nro. 20
Salvador Allende. 11 de septiembre. 1973-2003

Gladys Marín

Este año se cumplen 30 años del golpe militar contra el gobierno del Presidente Salvador Allende y será recordado en todo el mundo. El cuadro “Lágrimas de sangre” de Guayasamín es la imagen más fiel y dolorosa de lo que significó para el mundo entero la muerte del Presidente Allende en la Moneda ardiendo, los horrorosos crímenes cometidos, y los 17 años de dictadura.

El 11 de septiembre de 1973 quedó para siempre como una fecha fatídica que sigue siendo convocante para repudiar el derrocamiento de Allende, para valorar los mil días del gobierno democrático, avanzado, revolucionario de la Unidad Popular; por la exigencia de Verdad y la Justicia; por rescatar la memoria histórica y contra la Impunidad. Allende es respetado, admirado símbolo de consecuencia y Pinochet, odiado y condenado en todo el mundo.

El golpe contra el Gobierno Popular presidido por Salvador Allende sólo fue posible por la intervención de una potencia extranjera: los EE.UU. Hoy esa potencia sigue interviniendo en cualquier parte de la tierra, declara unilateralmente la guerra, decreta que usará armas nucleares contra cualquier país donde sospeche que pueda haber armas químicas de destrucción masiva, y conmina a que “están con nosotros o están con el terrorismo”. EE.UU. ha asumido por sí y ante sí el papel de supremo hacedor y pretende instalar una dictadura global.

El desconocimiento y la violación de convenios y tratados internacionales, es un sello de la política exterior de Estados Unidos. Se desvinculó de los acuerdos de Kioto, que buscan disminuir el sobrecalentamiento del planeta; rompió el tratado de limitación de armas nucleares y ensaya su escudo antimisiles; se retiró de la Conferencia Internacional sobre el Racismo y la Discriminación; rechazó la Convención sobre Biodiversidad. En la Cumbre de la Tierra, realizada en septiembre pasado en Sudáfrica, el Secretario de Estado Colin Powell se negó a suscribir el compromiso de fomentar el uso de energías renovables, constituyéndose en el principal responsable de los problemas ecológicos que afectan el planeta.

Vivimos un momento extremadamente grave y peligroso que puede llevar al Holocausto de toda la humanidad. Un momento de instalación del fascismo en la política de EE.UU., impulsado por los intereses bastardos de la ganancia, de los privilegios extremos del gran capital, contra el que debemos movilizarnos decididamente.

En el documento oficial "La estrategia de seguridad nacional de Estados Unidos de América", presentado en septiembre ante el Congreso de su país, el gobierno norteamericano ha expuesto su doctrina de "guerra preventiva", contra estados hostiles y aquellos que ellos califican como grupos terroristas. Bush proclama el derecho de Estados Unidos a intervenir en cualquier lugar del mundo, aplastando la soberanía nacional y desechando todo lo alcanzado por la humanidad después de horrorosas guerras mundiales. Holocaustos que los pueblos juraron no se volverían a repetir, para lo cual se creó una institucionalidad mundial cuya expresión principal es la ONU, y principios, tratados y convenios que obligan a todos los países.

Esta nueva doctrina sólo traerá la multiplicación de los sentimientos de odio, venganza e inseguridad, lo que equivale a estimular el terrorismo en lugar de crear las condiciones para su superación.

Esto es sólo una nueva fase del capitalismo y del papel imperialista de los EE.UU. Su papel intervencionista y de dominación viene de siglos. En Chile la ingerencia más directa y grosera de Estados Unidos se dio desde antes del triunfo de Allende. Se expresó en el 64 y el 70 a través de dineros entregados a medios de comunicación y partidos políticos para oponerse al avance de las fuerzas de izquierda. Los documentos desclasificados por el gobierno norteamericano y los informes del Congreso de los Estados Unidos demuestran la más descarada intervención a contar de la victoria de Allende. La decisión del gobierno de Nixon y en especial el papel de Henry Kissinger fueron determinantes para organizar, financiar y ejecutar el golpe militar de 1973. Los documentos desclasificados de la CIA hablan, entre otras cosas, de su trabajo en 1970 con tres grupos diferentes de conspiradores a los cuales suministró armamento, gases lacrimógenos, dinero, con el objetivo de impedir que Allende asumiera el gobierno. El resultado fue el secuestro y asesinato del general René Schneider, Comandante en Jefe del Ejército, ocurrido el 22 de octubre de 1970.

En este sentido el libro de Cristopher Hitchens “Juicio a Kissinger” hace un buen análisis de la responsabilidad directa de Estados Unidos en el golpe militar del 73, que van desde el asesinato del General Schneider, el financiamiento para organizar el desabastecimiento, la desestabilización, los atentados diarios contra puentes y torres de electricidad, huelgas y paros; el boicot económico, el corte de créditos y embargo del cobre. Y luego ya producido el golpe la asesoría a la Junta Militar, el trabajo con Manuel Contreras siniestro Jefe de la DINA, la realización del Plan Cóndor, que significó la coordinación de las policías secretas de Brasil, Bolivia, Uruguay, Paraguay y Chile para perseguir, asesinar a los opositores en cualquier lugar. El crimen organizado sin fronteras.

