nro. 20
Refundación de la Nación
César Benjamín

Un eventual gobierno de izquierdas fracasará si no disminuye sustancialmente -y no sólo marginalmente- la pobreza en Brasil. Ella no puede ser explicada ni por problemas de población (cuyo tamaño es adecuado a nuestro territorio y cuyas tasas de crecimiento son bajas), ni por falta de recursos naturales (abundantes) o de capacidad productiva instalada (suficiente).

Somos la décima economía del mundo, tenemos una renta per cápita mediana, pero en lo que concierne a los indicadores de pobreza, como es sabido, estamos detrás de países mucho más pobres y mucho más frágiles. En la concentración de renta y de riqueza está el centro del problema. En este aspecto somos campeones mundiales. No es necesario repetir aquí estadísticas que todos conocen. Para que podamos pensar formas de enfrentar el problema, tres características específicamente brasileñas deben ser destacadas.

La primera: la concentración de la riqueza -o sea de la acumulación de bienes, en su forma de inmuebles, fábricas, tierras, etc- es mayor que la concentración de la renta. Los datos disponibles, muestran que el 1% de la población brasileña posee cerca del 53% de la riqueza a-cumulada en el país. Eso evidencia que las cuestiones de la pobreza y de la desigualdad no se refieren apenas al flujo monetario, tal como se produce actualmente. Ellas nos remiten también a la creación de riqueza en el pasado, a la forma como se cristalizó y fue controlada a lo largo del tiempo. Será pues insuficiente cualquier política que se limite a gestionar flujos de renta, sin alterar la distribución de la acumulación de la riqueza ya creada.

La segunda: la curva de la concentración de la riqueza se acelera bruscamente cuando nos aproximamos a la cima de la escala. Si representamos a la población brasileña en un segmento de recta, con los más pobres en una punta y los más ricos en la otra, teniendo una transición uniforme entre los extremos, y estudiamos como se va dando la concentración a lo largo del espectro, vemos que la velocidad de esa concentración está dentro de los patrones internacionales, menos cuando llegamos a un punto muy cercano de la cima. Allí, cuando nos encontramos con el grupo más rico, inferior al 5% de la población, la concentración se dispara. Los pobres y menesterosos brasileños, están peor que los de los países subdesarrollados, pero los ricos brasileños no están peor que los ricos de dichos países. Las políticas de desconcentración de la riqueza, enfrentarán pues, intereses poderosos, claramente localizados en grupos poseedores de una gran capacidad y eficacia de acción política.

La tercera: cuando comparamos los datos de los últimos censos, verificamos que nuestros niveles de concentración de renta y riqueza son crecientes en todas las últimas décadas. Por ejemplo: la renta de los 10% más ricos era 34 veces mayor que la de los 10% más pobres en 1960; esa relación pasa para 40 veces en 1970, 47 veces en 1980 y alcanza 78 veces en el censo de 1991 (los datos del 2000 todavía están incompletos). Otras metodologías, como el índice de Gini y la curva de Lorenz, dan resultados coherentes con aquel. Eso demuestra una tendencia de largo plazo, que parece ser inmune al tipo de instituciones políticas, a las acciones del gobierno y al desempeño de la economía. Efectivamente, en esos períodos, vivimos experiencias muy diferentes entre si, tanto desde el punto de vista institucional (democracia, régimen militar «blando», régimen militar «duro», redemocratización) como desde el punto de vista económico (recesión, reestructuración, «milagro», bajo crecimiento). Como norma general, cuando la economía entre en recesión, la renta se concentra más, cuando entra en un ciclo expansivo, ¡la renta también se concentra! Las instituciones políticas se alteran sin afectar este proceso, cuya dinámica no parece ser alcanzada por esas variables más cambiantes, visibles y superficiales.

En síntesis: tenemos renta y riquezas altamente concentradas, esa concentración llega al paroxismo en la cima de la escala y tiende a agravarse en el tiempo. Se trata de un escenario que existe hace décadas, desde que comenzamos a producir estadísticas nacionales. Un escenario que muestra tendencias profundas de nuestra sociedad. Los resultados preliminares del censo del 2000 apuntan que esas tendencias se mantuvieron durante la década de 1990, a pesar del control de la inflación. El efecto positivo del Plan Real se agotó mas o menos en un año, retomándose enseguida la dinámica fuertemente concentradora. El resultado más grave de este proceso es la expansión de la pobreza absoluta, principalmente en las áreas de desempleo y subempleo estructurales dentro de los aglomerados urbanos, y en áreas del interior que combinan alta densidad demográfica y agricultura sin salida, destacándose fundamentalmente el Nordeste. En las ciudades, sin duda, no hay más bolsas de pobreza, y ni siquiera, la pobreza se debe necesariamente a la inserción de las personas en actividades de baja productividad. Hoy los pobres se desparraman por todos los sectores de la economía, inclusive entre los funcionarios públicos y entre los empleados de empresas privadas modernas.

