nro. 19
De la revuelta del hambre a la insurrección espontánea

Nicolás Iñigo Carrera

En este artículo se presenta una breve síntesis de los resultados de un conjunto de investigaciones que venimos realizando en PIMSA desde hace casi diez años, y que tienen como meta conceptualizar los hechos principales de la rebelión proletaria y popular en la Argentina a lo largo de la década de 1990 y hasta el presente, construir una periodización del proceso histórico (momentos), determinar el grado de constitución de una fuerza social y el carácter de la misma.

No hay duda de que el punto de partida de esta exposición debe ser el hecho que, al menos en una primera mirada (apariencia), se nos presenta cerrando el período que estamos investigando y abriendo otro: la insurrección espontánea y combate callejero del 19 y 20 de diciembre de 2001. Claro que la delimitación del hecho señalado implica un desarrollo que, en lo inmediato1, debe remontarse a los 9 días que se iniciaron el 12 de diciembre, con las movilizaciones organizadas por la Confederación General del Trabajo (C.G.T.) (secretaría general Moyano) frente al Congreso Nacional y la Central de Trabajadores Argentinos (C.T.A.) en la Plaza de Mayo, y los «cacerolazos» y «bocinazos» convocados por la Coordinadora de Actividades Mercantiles Empresarias (C.A.M.E.) y otras organizaciones de pequeños y medianos empresarios a las que se sumaron espontáneamente vecinos (principalmente de pequeña burguesía asalariada y no asalariada). Las movilizaciones del movimiento obrero organizado (en sus distintos niveles y alternativas políticas), más bien reducidas en sus actos centrales, pero con gran difusión en todo el territorio nacional, precedieron a la huelga general del día 13, convocada por ambas C.G.T.2 y la C.T.A., que tuvo un altísimo acatamiento (más del 80%). En el transcurso de la huelga, desocupados cortaron rutas y accesos a ciudades en la Capital, Tucumán y Jujuy, mientras pequeños patrones agropecuarios lo hacían en Río Negro; asalariados estatales manifestaron por las calles y apedrearon bancos y un diario en Córdoba; manifestantes irrumpieron en el edificio de la municipalidad en Pergamino; y asalariados estatales y desocupados manifestaron, apedrearon e intentaron incendiar edificios públicos, bancos, empresas extranjeras y un diario en Neuquén, dando lugar a cinco horas de lucha callejera con las fuerzas especiales de la policía.

La misma noche del 13 de diciembre comenzaron los saqueos (e intentos y amenazas) en supermercados y o-tros locales comerciales de Mendoza, que al día siguiente se repitieron en Mendoza y Rosario (Santa Fe), y los días siguientes en numerosas localidades como Concordia, Concepción del Uruguay y Gualeguaychú (Entre Ríos), Avellaneda, Quilmes, San Martín, Boulogne, San Miguel, Ciudadela, Moreno, Lanús y Lomas de Zamora (en el Gran Buenos Aires), la Capital Federal, San Juan, Santiago del Estero, Neuquén, Mendoza, Córdoba, Cipolleti (Río Negro) hasta alcanzar un número de 800 a 1000, en varios de los cuales (por ejemplo San Miguel, Boulogne, Gualeguaychú y Rosario) se produjeron choques con la policía y tiroteos3.

