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Imperialismo,
guerra y resistencia |
A este Panel y sus debates[1] les toca un trabajo de identificación y análisis de los rasgos fundamentales del imperialismo contemporáneo. No digo imperio, porque entiendo que este término puesto en boga recientemente no es adecuado para calificar el fenómeno al que alude, y sí lo es el concepto de imperialismo[2], que cuenta con un siglo de trabajos científicos y tiene una clara significación ideológica que no debemos perder. A mi juicio, los estudios sobre el imperialismo actual no pueden limitarse a recolecciones y análisis de datos recientes de la dimensión económica de las sociedades, seguidos de datos relativos a sus funestas “consecuencias” sociales, ni es suficiente llegar sólo a comprensiones conceptuales acerca de aquella economía. Los análisis del imperialismo deben incluir su estrategia contra la formación de alternativas rebeldes a su dominación, y las formas y el grado en que la naturaleza actual de ese sistema favorece o debilita su propia estrategia. Sólo así ayudaremos a la tarea crucial de relacionar la caracterización del enemigo de la vida humana y del propio planeta en que vivimos con el pensamiento y las propuestas de este movimiento plural, que tiene como denominador común lograr cambios radicales y contribuir a la creación de “otro mundo posible”.
Mi exposición se mantendrá en un nivel de generalidad correspondiente
a los propósitos de la convocatoria, pero ella está basada en
análisis de situaciones concretas, y tiene muy en cuenta las grandes
diferencias y las especificidades que concurren al tema.
Hoy funcionan dos lógicas de terror y guerra a escala mundial. Una emprende
la guerra, la intervención violenta o la amenaza de ella dondequiera
que eso favorece a la dominación y los intereses imperialistas, o a la
eliminación de posiciones autónomas o riesgos de formación
de rebeldías. Los medios que utiliza son las presiones, los chantajes
y las imposiciones; las conspiraciones, atentados y sabotajes terroristas; o
el uso de la fuerza militar en guerras sucias o abiertas. La soberanía
de los Estados como principio del derecho internacional es violada en la práctica
a partir de las exigencias que se hacen a la mayoría de los países
de practicar la “democracia”, los “derechos humanos”
o la “lucha contra la corrupción”, nociones ambiguas cuya
presencia o ausencia en cada caso es medida y manipulada por los mismos que
las exigen. Argumentaciones que al menos eran polémicas, como las relativas
a la interdependencia obligada entre los Estados, han quedado atrás,
sustituidas por apelaciones descaradas a la superioridad militar y técnica,
las operaciones limitadas con pocos riesgos para los agresores y crímenes
impunes contra la población civil, las demandas de obedecer y apoyar
o enfrentarse a represalias económicas, y las construcciones de opinión
pública cada vez más mendaces e inmorales. Se intenta lograr que
todos en el mundo acepten como hechos naturales la desigualdad, la ventaja y
los abusos implicados en esas violencias.
La otra lógica imperialista está constituida por una guerra cultural
en toda la línea, que moviliza formidables instrumentos y recursos, y
que ejerce controles totalitarios sobre la información, la formación
de opinión pública, los gustos y los deseos; esa verdadera guerra
mundial se dirige a impedir la formación de voluntades, identidades y
pensamientos opuestos a la dominación. Ella recurre al ocultamiento de
hechos y a mentiras más o menos burdas o refinadas, pero también
a brindar datos y crear opinión pública acerca de ciertos problemas
e injusticias seleccionados --de manera muy controlada y manipuladora--, siempre
que se considere conveniente. El objetivo es gobernar todo el mundo de la conciencia
de los seres humanos en aquellos aspectos que resulten sensibles para el sistema
de dominación. El determinismo económico más grosero, la
eliminación del pasado y el futuro –esto es, de la memoria y del
proyecto--, la trivialización de las cuestiones, están entre los
principios fundamentales de esa guerra cultural sobre la cual quisiera hacer
algunos comentarios.
La segunda es la lógica preferida por el sistema, pero ambas se utilizan
alternativamente, y siempre son complementarias.