Un grupo de familiares hemos presentado recientemente una demanda contra Henry Kissinger, Michel Townley y los Estados Unidos fundada en quince o más Convenciones Internacionales, leyes de los Estados Unidos y del Distrito de Columbia demandando justicia para las miles de víctimas que produjo su intromisión en nuestro país por los delitos de desaparición forzada, tortura, tratos crueles y degradantes, ejecución sumaria, violencia contra mujeres, detención y encarcelamientos arbitrarios, muertes por error, asaltos, y daños sicológicos. Esta nueva acción demuestra cuan profunda fue la herida provocada, que no podrá sanar si no hay verdad y justicia. Los crímenes cometidos, los miles de detenidos desaparecidos (DD), ejecutados, torturados, quemados, degollados son Crímenes contra la Humanidad imprescriptibles e inamnistiables. Como otra paradoja el presidente de los Estados Unidos nombró, aunque este renunció posteriormente, a Henry Kissinger Presidente de la Comisión Nacional que debe conocer de los sucesos del otro 11 de septiembre, el atentado a las Torres Gemelas en Nueva York. Atentado terrible, lamentable, doloroso para el pueblo norteamericano, pero esperable ante la irracionalidad criminal instalada y desatada por el imperialismo de los EE.UU.

Ante la acentuación de la política guerrerista, intervencionista ante la nueva estrategia militarista de dominación, ¿qué duda cabe que el 2003 puede ser un año de grandes confrontaciones de todas las fuerzas políticas y sociales humanistas, progresistas, revolucionarias del mundo contra las fuerzas más reaccionarias del capitalismo neoliberal encabezadas por los EE.UU.?. ¿Y qué duda cabe de la necesidad del rescate de la memoria histórica de nuestros pueblos, de la necesaria unidad y coordinación de las luchas de América Latina y el Caribe y del mundo entero? ¿Y qué duda cabe que en esta nueva fase de lucha democrática, de nuevos sujetos históricos, de identidades populares, Salvador Allende y su obra serán parte de todo ello?

La oligarquía y el imperialismo norteamericano recurrieron a una contrarrevolución sangrienta para revertir y destruir las transformaciones revolucionarias llevadas a cabo por el Gobierno Popular encabezado por Salvador Allende, y arrasar con todas las libertades democráticas y avances conquistados por el movimiento popular.

Pero además esta contrarrevolución construyó un nuevo régimen político y económico que se prolonga hasta nuestros días. En el marco del terrorismo de estado, Chile fue el primer laboratorio en que se implantaron las teorías de los pensadores neoliberales de Mont Pelerín, introducidas en Chile por los llamados Chicago Boys. En los años sesenta, la Facultad de Economía de la Universidad Católica suscribió un convenio con la Universidad de Chicago, una de las primeras en hacer suya la corriente neoliberal, en virtud del cual ésta proporcionaría profesores visitantes y becas para postulantes distinguidos de postgrado. En nuestro país se llevó a cabo la primera transición en el mundo desde el capitalismo con Estado de bienestar al capitalismo globalizado o transnacionalizado, lo que ha provocado tremendos cambios y retrocesos políticos, sociales, culturales e ideológicos.

Durante la dictadura se llevan a cabo cinco grandes reformas estructurales que dan paso al capitalismo neoliberal:

1. La apertura al exterior de la economía chilena, mediante la rebaja de aranceles, una política de promoción de las exportaciones de productos primarios, y la eliminación de las trabas para el ingreso de capitales extranjeros, especialmente promulgando el Decreto Ley 600 sobre inversiones extranjeras.

2. La imposición de un nuevo Código del Trabajo, que institucionalizó una brutal superexplotación de los trabajadores, despojándolos de su derecho a organizarse en sindicatos.

3. La privatización de la seguridad social, creando las Administradoras de Fondos Previsionales – propiedad de los grupos económicos -, que administran los fondos de pensiones de los trabajadores en su beneficio.

4. La privatización del sistema de salud, a la par con la desarticulación del sistema público.

5. La transformación neoliberal de la educación, haciendo de ella un negocio, proliferando las universidades privadas, la educación particular subvencionada, y el debilitamiento de la educación pública básica y media mediante el traspaso a las municipalidades.

Junto con ello, en 1980 se dicta una nueva Constitución, que institucionaliza un nuevo orden político antidemocrático y diseñado para excluir a la izquierda y evitar que ésta volviese a conquistar los importantes espacios de poder que tenía en los Municipios, en el Parlamento, y en 1970 con el Gobierno de Salvador Allende.

El viraje y posterior transformación de la Concertación en una fuerza política del capitalismo neoliberal se comenzó a producir ya durante la dictadura, a mediados de los 80, cuando se recompuso la lucha del pueblo y se transformó en un poderoso y combativo movimiento de millones de chilenos luchando por la democracia. Entonces, sectores políticos que hoy componen la Concertación, atemorizados ante la posibilidad de una salida democrática consecuente, y en acuerdo con Estados Unidos, negociaron con el pinochetismo el término de la dictadura aceptando sus condiciones, lo cual marcó todo el desarrollo posterior de los acontecimientos.

Después, la derecha y la Concertación consolidaron su Pacto estratégico, que significó la clausura de una transición real a la democracia y la mantención de todo lo esencial del sistema económico e institucionalidad política impuestas en dictadura.

