nro. 19
La rebelión de los sentidos

Claudia Korol

Fueron días de incendio de las sensaciones, de las creencias, de las ideas, de las calles, de los cuerpos y de las almas. No es fácil escribir sobre lo que sentimos y creímos, lo que pensamos y descreímos en estas jornadas, pero es necesario contarnos nuevamente lo que vivimos y vibramos. Es necesario ser parte de la intensa disputa de sentidos que se desarrolla en estos tiempos, intentando reinterpretar los sucesos en una u otra dirección, de acuerdo con los intereses en juego en cada interpretación. ¿Cómo nació la rebelión? ¿Cuáles son sus causas? ¿Cuáles serán sus consecuencias? La rebelión fue el grito desgarrado de un pueblo con hambre, con desesperación, con rabia, con indignación. La rebelión nació de los fragmentos, de las heridas, de los cortes. La rebelión nació de la tierra. Semilla que no creció en incubadora. Semilla regada por la sangre de otras rebeliones. La rebelión marchó con bronca por las calles. Entró en los supermercados. Arrancó a la gente de las casas. La volvió pueblo, hacedora de su propia historia, o al menos de fragmentos de ella.

Imágenes del 19 y 20 de diciembre

Varios sectores de la población, movidos por diferentes indignaciones, se lanzaron al protagonismo para resolver urgencias acuciantes. Los más empobrecidos, movilizados por hambre... hambre concreta y hambre subjetiva. Sectores que vieron en pocos años desmoronarse sus proyectos individuales y colectivos, ante una política económica excluyente y marginadora que tiene como contracara la hiper-concentración capitalista.

Dentro de esta franja, merece un análisis especial el accionar de aquellos jóvenes que no han ingresado en el mundo del trabajo, que saben que tienen una condena de por vida, ya que en los marcos de este sistema no tienen presente ni futuro. Ellos, crecidos a los tumbos, inermes cuando sus familias entraron en la picada descendente de la exclusión, marcados por la atonía general de la Argentina pos-dictadura, fueron formados sin embargo en la pelea callejera de las «barras» de las esquinas, de las «hinchadas» de los equipos de fútbol. La generación de «pizza, birra, faso», sabe de represión, sufre la violencia cotidiana del gatillo fácil. Ellos y ellas tienen una dosis suficientemente alta de indignación contra los que dictaron su condena y contra quienes la hacen cumplir, a los que identifican con la fuerza policial que los agrede y que se ha cobrado cientos de víctimas en estos años. Esta juventud, sin referentes significativos, descreídos de la política y de los políticos, salieron a romper todo lo que les rompe la vida, el presente y el futuro. Son los que tienen la cuota más alta de víctimas. Son los que quedan con mayor bronca adentro. Son los que asoman como una nueva generación desafiante de la pasividad. Sin proyectos, con inquietudes, sin certezas, con una intensa rebeldía.

También en esta franja de los excluidos, hay que considerar el nuevo protagonismo de las mujeres, como consecuencia de la feminización de la pobreza y de la resistencia. Condenadas doblemente, por pobres y por mujeres, las señoras salieron de sus casas para asaltar supermercados, como salen las fieras a defender el alimento y la vida de sus crías.

En los saqueos a los supermercados, se pusieron en juego acumulaciones previas, como las realizadas por los distintos movimientos de desocupados. Si bien se registra en ellos el accionar en algunos casos de punteros del PJ que se movieron al igual que en el 89 buscando la desestabilización del gobierno radical, e incluso de carapintadas que se reactivaron en la movilización por la libertad de Seineldín, lo cierto es que la masividad de los saqueos no responde a explicaciones de carácter conspirativo; es una respuesta a la masividad del saqueo realizado por el poder. El saqueo tiene además otras claves que merecen ser interpretadas de cara al futuro, como es la coyuntural pérdida de respeto por la propiedad privada, y la legitimación de la violencia popular, de la violencia de los de abajo, en situaciones en las que no apelar a este recurso, significa aceptar la otra violencia, la del suicidio. La pérdida de respeto por la propiedad privada -aunque sea temporal- no es un dato menor. El imaginario social del capitalismo tiene paradigmas fundantes como el mercado, la familia, la ley, la religión, el Estado. Atacar estos símbolos, a través de diferentes formas de lucha, presenta batalla en el terreno de la construcción de sentidos, es parte de la lucha cultural en curso. Es en esa dimensión simbólica, en la que comienzan a encontrarse la memoria fértil, con las nuevas resistencias. «Salieron a la calle, los hijos del Cordobazo», cantaba una columna de jóvenes el 19 de diciembre. Así la historia va creando su propia trama. Motoqueros que llevan en sus pechos la imagen del Che. Piqueteros, que reinventan las palabras trabajo, dignidad, autonomía, revolución. Las Madres de Plaza de Mayo, que con la socialización de la maternidad multiplican las banderas y el ejemplo de la generación del 70, entregando el legado a quienes acepten el desafío de continuar la lucha.