La predilección por la lógica de guerra cultural tiene sus antecedentes
en la situación a la que se llegó después de 1945, en la
cual la hegemonía capitalista, después del inmenso desprestigio
que significaron para ella el fascismo y los horrores de la II Guerra Mundial,
debió enfrentar las exigencias generalizadas de reformas sociales redistributivas
y democracia, las identidades nacionales activas que se convirtieron en una
ola de luchas e ideas anticoloniales y de liberación que recorrió
el mundo, la emergencia de la URSS y su bloque como un gran poder rival, y el
prestigio del socialismo como propuesta válida de organización
social. La segunda gran ola de revoluciones del siglo XX sobrevino, ahora con
su centro en Asia, América Latina y también en África,
como un gran reto contra la opresión, el hambre y la dominación
colonial y neocolonial, que fue capaz de crear poderes fuera del sistema capitalista
y convertirse en un polo atractivo para los que deseaban cambios radicales en
todo el mundo. Y en los propios países centrales del sistema llegaron
a existir grandes movimientos de protesta que no aceptaban el orden de la nueva
etapa imperialista o exigían demandas sociales y reconocimiento de identidades.
Liberación nacional, desarrollo, reforma agraria, socialismo, feminismo,
eran palabras vigentes, y todo intento de reformular la hegemonía debía
adecuarse a aquellas realidades. Aunque las represiones y las guerras continuaron
sin descanso en el llamado Tercer Mundo –hasta llegar al genocidio en
los tres continentes--, el capitalismo se vio obligado en general a buscar consensos
negociados, en un medio internacional caracterizado por la descolonización
y la tendencia a las democratizaciones. El paso al predominio del neocolonialismo,
relación fundamental de integración en el sistema mundial capitalista
en la fase imperialista, también estableció tipos de relaciones
e influencias que necesitaban ser fortalecidas y legitimadas con arreglo a la
nueva situación[3]. Un amplio arco de actividades estuvo dirigido a “ganar
las mentes y los corazones” –empeño que fue mucho más
que una frase feliz en un documento--, y ellas guardaban nexos muy estrechos
en la estrategia imperialista con las “guerras de baja intensidad”
y las “operaciones encubiertas”.
La bipolaridad establecida en la posguerra entre los Estados Unidos y la URSS
tuvo consecuencias muy profundas sobre las rivalidades entre las potencias imperialistas.
Desde 1945 se mantuvo siempre el liderazgo norteamericano en las alianzas militares
en todo el mundo dominado por el capitalismo; después, su control de
las finanzas y la profundización de la centralización capitalista,
más la gigantesca presencia ideológica y cultural de los Estados
Unidos, determinaron el progresivo predominio de ese país más
allá de todas las diferencias de intereses y la competencia económica
entre los países desarrollados. Más de una década transcurrida
desde el fin de la bipolaridad no ha modificado esa tendencia.
Medio siglo después del fin de la Segunda Guerra Mundial la lógica
de guerra cultural no expresa solamente madurez del capitalismo; ella se ha
vuelto obligatoria para el sistema, ante todo por dos razones. Una es que su
forma principal de existencia actual es el proceso de transnacionalización
y el dominio del capital parasitario a escala mundial, y el predominio de ese
proceso está negando las bases de aquel medio que fue formado a mediados
del siglo XX, por traer consigo dos exigencias básicas: una nueva recolonización
del mundo y el abandono de la forma democrática de dominación.
La naturaleza del régimen de explotación vigente y el modo como
obtiene su fin esencial, que es el lucro, y el grado de centralización
del poder que se ha alcanzado en los terrenos principales, han dejado atrás
las relaciones sociales capitalistas típicas y sus modelos políticos,
ideológicos y éticos. No hay más lugar para liberalismos
económicos o políticos, ni para reformismos basados en sectores
sociales intermedios, ni para programas y gestos populistas, ni funciona más
la vieja promesa de llegar a realizar los ideales de la modernidad. La lógica
de la competencia ha sido sustituida por la lógica de la exclusión,
y el ideal del progreso ha sido echado a un lado.
