nro. 20
La subversión política del zapatismo

No es necesario conquistar el mundo. Basta con que lo hagamos de nuevo. Nosotros. Hoy.
Subcomandante Insurgente Marcos

La polaridad o antagonismo inherente a la conformación del capitalismo como sistema mundial, combinada con la enorme heterogeneidad cultural del mundo que integra y somete a su lógica única de acumulación y competencia, es, en cierta medida, causa de la aprehensión de la problemática de la dominación como una pugna entre naciones, en la que las clases se invisibilizan o pasan al segundo nivel de atención. Esta concepción, que en términos generales es designada como imperialismo, expresa sin duda uno de los grandes desafíos que enfrentan los pueblos de lo que resta del mundo cuando se sustrae a Estados Unidos, Japón y la mayor parte de Europa Occidental.

Quizá pocos países, sin embargo, se encuentran en la situación de México: una invasión europea y la mitad de su territorio expropiada por el expansionismo estadounidense durante el siglo XIX; sus recursos naturales en riesgo permanente de saqueo; compartiendo una frontera de 3 mil kilómetros en la que se practica la caza de mexicanos migrantes en busca de un empleo[1], aunque sea precario; y su economía constantemente estrangulada por deudas[2], desestabilizada por los juegos de la tasa de interés o los movimientos de capital de un lado a otro de la frontera. Si en algún país del mundo el imperialismo se siente cotidianamente es en México. Pero, ¿quién y cómo lo siente?¿por qué la lucha popular asume el carácter de antiimperialista? ¿por qué se conceptualiza así? ¿cuáles son las implicaciones políticas de esta concepción y cuál la estrategia que desde ahí se diseña?

El acuerdo de clases como asiento de la nación y el estado

Ustedes luchan por la toma del poder. Nosotros por democracia, libertad y justicia. No es lo mismo. Aunque ustedes tengan éxito y conquisten el poder, nosotros seguiremos luchando por democracia, libertad y justicia. No importa quién esté en el poder, los zapatistas están y estarán luchando por democracia, libertad y justicia.
CCRI-CG, Carta al EPR del 29 de agosto de 1996

Durante casi un siglo, buena parte de los revolucionarios del mundo han sustentado sus estrategias de lucha, siguiendo a Lenin, en la identificación de un enemigo jerarquizado que llamaría a ir cubriendo etapas de lucha hasta alcanzar el socialismo. Las condiciones particulares podrían variar en cada país pero la meta única era el socialismo.

Luchadores sociales de todas partes del mundo abrazaron la causa del socialismo, mayoritariamente en su versión leninista, y se ocuparon de impulsar la dictadura del proletariado siguiendo un patrón homogéneo en sus aspectos fundamentales.

México no fue ajeno a estas influencias a pesar de haber sido escenario de la primera revolución popular del siglo XX, en la que el pensamiento y práctica libertarios representaron, en sus dos vertientes principales (Emiliano Zapata y Flores Magón), un horizonte de tal radicalidad que se mantiene vigente hasta hoy, pero que resistió en la invisibilidad hasta 1994.

El espíritu que prevalece al final de la lucha armada es el del establecimiento de un pacto social que diera paso a la pacificación del país y a la reconstrucción del estado y la nación como prioridades frente a las diferencias de clase.

Se conforman así la nación y el estado mexicanos, legitimando sus contradicciones en la Constitución de 1917[3] y acortando las miras del pensamiento revolucionario al prevalecer, dentro y fuera del país, las visiones pragmáticas sobre las que se consideraban utópicas y, por ello, irrealizables.[4]

El estado, más que el movimiento social o las diversas experiencias particulares de organización, es el interlocutor y referente, el centro de la disputa. En este horizonte conceptual se plantea el problema de la dominación como un asunto externo cosificado, como parte de esas condiciones objetivas que cada vez son más ajenas al todo social, y no, como tanto insistió Foucault, como expresión de relaciones sociales construidas sobre la base del ejercicio del poder. Se objetiva así el sentido de la resistencia y de la lucha y se desdeña la fuerza emancipadora de los movimientos sociales.