En el caso de los trabajadores movilizados -no a partir de sus organizaciones sindicales, sino precisamente superando la parálisis de sus conducciones- varios factores estaban en juego, desde la pérdida progresiva de los puestos de trabajo, hasta el hecho de que en muchos casos no cobraban hacía ya varios meses, y en el caso de que cobraran, la «bancarización» retenía una parte de sus haberes. Uno de los gritos más insistentes en la plaza era de denuncia de la pasividad y la ausencia de las dos CGT, y contra la burocracia sindical y sus lugartenientes.

Los sectores medios salieron a la calle, hartos del saqueo a los salarios, el saqueo a los ahorros, y debido a la situación de inestabilidad generada a partir de las últimas medidas decididas por el Cavallo, asumidas en pos del dogma del pago de la deuda externa. Vale decir en este punto, que si bien es cierto que el «factor Cavallo» fue determinante del estallido, no lo fue menos la política fondomonetarista, que chantajeando hasta el final por más y más ajuste, negaron unos días antes el chorrito de dinero esperado por la administración radical.

En la movilización de la clase media, es oportuno subrayar dos elementos de alto valor político. Me refiero al cacerolazo, y a la batalla contra el estado de sitio. Las cacerolas, símbolo en la vida cotidiana del lugar en el que se ha relegado a la mujer, han sido los instrumentos que pusieron ritmo y música a las jornadas de diciembre y enero. Pasaron del ámbito privado al ámbito público, constituyéndose en un nuevo dato de la «feminización de la resistencia». Las cacerolas vacías, con sus mensajes aparentemente ingenuos, aparentemente pacíficos, aparentemente «apolíticos», fueron exigiendo cada vez más. No sólo protestaron contra el hambre, o contra el «corralito» que secuestró los ahorros de los argentinos. También exigió el cambio de los gobiernos de De La Rúa primero y Rodríguez Sáa después. También denuncia al gobierno de Duhalde. También repican pidiendo la destitución de la Corte Suprema de Justicia. Pasaporte de identidad. Cacerolas que se vuelven amenaza contra políticos, bancos, jueces. Cacerolas que se vuelven políticas, rebeldes. Cacerolas que tienen como medalla de dignidad, el haber desafiado y derrotado la declaración del estado de sitio, realizada por De La Rúa. Este anuncio, que terminó con la «ilusión democrática» para estos sectores -ya que los más empobrecidos hacía rato que sufrían sistemáticamente los hechos represivos- incendió los ánimos.

Comenzó la rebelión con la generalización de los saqueos. A esto le continuó el cacerolazo, que sacó a la gente de sus casas hacia la calle, y luego la fuerza creciente produci-da por el encuentro espontáneo de miles de argentinos, que empujó a los corazones hacia las plazas, y en la capital porteña, hacia la Plaza de Mayo.

Los saqueos a los supermercados, y los cacerolazos, son dos caras de la misma moneda. La resistencia a la política privatizadora y enajenante del capitalismo. Sin embargo, tanto en las prácticas como en las interpretaciones de los formadores de opinión pública, se produce el esfuerzo de disociarlos, en un intento de deslegitimar a los saque-os como expresión violenta de los más humillados, y valorar los cacerolazos como forma de manifestación «pacífica» de los sectores medios. El encuentro de las cacerolas vacías y del hambre verdadera, la articulación necesaria de los sectores medios, de los trabajadores y de los excluidos, es el desafío fundamental que se asume para pensar en la creación de una alternativa de poder popular.

