nro. 20
El socialismo: problemas conceptuales y de estrategia

Fernando Martínez Heredia

Vengo a hablar de socialismo, pero para hacerlo, ante todo quiero expresar mi solidaridad como cubano con la lucha del Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra, con los Afectados por Represas, con todos los demás que resisten y pelean, en el Brasil y en todas partes del mundo; mi solidaridad con Vía Campesina, con los organizadores de este Seminario en que nos toca debatir e intercambiar sobre el socialismo. La formación, el debate y el estudio no son paréntesis en la lucha por el socialismo, son una forma importante de esa misma contienda, que nos hace más fuertes y más eficaces, y también nos brinda, como hoy en este lugar, la emoción y el encuentro, el arte de la danza en los pies de los hijos de los campesinos y la canción internacional de los trabajadores entonada en todas las lenguas, los idiomas que los pueblos inventaron para expresar el amor, el trabajo y la búsqueda de la felicidad y la libertad. Por eso no he querido limitarme a presentar aquí reflexiones sobre la experiencia cubana, sino comenzar por exponer algunas ideas en el terreno más general de la teoría y la estrategia. Creo que analizar y debatir los problemas a los que ellas aluden -como otros que no abordaré- es vital hoy para nuestras prácticas y proyectos. El examen del caso cubano, puesto en relación con estos problemas generales, puede ser más rico, y a su vez servirnos para mantener la sana conexión entre las formulaciones más amplias y los análisis más concretos.

I. Pensar el socialismo

En cuanto se habla de socialismo aparece la necesidad de distinguir entre las propuestas y el deber ser del socialismo, por una parte, y las formas concretas en que ha existido y existe en países y regiones, a partir de las luchas de liberación anticapitalistas y en las sociedades que han emprendido transiciones socialistas. La prefiguración, los ideales, la profecía, el proyecto, son el alma y la razón de ser del socialismo, y brindan la meta que inspira a combatir. Las experiencias son, sin embargo, la materia misma de la lucha y la esperanza; mediante ellas avanza el socialismo, y por ellas es medido.

Esa distinción es básica, pero no es la única importante cuando vamos a reflexionar sobre el socialismo. En cuanto queremos conocer una experiencia socialista, nos encontramos un problema interno al país en cuestión: cómo son allí las relaciones entre el poder que existe y el proyecto anhelado; y otro problema externo: el que se refiere a las relaciones entre aquel país en transición socialista y el resto del mundo. En realidad son dos problemas pero no están separados: las prácticas que se tengan en cuanto a cada uno de ellos afectan al otro y en gran medida lo definen.

Las cuestiones planteadas hasta aquí no existen separadas, ni en estado «puro». Hay que enfrentarlas todas a la vez, y están mezcladas o combinadas, ayudándose, estorbándose o confrontándose, exigiendo esfuerzos o sugiriendo olvidos y posposiciones fatales. Sus realidades -y otras situaciones y sucesos ajenos- condicionan en cierta medida cada proceso. Cada transición socialista se debate entre los cambios civilizatorios y los cambios de liberación que conquista o no, las correlaciones entre grados de libertad que tiene y necesidades que lo obligan, las motivaciones y actitudes de los individuos, que son los que hacen el socialismo y cualquier otra cosa, la razón de Estado y el internacionalismo, y otros dilemas y problemas. Para que el pensamiento cumpla su función decisiva en este empeño nunca antes visto de ir contra el conjunto de las relaciones de opresión que han existido y crear un mundo nuevo, es necesario que la reflexión se ocupe de los problemas centrales. Algunos problemas teóricos más generales son de valor permanente, como el de la necesidad de la revolución a escala mundial frente al ámbito nacional de cada experiencia socialista y frente a un capitalismo que ha sido cada vez más profundamente mundializado, o el problema de qué es lo fundamental a desarrollar en las sociedades que emprenden un camino de creación del socialismo.

Pero no debo continuar sin atender a una pregunta urgente: ¿qué tiene que ver el socialismo con nosotros? Opino que la única alternativa práctica al capitalismo actual es el socialismo, y no la desaparición o el «mejoramiento» de lo que llaman globalización, que es una vaga referencia al grado en que el capitalismo transnacional y de dinero parasitario ejerce su dominación en el mundo actual; ni considero tampoco que será una alternativa el fin del neoliberalismo, palabra que hoy sirve para describir determinadas políticas y la principal forma ideológica que adopta el gran capitalismo actual. Estos conceptos no son inocentes, el lenguaje nunca lo es. Cuando se acepta que «la globalización es inevitable», se está ayudando a escamotear la conciencia de las formas actuales de la explotación y la dominación imperialista, es decir, el punto a que ha llegado en su larga historia de mundializaciones, en una gama de formas que va del pillaje abierto a los dominios su-tiles; a la vez, se da categoría de fenómeno natural a una despiadada forma histórica de aplastar a las mayorías, como si se tratara del clima. El rechazo al neoliberalismo indica un avance importante de la concientización y es una instancia unificadora en las luchas sociales y políticas; pero el capitalismo es mucho más abarcador, incluye al neoliberalismo y a todas las ventajas ‘no liberales’ que obtiene de su sistema económico y de sus poderes sobre el Estado, la política, los medios, la escuela, la corrupción y la ‘lucha’ contra ella, etc. El capitalismo libra una guerra cultural a escala mundial, y forma parte de ella imponerle a todos -incluidos sus críticos- un lenguaje que condena a los pensamientos posibles a permanecer bajo su dominación.