Sin embargo, un mundo sin valores ni comunidad, sin futuros que conquistar ni
esperanzas, puede tornarse muy peligroso. Para conjurar ese riesgo, una gigantesca
operación de homogeneización de sentimientos e ideas, cooptación
de criterios e igualación de sueños, pretende suplir los límites
a los que ha llegado el capitalismo y dominar a todos, hasta a los excluidos,
y obtener un consenso que para nosotros sería suicida, porque este sistema
no dispone de espacio en el futuro para las mayorías.
La otra causa de la preferencia de esta segunda lógica es la inmensa
acumulación cultural de conocimientos y de experiencias de rebeldías
que poseen en la actualidad los dominados. El XX fue un siglo de intensas y
abarcadoras prácticas de liberación, en las que participaron cientos
de millones de personas. Se desacreditaron el colonialismo, el racismo, la misión
del hombre blanco y su civilización; se aprendió que la miseria
no es un hecho natural, sino que tiene causa social; las naciones, las etnias,
el género, los explotados, los excluidos, se identificaron y se organizaron;
los oprimidos del mundo compusieron leyes, ideas, canciones y revoluciones,
para sí mismos y sobre sí mismos. La gente, las relaciones, las
instituciones, llevan las huellas de aquellas prácticas, de las diversidades
que establecieron y de las transformaciones que emprendieron o ensayaron. La
guerra cultural imperialista pretende borrar esa riqueza de la rebeldía,
que es la adultez de la cultura, o cuando menos convertirla en pasado despreciado
y cada vez más borroso y desconocido, y lo intenta porque reconoce que
ese legado de rebeldía es potencialmente muy peligroso. A ese fin se
aplican con todos los medios a su alcance, y buscan ayuda en nuestras debilidades.
Ambas lógicas de terror y guerra mantienen al mundo en un estado de violencia
cotidiana, que viola los derechos de individuos, grupos y naciones, impone una
cultura del miedo, la fragmentación, la indiferencia y la resignación,
y rebaja la condición humana.
El imperialismo trabaja en la eliminación de todo vestigio de los avances
en la convivencia humana y la legalidad internacional que se habían conseguido
–aunque sólo parcialmente-- mediante incontables sacrificios de
varias generaciones. Pero trata de no verse obligado a admitir abiertamente
que lo está haciendo, y hasta hoy ha venido lográndolo: son sólo
determinadas acciones suyas las que aparecen visiblemente opuestas al derecho
y la justicia. En realidad, es la propia naturaleza del imperialismo actual
la que ha ido ocasionando a miles de millones de personas una privación
generalizada de la existencia decorosa, del trabajo, del goce de los derechos
y servicios sociales y del acceso a los logros del último siglo, negándole
las posibilidades de cuidar de la familia y avanzar en la vida, la aspiración
a ser feliz. Las luchas tremendas en las que perecieron muchos millones de personas
lograron que el ciclo imperialista de 30 años de guerras mundiales y
fascismo de 1914-1945 fuera sucedido por décadas de avances –cierto
es que siempre interrumpidos por dramáticas regresiones-- en terrenos
como el fin del colonialismo, las políticas sociales con Estados garantes
y los sistemas democráticos. Hoy estamos viviendo una nueva época
de retrocesos en todos esos y en otros campos.
La privatización es uno de los mecanismos generales del sistema, que
oculta algunos de sus peores rasgos y es un emblema cardinal en su ideología.
Ella es la preferida en la política económica de los que tienen
todas las ventajas del poder, disfrazada de la necesidad de eficiencia, sin
que contribuya en nada a la competencia entre empresas, porque se ha llegado
a un grado de centralización, transnacionales y fusiones nunca antes
conocido. Es una burla proclamar el reino del mercado y la iniciativa privada
cuando jamás han sido tan férreos como hoy los controles de la
oferta, la demanda, la inversión, la producción, la distribución,
el consumo, las finanzas y los demás rubros económicos. La “privatización”
de la relación laboral deja al trabajador en manos de sus patronos, sujeto
a formas precarias de empleo, pagos y seguridad social, explotado a fondo y
“libre” de toda protección legal, estatal o sindical; esta
situación es más grave porque el desempleo estructural en esta
etapa del capitalismo ya es gigantesco, y ha dejado de depender de ciclos. La
parte enorme y creciente de la población activa que no participa de relaciones
salariales decorosas ni de otras actividades económicas satisfactorias
debe buscar sus ingresos y reproducir sus vidas y las de sus familias apelando
a todo lo que esté a su alcance o pueda intentar; pero a eso se denomina
iniciativa individual, microempresas u otras expresiones cínicas alusivas
a la libertad de que goza el que sobrevive de manera “privada”.