Volver a las plazas y a las calles

El espacio público fue recuperado en las jornadas de diciembre. La memoria fue honrada con la ocupación simbólica de la Plaza de Mayo, epicentro de tantas batallas de nuestro pueblo, desde el 17 de octubre del 45, poblada de los trabajadores por la libertad de Perón, hasta esa misma plaza resignificada por los pañuelos blancos de las Madres de Plaza de Mayo. La Plaza de Mayo volvió a ser el centro de las decisiones. Para quienes habían reescrito la arquitectura de las relaciones sociales en los tiempos pos-modernos, colocando el protagonismo en los despachos oficiales, y circunscribiendo la ciudadanía al hogar y al ejercicio de la institucionalidad, las jornadas de diciembre patearon el tablero. El pueblo, al volver a ser y a sentirse pueblo se volcó a la intemperie. Fue el quiebre del individualismo, de la anorexia producida por el puertas adentro al que nos condena la privatizadora política imperial. Frente a lo privado, lo público; frente a lo individual, lo social; frente a la implosión, la explosión. El estallido fue reconstituyente de memoria, de cultura de rebeldía, de autoestima, de fuerza y subjetividad popular. El estallido fue el ya basta de un pueblo harto, que volvió a ser pueblo, al constituirse masivamente desde sus intuiciones comunes como sujeto de historia. El saqueo fue un esfuerzo de recuperación de lo expropiado salvajemente por el gran capital. El saqueo fue la insurrección de la dignidad, levantándose de décadas de aplastamiento. El estallido fue un acto de salud, que posibilita la continuidad de la existencia en la resistencia. Se produjo precisamente en el límite de nuestras fuerzas. Se produjo en el instante en que empezábamos a dudar de nuestra capacidad de ser humanos y humanas, constructores de nuestras vidas. Se produjo en el límite de nuestra imaginación.

La represión

La respuesta del régimen fue una represión salvaje. Comenzó la noche misma del miércoles, y continuó el jueves durante todo el día. Más de 31 muertos, cientos de heridos, cuatro mil presos. Las Madres de Plaza de Mayo golpeadas por la caballería y heridas con balas de goma. El terrorismo de Estado se sacó la careta. La maldita democracia «democratizó» la represión. Ya no fueron sólo los habitantes de las villas, o los jóvenes las víctimas de la brutalidad policial. Hubo palos y balas para todos.

La clase media, que se había acostumbrado en los últimos años a que la violencia represiva tenía como víctimas principales a los habitantes de las zonas de exclusión, supo ahora que su alianza con esos sectores se paga con la misma moneda con la que pagó en los 70 la integración de numerosos cuadros jóvenes de la burguesía a las filas revolucionarias. Romper la alianza de clases, fue uno de los objetivos de la represión. Calmar a las capas medias, encerrarlas en un corralito no sólo financiero, sino fundamentalmente político, y dejar que el descontento quedara circunscrito a los más desesperados, a quienes se aspira a contener con una dosis de asistencialismo, y otra de palos y balas.

A pesar de la represión, la movilización se extendió y una nueva generación se fogueó en la lucha de calles. Aprendió a hacer barricadas, en improvisadas lecciones dados por algunos pocos veteranos de otras batallas. Aprendió a hacer molotov. Aprendió a retroceder y a avanzar. Aprendió a usar los limones y pañuelos para aguantar los gases. Muchos jóvenes tomaron sus primeras clases en esas jornadas. Un gesto de coraje que vale mencionar: la «infantería motorizada» del pueblo, como se los llamó a los motoqueros. Muchachos que se expusieron en la primera línea para avisar del accionar policial a unos y a otros indistintamente. Que metieron sus motos entre los caballos, para trabar su avance. Que repartieron limones. Que pelearon como el que más. Que perdieron cinco compañeros. Son parte de la generación que irrumpe rebelde, y tiene la posibilidad de construir en la misma rebeldía, el encuentro entre los que crecen en la exclusión, con las izquierdas que recuperan la dirección de los centros de estudiantes y federaciones, con los hijos, con los militantes sociales, con la juventud piquetera. No será un encuentro espontáneo. La formación de esta generación, para que produzca junto a las nuevas prácticas rebeldes, sus propias teorías, sus propias maneras de organizarse, es uno de los desafíos cruciales.

En lo más álgido de la represión, todas y todos asistimos a otra lección que no por repetida, no vuelve a conmovernos una y otra vez. Entre los gases lacrimógenos, entre las bombas, entre las balas, se distinguió el pañuelo blanco en las cabezas grises de las Madres de Plaza de Mayo. Se vio a estas madres recibiendo los golpes y las balas de goma. Como en la dictadura, los pañuelos blancos de las Madres siguen enseñando. Nos enseñan a hacer de la vida misma un acto de rebelión contra la pasividad, contra la cobardía, contra la adaptación. Las Madres volvieron a enseñarnos, con sus cuerpos transformados en trincheras, que la única lucha que se pierde es la que se abandona.