Razones y contradicciones de la concepción antiimperialista

...creo que generamos más expectativas de las que podíamos cumplir, desde que nos vieran como partido político o como los animadores de una cultura enquistada en los viejos patrones de los sesenta o setenta, del antiimperialismo y la revolución mundial...
Subcomandante Insurgente Marcos, Entrevista con Carlos Monsiváis y Herman Bellinghausen, La Jornada, 8 de enero de 2001.

La defensa de la nación, no obstante, tiene un significado complejo en el caso de México en el que las imposiciones expropiadoras pueden ser efectivamente identificadas con actores externos.[5] Desde la conquista de América hasta la intervención directa y masiva del capital internacional en las actividades productivas (y, por tanto, en las relaciones de clase), la lucha popular por la autodeterminación[6] o por mejoría en las condiciones laborales[7] ocurre en un contexto en el que se mezclan el carácter de clase y la procedencia extranjera de los expropiadores.

Las dos grandes revoluciones, una iniciada en 1810 y otra en 1910, escondieron su contenido de clase detrás de la urgencia de consolidar a la nación y las luchas históricas del pueblo de México explícitamente se han manifestado por la defensa de “lo que es nuestro”, de la patria, del territorio o de la nación.[8] La nación, a pesar de ocultar la esencia de la dominación, es en México un espacio de identidad creado a través de la lucha.[9]

Esta necesidad de defender lo que se identifica como “la nación” para no perder irreversiblemente el asiento territorial y cultural, más allá del estado e incluso muchas veces en contra de lo que éste representa, hace que, paradójicamente, buena parte de las sublevaciones populares habidas hasta hoy, a pesar de su indudable sentido liberador, hayan aparecido como legitimadoras del estado[10] y la lucha emancipatoria se presente mezclada con la antiimperialista. El imperialismo se reconoce como esencia fundamental o nudo principal de la problemática social.

El problema es que la percepción del mundo desde la relación imperialista (y del estado y la nación), impide recuperar en el análisis los elementos constituyentes de organizaciones sociales subsumidas a la megaorganización creada por el capitalismo, pero no eliminadas culturalmente. La organización del espacio y la población mundial en una estructura enmarcada por fronteras, aun si provienen de movimientos de resistencia que buscan, en su momento, protección contra saqueadores de diversos tipos (incluyendo en primer lugar a los paladines de la modernidad), representan cercamientos, tanto físicos como culturales e ideológicos, sobre los que se asienta el dominio de clase.

Tan eficaces son estos cercamientos ideológicos que el propio pensamiento revolucionario es atrapado por esta visión “nacionalista” y se plantea la lucha del socialismo en un solo país, o país por país. Evidentemente, no puede conquistarse el poder del estado más que en el ámbito que éste delimita y, si al socialismo se llega tomando el poder, la estrategia lógica es proceder estado por estado, país por país.

La concepción del socialismo, y de la misma revolución, como metas, convierte al discurso y práctica revolucionarios en una emulación de los del capital: Si la manera capitalista de apropiarse el trabajo y el conocimiento consiste en su constante objetivación, si la dominación capitalista transita por la deconstrucción de sujetos y por el establecimiento de condiciones que imposibiliten o inhiban su reconstitución, el pensamiento revolucionario dominante, en concordancia, centró su atención en lo objetivo, en las condiciones materiales, y al trazar así su estrategia el propósito de la revolución era tomar el poder y apropiarse de los medios de producción, cuestión que por sí misma representaría una subversión en las relaciones de producción. Este supuesto, sin embargo, nunca se cumplió.[11]

La revolución fue concebida como meta y no como proceso, la estrategia entonces no se enfocó hacia el sujeto para construir colectivamente una concepción del mundo que contribuyera paulatinamente a su subversión, como lo proponía Gramsci, sino que se dedicó a diseñar caminos para ocupar el estado.

El análisis realizado sobre estos principios conduce a una evaluación del poder en términos también cosificados (como aparatos o instrumentos) y a su jerarquización para pasar a una aproximación por etapas que terminan por engullir cualquier supuesta alternativa.