Es por su propia naturaleza que el sistema capitalista resulta funesto para la mayoría de la población del planeta y para el planeta mismo, y no por sus supuestas aberraciones, por una malformación que puede ser extirpada o por un error que puede enmendarse. El capitalismo ha llegado a un momento de su desarrollo en que ha desplegado todas las capacidades del sistema, con un alcance mundial, pero su esencia sigue siendo la obtención de su ganancia y el afán de lucro, es la dominación, explotación, opresión, marginalización o exclusión de la mayoría de las personas, la conversión de todo en mercancía, la depredación del mundo en que vivimos, la guerra y todas las formas de violencia que le sirven para imponerse, o para dividir y contraponer a los dominados entre sí. Sólo la eliminación del poder del capitalismo y un combate creador, abarcador y muy prolongado contra la pervivencia de su naturaleza podrá salvarnos. La única propuesta capaz de impulsar tareas tan ineludibles y prodigiosas es el socialismo.

Pero la afirmación del socialismo es una postulación que se hace, que debe enfrentarse a un fuerte grupo de preguntas y desafíos. El socialismo ¿es una opción realizable, es viable? ¿Puede vivir y persistir en países o regiones del mundo, sin controlar los centros económicos del mundo? ¿Es un régimen político y de propiedad, y una forma de distribución de riquezas, o está obligado a desarrollar una nueva cultura, diferente, opuesta y más humana que la cultura del capitalismo? Por su historia ¿no está incluido también el socialismo en el fracaso de las ideas y las prácticas ‘modernas’, que se propusieron perfeccionar a las sociedades y las personas? No hay que olvidar ni disimular ninguno de esos desafíos, precisamente para darle un suelo fuerte a la idea socialista, sacar provecho a sus experiencias y tener más posibilidades de realizarla.

Es cierto que en la etapa reciente las luchas populares han sufrido muchos descalabros en el mundo y que la dominación parece más poderosa que nunca, aunque en realidad tiene también grandes debilidades y elementos en su contra. El mayor potencial adverso a la dominación es una enorme cultura acumulada de experiencias de contiendas sociales y políticas -y de avances obtenidos por la Humanidad-, cultura de resistencias y rebeldías que fomenta identidades, ideas y conciencia, y deja planteadas inconformidades y exigencias formidables y urgentes. Todo eso favorece la opción de sentir, necesitar, pensar y luchar por avances y creaciones nuevas. Esas luchas serán socialistas. Mis comentarios quieren ser una modesta contribución al debate y la formación política que son indispensables para adelantar en esos propósitos. Escojo sólo unas pocas cuestiones, dado el tiempo con que contamos, sabiendo que seré bastante parcial en mi exposición.

Ha habido dos maneras diferentes de entender el socialismo en el mundo del siglo XX, el socialismo que hemos vivido o soñado. Ellas han estado muy relacionadas entre sí, han solido reclamarse del mismo origen teórico, y no han sido excluyentes. Pero atiendo aquí a las diferencias entre ellas, porque son las que permiten asomarse a lo esencial.

La primera es un socialismo que pretende cambiar totalmente el sistema económico mediante la racionalización de los procesos de producción y de trabajo, la eliminación del lucro, el crecimiento sostenido de las riquezas y la llamada satisfacción creciente de las necesidades. Se propone eliminar el carácter contradictorio del progreso, cumplir el sentido de la historia, consumar la obra de la civilización y el ideal de la modernidad. Su material cultural previo han sido tres siglos de pensamiento avanzado europeo, que aportaron los conceptos, la idea de las instituciones guardianas de la libertad y la equidad, y la fuente de creencias cívicas de Occidente. Este socialismo propone consumar la promesa quebrantada de la modernidad, introduciendo la justicia y la armonía universal. Para lograrse, necesita un gran desarrollo económico y una gran liberación de los trabajadores, hasta el punto en que la economía deje de ser medida por el tiempo de trabajo. La democracia sería puesta en práctica por este socialismo, a un grado muy superior a los proyectos más radicales anteriores. Libertades individuales completas, garantizadas, instituciones intermedias, control ciudadano, extinción progresiva de los poderes. En una palabra, toda la democracia y toda la propuesta comunista de una asociación de productores libres. Su presupuesto es que al capitalismo no le es posible racionalmente la realización de aquellos fines tan altos: sólo puede hacerlos realidad el socialismo.

La otra manera de entender el socialismo ha sido la de conquistar en un país la liberación nacional y social, crear un nuevo poder, ponerle fin al régimen de explotación capitalista y su propiedad, eliminar la opresión y abatir la miseria, y efectuar una gran redistribución de las riquezas y de la justicia. Tiene en la base de sus prácticas otros puntos de partida. Sus logros maravillosos son el respeto a la integridad y la dignidad humana, la obtención de alimentación, servicios de salud y educación, empleo y demás condiciones de una calidad de la vida decente para todos, y el establecimiento de la prioridad de los derechos de las mayorías y de las premisas de la igualdad efectiva de las personas de diferente ubicación social, raza o género Se ha propuesto garantizar su orden social y un desarrollo económico mediante un poder muy fuerte y una organización revolucionaria al servicio de la causa, la honestidad administrativa, la centralización de los recursos y su asignación a los fines económicos y sociales seleccionados o urgentes, la búsqueda de relaciones económicas internacionales menos injustas, y los planes de desarrollo. Este socialismo debe recorrer un duro y largo camino en cuanto a garantizar la satisfacción de necesidades básicas y la resistencia eficaz frente a sus enemigos y a las agresiones y atractivos del capitalismo, y frente a las insuficiencias emergentes del llamado subdesarrollo y de su propio régimen; en ese mismo tiempo -y no después- debe fundar instituciones y cultura democráticas, y un estado de derecho. En realidad está obligado a crear una nueva cultura diferente y opuesta a la del capitalismo.