Imágenes del 26 de junio

No pasaron muchos meses, desde aquellos en los que el país se incendió de rebelión, tirando abajo presidentes y complicidades. El miércoles 26 de junio del 2002, en una jornada de lucha convocada por las fuerzas piqueteras, el poder volvió a asesinarnos. Dos jóvenes militantes de la Coordinadora de Trabajadores Desocupados Aníbal Verón, Maximiliano Kosteki y Darío Santillán, fueron fusilados a quemarropa por la policía de la Provincia de Buenos Aires. Quedaron cientos de heridos, muchos de ellos con balas de plomo en su cuerpo. Hubo más de cien detenidos. Se allanaron casas, locales de los movimientos de desocupados, el local de Izquierda Unida de Avellaneda. La cacería se prolongó por varias horas. La represión se encarnizó con saña contra la Coordinadora de Trabajadores Desocupados Aníbal Verón.

El poder mostró una de sus caras posibles: la del salvajismo represivo. Mostró la indiferencia ante las demandas de quienes nada tienen. Mostró la manipulación de la información realizada por los medios de comunicación de masas. Mostró la impudicia de la mentira ejercida de manera estatal, intentando colocar a las víctimas en el lugar de los victimarios, pretendiendo que fueron los mismos piqueteros quienes asesinaron a sus compañeros. Mostró la hipocresía de una gran mayoría de parlamentarios y jueces indiferentes ante el drama social. Mostró la complicidad de las burocracias sindicales. Mostró el rostro desnudo de la impunidad, en la cara del comisario Franchiotti. Se manifestó también el miedo y la debilidad del régimen, que tuvo que recurrir a tanta violencia, contra un movimiento popular que salió a la calle a reclamar demandas básicas como trabajo digno, comida, educación, salud.

La represión fue precedida por una campaña de declaraciones amenazantes realizadas en las semanas previas por los principales dirigentes del país, destinada a generar la imagen de que estos movimientos, a los que caracterizaron como el «ala dura» de los piqueteros, tenían planes conspirativos para el «asalto al poder». Los medios de comunicación de masas fueron aliados activos en esta ofensiva, que tenía como uno de sus objetivos hacer retroceder al movimiento popular de los niveles de resistencia alcanzados, desorganizar a los movimientos de desocupados, fragmentarlos entre ellos, e impedir que se unifiquen en la acción con otros bolsones de protesta, como los trabajadores que demandan por sus derechos laborales, los que toman y ponen en marcha las fábricas que las patronales abandonan por improductivas, los vecinos de las asambleas populares que intentan ejercer de manera directa la democracia, o los sectores medios damnificados por el corralito. Intentan frenar la posibilidad de que sean protagonistas de nuevos momentos de constitución de un bloque popular con capacidad de desafío y de alternativa al poder.

Algunos burócratas sindicales viejos y nuevos, participaron -por acción u omisión- de las maniobras que pretendían el aislamiento de los sectores combativos del movimiento de desocupados. Especialmente nefastas, por ser funcionales a la campaña mediática de demonización de los sectores piqueteros en lucha, fueron las intervenciones públicas de Luis D´Elía, líder de la Federación de Tierra y Vivienda -integrante de la CTA -, denunciando «infiltrados de movimientos de izquierda» entre las filas de la Coordinadora Aníbal Verón, y luego restando apoyo a la movilización convocada al día siguiente del asesinato de los jóvenes para repudiar la masacre. Tal vez como expresión del nuevo momento político y social del país, de los aprendizajes que se vienen desarrollando en la resistencia y, como síntoma de la crisis de credibilidad que afecta a varios de estos dirigentes, al día siguiente del asesinato de los jóvenes piqueteros, la reacción popular fue una salida masiva a la calle, para instalar en la conciencia colectiva, y como advertencia al poder, el «Nunca más». Fue maravilloso ver cómo las asambleas populares se tonificaron, y dieron su respuesta. Como muchos compañeros de la CTA empujaron a su conducción hasta sacarla tardíamente a las marchas solidarias. Fueron días en que se jugó una nueva pulseada entre el repliegue, o la continuidad de la lucha por el «que se vayan todos».