La lucha antiimperialista sustentada en la nación y el estado, no propicia la creación de una sociedad distinta, no propone otro modo de relacionarse colectivamente aunque, en algunos casos, contribuya a frenar el proceso mercantilizador y a mantener, por ello, un espacio de resistencia del multiculturalismo.

Poder, democracia y cultura política

Es necesario construir una nueva cultura política. Esta nueva cultura política puede surgir de una nueva forma de ver el Poder. No se trata de tomar el Poder, sino de revolucionar su relación con quienes lo ejercen y con quienes lo padecen.
Subcomandante Insurgente Marcos

La nueva escala de internacionalización posibilitada con la reestructuración capitalista que inicia en los años setenta y, principalmente, la transformación tecnológica en el campo de las telecomunicaciones, modifican tanto las posibilidades de la dominación como las de la resistencia. La capacidad organizativa del capital permite la penetración de los procesos de trabajo y valorización en ámbitos hasta entonces privados e incorpora sectores crecientes del espectro social. La fragmentación social que propicia el neoliberalismo se acompaña de la apropiación de una más amplia gama de trabajos, saberes y experiencias. La diversidad interna del proletariado crece junto con la tecnificación de nuevas esferas de actividad relacionadas tanto directamente con la producción como con la reproducción (entretenimiento, alimentación, etc.)[12]. El mismo concepto de proletariado se transforma y la visión de una realidad de dominación compartida por individuos y colectivos de todos los lugares del mundo permite empezar a romper el cerco nacional, o local en todos los sentidos posibles del término, y concebir una rebelión del imaginario de la explotación y de su práctica.

Reconociendo rápidamente las enormes diferencias culturales -que comprenden, entre otros, los imaginarios particulares-, la percepción de encontrarse encadenados -sea como explotados, sea como excluidos- a un mismo proceso de dominación y saqueo, permite un primer vínculo identitario entre hombres y mujeres de un mundo disperso y diverso que adquiere voz y presencia en las montañas del sureste mexicano, a través del zapatismo que inaugura el siglo XXI.

¿Qué respuesta habían encontrado estos hombres y mujeres en las dos alternativas de organización social que se habían impuesto como únicas? ¿Qué posibilidades reales de emancipación les significó la lucha por la conquista del poder?[13]

Al reflexionar sobre las concepciones y experiencias políticas del pasado reciente, el Subcomandante Marcos nos dice:

...la caída del muro de Berlín significó [...] cuestionar [...] que una concepción del mundo pudiera imponerse sin ser confrontada continuamente con quienes se supone que eran los beneficiarios. (Le Bot:1997, p. 340)

La nueva percepción de la dominación, aunque enfocando su origen y fundamento en el sistema de organización capitalista -que ahora sí ha terminado por subsumir al planeta entero-, no excluye la reflexión sobre la reproducción de las relaciones de poder y dominación en las sociedades construidas con la ideología de la dictadura del proletariado, del socialismo objetivista, del control estatal de los medios de producción y de la transformación a través del estado.

El poder del estado, aunque sea un estado de soviets, parece contradecir de manera evidente las utopías y las posibilidades de la emancipación social.

La INSURGENCIA CIVIL es la movilización en torno a un programa popular y revolucionario que rebasa a un programa de gobierno. El problema de la INSURGENCIA CIVIL no es quién está en el gobierno, sino cómo garantizar que el que mande, mande obedeciendo. (EZLN:1994, p. 299).

Y surge así un pensamiento, pensamiento-acción, que revoluciona los principios básicos del pensamiento revolucionario. Es un discurso oculto[14] que cobra visibilidad, sentido universal y fuerza en el nuevo contexto mundial abierto por el neoliberalismo y que proviene de “los más pequeños”, de “los más olvidados”.[15]

El problema del poder no será quién es el titular, sino quién lo ejerce. Si el poder lo ejerce la mayoría, los partidos políticos se verán obligados a confrontarse a esa mayoría y no entre sí.

Replantear el problema del poder en este marco de Democracia, Libertad y Justicia, obligará a una nueva cultura política dentro de los partidos. (EZLN:1994. Segunda Declaración de la Selva Lacandona, p. 272).