En este nuevo marco mundial y nacional volvemos a reflexionar y recordar a Salvador Allende y la experiencia del Gobierno Popular. Allende concibió siempre el proceso revolucionario que encabezó en Chile en el marco de la realidad latinoamericana y asimilando nuestra historia y las luchas de los pueblos latinoamericanos desde Tupac Amaru en Perú hasta los próceres señeros de este continente, como Bolívar, San Martín, Sucre, Morelos, Artigas, O’Higgins, Martí. Fue un incansable luchador por la unidad e integración latinoamericana. En este sentido Allende buscó afanosamente, junto a gobiernos de países del Tercer Mundo construir instrumentos que permitieran concordar con las naciones desarrolladas, en condiciones de respeto a nuestra independencia y soberanía, soluciones nuevas para los viejos problemas de los países subdesarrollados. Bajo esta concepción, su discurso en el acto inaugural de la UNCTAD III (Conferencia de las Naciones Unidas para el Comercio y el Desarrollo), realizada en Santiago el 13 de abril de 1972, aboga por la unidad de nuestros pueblos:

“El Pacto Andino, auténticamente latinoamericano, tiene trascendencia no sólo por el pragmatismo técnico con que estamos enfrentando los problemas como surgen, sino también porque estamos realizando una experiencia autóctona de integración, basada en el más absoluto respeto al pluralismo ideológico, al legítimo derecho que cada país tiene de adoptar las estructuras internas que estime más conveniente”.

Y agregaba:

“Corresponde a nosotros, los pueblos postergados, luchar sin desmayo por transformar esta vieja estructura económica antiigualitaria, deshumanizada, por una nueva, no sólo más justa para todos sino capaz de compensar la explotación secular de que hemos sido objeto.

Cabe preguntarse si nosotros, los pueblos pobres, podemos hacer frente a este desafío a partir de la situación de dominación o de dependencia en que nos encontramos. Debemos reconocer viejas debilidades nuestras, de distinto orden, que contribuyeron considerablemente a perpetuar las formas de intercambio desigual que condujeron a una trayectoria de los pueblos también desigual.

Por ejemplo, la convivencia de ciertos grupos dominantes nacionales con los factores causantes del atraso. Su propia prosperidad se basaba, precisamente, en su papel de agentes de la explotación foránea.

No menos importante ha sido la alienación de la conciencia nacional. Ésta ha absorbido una visión del mundo elaborada en los grandes centros de dominación y presentada con pretensión científica como explicación de nuestro atraso. Atribuye a ciertos factores naturales, como el clima, la raza, o la mezcla de razas, o el arraigo a tradiciones culturales autóctonas, la razón de un inevitable estancamiento de los continentes en desarrollo. Pero no se ocuparon de los verdaderos causantes del retardo, como la explotación colonial y neocolonial foránea.

Otra culpa nuestra que debemos mencionar es que el Tercer Mundo no ha logrado todavía la unidad total, respaldada sin reservas por cada uno de nuestros países.

La superación de estos errores debe tener prioridad”.

El edificio de la UNCTAD construido en meses en base a trabajo voluntario de obreros de la construcción concebido como centro abierto a la cultura y que adoptó el nombre de nuestra poetisa Gabriela Mistral, fue ocupado por la junta militar golpista y hoy sigue siendo sede del Ministerio de Defensa, sin devolverle siquiera su nombre original.

Y en el discurso ante la Asamblea General de las Naciones Unidas del 4 de diciembre de 1972 señaló:

“Chile se siente profundamente solidario con América Latina, sin excepción alguna. Por tal razón, propicia y respeta estrictamente la política de no intervención y de autodeterminación que aplicamos en el plano mundial. Estimulamos fervorosamente el incremento de nuestras relaciones económicas y culturales. Somos partidarios de la complementación y de la integración de nuestras economías. De ahí que trabajemos con entusiasmo dentro del cuadro de la ALALC, y, como primer paso, por la formación del Mercado Común de los países Andinos, que nos une con Bolivia, Colombia, Perú, Ecuador”.

En la década de los 60, cuando el movimiento popular chileno desarrollaba un ritmo acelerado de crecimiento, el capitalismo en Chile era una economía dependiente monopólica en que el Estado era determinante para sostener el sistema de producción. Contra ese sistema que para el pueblo y los trabajadores chilenos significaba cesantía, hambre, falta de viviendas, de salud, carencia de perspectivas de educación, ausencia de cultura, Salvador Allende llevó adelante su programa de gobierno que significó profundas transformaciones en nuestra sociedad. Cuarenta fueron las primeras medidas comprometidas por su gobierno. Medidas que apuntaban esencialmente a una distribución más justa del ingreso reduciendo sueldos y jubilaciones millonarias de funcionarios públicos, mejorando los salarios y jubilaciones de los trabajadores. Medidas orientadas a garantizar los derechos civiles de todos los ciudadanos; transparentar la gestión pública, mejorar la calidad de vida de los chilenos y chilenas; desarrollar la cultura; asegurar el derecho al trabajo de todos; mejorar la seguridad ciudadana. Las cuarenta medidas fueron realizadas casi en su totalidad en los mil días de gobierno.

En los tres años de Gobierno Popular se profundizó la reforma agraria y ello dio por resultado la expropiación de 4.401 predios agrícolas con 6,4 millones de hectáreas que beneficiaron a más de 250 mil personas. Allende promulgó la primera ley que empieza a hacer justicia al pueblo mapuche entregándoles más de 70.000 hectáreas de tierra a las comunidades indígenas.

A pesar del boicot económico desatado por los grandes grupos económicos transnacionales y nacionales, en el período del 71 al 73 el PIB creció 3,7% y la economía 7,7%. Nuestras principales riquezas naturales fueron nacionalizadas y se creó la Corporación del Cobre (CODELCO). Se tocó el corazón del imperio: las corporaciones norteamericanas como la Kenecott y la Braden dueños de los yacimientos de cobre fueron nacionalizadas, así como la ITT (International Telephone ad Telegraph)

Bajo el gobierno de Salvador Allende la cesantía se redujo de 8,3% (1970) a 3,8% (1971); se incrementaron los ingresos salariales, asignaciones familiares, pensiones y jubilaciones. Los ingresos mínimos de los años 71 y 72 superaron un 74,41% el valor de la canasta básica, y comparado con 1970, el poder adquisitivo de los salarios y asignaciones de los obreros mejoraron un 57,45%.