En el ambiente del primer socialismo se privilegia la significación burguesa del Estado, la nación y el nacionalismo: se les condena como instituciones de la dominación y la manipulación. En el ambiente del segundo, la liberación nacional y la plena soberanía tienen un peso crucial, porque la acción y el pensamiento socialistas han debido derrotar al binomio dominante nativo-extranjero, liberar las relaciones y las subjetividades de sus colonizaciones y arrebatarle a la burguesía el control del nacionalismo y el patriotismo. Para el segundo socialismo es vital combinar con éxito las ansias de justicia social con las de libertad y autodeterminación nacional. Las profundas diferencias existentes en este terreno entre el socialismo elaborado en regiones del mundo desarrollado y el producido en el mundo que fue avasallado por la expansión mundial del capitalismo han conducido durante el siglo XX a grandes desaciertos teóricos y políticos, y a graves desencuentros prácticos.

La explotación del trabajo asalariado, la misión del proletariado, tienen un lugar prioritario en la ideología del primer socialismo; en las prácticas del segundo, lo central son las reivindicaciones de todos los oprimidos, explotados o humillados. Este es otro lugar de tensiones ideológicas, contradicciones y conflictos políticos entre las dos vertientes en la comprensión del socialismo y en sus campos de influencia, con una larga historia de confusiones, dogmatismos, adaptaciones e híbridos; sin embargo, las construcciones intelectuales influidas por la centralidad de la explotación capitalista y la actuación proletaria han contribuido a la asunción del necesario carácter anticapitalista de las luchas de las clases oprimidas en gran parte del mundo colonizado y neocolonizado. Pero para el segundo modo de socialismo, el cambio profundo de las vidas de las mayorías es lo central y no puede esperar, cualquiera que sea el criterio que se tenga sobre las estructuras sociales y los procedimientos utilizados para transformarlas, o los debates que con toda razón se produzcan acerca de los riesgos implicados en cada posición, porque la fuerza de este tipo de revolución socialista no está en una racionalidad que se cumple, sino en potenciales humanos que se desatan.

La libertad social -pongo el acento en ‘social’- es priorizada en este socialismo, como una conquista obtenida por los propios participantes, más que las libertades individuales y la trama lograda de un estado de derecho; es una libertad que se goza o que hace exigencias a su propio poder en los planos sociales, y es la que genera más autovaloraciones, y expectativas ciudadanas. La legitimidad del poder está ligada a su origen revolucionario, al pacto social de redistribución de las riquezas y las oportunidades que está en la base de la política, y a las capacidades que demuestre ese poder en campos diversos, como son encarnar el espíritu libertario que se ha dejado encuadrar por él, guiarse por la ética revolucionaria y por principios de equidad en el ejercicio del gobierno, mantener el rumbo y defender el proyecto.

El segundo modo de socialismo no puede despreciar el esfuerzo civilizatorio como un objetivo que sería inferior a su proyecto Debe proporcionar ropa, zapatos, empleo, atención de salud e instrucción a todos, pero enseguida todos quieren leer diarios, y hasta libros, y en cuanto se enteran de que existe el internet, quieren navegar en él. El incremento de las expectativas de cualquiera en el mundo actual puede ser inmenso. Y este socialismo de los pobres devela entonces lo que a primera vista parecería una paradoja: el socialismo que está a su alcance y el proyecto que pretende realizar están obligados a ir mucho más allá que el cumplimiento de los ideales de la razón y la modernidad; deben comprender que su camino es negar que la nueva sociedad sea el resultado de la evolución del capitalismo y negar la ilusión de que la sola expropiación de los instrumentos del capitalismo permitirá construir una sociedad que lo «supere». Es decir, a este socialismo le es ineludible trabajar por la creación de una nueva concepción de la vida y del mundo, al mismo tiempo que ejecuta sus prácticas más inmediatas.

Y entonces aparece también otra cuestión principal. Del mismo modo que todas las revoluciones anticapitalistas triunfantes desde fines de los años 40 han sucedido en el llamado Tercer Mundo, es decir, fuera de los países con mayor desarrollo económico -sin hacer caso del dogma que postulaba lo contrario-, el socialismo factible no depende de la evolución progresiva del crecimiento de las fuerzas productivas, ni de la antigua exigencia de ‘correspondencia entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción’, si-no de un cambio radical de perspectiva social y económica, y de una conjunción de fuerzas sociales y políticas unificadas por un proyecto de liberación humana.

Es preciso calificar desde esa perspectiva -y medir de manera apropiada- los factores necesarios para emprender la transición socialista y avanzar en ella. Brindo ejemplos. Derribar los límites de lo posible resulta un factor fundamental, y que esa confianza en que no existen límites para la acción transformadora se torne un fenómeno masivo. Dentro de lo posible se consiguen modernizaciones, pero la transición que se conforma con ellas sólo obtiene al final modernizaciones de la dominación y nuevas integraciones al capitalismo mundial. La educación tampoco se puede «corresponder» con el nivel de la economía: debe ser, precisamente, muy superior a ella y muy creativa. Esta educación socialista no se propone formar individuos para obedecer a un sistema de dominación e interiorizar sus valores; al contrario, debe ser un territorio antiautoritario a la vez que un vehículo de asunción de capacidades y de concientización, una educación que está obligada a ser superior a las condiciones de reproducción de la sociedad, precisamente porque debe ser creadora de nuevas fuerzas para avanzar más lejos en el proceso de liberación.

