nro. 20
La esperanza como actitud crítica

Frei Betto

La esperanza es una de las tres virtudes teologales, junto a la fe y al amor. Rima con confianza, término que deriva de fe: quien cree, espera; y quien espera, cree. Vivimos un momento nuevo de la historia del Brasil. Con la elección de Lula la esperanza venció al miedo. No sabemos todavía cómo será el gobierno del PT, pero hay esperanza de que priorice las cuestiones sociales y reduzca significativamente las desigualdades que caracterizan al Brasil.

Para Jesús la esperanza se pone allá al frente, en el Reino de Dios, que señala el fin y la plenitud de la historia, y no en la cúspide, en cuanto postura verticalista de quien ignora la existencia de este mundo o la rechaza. Hoy día la expresión Reino de Dios tiene una connotación difusa, metafórica. Sin embargo se puede imaginar lo que significaba hablar de eso en pleno reinado de César. No cabe duda de la resonancia política del término, pues Jesús se atrevió a anunciar otro Reino que no era el de César y por ello pagó con su vida.

Hoy la esperanza tiene una connotación secular: la utopía. Es curioso observar que, antes del Renacimiento, no se hablaba de utopía. Ésta resultó de la desacralización del mundo, de la muerte de los dioses y, por tanto, de la necesidad de proyectar o visualizar el mundo futuro. En la medida en que el ser humano, con la llegada de la modernidad, comenzó a dominar los recursos técnicos y científicos que interfieren en el curso de la naturaleza y perfeccionan nuestra convivencia social, surge la necesidad de prever el modelo ideal, así como el artista que hace una escultura traza en su cabeza o en el papel el diseño de la obra terminada. Como afirmó Ernst Bloch, la razón no puede florecer sin esperanzas, y la esperanza no puede hablar sin razón.

El marxismo fue la primera gran religión secular, capaz de introducir la esperanza en una sociedad ideal. Él introdujo en la cultura occidental la conciencia histórica, la percepción del tiempo como proceso histórico, hasta el punto de que el ser humano pasó a prefigurar su existencia no ya en referencia a los valores subjetivos sino al devenir, luchando contra los obstáculos que, en el todavía no, impiden la realización de lo que se espera como ideal liberador.

Para el cristiano la utopía del Reino supera las utopías seculares, sean éstas políticas, técnicas o científicas. Se espera en este mundo la realización plena de las promesas de Dios, lo que plenifica y transfigura el mundo. Así, a la luz de esas promesas citadas en la Biblia, el cristiano mantiene siempre una postura crítica frente a toda realización histórica, así como ante los modelos utópicos. El hombre nuevo y el mundo nuevo son resultado del esfuerzo humano a través del don de Dios que, en última instancia, los llevan a su ápice. En otras palabras, quien espera en Cristo no absolutiza nunca una situación adquirida o que se pretende conquistar. Todo avance es relativo y por eso mismo susceptible de mejoramiento, hasta que la Creación retorne al seno del Creador. Pues Dios realiza progresivamente, en la historia humana, la salvación.

La esperanza se basa en la memoria. Quien espera recuerda y conmemora. Nuestro Dios no es uno más del Olimpo panteísta. Es un Dios que tiene historia y hace memoria: Yavé, el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob. Es esa memoria la que alimenta la conciencia crítica, conciencia de la diferencia, de la inadecuación, del todavía no. Pues la utopía cristiana se sustenta en las promesas de Dios. Por eso la esperanza cristiana no teme a lo negativo, a las vicisitudes históricas, al fracaso. Es una esperanza crucificada, que se abre a la perspectiva de la resurrección. En esperanza ya somos salvados. Ver lo que se espera ya no es esperar; ¿cómo se puede esperar lo que ya se ve? Esperar cosas que no vemos significa tanto constancia como esperanza (Rom 8, 24-25). Como dice la Carta a los Hebreos, la fe es un modo de poseer ya aquello que se espera, es un medio de conocer realidades que no se ven (11,1). Si la fe ve lo que existe, la esperanza ve lo que existirá, decía Péguy. Y añadía: el amor sólo ama lo que existe, pero la esperanza ama lo que existirá... en el tiempo y por toda la eternidad.

La esperanza es el caminar en la fe hacia su objeto. La fe nos da la certeza de que Jesús venció a la muerte; la esperanza, el aliento de que venceremos a los signos de muerte: la injusticia, la opresión, el prejuicio, etc. Ese proceso no es continuo, pues somos prisioneros de la finitud, aun portando la Infinitud en nuestros corazones. Por eso nuestro caminar está entreverado de dudas y dolores, conquistas y alegrías, pero sabe que, si va por los senderos del amor, tiene a Dios como guía.

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