Mejoró la calidad de vida de los chilenos, aumentó el consumo de calorías diarias a 2.070 por persona, y el de proteínas a 74. Se implementó el Programa de Medio Litro de Leche diario gratuito para todos los niños. Se implementaron Programas Odontológicos gratuitos en las Escuelas, Se amplió la atención médica al sector rural y aumentó el presupuesto para salud. El programa de construcción de viviendas copó la capacidad de producción de cemento, maderas y otros materiales de construcción del país. Fue creada la primera red nacional de Jardines Infantiles y Salas Cunas gratuita. La matrícula en la educación superior creció en más de 80%. Se implementó el Convenio entre la Central Única de Trabajadores y la Universidad Técnica del Estado que permitió a los trabajadores cursar carreras universitarias. Se realizó el Primer Congreso Nacional de Científicos y se desarrolló el más amplio movimiento artístico de excelencia, masivo y popular. Esto último estuvo compuesto, además de la creación general por brigadistas que realizaban murales en todo Chile, por cantantes como Víctor Jara y grupos de intérpretes. Todo, expresión de un amplio movimiento juvenil que era una fuerza principal en el gobierno de Allende.

Se amplió y profundizó la participación del pueblo en la actividad política, social y cultural del país. El Gobierno Popular otorgó el reconocimiento legal a la CUT (Central Única de Trabajadores) que llegó a tener 900.000 afiliados (30% de la fuerza laboral), en el sector rural la sindicalización aumentó de 512 sindicatos con 114 mil afiliados en 1970 a 870 sindicatos y 230 mil afiliados en 1973. Se crearon 1.013 Asentamientos de Reforma Agraria, 273 Centros de Reforma Agraria, 104 Centros de Producción, 207 Cooperativas de Reforma Agraria, 1.503 Cooperativas Campesinas de Pequeños Agricultores y 50 mil Productores organizados en Cooperativas Campesinas. Se masificaron los Centros de Madres, las Juntas de Vecinos, las Federaciones Estudiantiles, los Colegios Profesionales y se crearon las Juntas de Abastecimientos y Precios (JAP).

El Tren de la Victoria, el Tren de la Salud, el Tren de la Cultura, el Trabajo Voluntario fueron formas de participación que incorporaron a millones de chilenos y chilenas al proyecto de construcción de una nueva sociedad para nuestro pueblo, razón por la cual el Presidente Allende decía en 1972:

“Del proceso de transformación que vive Chile, pienso que nadie podrá negar que es un proceso de cambios profundos, un proceso revolucionario, que se hace dentro de nuestra realidad, nuestras características, nuestra historia y nuestra tradición”.[1]

Fue tal la profundidad del proceso, el enfrentamiento a las fuerzas reaccionarias internas y externas, el peso del pueblo organizado, la irrupción de los sectores más humildes, tan radical el compromiso de Allende con el programa, que bajo el imperio del pensamiento único de esta sociedad neoliberal, algunos de los que ayer estuvieron a su lado hoy hacen sus mejores esfuerzos por negar ese atrevimiento histórico. Para unos, Allende es sólo el sueño de los pueblos que siempre anhelan una vida distinta. Otros lo quieren asimilar al sistema resaltando su calidad de “político pragmático”, y no faltan aquellos que declaran que el Gobierno Popular fue un error para, así, negar hoy toda posibilidad de transformación revolucionaria.

Algunos de los que se dicen sus "amigos y compañeros de lucha" buscan afanosamente despojarlo de su condición de revolucionario, reduciendo su figura y personalidad a la de un idealista, negando sus profundas convicciones revolucionarias demostradas en toda su vida de luchador social. Así ocurrió en el Dialogo “El Significado de Salvador Allende Hoy”, organizado por la Fundación Salvador Allende el 5 de diciembre de 2002, donde sus "amigos", Carlos Altamirano y Enrique Correa fueron incapaces de reconocer los logros de su gobierno, menos aún de asumir autocríticamente el papel que ellos jugaron durante los mil días de Gobierno Popular. A ellos sólo les interesa negar el papel relevante que Allende jugó en la formación del movimiento político y social que dio origen a la Unidad Popular y logró el Gobierno Popular con un Programa profundamente democrático que apuntaba a transformar radicalmente las estructuras dominantes. Estos “amigos” hoy propagandistas del modelo neoliberal y de la teoría de “humanizar el capitalismo”, algunos de ellos con grandes empresas y consultorías, son fiel expresión de su conversión al sistema capitalista neoliberal y globalizado.

El movimiento, político y social que encabezó Allende, no surgió de la noche a la mañana, sino que fue el producto de un largo batallar de varias generaciones, de la conjunción de muchas voluntades y experiencias de distinto carácter e intensidad. Se fue armando en las tomas de terreno, en las luchas campesinas, en las huelgas y paros nacionales de trabajadores, a través del movimiento juvenil, con la experiencia de los estudiantes que protagonizaron el movimiento de la reforma en las universidades. La concepción de lucha y nación sustentada por Allende proviene de la participación que le cupo desde sus tiempos de estudiante en las luchas sociales y políticas, de ahí nacen los valores que le permitieron entrar en contacto con los trabajadores, pobladores, militantes de partidos populares, vínculo que supo mantener y fortalecer hasta el final porque sabía que era esencial para llevar adelante los desafíos de su gobierno. Comprendió la relación dialéctica entre lo social y lo político que debe ser la base del movimiento popular y que surge de la necesidad de la transformación de toda la sociedad, no sólo de aspectos del movimiento social y político.