La disyuntiva zapatista tiene un carácter civilizatorio. Es una confrontación radical con el sistema de organización social articulado en torno al poder. Representa una subversión profunda y un reto a la creatividad política y a la necesidad de repensarse fuera de las coordenadas establecidas por el capital. La humanidad, como tal, ha sido destruida por este sistema; es indispensable reconstruirla, reconstruirnos en ella pero con los significados nuestros, de todos los diferentes, de todas las otredades. No se trata de rehacer el camino capitalista a nuestra manera (“Todo poder está en contradicción con lo que nosotros decimos”) sino de hacer nuestro propio camino mediante la consulta, mediante la palabra que al tiempo que se dice se escucha[16], confrontándonos con nosotros mismos, preguntando.

La fragmentación social que provoca el neoliberalismo, acompañada de la integración estrecha de territorios, políticas y reglas del poder, despeja el horizonte y muestra la vinculación entre todos los componentes del sistema de dominación como partes funcionales de un sujeto real articulado. El problema no es el imperialismo sino la dominación. Nuevamente se plantea la indiferencia con respecto al titular o ejecutor directo del poder para ocuparse de la deconstrucción del sistema mismo de poder, de la eliminación de las relaciones de poder como rectoras de la vida social y dedicarse a construir un sistema de unidad en la diversidad, que camine al paso del más lento y que instituya, como principios esenciales, las tres llaves que abren las tres cadenas: democracia, libertad y justicia.

...el futuro al que aspiramos. Un futuro en que la sociedad civil, con su fuerza de justicia verdadera, haga innecesarias no sólo las guerras sino también los ejércitos, y un futuro en el que los gobiernos, cualesquiera que sea su tendencia política, tengan por encima de ellos la vigilancia constante y severa de una sociedad civil libre y democrática. (EZLN:1994, pp. 161-162).

La única fuerza capaz de llevar a cabo el tríptico libertad, democracia y justicia, y de cambiar el mundo entero, es la fuerza del pueblo, la de los sin partido ni organización, la de los sin voz y sin rostro. (EZLN:1994, p. 238).

El cambio de enfoque de la lucha revolucionaria que implica el paso del antiimperialismo al antineoliberalismo significa una recuperación de la problemática de clase, a pesar de que en el lenguaje zapatista se hable de sociedad civil o pueblo y no de clase obrera, porque dentro de su concepción un sujeto revolucionario per se Subcomandanteplemente no existe. El sujeto revolucionario se forma en el proceso mismo de la lucha. Con el neoliberalismo, la concentración del poder ha llegado a tales extremos que los términos sociedad civil y proletariado se tocan muy de cerca. La perspectiva de clase, sin embargo, no se reduce a situaciones objetivas relacionadas con el lugar ocupado en la maquinaria de la reproducción general sino que se conforma a partir de la experiencia de lucha. “La clase es definida por los hombres al vivir su propia historia” dice E. P. Thompson, “...es una categoría histórica...” (Thompson:1989, p. 34).[17]

La sociedad civil (o el pueblo) en el discurso zapatista, conforma el sujeto y el interlocutor, es decir, es concebida como un “sujeto intersubjetivo” que se relaciona consigo misma, se autodetermina y construye su soberanía.

Es en la SOCIEDAD CIVIL en quien reside nuestra soberanía, es el pueblo quien puede en todo tiempo, alterar o modificar nuestra forma de gobierno. (EZLN:1994. Segunda Declaración de la Selva Lacandona, pp. 270 – 271).

Desde la perspectiva de lucha sintetizada en la consigna “por la humanidad y contra el neoliberalismo”, la revolución no se hace construyendo un nuevo estado sino construyendo una nueva sociedad en la que la politicidad se ejerza libremente en espacios abiertos[18] y la democracia sea un ejercicio cotidiano. La separación entre sociedad civil y sociedad política es un contrasentido en el horizonte zapatista en el que deben caber todos los mundos. La única alternativa para derrotar al poder, para eliminar las relaciones de poder, para disolver las clases y hacer innecesarios los ejércitos es asumiendo que no hay vanguardias, que no hay proyectos únicos, y que la única posibilidad de reconstruirnos como humanidad es aceptándonos distintos, pero iguales (“...que el diferente sea igual en dignidad y en esperanza” Subcomandante:2001).