Pero, y esto es algo que la memoria colectiva ya ha comenzado a borrar, no son sólo saqueos lo que ocurre en esos días: hay ocupación pacífica de edificios públicos (como el que realizan el 14 en la ciudad de La Plata los docentes que toman la sede del Banco de la Provincia de Buenos Aires), pero también ataques a sedes gubernamentales con lucha callejera con la policía (como ocurre el 19 en la municipalidad de Córdoba y en la legislatura en La Plata) e innumerables cortes de ruta que se extienden a lo largo de los días. El 19 está cortado el Puente General Belgrano que une Corrientes y el Chaco, todo el sur de la provincia de Tucumán y las provincias de Jujuy, Chaco y Entre Ríos. La respuesta del gobierno, contenida en la decisión de decretar el estado de sitio, acuartelar a las fuerzas armadas del estado (que informan públicamente que no intervendrán) y llamar a la calma por medio de un discurso presidencial, desata la movilización y manifestación («cacerolazo»), principalmente de la pequeña burguesía (asalariada y no asalariada) pero también de otros asalariados, con concentraciones en muchos puntos de las ciudades de Buenos Aires, Rosario, Córdoba, Mar del Plata, La Plata y otras, en la noche del 19. Una apretada síntesis muestra que el 20 de diciembre hay saqueos (en Rosario, Junín, Capital, Gran Buenos Aires, Corrientes, Salta, Paraná, Comodoro Rivadavia), lucha callejera (en Córdoba, Mar del Plata, Comodoro Rivadavia, Mendoza, Neuquén, Tucumán, Rosario, Paraná y Gran Buenos Aires), manifestaciones (en Chaco, La Plata y Mar del Plata), además del paro general por 24 horas convocado por la C.T.A. (a la mañana), la C.G.T. (Daer) a partir de las 18 y la C.G.T. (Moyano) a partir de las 24. Estas huelgas declaradas por las centrales sindicales pasan desapercibidas: la huelga general con movilización que, como veremos había tendido a articular las otras formas y medios de lucha, queda superada y subsumida por otra forma. La acción fundamental del día 20 la constituye el combate callejero, que, en nuestra hipótesis, fue librado por las masas y debería conceptualizarse como insurrección espontánea. Después que a las 9,30, la policía comienza un a-taque sobre los relativamente pocos manifestantes que quedaban de la noche anterior, se produce una nueva concentración popular sobre la Plaza de Mayo y se generaliza el enfrentamiento callejero que se desarrolla, con mayor intensidad a partir de las 13, en el centro de Buenos Aires (particularmente en la Plaza de Mayo, la avenida de Mayo, los alrededores del Congreso y el Obelisco) entre las masas y la fuerza armada del gobierno nacional (policía federal). A las 19 renuncia el presidente de la Rúa. De la sintética descripción realizada se desprende que, si atendemos a los instrumentos utilizados, se observa que lo ocurrido entre el 19 y el 20 de diciembre, contiene en su seno y, a la vez, supera, todas las formas de rebelión (revuelta del hambre, motín, manifestación, toma o barricada, huelga) presentes en los últimos 12 años, a las que nos referiremos a continuación.

Periodización

A partir de 1976, después de su fallido intento a mediados de 1975, la fuerza social encabezada por la oligarquía financiera logra apoderarse del gobierno para implementar por las armas las políticas afines a sus intereses necesarias para adecuar el país a las nuevas condiciones que se imponían en el mundo capitalista. Tres procesos (centralización de la riqueza en un polo de la sociedad, pauperización y proletarización de la masa trabajadora) que recorren la fase del gobierno militar y se acentúan en la fase que se inicia con el retorno a la forma de gobierno electoral, resumen el desarrollo del capitalismo argentino en el último cuarto de siglo. Para la clase obrera argentina las nuevas condiciones pueden sintetizarse en máxima jornada de trabajo con mínimo salario, el despojo de condiciones dignas de vida y otras conquistas históricas, mientras crece una masa de población sobrante para el capital, que va consolidándose en la miseria. Estas condiciones se acentúan en particular a partir de 1989/90, cuando, después de las «hiperinflaciones», la oligarquía financiera logra realizar plenamente su hegemonía, subordinando absolutamente a los cuadros políticos. La población sobrante para el capital que se manifiesta como desocupación abierta se estabiliza en un mínimo que oscila entre el doble y el triple del máximo histórico hasta mediados de los ’80, y alcanza, en las cifras oficiales, a más del 18% (más de dos millones y medio de personas) de la población económicamente activa, mientras que otro millón y medio trabaja pocas horas y crece la parte de la población que ni siquiera busca trabajo. No ha desaparecido la clase obrera, como pretenden los voceros (conscientes o no) de la oligarquía financiera, sino que se han alterado a su interior las proporciones entre los que constituyen el activo y las formas constantes de la superpoblación, en particular por el crecimiento de su manifestación «estancada».

Éste es el contexto en que se desarrolla la rebelión de los expropiados, que han recurrido a múltiples instrumentos: desde su forma «más incivil e inconsciente», como el «delito común» 4 o la revuelta de 1989/90, formas primitivas como el motín de diciembre de 1993 y formas sistemáticas como las huelgas generales5 y la toma y defensa de una posición (los llamados «cortes de ruta»). Tomando como punto de partida 1989/90, cuando la oligarquía financiera realiza plenamente su hegemonía, podemos iniciar esta sintética periodización señalando que los ’90 se inician en un momento descendente de la lucha de la clase obrera6. El primer hecho a tomar en cuenta se produjo entre mayo y julio de 1989 y febrero y marzo de 1990: los saqueos de comercios, y en mucho menor proporción ollas populares y manifestaciones, que no alcanzaron a constituirse en lucha, ni se dirigieron contra el estado o el gobierno, constituyeron apenas una revuelta7.