“Una parte del Estado está en manos de los trabajadores a través de los partidos populares y de la Central Única, que representa a todos los niveles de la organización sindical. Y si digo una parte del Estado es porque hay otros poderes independientes, como el judicial o el legislativo, donde no tenemos mayoría. Por eso debe entenderse que, junto con las dificultades inherentes a esa realidad, hoy tenemos que fijarnos objetivos distintos. El primero de todos: consolidar el poder político. El segundo, ampliar ese poder político, el poder popular. Y hacer esto en la forma más efectiva y realista, de acuerdo a las condiciones chilenas.

Cuando yo hablo de ampliar el poder político, pienso que más allá de los límites de la Unidad Popular hay miles y miles de ciudadanos que pueden estar junto a nosotros; hay cientos y miles sin domicilio político, y hay otros que, teniéndolo, no pueden olvidar ni los principios, ni las ideas, y por eso yo los llamo fraternalmente, limpiamente, a trabajar por el Chile nuevo y por la patria mejor que queremos para todos los chilenos.

Consolidar y ampliar el poder popular supone vitalizar los partidos populares, sobre la base de hacer efectiva la unidad, para mantener un diálogo ideológico, polémico, crítico, pero con lealtad y no mirando la parcela partidaria, sino la gran responsabilidad común que enfrentamos.

Fortalecer el poder popular y consolidarlo significa hacer más poderosos los sindicatos con una nueva conciencia, la conciencia de que son un pilar fundamental del Gobierno, pero que no están dominados por él, sino que, conscientemente participan, apoyan, ayudan y critican su acción.

Significa fortalecer el poder popular, organizar la movilización del pueblo, pero no tan sólo para los eventos electorales; movilizarlos diariamente porque el enfrentamiento de clases se produce todos los días, a todas horas, minuto a minuto. Y hay que tener conciencia de ello.

Un pueblo disciplinado, organizado y consciente, es, junto a la limpia lealtad de las Fuerzas Armadas y de Carabineros, la mejor defensa del Gobierno Popular y del futuro de la patria.

Fortalecer, ampliar y consolidar el poder popular significa ganar la batalla de la producción. Óiganlo bien compañeros trabajadores: ganar la batalla de la producción.”[2]

Su vida entregada consciente y generosamente en la Moneda, y sus últimas palabras son el mandato que ayer nos impulsó a levantarnos contra la dictadura recurriendo a todas las formas de lucha que nos permitieran terminar con el horror de la traición y recuperar la democracia para nuestro pueblo. Hoy nos mandata construir la alternativa al neoliberalismo porque volvemos a ser millones los que soñamos, actuamos y luchamos. Porque hay una lógica inevitable, que ni todos los ejércitos del mundo pueden destruir, en la cual Allende creyó profundamente: la lógica de la vida humana para lograr la felicidad. La necesidad insoslayable de abrirse camino, y de generar formas superiores de convivencia social.

Es en este sentido que Allende forma parte de la historia del movimiento democrático mundial y su ejemplo lo hace, para el pueblo de Chile y para los pueblos latinoamericanos, un hombre del presente y del futuro. Conocedor de la realidad de nuestros pueblos sabía que el origen de tanta injusticia, del subdesarrollo, es el imperialismo que nos mantiene como países dependientes con economías manejadas desde fuera con violentas y dramáticas consecuencias para nuestros pueblos. En la Asamblea General de las Naciones Unidas señaló:

“Por eso resulta tanto más doloroso tener que venir a esta tribuna a denunciar que mi país es víctima de una grave agresión.

Habíamos previsto dificultades y resistencia externas para llevar a cabo nuestro proceso de cambios, sobretodo frente a la nacionalización de nuestros recursos naturales. El imperialismo y su crueldad tienen un largo y ominoso historial en América Latina, y está muy cerca la dramática y heroica experiencia de Cuba, También lo está la del Perú, que ha debido sufrir las consecuencias de su decisión de disponer soberanamente de su petróleo.

En plena década de 1970, después de tantos acuerdos y resoluciones de la comunidad internacional, en los que se reconoce el derecho soberano de cada país de disponer de sus recursos naturales en beneficio de su pueblo; después de la adopción de los Pactos Internacionales sobre Derechos Económicos, Sociales y Culturales y de la Estrategia para el segundo Decenio del Desarrollo, que solemnizaron tales acuerdos, somos víctimas de una nueva manifestación del imperialismo. Más sutil, más artera, y terriblemente eficaz, para impedir el ejercicio de nuestros derechos de Estado soberano”.

Para oponerse a la voracidad del imperialismo, Allende fue incansable luchador por la unidad latinoamericana:

“No podemos aceptar seguir siendo siempre los países de segunda categoría. Debemos elevarnos por nuestros propios esfuerzos.

El esfuerzo individual no se aquilata. Necesitamos el esfuerzo común y colectivo. Necesitamos que las fronteras se hagan pequeñas, no para recibir la influencia de un régimen a otro, sino para fortalecer en la unidad y la lucha combatiente una América Latina”.[3]

Hoy los pueblos del mundo se enfrentan a la agresividad bélica creciente del gobierno norteamericano que pretende aplastar toda forma de resistencia a su dominación. Está en desarrollo una estrategia que apunta a la instalación del fascismo en la política de EE.UU. impulsada por los intereses bastardos de la ganancia, de los privilegios extremos del gran capital, contra el que debemos movilizarnos decididamente.

