nro. 20
El gobierno de Lula o el estrecho filo de la navaja

Carlos Nelson Coutinho

La reciente elección de Lula ha sido la mayor victoria política de la izquierda en nuestro país. Y no porque un miembro de las clases subalternas, oriundo del norte de Brasil y antiguo obrero, haya ascendido a la presidencia de la República, sino sobre todo porque dicha ascensión se ha dado en estrecha alianza con el crecimiento y el fortalecimiento de una de las instituciones más importantes de la sociedad civil, es decir, un partido político. Me estoy refiriendo, por supuesto, al Partido de los Trabajadores, el único de la izquierda brasileña que ha logrado convertirse en un partido de masas, no sólo por su presencia cada vez mayor en las instituciones, sino también por el sólido vínculo que ha mantenido desde sus orígenes con los movimientos sociales. Pero además del extraordinario simbolismo, tantas veces resaltado, que representa la victoria de un antiguo obrero en una elección presidencial, cabe sobre todo recordar que esta victoria, lejos de ser el mero triunfo de un líder carismático o mesiánico, como algunos sociólogos apresurados lo han definido, ha sido la del proyecto político de un partido que supo crecer y convertirse en uno de los principales protagonistas del proceso de democratización. La aplastante mayo-ría de los que votaron por Lula saben que él no se considera un «mesías» o un «padre de los pobres», sino el líder de un partido político y la expresión -a través de su partido- de una sociedad civil rica, compleja y participativa. En las banderas rojas que ondearon al viento durante las conmemoraciones de la victoria no había fotos de Lula, sino la estrella del PT y la hoz y el martillo de los partidos aliados.

Cabe recordar que el gobierno de Lula no es el primero de izquierda en la historia de Brasil. El breve gobierno de João Goulart (1961-1964) fue ciertamente un gobierno de izquierda por su programa político-reformista y por los vínculos que buscó mantener con los movimientos sociales (en particular con el movimiento obrero). Sin embargo, las condiciones en que se dio fueron muy distintas de las actuales: además de que Jango (nombre popular de Goulart) no fue elegido directamente a la presidencia y no contó con el respaldo de un partido como el PT (lo cual hizo que su actuación fuese frecuentemente caracterizada de populista), su tumultuoso gobierno se dio en un contexto en el que la cultura política y las instituciones democráticas eran todavía débiles en Brasil, en comparación con las actuales. Tampoco se puede decir que el gobierno de Lula es el primero de izquierda elegido democráticamente en nuestro continente: Salvador Allende ganó las elecciones en Chile en 1970 y gobernó durante casi tres años con el apoyo de una coalición (la Unidad Popular) constituida por partidos (el comunista, el socialista) que, por su arraigo en la sociedad, tenía mucho que ver con la fisonomía de nuestro PT. Pero, también en este caso, se trataba de otras condiciones.

Allende obtuvo apenas un tercio de los votos populares, y su elección se vio confirmada en la segunda vuelta, en la que votaron apenas los congresistas. Así, contrariamente a Lula, ni Jango ni Allende llegaron al gobierno legitimados por una extraordinaria votación, casi dos tercios de los electores. Pero, de cualquier modo, quienes pretendemos que el gobierno de Lula tenga otro destino nos vemos en la obligación de analizar y valorar estas dos experiencias, trágicamente derrotadas.

En la valoración de las perspectivas que se abren para este gobierno no se debe olvidar un hecho decisivo: esta extraordinaria victoria de la izquierda brasileña ocurre en un contexto internacional adverso, marcado por el retroceso y por las sucesivas derrotas de la izquierda en todas sus vertientes, incluso las más moderadas. No sólo los Estados Unidos están gobernados por una derecha conservadora y belicista, sino que también en Europa -donde la izquierda siempre fue pujante- predominan hoy los gobiernos de centro-derecha o simplemente de derecha. En América Latina, a pesar de los fuertes indicios de malestar ante el neoliberalismo, tampoco se puede decir que la situación de la izquierda o incluso del centro-izquierda sea brillante.

Es verdad que las condiciones internacionales en que funcionaron Jango y Allende, en los años sesenta y setenta del pasado siglo, fueron también muy difíciles: estábamos en plena Guerra Fría, lo cual facilitó la acción decisiva de estas enormes dificultades, había algunos márgenes de maniobra -posibilitados, por ejemplo, por un importante movimiento de países no alineados, que buscaban situarse entre las dos superpotencias de la época, así como por un menor grado de globalización imperialista-, que permitían proyectar, e incluso poner en funcionamiento de manera parcial, un desarrollo nacional relativamente autónomo y una política exterior razonablemente independiente.