En el primer momento que sigue a la revuelta, se realizan la privatización de empresas estatales y despidos de asalariados (sea abiertos o bajo la forma encubierta de «retiros voluntarios»). Los intentos de resistencia8 estuvieron enmarcados por un aislamiento social. Es a fines de 1993, con el motín del 16 y 17 de di­ciembre en las ciuda­des de Santiago del Estero y La Banda, donde fueron atacadas, ocupadas e incendiadas las sedes de los tres poderes y las casas de dirigentes políticos, que podemos señalar un punto de inflexión en el movimiento9. Esto no significa que se cierre el período contrarrevolucionario que se inició a mediados de la década de 1970, pero aparecen indicios del inicio de un nuevo momento cuando comienza a romperse el aislamiento social. Las luchas de los trabajadores y el pueblo comienzan a lograr grados de articulación, de organización y de sistematicidad que marcan una tendencia a la conformación de un movimiento contra las políticas impulsadas por la oligarquía financiera desde el gobierno del estado. Las huelgas generales, como veremos, aparecen cumpliendo un papel en esa articulación, a la vez que en el motín y más aún en los «cortes de ruta» aparecen elementos que embrionariamente (espontáneamente) pueden constituir una oposición al régimen político vigente.

A partir del motín de 1993 comienza a cambiar el ritmo de la eliminación de conquis­tas históricas de los trabajadores, que logran frenar, aunque no detener, las políticas de transformación laboral y social impulsadas por los intelectuales de la oligarquía financiera y ejecutadas por sus cuadros políticos. Aquí debe tenerse en cuenta el papel de las huelgas generales con movilización, que articulan a nivel nacional, en los momentos de su realización, diversos instrumentos de lucha (cortes de rutas y calles, ollas populares, marchas) utilizados cotidianamente por distintas fracciones sociales para expresar su protesta10. Esto no significa ignorar el papel de otras acciones convocadas por parte del movimiento sindical, como por ejemplo la Marcha Federal (50.000 personas en Plaza de Mayo) en julio de 1994 o la Marcha del Trabajo (60.000 personas) en septiembre de 199511.

La huelga por 36 horas de septiembre de 1996, convocada por la C.G.T. (unificada) con el apoyo de la C.T.A., de los partidos de la oposición oficial y de la izquierda, de organizaciones estudiantiles, de derechos humanos y sindicales latinoamericanas e internacionales, contra la flexibilización laboral y la política económica del gobierno, logró el apoyo de alrededor del 80% de los trabajadores y movilizó a más de 70.000 personas a la Plaza de Mayo (la segunda más grande movilización convocada en la década)12. La amenaza de huelga general por tiempo indeterminado que siguió a esta huelga postergó en el plano jurídico la aplicación de la flexibilización laboral y reforma del estado13: fueron las famosas «tareas pendientes» reclamadas por los cuadros intelectuales liberales, que sólo pudieron comenzar a legalizarse (ley de flexibilización laboral) después del cambio de gobierno en 1999 y con el enorme costo político que significó la sospecha de sobornos para lograrla, en un marco de ilegitimidad.

El punto más alto de este momento ascendente se alcanzó entre 1996 (la ya citada huelga general de septiembre) y la primera mitad de 1997, con los llamados «cortes de ruta» que constituyen, en realidad, la toma y defensa de una posición. A diferencia de la inmensa mayoría de los 685 «cortes» que hemos registrado entre diciembre de 1993 y octubre de 1999, los «cortes» de abril y mayo de 1997, lo mismo que su antecedente, el realizado en Cutral-Có en 199614, constituyen la ocupación de una posición que es defendida frente a la fuerza armada del gobierno; son masivos, con presencia de más de una fracción social (trabajadores asalariados ocupados en distintas ramas de la actividad económica, desocupados, pequeños propietarios y pobres), por lo que los reclamos específicos son variados y también incluyen metas generales; las direcciones sindicales, que son las que originariamente convocan a la acción son dejadas de lado, se retiran o se subordinan a las decisiones que se toman en asamblea con formas de lo que tentativamente podemos llamar «democracia directa». Los más importantes en 1997 fueron los de Cutral-Có y Jujuy. En Cutral-Có (Neuquén) el corte iniciado por la pequeña burguesía asalariada (docentes) fue tomado en sus manos por la clase obrera (ex trabajadores de YPF y pobres), se prolongó por diez días, con sus propias formas de organización en asamblea y con disposición al enfrentamiento, sobre todo a partir de la muerte de Teresa Rodríguez en un choque callejero con la policía. En toda la provincia de Jujuy se cortaron rutas (y calles dentro de la ciudad), obligando al gobernador a sentarse a negociar directamente con los delegados (con mandatos revocables y, de hecho, revocados cuando no cumplían con las resoluciones votadas en las asambleas); deben recordarse en particular los hechos de Libertador General San Martín, donde después de rechazar a la Gendarmería, el pueblo y en especial la clase obrera (trabajadores del ingenio azucarero Ledesma y desocupados) realizan su propio festejo de la fecha patria del 25 de mayo, desfilando organizados en balderos, pedreros, honderos, etc. También hubo tomas («cortes de ruta») con algunos de estos rasgos en Cruz del Eje (Córdoba) y Tartagal (Salta). El «corte de ruta» no es aquí forma subordinada sino el instrumento principal de lucha15.