La propuesta que deriva de esta nueva concepción no es un proyecto sino un camino; es la construcción de una nueva cultura a partir del ejercico ético de la política y de la resignificación de la democracia (“El cambio democrático es la única alternativa a la guerra”. EZLN:1994. Segunda Declaración de la Selva Lacandona, p. 271).

El zapatismo de fin de milenio surge con un discurso bicéfalo en el que las armas preceden y sólo son usadas para posibilitar la palabra:

Nosotros somos guerreros. Somos los últimos de una generación de hombres y mujeres cuya encomienda colectiva ha sido el ser guardián y corazón de nuestros pueblos. Como guerreros somos seres de espada y de palabra. Con ambas debemos resguardar la memoria que nuestros pueblos son y que les permite resistir y aspirar a un mejor mañana. Como guerreros fuimos preparados en las ciencias y en las artes, en el honor y la guerra, en el dolor y la esperanza, en el silencio y la palabra. (Subcomandante:2001)

Hace siete años, la insurrección de “los armados de verdad y de fuego” colocó a los “sin rostro” y “sin voz” en las primeras planas de los periódicos de los cinco continentes. El levantamiento demostró que las revoluciones todavía eran posibles y las poblaciones fragmentadas y precarizadas, destinadas por el proceso modernizador al exterminio, eran capaces de organizarse, empuñar las armas, y luchar por la vida que les era arrebatada todos los días por enfermedades curables o la avidez de inversionistas modernizadores. Se trataba de escoger la forma de muerte y escogieron morir peleando, morir con dignidad. Sin embargo, la guerra fue el último recurso, no una convicción

...vamos a decirles al pueblo de México y el mundo que no queremos morir ya en el olvido, ni mucho menos bajo una guerra de exterminio.

Tampoco queremos morir o matar en una guerra.

Si nosotros nos alzamos en armas indígenas zapatista es que no nos dejaron otro camino. (Comandante Tacho:2001)

Hoy, iniciando el tercer milenio, los guerreros caminaron la palabra dejando las armas atrás. La Marcha de la Dignidad Indígena representa la apuesta más importante por crear las condiciones de una sociedad distinta, que acepte su diversidad, y que sea capaz de construir la democracia de todos.

Si hace siete años fue necesario empuñar las armas porque “..no nos dejaron otro camino”, durante esos mismos siete años se forjó un espacio de intersubjetividad en el que indígenas y no indígenas, armados y no armados, dispuestos todos a defender la dignidad del ser humano y a restablecer los vínculos comunitarios rotos por 500 años de dominación capitalista hicieron posible que la política rompiera los cercos y desbordara hacia todos los espacios de la vida social. Paradójicamente, este movimiento se armó para dar nuevo significado a las palabras y a la política, no para cancelárselo, no para hacer la guerra. La resignificación ética de la política y la cultura del respeto a la diversidad han concedido a la dignidad el lugar que ocupaba la toma del poder[19] y con ello han abierto una nueva dimensión de la política, una forjada de encuentros y no de imposiciones. Una dimensión que se desenvuelve en ese espacio despreciado de lo común, de lo cotidiano al que, desde la perspectiva del poder, hay que impedir que contamine lo político.

Cuando no hay proyectos sino horizontes, cuando, como hoy, lo urgente requiere tiempo y paciencia porque exige la refundamentación de la vida y la comunidad, cuando el objetivo es el camino, porque para los revolucionarios y soñadores, en rigor, nunca hay punto de llegada, la política es un espacio de disputa en el que, rompiendo normas y fronteras, la sociedad vuelve a existir. Ésa es la que Atilio Boron (2001) llama la “antipolítica” de los zapatistas y que es, en sentido estricto, el ejercicio sin límites de la politicidad. Se trata de una verdadera subversión del pensamiento y las prácticas sociales. Se trata de romper los cercos invalidando la guerra y aceptando que este mundo está, y quiere seguir estando, conformado por diferentes que se reconocen entre sí, intersubjetivamente, a través de la política.


