmática que, en términos más exigentes, a su vez,
aluden al “a más be sobre dos” definitorio del eclecticismo.
Intervenir Santiago del Estero. Prescindiendo de ese residuo de mafioso
feudalismo, representado por el obsceno clan Juárez, que ha recorrido
(y definido lateralmente) cincuenta años de la historia del peronismo.
Demostrando, si cabe, que la proclamada renovación del kirchnerismo
no va más allá de los desplazamientos administrativos que, hasta
ahora, son presentados como sus “logros más significativos”.
Las expectativas –a nivel continental- que la actual administración
parece abrir en torno al éxito electoral de los demócratas frente
a Bush, olvidan, precisamente, que desde Wilson a Kennedy (emblemas privilegiados
por el partido demócratia), si por algo se caracterizaron fue por su
política intervencionista en América Latina. Veracruz y Bahía
de Cochinos resultan, en esta franja, suficientemente representativos.
Hasta este momento, la reactivación industrial no pasa de ser una
virtuosa expresión de deseos. Resultando así que el turismo
aparece al tope de ese rubro; turismo entendido como “industria sin
chimeneas”. Que para la mirada futurista de Scioli y otros empresarios
convertiría a la Argentina (de acuerdo al modelo Cancún de México)
en un paraíso para propietarios privilegiados –desde el Tigre
más allá de Bahía Blanca-, que abundarían en viviendas
de gran prestigio. Desde ese borde balneario definido por su “cultura
de fachada”, se organizarían raids en dirección a los
lagos, ventisqueros promocionados, Tierra del Fuego, e incluso la Antártida.
Se puede sospechar que la polarización (con el resto del país)
–en el revés de trama de semejante estrategia- alcanzaría
cotas alarmantes.
Varios son los urbanistas críticos que se alarman frente a ese futuro
eventual de la Argentina. Sobre todo cuando analizan los mapas que La Nación
y otros matutinos canónicos publican semanalmente postulando las ventajas
de los countrys que van rodeando a Buenos Aires y a otras ciudades del país.
Destinados, desde ya, a propietarios o posibles compradores –como subrayan
esas publicaciones con fervor- de la clase media alta hacia los topes de la
pirámide social. Dejando de señalar, en el envés de las
ventajas de la privacidad publicitada, que esos enclaves prestigiosos van
bloqueando el desarrollo legítimo y necesario de las capitales. Nada
se dice, además, en estos proyectos urbanizadores, de los desniveles
que provocan entre el provecho de “la cultura in”, en detrimento
de las poblaciones out. Desniveles que exasperan al máximo las diferencias
tradicionales internas de cada ciudad, entre los “barrios bien”
y las barriadas condenadas a la marginalidad (con el consumo trivial y el
trabajo brutalizado).
Donde más se reflejan esas contradicciones crecientes del año
2004, es en Página 12. Diario que, desde su origen con saludables entonaciones
críticas se ha convertido en la publicación semioficial del
kirchnerismo. Su paulatino desplazamiento ha dado como resultado un estilo
periodístico cada vez más insípido y previsible; la homogeneidad
beata parece condenar al escamoteo sistemático de las noticias que
puedan resultar conflictivas para la actual administración. Apenas
si es posible rescatar las interrogaciones retóricas con que suelen
cerrar sus artículos Bruchstein o Pasquini Durán. Penosas ambigüedades
de un posicionamiento estilístico –digamos- cuya contraparte
puede leerse en el aumento de avisos oficiales.
El inefable Nik confecciona su chiste cotidiano en La Nación: hoy,
Bush y los magnos funcionarios de su ristra se ríen frente a los anuncios
de Kirchner en relación a los pagos de la deuda externa, reducidos
a nada más que al 25%. Cierto: se trata de una humorada; y quien no
salta ante el humor no es un argentino. Moderadamente yo soy un argentino;
y ese humor tan sutil no me hace ninguna gracia. Tendré que atribuirlo
a mis notorias limitaciones. Pero, a la vez, no puedo menos de recordar que
Nik es un módico divulgador de la ideología de los grupos que
avisan en ese matutino, y que lo sostienen financieramente. Así como
las risas odontológicas del “político más poderoso
del mundo” (sic) están destinadas a un público que, de
manera especular, apuesta a la mano de Bush en las elecciones de noviembre
del 2004.