Esa fase ascendente llega a su fin a partir de la segunda mitad de 1997. Se refuerza el carácter corporativo de las reivindicaciones, el aislamiento de la clase obrera y todo se canaliza hacia la disputa electoral. Son los pequeños propietarios y otras fracciones de la pequeña burguesía los que logran teñir la protesta con sus rasgos, mientras desaparece la unidad en la lucha de los asalariados. Las elecciones (lo mismo que las presidenciales de 1999) dan el triunfo a la Alianza U.C.R.-Frepaso, pero resulta significativo que los programas de los tres candidatos más votados (en 1999 alrededor del 70% del padrón) hacen hincapié en la continuidad de la política económica vigente, con matices, desde 1976.

Es en diciembre de 1999 con los hechos (choques callejeros) desarrollados en el Puente General Belgrano y la ciudad de Corrientes que puede señalarse el comienzo de un nuevo momento ascendente que tiene su continuidad en el enfrentamiento entre la clase obrera (encabezada por los obreros petroleros desocupados) y la fuerza armada estatal (gendarmería) en General Mosconi (Salta) en noviembre de 2000 y junio de 2001, y que retoma el nivel de 1997. A comienzos de 2001 la protesta se hace sentir fuertemente en la Capital Federal, culminando el movimiento que se había iniciado desde las estructuras económico sociales caracterizadas por el peso de la población agrícola y la superpoblación encubierta como empleo estatal, hacia el centro económico y político de Argentina.

En las localidades vecinas a la Capital, principalmente en La Matanza, Florencio Varela y Quilmes, se producen multitudinarios cortes de ruta, protagonizados por trabajadores desocupados. Estos «cortes» tienen como rasgos en común su masividad (centenares de piqueteros que se mantienen permanentemente y llegan a ser miles en algunos momentos), su duración de muchos días y la toma de decisiones en asamblea, lo mismo que la aprobación o rechazo de las negociaciones realizadas por sus representantes. Pero a diferencia de los destacados en 1997, son realizados exclusivamente por trabajadores desocupados (por lo que los reclamos giran en torno a la asignación de Planes Trabajar y la entrega de alimentos y útiles escolares), con escasa presencia de otras fracciones sociales, con una organización en tanto desocupados que no se disuelve al terminar el corte y que ejerce su dirección. Estos rasgos permiten señalar que, al mismo tiempo que el movimiento avanzó desde el interior del país hacia su centro económico y político, también lo hizo hacia formas de lucha y de organización cada vez más sistemáticas. Tanto que, a lo largo de 2001, comenzó a constituirse como «movimiento piquetero». Pero también puede observarse que, por su homogeneidad y autoconciencia, muchos de esos «cortes» se localizan en el grado de organización de intereses económicos inmediatos más que en el de los intereses del grupo social más vasto, o en los plenamente políticos, lo que los asemeja a los embriones de la organización sindical. Sólo las movilizaciones «contra el ajuste» y «por la libertad de los presos» de julio y agosto de 2001 reunieron una vez más a los pobres con otros trabajadores, principalmente los estatales, y la primera y segunda jornadas nacionales de cortes de ruta (31 de julio y 7 y 8 de agosto) se realizaron con importante acompañamiento social. Después de esa fecha parece iniciarse un nuevo momento de aislamiento social, revertido en diciembre.