Las políticas sociales que introdujeron avances de justicia y bienestar
en grados diversos para mayorías en el llamado primer mundo, y para amplios
sectores en una parte de los demás países, se han reducido y tienden
a desaparecer, y junto a ellas se desvanecen los controles estatales de la actividad
económica y la función redistribuidora y de servicios del Estado
respecto a la sociedad.
Es falso, sin embargo, que los Estados “adelgazados” se debiliten:
hasta los más entreguistas hacia el imperialismo mantienen bastante fuerza
en dos terrenos principales: como entidades represivas, y como fiadores y canalizadores
de los grandes negocios del capital y de sus instituciones internacionales,
para lo cual siguen siendo vitales sus actuaciones en el campo económico,
regidas por el poder y no por el mercado. Por otra parte, las decisiones importantes
están fuera del control o la fiscalización de los gobernados,
sea mediante sus legisladores, jueces, contralores u otra acción ciudadana.
La democracia política –en la medida en que funciona— ha
sido reducida a la alternancia entre las formaciones políticas del sistema
y una cosa pública que se parece demasiado a un espectáculo para
ocupar el tiempo libre cívico, a las cotas de identidades, actuaciones
y capacidades de presión que han obtenido con sus luchas ciertos niveles
locales y movimientos de la sociedad civil, y a desvelos por las libertades
individuales y el estado de derecho.
El viejo principio de la autodeterminación de las naciones le vuelve
a ser restringido, manipulado o negado, a la mayor parte de los países
del mundo. La descolonización que triunfaba hace apenas medio siglo está
siendo revertida de modo sistemático, a través de nuevas formas
neocoloniales, pero también se excluye del sistema y se abandona a su
desgracia a regiones que antes fueron expoliadas. La marginación, la
exclusión, el hambre, la extrema miseria y el azote de enfermedades prevenibles
o curables que afectan a cientos de millones de personas son materia de reportajes,
pero las transnacionales y el Estado más poderoso del planeta llegan
a oponerse a medidas moderadas como la relativa a las medicinas genéricas.
Se han abatido los consensos que habíamos ganado sobre la justicia como
condición para la libertad y sobre la obligación de los países
desarrollados de cooperar al desenvolvimiento de los llamados subdesarrollados.
El capital que devastó a África e inventó la esclavitud
moderna masiva, el que requirió decenas de millones de inmigrantes baratos
para maximizar su ganancia y para sus pactos sociales metropolitanos, ahora
implanta la preocupación por la inmigración y hace creer que ese
es un asunto central de su agenda, y fomenta restricciones y persecuciones,
con las consecuentes renovaciones del racismo. En la fase actual del imperialismo
se están perdiendo los grados de soberanía y autonomía
que ganaron los países del llamado Tercer Mundo, y que eran reconocidos
por los sistemas neocoloniales “ortodoxos”. Desde hace más
de una década vengo denunciando que está en marcha una recolonización
“pacífica” del mundo por el gran capital; hoy se me hace
cada vez más difícil llamarle “pacífica”.
Nada de lo que sucede se debe a perversión de los ideales ni al incumplimiento
de los proyectos de la modernidad: es la consecuencia obligada del desarrollo
del capitalismo, para el cual ya resulta sobrante una parte de la población
del planeta y una parte de sus propios trabajadores. No se trata de fracasos
en cuanto a supuestas necesidades de ajustarse o de abrirse, de privatizar,
ser antinflacionario o saber atraer a los inversionistas, de reducir o eliminar
el gasto social, ni del incumplimiento de las leyes económicas generales.