También en la actualidad, sin duda, existen márgenes de maniobra. Pero es preciso no olvidar un hecho obvio: en comparación con las experiencias de Jango y de Allende, y a pesar de la mayor legitimidad con que la izquierda brasilera llega al poder, las condiciones que el gobierno de Lula tendrá que afrontar para poner en práctica una política efectivamente reformista no son menos difíciles. Es verdad, ya no vivimos bajo la amenaza de un golpe militar (como los que derrocaron a Jango y a Allende), pero estamos ante un marco nacional e internacional que limita drásticamente la posibilidad de impulsar lo que Lula prometió en su campaña, o sea, la creación de un «nuevo modelo económico» distinto del neoliberal. Por un lado, en el ámbito interior, el gobierno del FHC desactivó mediante las privatizaciones y la llamada «reforma» del Estado muchos de los instrumentos necesarios para llevar a cabo este «nuevo modelo» y, por el otro, las condiciones de vulnerabilidad externa en que nos encontramos -también creadas y ampliadas por el gobierno neoliberal que el pueblo brasileño acaba de derrotar- obligan a que este gobierno de izquierda «negocie» en condiciones extremadamente adversas la realización de sus objetivos reformistas.

A ello se debe añadir el relativo aislamiento internacional en que habrá de actuar un gobierno de este color, tanto en nuestro continente como en el mundo. En el marco de un solo país difícilmente se puede llevar a cabo una política efectivamente reformista, que prefiero llamar «reformista revolucionaria». No sólo el socialismo, como bien sabían Marx y Trotsky, sino incluso un reformismo «fuerte» requieren hoy un espacio internacional para poder desarrollarse. Así, una de las principales tareas del gobierno de Lula consistirá en gestar y llevar a cabo una política exterior capaz de favorecer el nacimiento político (y no sólo económico) de dicho espacio.

Como sabemos que el «mercado» no es ni una persona ni una cosa, sino el resultado de una relación de fuerzas entre grupos y clases sociales, cabe desde este momento re-conocer algo desagradablemente obvio: la izquierda brasileña ganó las elecciones en un contexto nacional y, sobre todo, internacional donde tal correlación de fuerzas le es extremadamente desfavorable. Fue eso, entre otras cosas menos esenciales, lo que motivó la necesaria política de alianzas que la dirección del PT decidió adoptar en la campaña presidencial y que ahora pretende respetar el gobierno de Lula. Al margen de determinar si todas las alianzas propuestas y llevadas a cabo fueron correctas y necesarias, esta decisión, que rompe con el aislamiento sectario que caracterizó los primeros años del PT (y que pone de nuevo en práctica una antigua herencia «aliancista» del viejo Partido Comunista de Brasil), ha sido una de las razones de la victoria de Lula. El actual grupo dirigente del PT, casi siempre con lucidez y buen sentido, propuso alianzas que, además de los partidos políticos, implicaban también segmentos, grupos y clases sociales y que tenían como meta alterar la desfavorable relación de fuerzas. Tras definir como eje del «nuevo modelo económico» la prioridad de la producción en detrimento de la especulación financiera, era natural y correcto que el PT buscase un diálogo con la burguesía industrial, tanto la que se ocupa del mercado interior como la que trabaja para la exportación.

Menos justificable, pero sí electoralmente comprensible, es que no se haya dejado claro que si de lo que se trata es de poner en marcha un nuevo modelo, no es posible imaginar que «todos» saldrán ganando: los bancos, el capital especulativo nacional e internacional y los latifundistas improductivos, es decir, los grupos más favorecidos por el actual modelo, saldrán «menos beneficiados» (por no decir más perjudicados) que los demás segmentos de la población. Por lo demás, dado que la desfavorable relación de fuerzas obliga a un gobierno de izquierda a aceptar los «contratos» firmados por los gobiernos anteriores, es imposible construir un «nuevo modelo económico» sin crear las condiciones para que los «contratos» de este tipo se vuelvan innecesarios. Si bien Lula y el PT centran sus propuestas en la necesidad de regresar al paradigma de la producción y adoptan como eje central la creación de empleo y la distribución de la renta y si, al mismo tiempo, a-firman que el modelo neoliberal es responsable de las dolencias que sufrimos, es preciso afirmar, con toda claridad, que el respeto de los «contratos» (por ejemplo, con el FMI) no deja de ser un mal necesario. De ningún modo hemos de sucumbir a la tentación de convertir una necesidad (temporal) en una virtud (permanente). En el caso de que esto ocurriese, lo cual nos parece improbable, el riesgo con el que se enfrentaría hoy un gobierno de izquierda en Brasil ya no sería un golpe militar, sino otro, quizá todavía más grave: el de ser absorbido objetivamente (es decir, con independencia de la voluntad y de la intervención subjetiva de sus componentes) por el modelo liberal de los sectores más reaccionarios de las clases dominantes nacionales e internacionales.