Ante la falta de tiempo, añado preguntas sobre cuestiones cruciales: ¿el desarrollo económico es un presupuesto del socialismo, o el socialismo es un presupuesto de lo que hasta ahora hemos llamado desarrollo económico? ¿Qué objetivos puede y debe tener realmente la ‘economía’ de los regímenes de transición socialista? ¿Qué crítica socialista del desarrollo económico es necesaria en este siglo XXI? Otro campo de preguntas: ¿A través de la profundización de la democracia se mar-cha hacia el socialismo, o a través del crecimiento del socialismo se marcha hacia la profundización de la democracia? ¿Cómo pasar de la dictadura revolucionaria que abre caminos a la liberación humana, a formas cada vez más democráticas que con sus nuevos contenidos y procedimientos aseguren la preservación, continuidad y profundización de aquellos caminos? ¿Cómo lograr y asegurar que la transición socialista incluya sucesivas revoluciones en la revolución?

El balance crítico de las experiencias socialistas que ha habido y existen es un ejercicio indispensable en toda actividad de formación acerca del socialismo. Nunca lo olvido, pero no me toca hacerlo en mi intervención. Me limito entonces a reiterar -de pasada- que los principales enemigos internos de las experiencias fallidas de transición socialista han sido la incapacidad de ir formando campos culturales propios, diferentes y opuestos a la cultura del capitalismo -y no solamente opuestos-, y la recaída progresiva de esas experiencias en los modos capitalistas de reproducción de la vida social y de la dominación. Y del mismo modo reiterar que, a pesar de todo, las luchas de liberación y anticapitalistas del siglo XX, y la acumulación cultural que han producido, son lo más trascendente de la centuria que terminó. Mientras, el capitalismo ha sido cada vez más centralizado y más excluyente a lo largo del siglo, produjo monstruosidades y monstruos, ahogó sus propios ideales en un mar de sangre y lodo, y perdió su capacidad de promesa, que fue tan atractiva. Por eso es que hoy el capitalismo trata de consumar el escamoteo de todo ideal y toda trascendencia, y de reducir los tiempos al presente, sin pasado ni futuro, para impedirnos recuperar la memoria y formular los nuevos proyectos, esas dos poderosas armas nuestras.

II. La experiencia cubana

Los estudios y debates sobre la experiencia de la revolución socialista de liberación nacional cubana pueden ser muy valiosos para los objetivos de formación que se tienen aquí. Cuba es un pequeño país latinoamericano de muy rica historia, que ha pasado por la colonización, integraciones sucesivas al capitalismo mundial, luchas tremendas por su liberación que fueron la base de la creación del Estado nacional y de una conciencia política nacionalista sumamente fuerte y de carácter popular, una precoz y profunda subordinación neo-colonial a los Estados Unidos, grandes y muy activos movimientos obreros y sociales, difundidas ideas de justicia social y socialistas, y una gran insurrección popular victoriosa y una historia de más de 40 anos de poder revolucionario de transición socialista que ha tenido relaciones prácticamente con todos los movimientos y eventos significativos de estas últimas décadas. Seré muy selectivo en mi exposición, llamando más la atención sobre rasgos principales que sobre hechos y datos.

En el origen estuvo un proceso muy intenso desde el inicio de la insurrección nacional hasta la destrucción de todo el orden vigente, en lo interno y en la sujeción neocolonial, mediante un nuevo poder popular y movilizaciones prácticamente permanentes de masas cada vez mayores, que transformaban las relaciones y las instituciones sociales a la vez que se cambiaban a sí mismas a una escala prodigiosa, en cuanto in-dividuos y en su conciencia social. El tiempo se condensó, y se transformaron las ideas, creencias y sentimientos respecto a la vida cívica y gran parte de la vida cotidiana; la gente se apoderó de su propio país, aprendió a vivir en él de otra manera y a hacerse cargo de su funcionamiento. Para sobrevivir, echar a andar y seguir produciendo cambios, fue necesario un nuevo poder muy fuerte, que partió de principios diferentes, actuó con gran decisión y creatividad, levantó un nuevo sistema de instituciones y relaciones sociales y políticas, y recibió una confianza ilimitada. Los límites de lo posible retrocedieron -y a veces estallaron-, los que dominaban fueron expropiados y se le perdió el respeto a la propiedad privada, marcharon juntos largamente el espíritu libertario y el poder revolucionario; todas las oposiciones, ataques, resistencias a los cambios e insuficiencias casi insondables fueron vencidos, durante jornadas y años maravillosos y traumáticos. Es difícil exagerar el alcance que tuvo la gran revolución, y es imposible entender a la Cuba actual sin tener en cuenta todo ese proceso.

No me detendré en las décadas en que el país multiplicó sus fuerzas, ahora de una manera sistemática, y en que la transición socialista tropezó con los límites de sus posibilidades. Los esfuerzos supremos, los trabajos diarios, los aciertos y logros, los errores, la agresión sistemática imperialista, los empantanamientos, las venganzas de la geopolítica, el internacionalismo, las desviaciones del rumbo y las malformaciones hijas del propio proceso, las malas influencias, la magnífica resistencia antimperialista sin concesiones -y otros temas- harían interminable el más sucinto análisis y deba-te de este experimento latinoamericano que, sin embargo, es imprescindible conocer. Haré solamente breves comentarios sobre la Cuba actual.1

La existencia de Cuba socialista es escandalosa, porque niega una exigencia básica de la ideología dominante en el mundo actual: que es necesario resignarse al dominio del capitalismo sobre la existencia cotidiana, la organización social y la vida de los países en todo el mundo. El país vivió por segunda vez un corte brusco y súbito de sus relaciones económicas principales, sólo 30 años después que Estados Unidos provocó el primero -corte que provocó una crisis económica profundísima y un gran deterioro de la calidad de la vida-, y otra vez logró sobrevivir. Cuba no se sumó a la cadena de las «caídas del socialismo», pese a las agravantes del fin de una abarcadora y larga bipolaridad, y de un formidable desprestigio mundial del socialismo. Empleó esfuerzos gigantescos y sistemáticos a lo largo de los años 90 para que esa sobrevivencia se convirtiera en la viabilidad de su régimen; hoy todos aceptan que ese objetivo se ha logrado. La Cuba actual es un complejo compuesto por su acumulación social revolucionaria, los elementos de la crisis de los noventa y sus transformaciones y permanencias en curso. La continuidad de su tipo socialista de organización social es lo dominante en sus expresiones políticas y en el balance que pueda hacerse de su sociedad.