Nuestro XXII Congreso Nacional, realizado los días 31 de octubre, 1, 2 y 3 de noviembre recién pasado ha propuesto convocar a los pueblos de América Latina y del mundo a levantar el Tribunal Mundial de los Pueblos para acusar, condenar y detener la política de los EE.UU. La lucha contra la guerra es parte vital de la lucha por la democracia, y junto al valiente y noble pueblo norteamericano tenemos que responder creando el más vasto, variado y convergente movimiento por la paz y la sustentabilidad del planeta.

Hoy nuestra América Latina sigue siendo tratada como patio trasero del imperio. Las decisiones se adoptan o se condicionan desde las instituciones financieras internacionales controladas por el poder imperial, subordinando a los gobernantes de turno a los grupos oligárquicos transnacionales e internos.

Las conquistas democráticas no han sido recuperadas en las llamadas transiciones, negociadas a espaldas del pueblo. Los parlamentos pierden legitimidad, la gente participa cada vez menos en los procesos electorales, y se recurre más que antes a la represión directa, al ahogamiento de las libertades, al racismo y la xenofobia. El terrorismo de Estado, bajo nuevas formas, sigue siendo recurso de dominación.

Los pueblos de América Latina luchan en forma sostenida y con intensidad creciente contra esta realidad. Somos testigos y actores del inicio de un renovado impulso a las ideas del cambio necesario, del cambio revolucionario porque la aspiración más alta de la humanidad es la aspiración a la superación de todas las injusticias y desigualdades, y eso se logra con profundos cambios revolucionarios.

Para Allende el socialismo es la superación de la sociedad capitalista. Su concepción de socialismo es la más profunda y real democracia.

“Vamos hacia el socialismo, en democracia de inspiración revolucionaria, en pluralismo y libertad”.

Más adelante, señala:

“Democracia, para que el pueblo – a través de sus partidos y organizaciones sindicales – tenga acceso a los niveles de nuestra existencia política, social, económica y administrativa.

Democracia para que el pueblo sepa que no queremos su voto cada seis años.....”

Queremos más democracia, para que coexista el respeto a todas las ideas”.[4]

Los que pretendieron que era suficiente negar la existencia de la lucha de clases para asegurar su dominio, hoy chocan con una ola de convulsiones en un Tercer Mundo donde los pueblos defienden la soberanía y la identidad en condiciones particularmente dramáticas.

El truncado proceso de transición a la democracia en Chile ha servido sólo para hacer de nuestro país una gran mentira que el imperialismo norteamericano levanta para mostrar las “bondades” de sus políticas.

La vigencia de la Constitución pinochetista significa que se mantiene la supremacía de las Fuerzas Armadas sobre la soberanía popular. Permanece el Consejo de Seguridad Nacional con poder para adoptar resoluciones por sobre la opinión del Presidente de la República, y el tribunal Constitucional con facultades para vetar leyes aprobadas por el Congreso y el Presidente. Se mantiene el sistema electoral binominal establecido para impedir que cualquier fuerza política que afecte al sistema pueda acceder a los órganos de poder llegando al extremo de que nosotros – comunistas – hemos llegado a obtener 24% de votación en distritos y no elegimos diputados. Sólo los dos bloques políticos que están por la mantención del sistema pueden llegar al parlamento: la derecha y la concertación. En Chile, el ejercicio de la democracia por el pueblo ha sido reducida a la sola participación, de tarde en tarde, en los procesos electorales.

El gobierno de Lagos ha defraudado las expectativas de millones de chilenos que creyeron en sus promesas electorales. No ha habido reformas constitucionales, tampoco inscripción electoral automática, no habrá cambio de sistema electoral ni en las instituciones como el Consejo de Seguridad Nacional y Tribunal Constitucional.

En el plano laboral, la reformas realizadas por Lagos obedecen a las orientaciones del FMI y BM, es decir, apuntan a una mayor flexibilización de las relaciones laborales. En concreto dichas reformas han significado: establecer jornada laboral de 12 horas, eliminar el descanso dominical, salarios inferiores al mínimo para los jóvenes trabajadores, marginación de importantes sectores de trabajadores de la negociación colectiva, como los trabajadores eventuales, transitorios y temporeros. La legislación laboral de Lagos mantiene los obstáculos para la sindicalización, favorece las prácticas antisindicales y la contratación de reemplazantes durante la huelga lo que en la práctica la anula. Y pretenden pasar a una segunda fase de una mayor “adaptabilidad” laboral terminando con todo control social de las relaciones laborales.

El mundo entero fue testigo de las maniobras que la Concertación desarrolló para impedir que Pinochet fuera extraditado desde Londres a España y ser juzgado allí por crímenes contra la humanidad. Conocida es también la Mesa de Diálogo sobre Derechos Humanos, articulada por Lagos para imponer la impunidad para todos los que violaron los derechos humanos durante la dictadura. Ahí, en medio de un fabricado ambiente dramático se instaló la más reaccionaria interpretación del golpe militar. En el discurso de Ricardo Lagos donde dio a conocer los resultados de la Mesa de Diálogo habló de “la espiral de violencia que condujo al quebrantamiento de la democracia”. O sea no hubo golpe militar, sino una espiral de violencia con responsables por ambos lados. Víctimas y victimarios son los responsables. Fue una insolencia contra Allende, el pueblo, los héroes detenidos desaparecidos, sus familiares y toda la sociedad. Ahí se quiso sellar el pacto del nuevo bloque en el poder: Derecha y Concertación. El tiempo y la lucha popular ha ido demostrando la mentira de esta Mesa de Diálogo y que en su momento nosotros denunciamos a la opinión pública nacional e internacional. Los restos que decían habían sido lanzados al mar no ha sido comprobados, y más aún algunos de ellos han sido encontrados dentro de los regimientos. La impunidad, que salva a los criminales y saqueadores de Chile, ha sido instalada oficialmente.