En otras palabras, si esto llegase a ocurrir, nos encontraríamos por enésima vez con una «revolución pasiva», es decir, con un nuevo movimiento en el que, tras pequeños retoques «sociales», se conservaría el statu quo.

Ante todas estas dificultades cabe hacerse una pregunta: ¿Cuál es la actitud que deben adoptar frente al gobierno de Lula, no sólo los movimientos sociales radicales como el de los sin tierra (MST), sino también las corrientes que una prensa deliberadamente maliciosa suele tildar de «izquierda del PT»? ¿Qué es la «izquierda del PT»? Incluso a riesgo de caer en una definición sumaria, creo que esta «izquierda del PT» con la que me identifico, está formada por todas aquellas corrientes o personalidades que -contrariamente a importantes sectores del partido, quizá mayoritarios, los llamados «moderados»- consideran que el socialismo no es un «movimiento ético» que busca una mayor justicia social en el interior del capitalismo, sino un nuevo modo de producción y una nueva forma de sociabilidad, alternativos al propio capitalismo. Es verdad, en esto existe una gran diferencia político-ideológica entre los miembros del PT, una diferencia que ya nos ha enzarzado y seguirá enzarzándonos en discusiones programáticas en el interior del partido. No obstante, sería estúpido evocar tales discusiones para definir la actitud que se debe tomar frente al gobierno de Lula, que evidentemente no puede (y no debe) asumir el socialismo como punto prioritario inmediato de su agenda política. Eso nos obliga a tener en cuenta algo que, además de las identidades, diferencia a los componentes de la «izquierda del PT», es decir, la manera de concebir el cómo y el cuándo llegar al socialismo. En este terreno, las diferencias entre quienes somos de «izquierda» también son sustanciales. Por mi parte, ya he dicho que las sociedades complejas como la brasileña únicamente podrán acceder al socialismo a través del «reformismo revolucionario», es decir, de un largo proceso de luchas que, por medio de re-formas que alteren de modo gradual la relación de fuerzas, nos permitan superar progresivamente la lógica individualista del capitalismo y crear una sociedad solidaria, fraterna e igualitaria, una sociedad que, tal como dijo Lula en una entrevista al «Jornal Nacional» de TV Globo durante su campaña, sea sinónimo de sociedad socialista.

En mi opinión, la «izquierda del PT», ya se trate de los movimientos sociales o del MST, debe apoyar de manera enérgica al gobierno de Lula y exigirle nada más que los pasos iniciales en este largo proceso de reformas que buscan un nuevo orden social, que serán necesariamente modestos a causa de la desfavorable relación de fuerzas. Para dar tales pasos, el gobierno de Lula tendrá que avanzar sobre un estrechísimo filo de la navaja. Por un lado, deberá evitar que lo absorba el actual statu quo y, por el otro, deberá resistir a las tentaciones voluntaristas (contra las cuales Lula parece estar suficientemente vacunado) de ir más allá de lo que nos permite la actual relación de fuerzas. Una presión inteligente y razonable, por parte de los movimientos sociales y de la «izquierda del PT», será importante para impedir que el sistema actual lo neutralice; pero se debe evitar un radicalismo insensato, un voluntarismo de principiantes, ajeno a las exigencias de las condiciones objetivas (radicalismo que, por desgracia, algunos de nuestros compañeros ya han manifestado públicamente).

No dudo en afirmar que, en la actual relación de fuerzas, este radicalismo «izquierdista» sería un gravísimo error político, quizá el mayor que se pueda cometer. El eventual éxito del gobierno de Lula será, para la izquierda en general, una victoria de alcance histórico universal. Con este gobierno se abre para todos nosotros -los componentes de la izquierda brasileña, sea cual sea la posición en que estemos situados- un enorme desafío. Tenemos una gran responsabilidad, no sólo ante el pueblo brasileño, que plebiscitó a Lula, al PT, y a los partidos aliados, ante todas las fuerzas internacionales que saludaron esta victoria y la sienten como suya. Cuanto mayores serán los obstáculos, más tendremos que luchar para evaluarlos correctamente y superarlos con paciencia y tenacidad. Cabe recordar la lección de Gramsci: si bien es necesario el pesimismo de la inteligencia, no lo es menos el optimismo de la voluntad.

Enviar noticia