No debemos tener ilusiones: dar la vuelta a esta situación no será fácil. Muchos subestiman las dificultades que tendremos, si deseamos de hecho alterar una trayectoria histórica tan consolidada. Por eso, es preocupante el amplio predominio, en la izquierda brasileña, de corrientes de opinión que centran sus preocupación programática a-penas en alteraciones en la conducción de la política macroeconómica, combinadas con políticas sociales compensatorias. No se disponen siquiera a cuestionar seriamente la herencia dejada por la década de predominio de políticas neoliberales (privatizaciones, deudas, etc). Implícita o explícitamente, aceptan el diagnóstico de que la crisis brasileña es ante todo una crisis del Estado, debiendo ser tratada y resuelta en ese ámbito. Ese camino, aunque aparentemente más fácil para quien quiere acreditarse para llegar al gobierno, fracasará rotundamente. Entregaremos el gobierno probablemente a la derecha, sin haber modificado el perfil de concentración de la riqueza que encontramos. Si quisiéramos enfrentar la cuestión, precisaríamos de soluciones de naturaleza estructural, que alteren el sistema de poder que controla Brasil. ¿Qué quiere decir eso? Poseen el poder aquellos grupos que controlan recursos e instituciones decisivas para la organización de la vida social, obligando a que la sociedad funcione de forma subordinada a sus intereses. Alterar el sistema de poder es transferir el control de esos recursos e instituciones a otros grupos sociales, lo que en nuestro caso, significa democratizarlos. La pregunta entonces es la siguiente: ¿ qué necesita ser democratizado en Brasil para dar inicio a una reorganización de la sociedad, que rompa con su trayectoria histórica de exclusión social? Según mi punto de vista, cuatro cosas: la propiedad de la tierra, principal recurso natural del país; el control del sistema financiero que determina el destino de los recursos líquidos disponibles; los medios electrónicos de comunicación, que, en una sociedad de masas, son la base de formación de opiniones y valores; y el acceso a la educación y a la cultura, como elementos creadores de ciudadanía. El diagnóstico básico, en este caso, es que las raíces de la crisis brasileña están en la forma de organización de la sociedad. La crisis del Estado se subordina a una crisis mayor, cuya superación es necesaria para cambiar el rumbo de degradación del país. Por eso, opino que lo que se necesita no es un programa económico stricto sensu, sino un programa de refundación de la nación, que retire los instrumentos de poder de nuestra burguesía dedicada a los negocios -cada vez más rentista e internacionalizada- y los transfiera a los grupos sociales que viven en el mundo del trabajo y de la cultura, comprometidos con el futuro del país.

Ambas posiciones no se excluyen completamente: los llamados «moderados»» pueden hablar de reformas estructurales, mientras nosotros también defendemos alteraciones en la política económica. Pero el predominio de una opción o de otra define caminos muy diferentes. La principal diferencia es la siguiente: si limitamos nuestra propuesta a alteraciones en las políticas de gobierno, estamos dando a las élites la garantía de que su sistema de poder no será cuestionado. Es como si un general declarase que desea derrotar al ejército enemigo, pero no pretende quitarle sus fusiles, sus tanques y su aviación de combate, ni desmovilizar sus tropas, ni desorganizar su cadena de mando. La propuesta de los «moderados» es así: las élites «derrotadas» continuarán controlando los recursos e instituciones más importantes de la sociedad. Podrán perder un poco aquí o allí. Sin embargo, manteniendo el control de la tierra, de la riqueza, de la información y de la cultura, mantendrán la capacidad de organizar y controlar la vida social, se conservarán fuertes y organizadas, impondrán límites, reaccionarán, exigirán concesiones, destruirán la coherencia de cualquier política alternativa y, finalmente, vencerán. Ha sido así a lo largo de nuestra historia. Todo indica que seguirá siendo así en el futuro que nos aguarda, si no hay una drástica corrección de rumbos.

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