Bibliografía citada

Boron, Atilio (2001), “La selva y la polis. Interrogantes en torno a la teoría política del zapatismo”, en Chiapas 12.

Ceceña, Ana Esther (1996), “Universalidad de la lucha zapatista. Algunas hipótesis” en Chiapas 2, Instituto de Investigaciones Económicas-Ediciones ERA, México. http://www.multimania.com/revistachiapas

Ceceña, Ana Esther (2001), “Deuda externa y construcción del neoliberalismo dependiente en México”, Aportes, año VI, n° 18, septiembre-diciembre, pp. 39-52.

Comandante Tacho (2001) en “Comienza la Marcha de la Dignidad Indígena, la marcha del color de la tierra”, Chiapas 11, Instituto de Investigaciones Económicas-Ediciones ERA, México.

Echeverría, Bolívar (1996), “Lo político y la política”, Chiapas 3, Instituto de Investigaciones Económicas-Ediciones ERA, México.

EZLN (1994), Documentos y comunicados, México, Ediciones ERA, 332 pp.

Holloway, John (1997), “La revuelta de la dignidad” en Chiapas 5, Instituto de Investigaciones Económicas-Ediciones ERA, México, pp. 7-40.

Holloway, John (2000), “El zapatismo y las ciencias sociales en América Latina” en Chiapas 10, Instituto de Investigaciones Económicas-Ediciones ERA, México, pp. 41-50.

Le Bot, Yvon (1997), Subcomandante Marcos. El sueño zapatista, Plaza y Janés, México.

Lenkersdorf, Carlos (1996), Los hombres verdaderos. Voces y testimonios tojolabales, Siglo XXI Editores, México.

Molina, Tania (2001), “Los números y los mexicanos subestimados” en Masiosare, suplemento de La Jornada, enero 7.

Scott, James C. (2000), Los dominados y el arte de la resistencia, Ediciones ERA, México, 314 pp.

Subcomandante Insurgente Marcos (2001) en “Comienza la Marcha de la Dignidad Indígena, la marcha del color de la tierra”, Chiapas 11, Instituto de Investigaciones Económicas-Ediciones ERA, México.

Thompson, E. P. (1989), Tradición, revuelta y consciencia de clase, Editorial Crítica, Barcelona, 318 pp.


Notas

[1] “Más de mil 500 personas han muerto al intentar cruzar la frontera desde que se puso en marcha la Operación Guardián en octubre de 1994”. “Desde 1986, la Patrulla Fronteriza ha aprehendido a más de 8 millones de inmigrantes indocumentados”. Durante el año 2000 se deportó un total de 181 mil 572 extranjeros de los que 147 mil 865 eran mexicanos (Molina:2001, p. 11).

[2] En junio del 2000 la deuda externa de México, en más de un 90 % con instituciones estadounidenses porque hasta los pasivos con el FMI han sido transferidos al Departamento del Tesoro de Estados Unidos, asciende a 170 miles de millones de dólares, equivalentes a la tercera parte del PIB (a pesar de que las amortizaciones en los últimos 3 años alcanzan una cifra equivalente a la deuda total). A esto hay que agregar los nuevos créditos contraídos a raíz de las elecciones presidenciales (julio 2000) para evitar las ya tradicionales crisis que acompañan el cambio de gobierno. Ver Ceceña:2001.

[3] Vigente hasta hoy con algunas modificaciones y ajustes entre las que destacan las referentes a la individualización de la tenencia de la tierra (artículo 27) introducidas en 1992, durante el gobierno de Carlos Salinas, y que constituyeron una de las causas fundamentales de la insurrección zapatista.

[4] Sobre la discusión en el ámbito revolucionario de la época, que indudablemente permeó a los luchadores sociales del mundo, Ver Holloway:2000, pp. 46-47.

[5] Este significado contradictorio de la nación es compartido por la mayoría de los pueblos latinoamericanos.