Cuando el poder constató que la maniobra comunicacional no alcanzó para confundir a la sociedad, y que por todos lados se colaba recia la verdad sobre los sucesos del miércoles negro, resolvió la detención del comisario Franchiotti. Esta decisión tenía doble filo: de un lado «calmar» la furia popular, del otro, encubrir a todos los responsables de la jornada represiva, incluidos los principales jefes del gobierno. El «que se vayan todos», que continuó gritando en las calles, y la imagen de Darío Santillán ayudando solidariamente a su compañero, ganó la batalla en el imaginario social a las imágenes proyectadas falazmente por el gobierno. Duhalde jugó entonces otra carta: el adelantamiento de las elecciones. En este contexto, la relación de fuerzas existente en el país entre el movimiento popular y los sectores del poder, y la ausencia de una estrategia común de las fuerzas que participan en la resistencia, determina que las elecciones sigan siendo momentos privilegiados por el poder para la recomposición de su hegemonía. Las intenciones están dirigidas a desplazar la atención política hacia el campo de las disputas partidarias, acentuando la fragmentación del movimiento popular. Y si bien no se han creado los recambios necesarios entre las fuerzas ordenadoras del sistema que den coherencia a una propuesta electoral, también es cierto que, en el campo de las izquierdas, no existen propuestas capaces de unificar en una alternativa al conjunto de las resistencias.

La acción propagandística con que se pretendió aislar y restar consenso social y político a la Coordinadora Aníbal Verón, es semejante a la que años atrás realizaron hacia el movimiento piquetero de General Mosconi y Tartagal. En ambos casos, las palabras tuvieron saldos trágicos. Cinco piqueteros asesinados en los conflictos de Mosconi y Tartagal. Tres piqueteros de la Coordinadora Aníbal Verón asesinados. La solidaridad, la entrega, el amor de los piqueteros, rompió el cerco propagandístico que pretendía asociarlos con la violencia, la agresión, el desprecio por la vida. Va quedando claro que los responsables de la violencia en el país, son los gobiernos nacional y provinciales, los poderes políticos y económicos nacionales y trasnacionales que los sostienen contra toda voluntad popular, las fuerzas represivas que los defienden, y también quienes con su prédica macartista recrean la teoría de los dos demonios, que décadas atrás actuó como legitimación del terrorismo de estado.

El debate previo a las jornadas del 26 de junio, así como el posterior, puso en el centro el tema del poder. Se acusó a los piqueteros de tener un plan para «la toma del poder». Se pusieron en debate diversas teorías sobre el poder, su conquista, su construcción. Quedó al desnudo la fragilidad de los enfoques sostenidos por diversas franjas del movimiento popular alrededor de este tema, en momentos en que, paradójicamente, el poder político sufre una fuerte crisis de gobernabilidad, de representatividad, y oscila entre la represión abierta y la maniobra política e ideológica confusionista; en un tiempo en el que se agrava la crisis económica y social del capitalismo, y crece en flecha la variable autoritaria. Los mecanismos represivos no desmontados -por beneficio de la impunidad-, e incluso su modernización -producida en los últimos años-, posibilitan que se reinstalen modalidades aggiornadas del terrorismo de estado. Asesinatos, amenazas, torturas, vuelven a ser moneda corriente; acentuándose el clima de agresión en las barriadas populares -especialmente en las que se organizan y trabajan los movimientos de desocupados-. Pero estas acciones requieren también de un clima cultural propicio, y en esa dirección actúan los que detentan el monopolio de los medios de comunicación. El terrorismo informativo, es una variable orgánica del terrorismo de Estado.

Sin embargo, se va abriendo la conciencia en diferentes franjas de la sociedad, de que los piqueteros no son «demonios». No son una raza especial nacida de mentes alteradas o de oscuras conspiraciones. Los cortes que paralizan distintas rutas del país, son protagonizados por franjas de la población organizadas, combativas. Sus formas de lucha desafían al poder y también a las maneras tradicionales de comprender la resistencia. No se trata de sectores marginados, sin conciencia, espontaneístas, -como los describen algunos análisis que confunden lo nuevo con lo irracional, y consideran que «la» política se resume en las contiendas electorales-. La mayoría de los protagonistas de estos conflictos son trabajadores, con la conciencia de clase adquirida a partir de la participación activa en las luchas obreras y populares. Trabajadores excluidos como consecuencia de las políticas privatizadoras y de la hiperconcentración del capital realizadas por el modelo neoliberal, así como por el desplazamiento de las inversiones del terreno productivo al financiero. Trabajadores que tienen experiencia de lucha y de organización, que aplican y recrean en el nuevo territorio en el que desarrollan actualmente su resistencia.