Nuevos problemas

Como puede apreciarse, todo lo descrito en esta periodización está contenido y se manifiesta en la semana del 12 al 20 de diciembre y, en particular, en los hechos del 19 y 20. Y, a la vez, puede señalarse un cambio cualitativo, que es lo que estamos observando hoy. No es ajeno a esta nueva situación un cambio en las condiciones en que se desarrollan los hechos: se hace evidente una fractura en la clase dominante y una disputa política entre capitales financieros: entre los llamados «productivos» y los llamados «especulativos», entre los que se dirigen al mercado interno y los que dirigen su producción a la exportación, entre los que tiene como base territorial Argentina y los extranjeros.

Pero es importante resaltar un aspecto en particular. De la descripción realizada, y de la información recopilada correspondiente al lapso 1993-2001, que está en proceso de análisis, se destaca el peso de la organización sindical en las protestas (aunque con una tendencia al crecimiento de la organización político-sindical)16, lo mismo que la ya descripta capacidad de articular los distintos instrumentos de lucha (cortes, ollas, marchas) en la huelga general con movilización; esto se corresponde con la participación en la huelga con movilización de trabajadores asalariados tanto ocupados como desocupados, junto a fracciones de pequeña burguesía, así como las capas más pobres del proletariado; cada una utiliza los instrumentos que le son más afines, aunque se observa también la confluencia de distintas fracciones en muchas de las acciones17. Esta capacidad de convocar a una acción que articule se hace también observable en el hecho de que sea con una movilización y huelga general (12 y 13 de diciembre) que se inician los hechos que culminan el 20 y que en esa misma huelga puedan verse concentrados elementos de la revuelta del hambre (los llamados saqueos), del motín (Pergamino) y de la toma y defensa de posiciones (Jujuy, Tucumán) y lucha callejera (Neuquén).

Claro que la insurrección espontánea y el combate de masas del 20 contiene y supera todo lo anterior. Por lo que, si la huelga general con movilización articuló las distintas formas de lucha (al menos desde 1994), quedó ella misma subsumida en el proceso histórico que se desarrolló entre el 13 y el 20 de diciembre. Por eso, cuando el 20 de diciembre la C.T.A. y las C.G.T. declararon una nueva huelga general, la medida pasó desapercibida en medio del hecho insurreccional que culminó en el enfrentamiento en Plaza de Mayo y la caída del gobierno de la Rúa.

Entre diciembre de 1993 y diciembre de 2001, como puede observarse en la descripción realizada, se ha movili-zado la clase obrera, tanto su activo (trabajadores asalariados ocupados) principalmente organizados sindicalmente, como la población sobrante (los pobres) principalmente organizados como «movimiento piquetero». Y también fracciones de la pequeña burguesía. Los resultados de la investigación muestran cómo, a pesar de las falacias difundidas en las últimas décadas en los medios académicos de las ciencias sociales, la clase obrera argentina no sólo ha demostrado que existe y lucha sino que utilizando su organización sindical ha logrado articular, en cierta medida y aún en condiciones desfavorables, sus luchas. Esto no puede resultar extraño en una sociedad como la Argentina, donde más de las tres cuartas partes de la población económicamente activa sólo puede reproducir su vida mediante el salario y donde la clase obrera ha ocupado un lugar preponderante en las luchas políticas y sociales.

Los hechos del 19 y 20 de diciembre parecen abrir un nuevo período histórico. A partir del 20 de diciembre se han mantenido movilizadas («cacerolazos») la pequeña burguesía empobrecida (asalariada y no asalariada)18 junto con obreros no organizados en tanto tales, y una parte de las capas pobres del proletariado, organizadas como «piqueteros» y «trabajadores desocupados».

Los trabajadores asalariados insertos en la actividad productiva (el proletariado industrial en sentido estricto), en cambio, parecen otorgar una tregua, formalmente planteada por la cúpula de los cuadros sindicales19 en las negociaciones con el gobierno instalado el 1° de enero y basada en la prohibición para las empresas de despedir trabajadores por 180 días; la duración de esta frágil tregua es impredecible, aunque las amenazas de aumentos de precios y de despidos no parecen augurarle larga vida.

¿Cuál es el papel que desarrollará ahora la fracción de la clase obrera inserta en la actividad productiva más institucionalizada? ¿hacia donde se desarrollaría un proceso histórico que no la tuviera como dirigente? ¿en qué medida podrá ser dirigente sin hacer crisis en su conciencia de trabajadores asalariados y tomar conciencia de su condición de expropiados? ¿cómo podrán los que se postulan para conducir esa toma de conciencia hacerlo sin tomar conciencia ellos mismos de las especificidades de la clase obrera argentina real, incluyendo su adscripción al peronismo?

