nro. 21
Los cinco minutos te hacen florecer

Pedro Lemebel

La mañana del doce de septiembre alumbraba degolladamente parda en ese Santiago despertando de un mal sueño, una pesadilla sonámbula por el ladrido de la balacera de la noche anterior. Por la Panamericana los camiones blindados pasaban hacia el centro disparando, disolviendo los grupos de vecinos que comentaban en las esquinas la novedad del golpe. El aire primavera espesaba en coágulos de zinc sobre el techo de los blokes, sobre los niños jugando a los bandidos, disparándole con sus manitos a los helicópteros que remecían el cielo alborotando palomas. En las escaleras y pasillos el revuelo de viejas, que entonces no eran tan viejas, mas bien mujeres jóvenes, de media edad, tendiendo ropas en las barandas, frescas aun en las cretonas floreadas de sus faldas crespas.

Mujeres pobladoras, dueñas de casa que no entendían aun lo que estaba pasando, pero se veían tensas en sus ademanes copuchentos de apuntar con la boca y clavar los ojos en la aglomeración de vecinos que se veía a la distancia, que no era tanta distancia, apenas media cuadra de población que lindaba en el baldío de la Panamericana Sur y Departamental. Allí, justo donde hoy se levanta una bomba de bencina y una joven Villa para empleados públicos, entonces hedionda a perro podrido la mañana del basural llamado El Hoyo, una cantera profunda donde sacaban ripio y arena, el botadero en que los camiones municipales descargaban la podredumbre de la ciudad.

En esa pequeña cordillera de mugre, los niños de los blokes jugábamos al ski en los cerros de basura, nos deslizábamos en una palangana por las laderas peligrosas de fonolas humeantes. Allí en los acantilados de escoria urbana, buscábamos pequeños tesoros, peinetas de esmeraldas sin dientes, papeles dorados de Ambrosoli, el pedazo de revista «Ritmo» bajo un espinazo de quiltro, una botella de magnesia azul churreteada de caca viva, un pedazo de disco 45 semienterrado, espejeando la muda música del basural que hervía de moscas, gusanos y guarenes esa mañana de septiembre de 1973.

Desde el tercer piso de los blokes, se podían ver los cadáveres en el rastrojo de los desperdicios, se veían todavía encarrajados por el ultimo estertor, aun tibios en la carne azulosa, perlada de garúa por la gasa húmeda del amanecer. Eran tres hombres salpicados de yodo, lo que vi esa mañana desde mi infancia, asomado entre las piernas de la gente, mis vecinos comentando que tal vez eran delincuentes ajusticiados por el Estado de Sitio, como informaba la televisión. Decían esto apuntando a uno de los hombres un poco mayor que usaba bisoñé, y en el golpetazo de la balacera, se le había corrido, y mostraba su cráneo abierto, como un manojo de rubíes coagulados por el sol.

Para mí, algo de esa sospecha no correspondía, no encajaba el adjetivo delictual en esos cuerpos de 45 a 60 años, de caballeros sencillos en su ropa triste, ultrajada por las bayonetas. Tal vez abuelos, tíos, padres, mecánicos, electricistas, panaderos, jardineros, obreros sindicales, detenidos en la fabrica y rematados allí, en el basural, frente a mi casa, lejos de sus familiares esperándolos con el credo en la boca, toda esa eterna noche en vigilia de siglos, para no verlos nunca más.

Han pasado veinticinco años desde aquella mañana y aun el mismo escalofrió estremece la evocación de esas bocas torcidas, llenas de moscas, de esos pies sin zapatos, con los calcetines zurcidos, rotos, por donde asomaban sus dedos fríos, hinchados, tumefactos. La imagen vuelve a repetirse a través del tiempo, me acompaña desde entonces como «un bolero que no me deja ni se calla» A la larga se me ha hecho familiar recordar el tacto visual de la felpa helada de su mortaja basurera. Casi podría decir que desde ese fétido eriazo de mi niñez, sus manos crispadas me saludan con el puño en alto, bajo la luna de negro nácar donde porfiadamente brota su amargo florecer.

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