Se trata del callejón sin salida a que ha llegado una economía
específica, la capitalista, respecto a la satisfacción de necesidades
y existencia de oportunidades para la mayoría de la gente, y para el
propio planeta. Lo mismo podría decirse al examinar las dimensiones política,
de las ideas y de relaciones internacionales. No es posible, por tanto, reformar
al capitalismo: es necesario denunciarlo, negarlo, derrotarlo y superarlo.
El imperialismo norteamericano podría tener como divisa las tres palabras
del título de este Panel. Fue el gran beneficiario de las dos guerras
mundiales, y también de la bipolaridad, y se convirtió en la mayor
potencia económica, financiera y militar capitalista. Asumió un
papel de vanguardia en el ataque a los intentos de desarrollo autónomo
y a las rebeldías en todo el mundo; baste el recuerdo de la guerra de
Vietnam para ejemplificar su uso brutal de la fuerza hasta llegar al genocidio
y el ecocidio, y el del golpe militar del 11 de septiembre de 1973 en Chile
–pronto se cumplirán 30 años de aquel crimen-- para rememorar
sus guerras sucias. Ha sido también el máximo creador e impulsor
de las campañas ideológicas que deben consumir todos. Aunque su
antigua promesa de progreso, libertad y democracia está totalmente desgastada,
con sus formidables recursos mantiene muchos de los atractivos de su propuesta
cultural, que sin duda es la que mostró más dinamismo y capacidad
de penetración en el siglo XX. Pero los Estados Unidos no han sido capaces
de contribuir al avance de programas reales de eliminación –aunque
fuera parcial—de las consecuencias más graves del colonialismo
y el desarrollo desigual en la mayor parte del planeta, ni al fortalecimiento
de un sistema internacional que salvaguarde la equidad en las relaciones, la
paz y el respeto a los principios formulados y codificados durante el siglo
XX, ni a la defensa del medio ambiente. En vez de ese camino, ha seguido el
de utilizar su poder y su papel protagónico al servicio de los intereses
del capital transnacional y la extorsión financiera, y de su predominio
irresistible, de talante imperial.
A partir de la bancarrota de su rival soviético, los Estados Unidos emprendieron
una nueva ofensiva por el dominio pleno a escala mundial, utilizando todos los
medios a su disposición en la nueva coyuntura de los años noventa.
El grupo dominante en el país en la actualidad ha ido mucho más
lejos, a pesar de la precaria legitimidad de la elección presidencial
del 2000. Con soberbia inaudita se ha autodesignado campeón de una supuesta
lucha mundial contra el terrorismo que le autoriza a aterrorizar, chantajear,
someter o agredir a quien quiera, incluidas agresiones preventivas “en
cualquier oscuro lugar del mundo”. Está probando a reducir o moldear
las normas de convivencia a su arbitrio, a convertir en algo natural sus coacciones
y abusos, y a asumir unos papeles y un aire imperial. Ante su poder y sus chantajes
gran parte de los Estados sencillamente se somete, y la ONU ha ido declinando
más allá de sus vacilaciones, hasta convertirse en una sombra.
Si hacemos a un lado el espeso humo de la retórica en que se mezclan
viejas consignas chovinistas con grotescos desplantes recientes –como
“justicia infinita”, “eje del mal” o “Dios no
es neutral”--, podrían sintetizarse así los designios del
imperialismo norteamericano: apoderarse de los recursos más estratégicos
del planeta y obtener todas las ventajas en la economía internacional,
expoliar a los países subdesarrollados y controlar más a sus aliados
del “primer mundo”, ser el policía mundial y someter a combinaciones
de manipulación y coerción a su propio pueblo.
Los riesgos de guerras abiertas se han multiplicado rápidamente. Mientras
se preparaba el III Foro Social, los imperialistas se aprestaban a la nueva
guerra contra Iraq. Como ilustración ejemplar de las miserias de esta
época, no se discutieron en este caso las realidades palpables: doce
años de agresión a la vida de los niños y la población
de aquel país, bombardeos “limitados”, fuertes recortes de
su soberanía, inspecciones de la ONU que no encuentran lo que se desea.