Cuba demostró ser una alternativa viable sin aplicar frente a su crisis políticas económicas como las que se exigen en el mundo actual, y salió adelante sin perjudicar a la vida de las mayorías, al revés de lo que se ha vuelto usual. Su Estado siguió siendo muy fuerte e intervencionista en muy alto grado en la economía, lo contrario de lo que se exige. Desde 1995 hasta hoy su economía ha venido recuperándose a ritmo paulatino pero sostenido, y gana en eficiencia a pesar de los enormes cambios que ha debido ejecutar2. Una primera razón básica de ese éxito es que Cuba utiliza con eficacia sus fuerzas propias. Su población tiene niveles generales y capacidades útiles que en muchos aspectos son realmente notables y están bien consolidados; la economía posee apreciables niveles de reproducción, control, diversificación y otros rasgos positivos; la infraestructura tiene desarrollo; el sistema de servicios sociales está entre los más avanzados del mundo, y ha resistido bastante el deterioro producido por la crisis; la paz social y política favorecen mucho la actividad económica; el Estado y las estructuras de poder en general se muestran capaces en la realización de sus tareas.

Resulta extraordinaria la combinación de capacidad en la actividad económica, flexibilidad y ejercicio de controles severos, que se aprecia con sólo mencionar algunos asuntos de la última década. El turismo, que casi no existía, aportó en 1998 el 50% del total de ingresos por exportaciones de bienes y servicios y ya es una rama consolidada y dinámica. La azucarera, primera rama productiva durante 200 años, se desplomó desde 1993, pero en vez de colapsar y expulsar a su enorme masa de trabajadores emprendió una paulatina reestructuración que redujo la producción y las unidades; sus prioridades son la eficiencia y la diversificación. El níquel ha multiplicado su importancia, y registra una sólida expansión productiva (72.000 TM en 2000) y comercial (vende a más de treinta países), alta eficiencia, provechosa asociación con capital extranjero y renovación tecnológica. El sector energético es un caso ejemplar: el holding estatal Cubapetróleo aprovechó el enorme conocimiento acumulado y en plena crisis continuó la expansión productiva y estableció empresas mixtas con compañías de varios países; ahora aprovecha el gas asociado al petróleo, y pasó de un total de 0,8 millones de TM en 1991 a 3,3 en el 2000 y a 4,1 millones al cierre del 2002. Cerca del 90% de la electricidad se produce con crudo nacional.

Junto a una reorientación radical del comercio exterior se han realizado innumerables gestiones y negocios en el sector externo. En lo interno, el país con mayor porcentaje de tierra estatal del mundo entregó en usufructo gratuito la mayor parte de las granjas estatales a sus colectivos de trabajadores, con sus equipos y rebaños (1993); un reparto singular que tornó cooperativistas a una multitud de trabajadores. Se estableció la circulación legal del dólar junto al peso cubano (1993), medida audaz para un régimen rigurosamente antimperialista, que franqueó una gran captación de divisas mediante las remesas de emigrantes a sus familiares en Cuba y una red comercial estatal. En la coyuntura adversa de la economía mundial y de desastre financiero continental, el peso cubano ha mantenido estable su cotización de 26/27 por dólar. Un país con 94,4% de su PEA en el empleo estatal en 1988, le abrió cauce legal en los años 90 al trabajo por cuenta propia, que mantiene cierta amplitud, aunque dentro de normas restrictivas.

A pesar de todos los elementos positivos aludidos, Cuba no ha podido evitar encontrarse en una situación muy difícil, a partir de los límites de su desarrollo y del doble efecto de la aguda crisis que sufrió en los años 90 y el agravamiento sostenido de la posición de la mayoría de los países frente al altísimo grado de centralización del sistema capitalista mundial y la naturaleza de su forma dominante transnacional y parasitaria actual. Cuba es muy vulnerable en sus relaciones económicas internacionales, por los intercambios desiguales y escaso control sobre las condiciones en que se efectúan, lo que eterniza su crónico desbalance comercial, por su falta de influencia frente al movimiento de las finanzas y su alto endeudamiento externo Las fuentes de financiamiento externo le resultan exiguas, muy difíciles y onerosas. Si el país no naufraga en ese piélago tan adverso es precisamente por las fuerzas que saca de su régimen social.

Por otra parte, el crecimiento de las desigualdades sociales ha sido una consecuencia de la situación y las medidas adoptadas, lo cual es grave porque afecta la esencia igualitaria del sistema de transición socialista cubano en cuanto a redistribución de riqueza y oportunidades. La desigualdad principal está en el ingreso y el acceso a consumos. Es más irritante porque se presenta asociada a la doble moneda; no se dispone de dólares por realizar trabajos más complejos o tener actitudes individuales acreedoras al mayor reconocimiento de la sociedad. Esa divisa se obtiene sobre todo de actividades relacionadas con la economía mixta, con el turismo, con algo aleatorio como es recibir remesas de familiares, y con una amplia gama de actos que van desde los ofrecimientos privados de servicios y productos hasta el enriquecimiento de intermediarios y negocios ilegales, en las dos monedas. Los precios informales en moneda cubana son demasiados altos para los ingresos personales y familiares de la mayoría. La corrupción -ese demonio de la falsa moral pública actual del capitalismo- debía ser analizada en sus funciones sociales en cada caso concreto. En la Cuba actual desempeña un sordo papel.