La corrupción que con distintas expresiones se ha manifestado en las FFAA y en el poder Ejecutivo y Legislativo habla no sólo de la pérdida de valores éticos en una sociedad marcada por el individualismo y la ambición del lucro personal sino de la prolongación de las prácticas de la dictadura. La inmoralidad, el tráfico de influencias, el nepotismo, los negociados ponen el punto final a la Concertación.

La corrupción tiene su origen en el sistema neoliberal impuesto por la dictadura, cuyo fundamento es la extrema concentración del poder económico, político, comunicacional y la promoción de una mentalidad y una conducta amoral, arribista y calculadora, en que todo vale para “tener éxito” y conseguir metas, que ha sido instalada en los órganos de poder. Es bajo la dictadura que se realizan los grandes negociados de la derecha y el pinochetismo. Nuestro patrimonio nacional fue entregado a precio vil a los protegidos de la tiranía. Sin embargo la Concertación, comprometida en el Pacto con la dictadura y la derecha, no quiso investigar los negociados, el enriquecimiento ilícito del tirano y su entorno, por el contrario, ha continuado vendiendo las empresas que pertenecieron al pueblo, y el cobre que no se logró privatizar bajo la dictadura, hoy ha sido entregado en un 70% a las transnacionales norteamericanas y canadienses, principalmente.

¡Qué abismo separa a Lagos de Allende!. Allende, luchador incansable por la unidad latinoamericana y su integración económica contra la dominación de Estados Unidos y las transnacionales. Lagos, punta de lanza de la política de EE.UU. en América Latina, acaba de firmar el TLC que significa, lisa y llanamente, entregar nuestra soberanía nacional a los grandes grupos económicos norteamericanos y hace de Chile el puente que cruzará Estados Unidos para dominar todo nuestro continente.

Lo dicho por el senador de la derecha UDI – colaborador de la dictadura Hernán Larraín – lleva a esta conclusión: “Lo bueno de este acuerdo es que Chile asume un compromiso como país de aplicar en forma indefinida la economía libre como sistema económico. Se ha puesto un candado a llegar a una economía socialista, en cualquiera de sus variantes. Nuestras ideas han triunfado, más todavía si consideramos que este acuerdo ha sido alcanzado por un Presidente socialista... El hecho de firmarlo prestigia a Chile y subraya su seriedad como país en la aplicación de un esquema económico durante más de dos décadas, con independencia de los gobiernos que lo han conducido en el período”. (El Mercurio, 19/12/02).

En el mismo sentido, Robert Zoellick, Representante de Comercio de Estados Unidos, señala: “El TLC con Chile asistirá los esfuerzos estadounidenses para la liberación en el hemisferio Oeste, promoviendo nuestra iniciativa de establecer el ALCA”.

Kathleen Barclay, presidenta de la Cámara Chileno Norteamericana de Comercio recalca: “Tiene impactos (el TLC) comerciales y financieros, pero también tiene un impacto mucho más importante, que es consolidar a Chile en un lugar de liderazgo en el continente. Su impacto va mucho más allá de lo puramente comercial”. Y más adelante agrega: “El tratado con Chile es geopolítico y comercial, y para Estados Unidos esto va a dar un impulso muy importante a abrir su comercio”. (El Mercurio, 14/12/02).

Los TLC en curso demuestran muy claramente las dramáticas consecuencias que tienen para nuestros pueblos. Ello significa que todos los servicios públicos se entregarán a la inversión privada, los gobiernos se comprometen a otorgar garantías absolutas para la inversión extranjera, todas las compras del Estado deben estar abiertas a las transnacionales, los gobiernos se comprometen a reducir, y llegar a eliminar, los aranceles y otras medidas de protección a la producción nacional, habrá libre importación y eliminación de subsidios a la producción agrícola, se privatizará y monopolizará el conocimiento y las tecnologías, los gobiernos se comprometen a la eliminación progresiva de barreras proteccionistas en todos los ámbitos, se desmantelará la industria nacional y las transnacionales se otorgan el derecho de enjuiciar a los países en tribunales internacionales privados. Definitivamente, los TLC son la nueva estrategia de anexión de nuestros pueblos a la hegemonía militarista de los Estados Unidos.

Frente a esta ofensiva todos y cada pueblo de América Latina deben alzarse en lucha por su independencia, su soberanía, contra las políticas privatizadoras y por los derechos más elementales de los seres humanos.

En este marco, la Revolución Cubana adquiere especial valor político, humano, de atracción para los pueblos en su lucha por construir una sociedad distinta, independiente, solidaria y socialista. Sus valores humanistas, su dignidad, su aporte a la defensa del derecho a la autodeterminación y soberanía de los pueblos y a la causa de la integración latinoamericana son reafirmados al cumplirse los 50 años del asalto al Cuartel Moncada. No permitiremos que Cuba sea agredida por la locura del gobierno de Bush y estaremos junto a millones defendiendo a Cuba, dando más de lo que seamos capaces de dar porque Cuba y Fidel nos representan a todos los pueblos y esta representación se la han ganado con su valentía, consecuencia y solidaridad activa durante más de 43 años.

En el crisol de tal multiplicidad de luchas, nuestro continente va recuperando el pensamiento y la acción latinoamericanista de nuestros próceres en la lucha por la independencia del colonialismo. Sólo así será posible enfrentar la imposición de los Tratados de Libre Comercio y el ALCA, que no son sino nuevas expresiones de la imposición anexionista de total supremacía norteamericana sobre las economías regionales y locales.