En su lugar se hacían exigencias de rendición y se disponía
un despliegue militar creciente, y la única cuestión a debatir
era si los Estados Unidos tenían derecho a aplastar a Iraq sin hacer
caso a nada, o si debían esperar a que el Consejo de Seguridad de la
ONU los “autorizara”.
El mundo actual se parece mucho al de la segunda mitad de los años 30
del siglo pasado, salvando obvias diferencias. Una superpotencia apela a la
ideología de la superioridad de una nación y a su derecho soberano
a disponer de las demás, hace trizas los organismos y el derecho internacionales,
juega a debilitar a los otros grandes del capitalismo, y aspira al gobierno
supremo del planeta. En esa ruta altera el control indirecto de sus propios
ciudadanos que ha formado parte de las bases de su hegemonía interna,
y los conduce al plano inclinado de la liquidación de sus derechos, los
peligros de la guerra y el odio de los demás pueblos. Para los países
que son a la vez socios y competidores suyos se abren interrogantes: acabar
de someterse, hacer apaciguamiento[4], o ir a la rivalidad y la búsqueda
de nuevas alianzas. Los más perjudicados, los pueblos de la mayoría
de los países del mundo, no cuentan en esta coyuntura con poderes de
magnitud suficiente para enfrentar a esa superpotencia, ni con una voluntad
de rechazo generalizado ante esta perspectiva ominosa que se nos viene encima.
Los ochenta días que han seguido al III Foro nos muestran, sin embargo,
experiencias que es necesario asimilar, y algunas señales alentadoras.
Frente a la inminencia de la agresión a Iraq, millones de personas respondieron
a las convocatorias de la sociedad a lo largo del mundo para manifestar su protesta
y su repudio a la guerra en las calles y a través de todos los medios
que supieron utilizar; las jornadas del 15 de febrero y el 15 de marzo fueron
movilizaciones extraordinarias. Movimientos sociales de los más variados
tipos han llevado el peso de su organización, junto a algunos sectores
políticos, pero lo determinante es una masa inmensa de personas motivadas
que salen a participar. Un gran número de personalidades de los más
diversos campos se han sumado a las protestas, y están dejando productos
intelectuales que ayudan a reflexionar y a convocar. El inicio de la guerra
no abatió las protestas, ni siquiera en los Estados Unidos –como
temían algunos--, y la condena moral a los imperialistas agresores se
volvió cotidiana y encontró expresiones de verdadera fuerza. Los
bombardeos masivos contra la población civil, el asesinato de miles de
personas inermes desde el aire y por las tropas de tierra, las privaciones causadas
a millones, certificaron quiénes son los criminales. La valerosa defensa
de su patria por los combatientes iraquíes obligó a los invasores
a una campaña de tres semanas y desprestigió todas las mentiras
acumuladas por sus declaraciones y las de los medios cómplices; la censura
y las noticias ridículas no lograron torcer esa verdad. Los graves saqueos
propiciados por los invasores después del fin de la resistencia –que
incluyeron tesoros de la historia de la humanidad— evidencian una intención
de desmoralizar al pueblo iraquí que no se detiene ante ninguna inmoralidad.
Se hacen visibles los costos hasta esta fecha de la aventura de Iraq para los
imperialistas. No fue posible aplastar desde el aire a un país, y a pesar
del alto grado de desarme previo los defensores les causaron cientos de bajas
a los agresores. El grupo dominante en Estados Unidos sabe hoy que tendrá
que enfrentar dificultades internas ante cualquier perspectiva de bajas mayores.
Además, la resistencia fue más notable si se recuerda la falta
de unidad étnico-religiosa de Iraq y los enfrentamientos y agravios que
eso conllevaba para el gobierno de Hussein, más otras cuestiones previas
que ponían a ese gobierno en desventaja. Por otra parte, las movilizaciones
y los innumerables escritos en contra de la acción imperialista dejan
sin duda huellas positivas en cuanto a profundización del rechazo, a
los grados de conciencia y experiencias prácticas alcanzadas por los
involucrados, y al desprestigio que cae sobre los políticos dirigentes
de la agresión y sus argumentos, y sobre la maquinaria que la desató.