Los mecanismos de exclusión, reinstalan socialmente la figura de los desaparecidos. El sistema pretende que los desocupados sean los desaparecidos sociales de este sistema. Pero sucede que los hombres y mujeres tenemos no sólo instinto de conservación, sino una cultura acumulada en las experiencias de resistencia, que conduce a construir nuevas formas de lucha, de identidad, y a proponer alternativas. Los piqueteros, negados por el poder; crean en sus relaciones las posibilidades de su propia existencia, constituyendo, simultáneamente, el poder ser, el poder vivir, el poder popular. Transitan, al crear, senderos no recorridos. Tienen la experiencia histórica de los movimientos populares, pero aportan su propia subjetividad, su propia imaginación. No intentan tan sólo negociar con el capital las condiciones de venta de su fuerza de trabajo. Pretenden también inventar el trabajo, o reinventarlo. Ya no como mercancía, sino como fuerza transformadora de la naturaleza y de la vida, como energía que al realizarse en actividades creativas, productivas, no sólo restablece las nociones de dignidad, sino también va formando hombres y mujeres nuevos y nuevas. De alguna manera, recuperan esa búsqueda del Che de un socialismo que no sea sólo el fin de la explotación, sino de toda forma de alienación. Y en esa dirección, la idea de un hombre nuevo, revolucionarizado en sus prácticas cotidianas, en las cuales el trabajo deje de ser trabajo esclavo, deje de ser mercancía, y se vuelva creación de una nueva sociedad. No se trata de crear la ilusión de acumulaciones de poder alternativo, islas dentro del poder del capital, que mágicamente transformarían en un momento determinado el carácter del poder. No se trata de alentar experiencias que imaginen la posibilidad de la coexistencia de comunas libres dentro de un estado opresor. Se trabaja con la conciencia de que el poder popular implica un espacio, pero también un tiempo determinados, en las batallas por generalizar una nueva vida. En esa perspectiva, los espacios de poder popular construidos, en la medida en que apuntan no a una mediatización de la libertad humana, sino a su completa emancipación, son embriones de presentes y futuras confrontaciones con el poder capitalista.

Es sabido que toda la resistencia acumulada por los movimientos populares se va realizando en los marcos de duras luchas. Es sabido que la hegemonía nacional y mundial avanza una y otra vez sobre los espacios creados o conquistados. En tal sentido, es absolutamente válido plantear los dilemas que se refieren al tipo de sociedad que queremos y soñamos, y los caminos para llegar a la misma. El socialismo, nombre posible para la utopía colectiva, será seguramente el esfuerzo de creación de poderes populares, en una batalla que abarcará todo un tiempo histórico de constitución de sujetos colectivos, capaces de protagonizar la acción liberadora.

¿Cuál será el camino? ¿Cómo será? Las respuestas son variadas. También entre los piqueteros se expresan diversas concepciones y prácticas en relación al tema del poder; tantas como las que atraviesan al amplio campo de la izquierda y la centro izquierda. Algunos de los movimientos y partidos de izquierda sostienen de manera casi inalterada las estrategias pensadas durante el siglo 20 por diversos proyectos revolucionarios: desde las variantes insurreccionales, hasta los enfoques institucionales, pasando por diversas concepciones de acumulación en el tejido social. En muchos de los proyectos existentes, estas estrategias no pasan del plano discursivo, mientras que en sus prácticas se oscila entre propuestas estrictamente electorales y-o reivindicativas. Las distancias entre los discursos y las prácticas se vuelven más evidentes en tiempos en que la crisis de los de arriba crea mayores exigencias para la presentación de alternativas de los movimientos populares. En otros proyectos se elude el debate sobre el tema del poder. Esto puede responder, en algunos casos, a la ausencia de una estrategia definida en torno al tema, y a la búsqueda de no precipitar definiciones que puedan fragmentar al sujeto que se va constituyendo como tal en torno a demandas inmediatas. En otros casos, es expresión de debilidad teórica, o de una inclinación al practicismo.

En algunos proyectos, el debate que se va realizando es resultado de un enfoque que concibe la creación colectiva de nuevas teorías, en el marco de la gestación de nuevas prácticas. En esta perspectiva se constituyen pensamientos inacabados, en permanente recreación, a partir de los nuevos sujetos que se van forjando en la lucha, y de los niveles de síntesis colectivos que se vayan alcanzando. Estas formas de actuar y de pensar, sin certezas inamovibles, sin dogmas, genera cierta incertidumbre en los movimientos políticos forjados en las concepciones revolucionarias pre-existentes, tanto las nacidas en los años 70, como las que vienen desde los orígenes del siglo 20.