La determinación de imponer el ALCA es inseparable de la ofensiva militarista que alcanza particular gravedad en la región. Se dan pasos acelerados hacia la creación de una fuerza militar unificada de las Américas, con capacidad de despliegue rápido e integrada por los ejércitos de cada país, pero comandada, adiestrada y apoyada materialmente por Estados Unidos.

Plan Colombia, Iniciativa Andina, Operación Cabañas y otros planes, bases militares y asesores norteamericanos en diversos países, todos son instrumentos de la estrategia anexionista norteamericana y de las que Chile participa integrándose a los ejercicios conjuntos de los ejércitos del Cono Sur.

Es imperativo que las fuerzas progresistas y revolucionarias de América Latina avancemos en una plataforma mínima para la solidaridad más activa, para la integración y la movilización coordinada en nuestro continente. Tenemos la obligación de unir y enlazar nuestras luchas para desatar un combate más decidido y concertado que golpee las políticas neoliberales, militaristas y anexionistas.

Esta unidad la concebimos como un proceso que debe gestarse, en primer lugar, en la lucha social, en la acción concreta y no solo ni tanto en reuniones y a nivel de directivas y en procesos electorales. El debate, la discusión para el esclarecimiento de las ideas; la lucha para su concreción, para la formación de la conciencia y la organización democrática de la gente, es la base de toda victoria.

Vienen y vendrán otros diversos movimientos y partidos a sumarse al enfrentamiento contra la globalización capitalista y la guerra. Debemos encontrarnos todos, con formas honradas y claras de hacer política. Con proyectos que objetivamente representen a sectores sociales, y al mundo de los trabajadores.

Vivimos un mundo diverso. Diverso en lo político, económico, social y cultural. Diverso en sus realidades y formas de lucha. En ello radica la fortaleza de los pueblos. Allende valoraba esta diversidad cuando en el Acto del 38 Aniversario del Partido Socialista de Chile, el 19 de abril de 1973, hacía alusión a la dedicatoria que el Che Guevara escribiera en el libro “Guerra de Guerrillas” que le había enviado de regalo: “A Salvador Allende, que por otros medio trata de obtener lo mismo”.

Nosotros, nosotras, la izquierda que resistió y que se enfrentó a la dictadura, que ha conquistado espacios que hoy posibilitan que lleguen nuevas fuerzas, estamos dispuestos a este desafío. Nos asiste la convicción de que estamos aportando a la construcción de una Alternativa Política y Social y con nuestra lucha, con nuestra visión estratégica, con nuestra ligazón con el pueblo, este proceso es más posible. Y esto no por voluntarismo o papel de “vanguardia”, concepto que hemos abandonado hace mucho tiempo para colocarnos junto, dentro y al lado de muchos, sino por nuestras raíces sociales, políticas, culturales que hacen de los comunistas chilenos un factor innegable de mantención de los ideales revolucionarios. En nuestro aporte está la experiencia y el pensamiento de Salvador Allende, que hemos hecho parte de nuestro ideario.

No es casual que a 30 años de su muerte, Allende sea símbolo de lucha, consecuencia y sacrificio sin límite y es lo que explica que la consigna: “Se siente, se siente; Allende está presente”, surque los aires del mundo voceada por millones de seres humanos, y que en cada manifestación popular en Chile, particularmente juvenil, su nombre se grite con fuerza, nervio, rebeldía y emoción.

Es necesario estudiar la experiencia de los mil días del Gobierno de la Unidad Popular, del papel de Salvador Allende y rescatar para estos nuevos tiempos todo su valor.

En el nuevo escenario mundial y latinoamericano podemos decir que Allende sigue vigente. Él creyó y luchó soñando que “Otro Mundo es Posible”. Así lo demuestran las realizaciones profundas de su gobierno y la conciencia que acompañó todas sus décadas de lucha que hacía de lo social y lo político ámbitos en los cuales él se movía sin falsas dicotomías y realizando una cotidiana labor de educación política.

Salvador Allende fue una vida de concepciones y principios firmes, de consecuencia a toda prueba, de lucha incansable por la justicia social y la dignidad del pueblo. Valores éticos ausentes en estos tiempos de oscurantismo neoliberal.

Desde la Moneda bombardeada y en llamas dijo:

“Colocado en un trance histórico, pagaré con mi vida la lealtad del pueblo. Y les digo que tengo la certeza de que la semilla que hemos entregado a la conciencia digna de miles y miles de chilenos, no podrá ser segada definitivamente. Tienen la fuerza, podrán avasallarnos, pero no se detienen los procesos sociales ni con el crimen, ni con la fuerza. La historia es nuestra y la hacen los pueblos”.[5]

La figura de Allende se levanta como alternativa ética de amor intransable, por la justicia social, por la liberación de los seres humanos. Sus sueños de igualdad, libertad, democracia son los sueños con que los pueblos de nuestra América Latina ingresan al siglo XXI, y hace más firme la convicción de que “Otro Mundo es Posible”.

Santiago, Enero de 2003. Especial para América Libre


Notas

[1] Discurso en la Universidad de Concepción, 4 de mayo de 1972.

[2] Discurso pronunciado en la Plaza Bulnes de Santiago el 1° de mayo de 1971, Día Internacional del Trabajo.

[3] Discurso pronunciado ante el Congreso Pleno de Colombia el 30 de agosto de 1971.

[4] Ibid.

[5] Últimas palabras de Salvador Allende el 11 de septiembre de 1973

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