Apreciar las dificultades que encuentra la superpotencia cuando pasa del reino
de la manipulación en abstracto al de los hechos es un buen antídoto
contra la resignación o el desánimo. La capacidad de actuación
y desarrollo del movimiento de protesta, y el significado trascendente que tiene
la resistencia decidida de un pueblo, son enseñanzas que muestran los
límites y las debilidades del imperialismo.
Dedicaré la parte final de mi exposición a las posibilidades y
las necesidades del movimiento que se opone a la dominación, ya que es
nuestra oposición a ella la que nos convoca aquí. Pero ante todo,
lo hago por algo que concierne a cualquier análisis que se haga del imperialismo
actual: las debilidades de nuestra oposición a él forman parte
muy importante de su fuerza.
El Foro Social Mundial es una expresión más de la potencia mayor
con que cuenta el movimiento: una enorme acumulación cultural, hija de
actividades muy diversas, fruto de los combates, las ideas y los sentimientos
de varias generaciones que se han enfrentado a la dominación. Ella constituye
un cuerpo inestimable de experiencias, tradiciones, solidaridades, órganos
de pensamiento y de lucha, deseos, preguntas, disconformidad. El imperialismo
se ve obligado a reconocer la existencia de ese potencial de rebeldía,
lo tiene siempre en cuenta y se empeña en neutralizarlo, esterilizarlo,
inducirnos a olvidarlo. Antes se benefició de nuestra debilidad y nuestra
ignorancia. Ahora solamente somos débiles. ¿Permitiremos al imperialismo
privarnos de nuestra cultura de rebeldía, adquirida con tantos sacrificios?
Lo primero es el ejercicio de la voluntad de protesta, de denuncia, de adquirir
cada vez más conciencia y mejor organización, de coordinar los
esfuerzos de todos y formar una internacional de voluntades. El desafío
es forjar y convertir en un fenómeno masivo la voluntad de resistir,
de confiar en nosotros mismos, de pensar, hablar y sentir con independencia,
creatividad y audacia, de manera autónoma respecto al poder de ellos,
de dejar de ser una parte subalterna del propio cuerpo de la dominación.
En el principio está la voluntad de luchar; el reto es construir bien
esa voluntad y generalizarla. Desde ese punto de partida hay que contrastar
siempre la voluntad con los problemas esenciales y los datos reales, pero estos
deben ser buscados y formulados con independencia, por parte de nosotros mismos,
y no dentro del terreno de los problemas, datos y creencias que ellos organizan
para el consumo nuestro. Tenemos un campo común que compartimos cientos
de millones de personas, que es también fruto del siglo XX, ideas que
han pasado a formar parte de la sensibilidad y las creencias, y que es muy difícil
rechazar. Entre ellas están la repulsa a los sufrimientos y la indefensión
de personas y grupos humanos, porque ya no se acepta que ese sea un orden natural,
e incluso la puesta en relación de esa situación con los privilegios
e intereses de ricos y poderosos; las exigencias de democracia; la condena a
la violencia.
Es preciso liberar al lenguaje y al pensamiento de las cárceles de la
dominación. Se han abolido las palabras que expresaban los afanes, logros
y luchas de las mayorías, sustituyéndolas por las de una neolengua
que nos desarma al impedirnos pensar y sentir con autonomía, que confunde
y distorsiona las relaciones entre las personas, grupos y países, y trastorna
la identificación de los hechos y los símbolos, que convierte
la iniquidad social en hechos naturales. Urge rechazar por todas partes esos
instrumentos del sistema, divulgar sus funciones y defender el uso del idioma
que el pensamiento social ha elaborado para conocer las sociedades, y promover
la creación de los nuevos conceptos que sean necesarios. Para realizar
esa tarea que no puede esperar no es necesario tener una correlación
de fuerzas propicia, ni grandes recursos. Un aspecto central de la indispensable
democratización de los medios de comunicación es lograr que en
vez de servir de puente para la aceptación progresiva de la sumisión
al imperialismo, sean vehículos de un lenguaje y un pensamiento favorable
a las necesidades de la sociedad.
El capitalismo ha dejado de ofrecer al mundo las promesas del progreso, el desarrollo
económico y la democracia, porque ya no le es posible ni siquiera invocarlos.