La necesidad y la urgencia del desarrollo de prácticas que se vinculan de manera absoluta con la supervivencia, empujan por momentos a un desprecio por la formación teórica, a una debilidad en los análisis tanto generales como específicos. Frente a esta situación, es interesante valorar los esfuerzos realizados por algunos de los movimientos piqueteros, por poner, en el mismo plano que la resistencia y la generación de proyectos productivos, las tareas de educación popular. Los movimientos de piqueteros han tenido que asumir la creación de alternativas en todos los terrenos de la vida cotidiana: desde proyectos productivos auto-gestionados, hasta salas de salud, espacios de formación, lugares de encuentro, tiempo de solidaridad. Es en estos movimientos, en los que la resistencia se vuelve más enérgica, por necesidad y convicción, en los que se está produciendo el enfrentamiento más fuerte con el poder dominante -que ha llegado incluso a la negación de las vidas-, donde las estrategias van conformando, desde abajo, las bases de un nuevo poder, de un poder vivir a pesar de su negación, de un poder existir. Constituyen, desde el pie, desde la raíz, esfuerzos de nacer un tipo de relaciones. Relaciones que expresan valores, conductas, prácticas, pensamientos, sueños, que integran y recrean una cultura opuesta a la del capitalismo. Al tiempo que aprenden a amasar el pan, aprender a repartirlo. Al tiempo que aprenden a cocinar en las ollas populares o en los comedores comunitarios, aprenden a igualarse en el plato de comida compartido. Al tiempo que se enfrentan cara a cara con el poder, aprenden a reconocerlo no sólo en el policía que los mata, sino en el sistema que los excluye. Van encontrando también formas de organización que favorecen el objetivo proclamado: si de lo que se trata es de la constitución de sujetos históricos, concientes de sus prácticas, con voluntad de transformación social, no hay como la democracia real para ejercer el protagonismo, que no delega representaciones, que se constituye como poder por el encuentro de los cuerpos y no por la sustitución de los mismos en un cuerpo imaginario.

Si de lo que se trata es de pensar en una sociedad solidaria, es imprescindible desterrar el autoritarismo, el caudillismo, tan impregnados en las prácticas históricas de los movimientos populares en Argentina. La batalla es contra el poder que nos domina externamente, y contra las formas en que el mismo se ha introyectado en nuestros valores, en nuestra cultura, en nuestras maneras de relacionarnos. Resistencia, producción, formación, son tareas que van parejas en estos movimientos que, simultáneamente, van descubriendo los límites que acepta el poder para sus acciones, y el corralito en el que pretenden arrinconarlos para que no trasgredan los intereses de la acumulación capitalista. Saltar el corralito, sigue siendo la opción elegida por una franja significativa de estos movimientos. Y es la que ejercen cuando van a los «cortes duros», sin vías alternativas, que plantean un desafío a la circulación de las mercancías, y en la manera de disputar los poderes del poder político.

Existen también entre las organizaciones piqueteras los proyectos que con sus diversas formas de lucha apuntan a transacciones limitadas. Pequeñas disputas de migajas que fortalecen a las burocracias que las gestionan, y que terminan negociándolas en las estrategias electoralistas. También existen enfoques de resistencia popular que no logran articularse como proyectos políticos, disociando la acumulación social, de los momentos de disputa de hegemonía en el campo de la política.