Alrededor de la nueva situación se integran grupos privilegiados, y en su entorno se van formando constelaciones sociales. Lo cierto es que todavía son de procedencia realmente variada, y carecen de toda legitimidad que acompañe a su capacidad adquisitiva, pero la cultura política nacional es suficientemente alta para que muchos infieran que esos grupos podrían llegar a ser más exclusivos, integrarse más y desarrollar autoidentificaciones y proyectos. Un efecto sumamente nocivo de esta realidad social es que erosiona seriamente las motivaciones y los valores socialistas, generando un desarme ideológico desde la vida cotidiana, sutil, ajeno a la virulencia y las definiciones de los enfrentamientos políticos, pero a la larga más peligroso que estos para la vigencia del socialismo.

La cultura socialista es sostenida muy vigorosamente por la política social del régimen. La reasignación de recursos a través del presupuesto central del Estado es un mecanismo que redistribuye el ingreso a favor de los servicios, sectores estatales y el interés de la sociedad, y mantiene la confianza en el objetivo de las medidas económicas. Ofrezco algunos datos del 2000. El desempleo ha sido evitado y combatido; de un 8.1% de la PEA en 1995 bajó hasta 5,5%. El ingreso medio del trabajador fue de 359 pesos, alza vinculada al aumento del salario medio (7,3%), y a estimulaciones va-riadas que reciben entre un tercio y más de la mitad del total de asalariados: pagos por producción, divisas, alimentos, ropa y zapatos, y otros artículos. El Estado subsidió productos normados al consumidor por 755 millones de pesos, y está aumentando en alguna medida su oferta de alimentos en los mercados «liberados», a precios más bajos que el sector privado. La alimentación total percápita se estimó en 2585 kilo-calorías y 68 gramos de proteínas. Hubo aumentos en diversos servicios, y se enfrenta el gran deterioro sufrido por la infraestructura. Aun así, los informes oficiales califican de discreto el avance en las condiciones de vida de la población. La seguridad social atendió a 1.400.000 personas (12% de la población); se da cuidado diferencial a los de bajas pensiones y otros menos favorecidos, mediante asistencia social. El monto y la proporción respecto al total en los gastos públicos correspondiente a salud, educación y seguridad social ha crecido durante toda la década anterior, hasta hoy3 .

La cultura política de los cubanos es decisiva. Anoto sólo dos rasgos suyos, aunque muy relevantes. El primero, la actitud ante los objetivos del trabajo y la relación indirecta entre sus resultados y las retribuciones, que caracterizan a la transición socialista -tan diferentes a lo que es normal en el capitalismo-, siguen manifestándose en la abnegación con que masas enormes de trabajadores y técnicos dieron y dan continuidad a la producción y los servicios, en nuevas condiciones en que aquellos fines del trabajo y retribuciones socialistas se debilitan y oscurecen, y se refuerzan la retribución directa y el egoísmo. El segundo, la peculiar relación con el consumo creada por la revolución, que forma parte de la cultura cubana contemporánea, sigue resistiendo la tremenda ofensiva de una década de cambios e influencias que en gran medida favorecen modificaciones en las necesidades y deseos, y también la adopción de representaciones y relaciones capitalistas. A pesar del deterioro que registra, aquella relación con el consumo sigue siendo un valor socialista, y un factor decisivo para la estrategia y el desempeño económicos del país desde el ángulo del apoyo o rechazo de la población, cuando en un caso como el cubano la disposición favorable de la mayoría es indispensable.

La acumulación revolucionaria previa fue decisiva en los años de crisis aguda, y conserva un papel principal pese a las modificaciones que han venido sucediendo. El fenómeno político masivo fundamental de los años 90 fue el predominio de la cohesión, la disciplina y la actividad social en apoyo a la manera de vivir que se había construido en las tres décadas previas, lo que se expresa no sólo en las instituciones y la legislación sino también en conciencia social, costumbres y representaciones, que se despliegan en los diversos espacios públicos y privados. Ese comportamiento social mayoritario ha sido la clave de la política del período. Entiendo que su motivación fundamental a escala más general de la sociedad descansa en tres saberes: a) la unidad entre los cubanos es vital para enfrentar todas las cuestiones cruciales que se vienen presentando desde fines de los años 80; b) el régimen político vigente se dedica a sostener activamente la manera de vivir que la revolución y la transición socialista construyeron, defiende eficazmente la soberanía nacional y controla la economía nacional; y c) un retorno al capitalismo en Cuba significaría para la mayoría de los cubanos un desastre, en pérdida de derechos sociales y calidad de la vida, en explotación del trabajo, pobreza y humillaciones, y en soberanía popular.

Esa actuación social consciente le ha dado al sistema un grado muy alto de autonomía política. El poder político ha utilizado esa autonomía para conducir al país a través de las situaciones de todos estos años, manteniendo bajo su estricto control variables fundamentales. Ellas son un sector económico estatal mayoritario, que incluye la banca, las comunicaciones y el comercio exterior -un bloque aún mayor si se suman las cooperativas rurales creadas en 1993-; la economía mixta y privada, sujetas a un control muy abarcador; una enorme capacidad negociadora exterior; la ejemplar política social; el sistema político, los medios de comunicación, la educación y otros campos de la producción espiritual. El desgaste del discurso político era ya notable desde antes de 1989, y los años más críticos sin duda deterioraron en cierta medida la credibilidad y la aceptación del régimen. Sin embargo, éste nunca se deslegitimó, y la firmeza y eficiencia de su actuación le permitieron recuperar terreno. La administración pública y el mantenimiento del orden se basan en el consenso, y no en la represión. El mismo poder político que garantiza todos los cambios y las medidas tan diversas de la transición actual es claramente percibido como defensor del socialismo y la soberanía. Hoy es el eje de la situación cubana, y a la vez depositario de las esperanzas de la mayoría.