En su lugar apela a la fuerza de sus finanzas, recursos materiales y armamentos,
a inducir a todos a creer que el mundo se divide en incluidos y excluidos y
que cada uno luche por ser un incluido, a utilizar la violencia criminal en
una supuesta guerra mundial “contra el terrorismo”, organizada por
los mayores terroristas de la historia, a exigir a los países que se
sometan y abandonen todo proyecto nacional, y a fabricar e inducir consensos
con su formidable maquinaria cultural. Explicar, divulgar y condenar esa estrategia
de la dominación es un paso en el camino de debilitarla y comenzar a
desmontarla.
Nada lograríamos, sin embargo, si no emprendemos desde ahora el cambio
de nosotros mismos. Hay que hacer que el vigor y entusiasmo con que se participa
en las actividades de protesta, denuncia o rebeldía se extiendan a prácticas
de alcance más profundo y con tendencia a la permanencia, que nos eduquen
para ser capaces de crear otro mundo diferente y opuesto –y no sólo
opuesto— al mundo en que vivimos. Esas transformaciones subjetivas serán
las que contribuyan de modo decisivo al desarrollo de una fuerza suficiente
para cambiar la sociedad.
Librarse de la dominación cultural es lo más difícil, y
será un largo trayecto. Pero nada sustituye a la primacía de la
actuación. Objetivos muy concretos y perspectivas de cambios muy radicales,
y trabajar en ambos campos a la vez: ese es el camino. Esos millones que se
manifiestan contra la guerra, junto a los que combaten en defensa de su patria,
junto a los que construyen reforma agraria y se proponen abolir el hambre en
el Brasil, junto a los que defendemos un futuro humano para la Humanidad en
Cuba, los que resisten y combaten de mil maneras en tantos lugares del mundo,
podemos y debemos coordinar y redoblar nuestros esfuerzos. Si llegamos a ser
capaces de unirnos, haremos posible la victoria, y la haremos realidad.
Notas
[1] Una versión sintetizada de este texto fue presentada por el autor el 24 de enero pasado en el Panel 1 del Área 5, “Imperio, guerra y unilaterismo”, uno de los tipos de actividades centrales del III Foro Social Mundial de Porto Alegre, Brasil. La convocatoria pedía referirse a “la contradicción del sistema internacional, basada en un análisis del significado actual de imperio y del auge del unilateralismo. Lógica del terror y la guerra e inexistencia de la legalidad internacional. ¿Cómo puede ser rota la hegemonía interna y externa del gobierno de EEUU?”. En esta redacción final introduje una valoración de los acontecimientos hasta el 13 de abril.
[2] La obra Imperio, de Michael Hardt y Antonio Negri (Harvard University Press, Cambridge, 2000), tuvo enseguida gran repercusión y varias ediciones (ver Imperio, Paidos, Buenos Aires, 2002), y ha suscitado fuertes polémicas. Para unas críticas que comparto, ver Atilio Borón: Imperio &Imperialismo, Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales, Buenos Aires, 2002.
[3] “…neocolonialismo es el concepto que expresa la supeditación más o menos completa de un país que posee entidad estatal formalmente independiente, a otro Estado capitalista (o a más de uno) que viabiliza y representa a fuerzas económicas muy superiores a las del Estado neocolonizado, fuerzas económicas que constituyen el vehículo fundamental de la generalización y permanencia de aquella supeditación, aunque estén asistidas por fuerza política, ideológica e incluso militar.” Fernando Martínez: “Neocolonialismo e imperialismo. Las relaciones neocolonialistas de Europa en África”. Economía y Desarrollo (58): La Habana, jul/ago 1980, p. 151.
[4] La política de “apaciguamiento activo” de la Gran Bretaña y Francia, en 1936-39, pretendió disuadir a Adolfo Hitler para que cesaran las conquistas fascistas en Europa. Cuando se firmó el Pacto de Munich (29-9-1938) entre Alemania, Italia, Gran Bretaña y Francia, el primer ministro británico dijo que se había conseguido “la paz para nuestra época”. Todo fue inútil: antes de un año había comenzado la II Guerra Mundial.