Es interesante considerar, llegado este punto, que se puede transitar un tiempo de no resolución clara de estas contradicciones. Que se puede, y tal vez sea necesario, avanzar sin todas las respuestas, y con pocas certezas. En ese andar, seguramente, se cruzan otros caminos que vienen experimentando los movimientos sociales. Las autoconvocatorias, los métodos asamblearios, la insurgencia plebeya, contienen en su base algunos elementos de una primitiva conciencia, como la falta de credibilidad en las organizaciones y en los liderazgos existentes, la necesidad de recrear las formas de lucha y de organización a partir de pautas democráticas, de base, colectivas, la no delegación del poder popular en representantes sino su ejercicio directo. La masividad de la protesta, la batalla desigual contra las fuerzas represivas, el compromiso de una nueva generación de luchadores, el protagonismo de la mujer, son algunas constantes que se manifiestan en las distintas batallas que viene dando el pueblo en su proceso de autoconstitución como tal. El movimiento popular argentino se encuentra ante el desafío de establecer nuevas conexiones y articulaciones que permitan defender los espacios que se abren en estos momentos especiales, en los que frente al poder, se levantan experiencias temporales, pero potentes de poder popular. ¿Cómo caminar estos senderos haciendo teorías de las prácticas nuevas y viejas, y prácticas nuevas de las nuevas y viejas teorías? ¿Cómo ubicar en la batalla violenta que estamos viviendo la urgencia no sólo de pan, no sólo de trabajo, sino de fundación de una cultura opuesta a la que una y otra vez reproduce la dominación? ¿Cómo mar-char con audacia, aún sin certezas, o precisamente cómo lograr que la ausencia de certezas nos permita obrar y pensar con mayor audacia? ¿Cómo preguntar sin buscar respuestas sino un abanico de posibilidades? ¿Cómo responder sin repetir la tranquilidad adormecedora de lo conocido? ¿Cómo recrear una política de las izquierdas fundada más en el deseo que en el «deber ser» castrador y opresivo?

En 1929 Walter Benjamin escribió que la política revolucionaria es la organización del pesimismo. Antonio Gramsci en su tiempo propuso: «escepticismo de la inteligencia, optimismo de la voluntad». El pesimismo desorganizado fue el que asumió la forma de rebelión en las jornadas de diciembre. El pesimismo del que se vayan todos, del ya basta. Nuestro desafío es transformar ese pesimismo en política revolucionaria, utilizando tal vez para ello el otro condimento necesario: el optimismo de la voluntad. Esto implica una tarea cotidiana, de base, de reconstrucción de la experiencia, de formación de luchadores, de constitución de nuevas relaciones, de gestación de valores opuestos a los que sostienen y reproducen la dominación. Se trata de la multiplicación de la educación popular, en este tiempo, con sello de rebelión. La educación popular que aprende los nuevos códigos que creó la calle. La educación popular que crece y se alimenta de la resistencia, y que aporta en esta batalla a la búsqueda colectiva de alternativas de poder popular. La educación popular que siendo parte de las prácticas de resistencia, contribuya en la sistematización de estas experiencias, y desde las mismas a la creación colectiva de conocimientos, a la forja de una teoría revolucionaria propia de este tiempo.

Hablamos de la educación popular que pueda integrar, en el caos ideológico construido por el imaginario neoliberal, una idea elaborada por Rosa Luxemburgo hace un siglo: «socialismo o barbarie». Se trata de cuestionar la labor de los comunicadores empecinados en identificar la lucha social con la barbarie. La barbarie es, precisamente, la política capitalista, que empuja a la gente a la desesperación, que convierte a mujeres, hombres, jóvenes, niños, en saqueadores. La barbarie es, precisamente, la extensión del hambre en un país rico precisamente en alimentos. La barbarie es la insensibilidad del poder político, que desata la represión para salvaguardar las superganancias de los acreedores externos, de los bancos, de los que «se hicieron la América» a costa de la exclusión de las mayorías. Frente a la barbarie capitalista, la misma que desata guerras de exterminio, se impone replantear el debate sobre el socialismo como alternativa. No hay terceras vías, no hay capitalismos humanizados, no hay perspectivas para el pueblo en los marcos de este sistema. Y hablar de socialismo hoy ya no es un tic dogmático. Dogmático sería en estas circunstancias, insistir con la defensa del capitalismo que nos empujó al borde mismo del abismo.

El desafío puede ser recuperar junto a las fábricas desocupadas, junto a los terrenos que se han vuelto huertas, junto a las plazas y calles, el espacio y el tiempo de la creación colectiva que permita, con nuestra resistencia, que se vayan todos... ¿todos? Sí, todos. Y que con nosotros vengan los que fueron negados de todas las maneras. Que los excluidos sean los protagonistas de nuestra historia. Que aparezcan con vida los desaparecidos. ¿Con vida? Sí. Con tanta vida como el Che, que viene sonriente hasta el umbral del siglo 21 para reírse de quienes decretaron su ausencia y su olvido. ¿Es mucho pedir? Tal vez sí. Tal vez sea, apenas, reinstalar en el centro de la historia, como «motor» o como «locomotora», junto a la lucha de clases, el deseo. ¿El deseo? Sí. El último desaparecido por el terrorismo de estado, que ahora anda entre nosotros y nosotras, inaugurando un tiempo subversivo.

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