La formación social cubana actual es transicional en dos sentidos: a) es de transición socialista, porque reproduce las condiciones económicas y políticas que dan continuidad a ese régimen, y este es la base de la forma de gobierno; b) está en un proceso de reinserción limitada en el sistema de economía mundial controlado por el capitalismo, de tal modo que hasta ahora maneja todas sus variables favorables para mantener el control, tomar decisiones y reasignar recursos; es decir, para seguir siendo de transición socialista en vez de estar realizando una integración progresiva al capitalismo mundial. Sus principales cartas son su tipo de relación entre el poder económico y el poder político, y el consenso mayoritario con que cuenta. Una y otra -aunque con diferencias entre sí- basan su legitimidad en la revolución sucedida y en el régimen de transición socialista, y no en la reinserción en curso. Eso proporciona una enorme fuerza al régimen vigente. Pero, para un futuro no precisado, es una grave interrogante si se podrá o no evitar: a) la contaminación de actores o beneficiarios de las relaciones económicas no socialistas y sus constelaciones sociales del deseo de participar en la forma capitalista de vida que ven o se imaginan, y que esa influencia se extienda sobre otras capas de la sociedad; b) que la transición socialista vaya perdiendo lentamente su carácter dominante frente a la atracción de las relaciones de tipo capitalista, tanto económicas como de todo su complejo cultural, y el régimen sea permeado y ganado para la integración al capitalismo mundial, con sus especificidades nacionales.

Si ése es el problema principal, entonces las tensiones y pugnas fundamentales no se dan hoy en los terrenos de la economía o la política, sino en el ideológico, o más exactamente, en un terreno cultural en que las ideologías están incluidas. Es obvio que en esa pugna las influencias externas cumplen papeles mucho mayores del lado capitalista que del lado socialista, lo cual tiene consecuencias muy diversas. De manera muy particular, Cuba también participa en la actual guerra cultural mundial.

La reabsorción de Cuba por el capitalismo exigiría actos de voluntad para los cuales no existen hoy legitimidad alguna, coyuntura favorable ni fuerzas sociales dispuestas y suficientes. Ese hecho, y el alto grado de control efectivo que posee, brindan al régimen cubano todo un período a su favor. Es preciso aprovecharlo, actuando acertadamente. Vuelve a resultar decisiva la actuación calificada, para hacer que una tendencia y no otra salga triunfante. Esta actuación no puede limitarse a repetir lo que en otro tiempo fue eficaz, porque el medio y las variables que inciden actualmente son diferentes: tiene que ser una actuación creativa, original. La transición socialista está obligada a basarse en la intencionalidad de la construcción social y el uso cada vez más y mejor planeado de los medios y las ideas con que cuenta; y basarse en la participación democrática cada vez mayor de la población, porque ella es la fuerza fundamental del régimen y su motivación y su eficiencia dependen de que se involucre realmente en una construcción social tan radicalmente nueva y diferente. El cubano ha recorrido todo el camino «moderno» de la individualización, y ha aprendido a crear y ampliar vínculos de solidaridad para enfrentar y superar a la modernidad mercantil capitalista. Si la extraordinaria cultura política de los cubanos se moviliza y ejerce su discernimiento y su acción frente a los problemas y peligros reales de hoy, si se utilizan sus ideas, opiniones, iniciativas y esfuerzos, esa cultura será decisiva para desarrollar a las personas y las instituciones en sentido socialista.

El apoliticismo y el pensamiento y los sentimientos conservadores han registrado avances en Cuba en estos últimos años. Pero no se han generalizado; estamos en medio de una intensa batalla de valores. Es necesario derrotar las creencias acerca de las relaciones y representaciones capitalistas como algo dado, de origen externo, que resulta inevitable aceptar. E impedir que se convierta en algo «natural» para los cubanos la existencia de desigualdades sociales y jerarquías debidas al poder del dinero. Se está dirimiendo también la cuestión crucial del vínculo o la disociación entre lo cubano y el socialismo, después que han estado unidos en la identidad nacional durante décadas. Identidad y nacionalismo han integrado en su núcleo a la justicia social, lo que los enriqueció decisivamente y significó un aporte muy valioso de Cuba al pensamiento y las luchas por la liberación en el llamado Tercer Mundo. Las reelaboraciones del problema deben constituir un aspecto central de la cultura cubana actual.

Cuba descubre el vigor y la complejidad de sus diversidades sociales -antiguas o emergentes- con sentimientos discordes; es comprensible, porque la revolución destrozó los sentidos de la sujeción de la sociedad al poder de la república burguesa neocolonial, cambió la vida social y levantó su propio sistema de relaciones e instituciones sociedad-poder y sociedad-Estado. La crisis de los 90 y las desigualdades sociales recientes tienen mucho que ver en todo esto, pero sería absurdo reducir a ellas la cuestión, o creer que una diversidad social activa expresa la debilidad del Estado. Ese error participa de la funesta confusión entre el Estado y el socialismo que tanto daño hizo a las experiencias del siglo XX. La diversidad social en movimiento es una gran riqueza del país y un potencial de renovación de todos los aspectos de la vida social, que puede fortalecer mucho al socialismo, si sus ideales, actividades y organizaciones sienten que el socialismo es su vehículo, y si los órganos y la cultura socialista son capaces de hegemonizarla.