[6] Así aparecen muchas de las disputas por territorio, tenencia de la tierra y control de los recursos naturales.

[7] La más notable quizá es la huelga laboral en contra de las condiciones de trabajo en la industria petrolera, toda en manos de empresas extranjeras, que terminó con la expropiación del petróleo para beneficio de la nación en 1938.

[8] Esto es lo que lleva al Subcomandante Marcos a explicar que “Retomando esos conceptos de nación, patria, libertad, democracia, justicia, el EZLN se conecta con una tradición de lucha...” (Le Bot:1997, p. 349-350)

[9] Para la rebelión zapatista lo nacional indica una posibilidad de abrir horizontes: “...es un movimiento indígena que aspira a dejar de ser sólo un movimiento indígena (...) el concepto de nación es su forma de abrirse, de hacerse nacional, de crecer...” (Le Bot:1997, p. 337-338)

[10] La excepción histórica la constituyen los zapatistas de inicios de siglo quienes, en boca de Emiliano Zapata, hablaban de mejor quemar la silla presidencial para que dejara de constituir el objeto de disputa y prostitución de la política. “El Ejército Libertador del Sur no sólo representaba a los sectores más empobrecidos del país y a sus aspiraciones, también representaba una nueva forma de enfrentarse al poder. No se trataba de tomarlo y ejercerlo, sino de que el gobierno, quien quiera que lo detentara, cumpliera las demandas de la gente. Por eso lo mismo pelearon contra Díaz, que contra Madero, Huerta y Carranza. El zapatismo no era controlable en los términos de la clase política de entonces. Pegados al pueblo, los zapatistas nunca pudieron ser domesticados.” Subcomandante:2001.

[11] “Las revoluciones del siglo XX fracasaron porque apuntaban demasiado bajo (...) El concepto de la revolución era demasiado restringido.” (Holloway:2000, p. 48)

[12] Una reflexión más amplia sobre esta temática puede encontrarse en Ceceña:1996.

[13] Los zapatistas expresan así su insatisfacción y su propia y diferente manera de concebir lo que es gobierno: “Es razón y voluntad de los hombres y mujeres buenos buscar y encontrar la manera mejor de gobernar y gobernarse, lo que es bueno para los más para todos es bueno. Pero que no se acallen las voces de los menos sino que sigan en su lugar, esperando que el pensamiento y el corazón se hagan común en lo que es voluntad de los más y parecer de los menos, así los pueblos de los hombres y mujeres verdaderos crecen hacia dentro y se hacen grandes y no hay fuerza de fuera que los rompa o lleve sus pasos a otros caminos.” EZLN:1994, p. 161.

[14] E. P. Thompson y James Scott han contribuido, a su vez, a la visibilización de esos discursos ocultos y de esas formas perseverantes pero discretas de la resistencia a la dominación.

[15] Es así como se presentaron los zapatistas en el momento de inicio de la sublevación.

[16] Las lenguas mayas se caracterizan por la existencia de múltiples sujetos que actúan en interlocución. La lengua tojolabal, ampliamente estudiada por Carlos Lenkersdorf (1996), revela la existencia de relaciones intersubjetivas que difieren esencialmente de las relaciones lineales propias de las lenguas indoeuropeas y que hace que verbos como “decir” sean simultáneamente “oír” porque “decir” es un sinsentido cuando no hay sujeto receptor.

[17] “...la gente se encuentra en una sociedad estructurada en modos determinados (crucialmente, pero no exclusivamente, en relaciones de producción), experimenta la explotación (o la necesidad de mantener el poder sobre los explotados), identifica puntos de interés antagónico, comienza a luchar por estas cuestiones y en el proceso de lucha se descubre como clase, y llega a conocer este descubrimiento como conciencia de clase. La clase y la conciencia de clase son siempre las últimas, no las primeras, fases del proceso histórico.” (Thompson:1989, p. 37)

[18] Y no en aquellos espacios definidos exclusiva y excluyentemente para ese fin: los partidos, las instituciones políticas, etc. Al respecto ver Echeverría:1996.

[19] John Holloway llama a esto “la revuelta de la dignidad”. Ver Holloway:1997.

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