Cuba socialista es una alternativa latinoamericana al capitalismo, que existe y muestra con sus logros y realidades que es posible vivir de otra manera más humana, y que los países pueden ser otra cosa que lugares de contrastes inaceptables, frustraciones e iniquidades. Cuba mantiene el sistema social y la estrategia que le permiten conservar su manera de vivir, su soberanía nacional y su autonomía en el mundo actual. Los escollos y tareas que tiene ante sí no puede enfrentarlos un país capitalista dependiente, sea pequeño o grande. Pero no le bastará persistir. Ante las opciones y los problemas de hoy y los que vendrán, acertará si avanza en el camino del socialismo, en vez de retroceder. Entre esos avances estarán la multiplicación de los participantes sistemáticos en el control y las decisiones sobre la economía, la política y la reproducción de las ideas, y la elaboración de un proyecto socialista más avanzado, integrador, complejo, capaz y participativo que los que han existido. Estará la continuación de la estrategia económica a base de la premisa de que su primer objetivo es el bienestar de la población, del aprovechamiento racional de los recursos y de lograr aumentos de eficiencia, pero también de autonomía, en su inserción internacional. Estará poner en primer plano la batalla por el predominio de los vínculos de solidaridad sobre los egoístas e individualistas, y hacer que las libertades y el interés social se complementen.

III. Un comentario final

Excúsenme la extensión de la exposición de aspectos de la experiencia cubana. Me ha parecido conveniente hacerlo, por dos razones. Cuba es un caso ejemplar para ilustrar el despliegue del segundo tipo de socialismo, influido y en muy íntimas relaciones y contradicciones con el primero; y la vigencia de su régimen y de la lucha por su proyecto nos permiten a la vez confiar en que nuestros sueños son viables y tener a mano una realidad en la cual estudiar los rasgos, conflictos y posibilidades de nuestros empeños socialistas. Además, por ser cubano me ha parecido un deber internacionalista informar aquí con honestidad acerca de la Cuba socialista, un laboratorio social que también es de todos ustedes.

No se puede ser socialista sin ser internacionalista. En la situación actual sería sumamente perjudicial que se trate de obligar a los que luchan consecuentemente por el socialismo a escoger entre mantener su autonomía y los intereses e ideales de su lucha, o someterse a relaciones que exigen plegarse a otros objetivos que no sean los de la liberación humana. Tenemos que elaborar entre todas y todos las estrategias de unas coordinaciones internacionales flexibles, que a la vez constituyan ejemplos y avances de lo que buscamos. Tenemos toda la razón cuando decimos que el socialismo no puede esperar a consolidar un poder para establecer nuevas reglas en las relaciones humanas y en la convivencia democrática. Los cubanos -como todos aquellos que han practicado realmente el internacionalismo- sabemos que aquel que aporta más en una relación internacionalista es quien resulta más beneficiado por ella, porque se desarrolla humanamente, porque despliega más sus capacidades de ser superior a la reproducción egoísta de las relaciones y el mundo existente, y ayuda a crear un campo práctico de relaciones nuevas, contra el sentido común, que es siempre burgués, y contra la reproducción del capitalismo dentro de cada uno de nosotros, que es la más poderosa y sutil forma de su existencia.

Otro mundo es posible. La lucha por el socialismo es el camino imprescindible para conquistar ese otro mundo.

Porto Alegre, Foro Social Mundial, enero de 2002


Notas

1 Los párrafos que siguen acerca de Cuba se han tomado -con una revisión para esta publicación y ligeras reducciones- del acápite IV de mi ensayo “La alternativa cubana”, que fue publicado semanas después del II Foro Social Mundial, en F. Martínez Heredia: El corrimiento hacia el rojo, Editorial Letras Cubanas, La Habana.
2 La evolución del producto interno bruto real, para 1993=100, fue estimada por la Oficina Nacional de Estadísticas de Cuba en: 1995=103,2, 1996=111,2, 1998=115,6, 1999= 122,8 y 2000=130,2 (La Habana, 2000). El pronóstico fue superado por el crecimiento real del 2000, un 5,6%; la productividad del trabajo creció 4,6% (Informes de Osvaldo Martínez, Presidente de la Comisión de Asuntos Económicos, y José Luis Rodríguez, Ministro de Economía y Planificación, ante la Asamblea Nacional del Poder Popular. Granma, La Habana, 22-12-2000, p. 4, y 23-12-2000, p. 4). Pero Rodríguez aclara que con ello se logra llegar sólo al 85% del PIB de 1989, aunque con «una economía más eficiente y que asegura un desarrollo cualitativamente superior». En «Desconexión, reinserción y socialismo en Cuba» (1992) cuestiono el valor de las comparaciones directas de los datos económicos de Cuba 1974-1991 con los de los años anteriores y siguientes (En En el horno de los noventa, Edit. Barbarroja, Buenos Aires, 1998, p. 85). La inversión de fuente interna en el 2000 (3100 millones de dólares) fue más del doble que la de 1995, y 16% más que en 1999. La efectividad de la inversión creció 5,8%.
3 La situación social de Cuba sigue siendo excepcional en América Latina, según fuentes de organismos internacionales, como puede verse en dos informes recientes: el del Laboratorio Latinoamericano de Evaluación de Calidad en Educación, a los Ministros de Educación de América Latina en la VII Reunión Intergubernamental del PROMEDLAC: Cuba ocupa el primer lugar en la región, con índices dos veces superiores a la media regional (Cochabamba, marzo del 2001); y uno de riesgo de salud sexual y reproductiva: Cuba tiene la menor tasa de la región (Population Action International: Investigación en 133 países).

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