Febrero 2002


Notas

1. Una periodización que vaya más allá de las expresiones de protesta y lucha manifestadas en las calles no puede eludir el indicador de las elecciones de diputados y senadores nacionales y provinciales y funcionarios municipales, realizadas en octubre de 2001, cuando una proporción importante de los ciudadanos habilitados para votar no lo hicieron, votaron en blanco o anularon su voto; en algunos distritos, entre ellos la Capital Federal, este llamado «voto bronca» superó el 40% del padrón, ocupando el primer lugar. Cabe recordar que en la Argentina el voto no es voluntario sino obligatorio.

2. La Confederación General del Trabajo se encuentra dividida, reivindicando ambas el nombre y la sigla C.G.T., por lo que se las distingue por el nombre de sus respectivos secretarios generales: Moyano y Daer.

3. Al igual que en 1989 se ha difundido alrededor de los saqueos la sospecha de una acción provocada por algún grupo político (en este caso el Partido Justicialista), para iniciar el de-salojo del gobierno de la U.C.R. Haya existido o no, esa acción política no explica el hecho. Pero cabe recordar que en la investigación realizada sobre los hechos de 1989/90, cuando se difundió la misma versión, sólo aparecía un organizador externo en el 6,2% de los saqueos. (Cfr. Iñigo Carrera, Nicolás, Cotarelo, María Celia, Gómez, Elizabeth y Kimdgard, Federico M.; La revuelta. Argentina. 1989/90; Buenos Aires, PIMSA Documento de Trabajo N°4, 1995).

4. En buena medida contraparte de la criminalización de la pobreza.

5. Tres durante el gobierno militar, trece durante la primera administración radical, nueve durante la administración justicialista y ocho durante la segunda administración radical. Un ejercicio de periodización puede verse en el Documento de Trabajo de PIMSA N° 33.

6. Tomamos como indicador las huelgas generales atendiendo a los grados de unidad y alianza establecidas por los cuadros económico profesionales de los trabajadores. Desde 1987 hay un momento ascendente hasta abril de 1988, pero la tendencia se revierte en septiembre de 1988 y no hay huelgas generales hasta 1992; el momento descendente se prolonga hasta 1994. El comienzo del momento descendente en las luchas obreras es anterior al cambio de gobierno en 1989. Puede llamar la atención que un triunfo electoral del justicialismo (al que históricamente adscriben la mayoría de los cuadros sindicales y los trabajadores) se localice en un momento descendente, y esto debería ser objeto de mayor investigación. Sin embargo hay dos hechos que deben tomarse en consideración: el menor espacio que lograron esos cuadros en las listas de candidatos justicialistas y la política del candidato triunfante, alejada de las banderas históricas de justicialismo.

7. Presenta rasgos semejantes a las «revueltas del hambre» que acompañaron el desarrollo del capitalismo industrial en Europa del siglo XVIII, aunque sin alcanzar el momento político que sí tuvieron algunas de ellas. Ver Iñigo Carrera, Cotarelo, Gómez y Kindgard, op. cit..

8. Por ejemplo, entre otros, la llamada «Plaza del No», la huelga de los trabajadores telefónicos en 1990, el corte de ruta en Sierra Grande en 1991, la huelga ferroviaria de ese mismo año y la de los obreros de Somisa en 1992.

9. Cfr. Cotarelo, María Celia; El motín de Santiago del Estero, diciembre de 1993; Buenos Aires, PIMSA Documento de Trabajo Nº19, 1999. Cabe aclarar que el motín de Santiago del Estero es el más importante, pero no el único de este tipo de hechos. En otras localidades se produjeron manifes­taciones calle­je­ras, algunas de las cuales presentan elementos del motín como el ataque a las sedes de gobiernos provinciales y municipales y residencias de dirigentes políticos (La Rioja 1993; Jujuy 1994; Salta 1994 y muchas más en 1995).

10. Debe aclararse que la convocatoria a la huelga general por las centrales sindicales no implica que todas llamen además a la movilización ni implementen ellas mismas los medios de lucha utilizados por las distintas fracciones sociales; pero es la convocatoria y realización de la huelga lo que permite articular nacionalmente, en un mismo momento las distintas formas de protesta.

11. Para un análisis más detallado de las huelgas generales y otras formas de lucha ver Iñigo Carrera, Nicolás Las huelgas generales, Argentina 1983-2001: un ejercicio de periodización, PIMSA Documento de Trabajo N°33, 2001.

12. La movilización más numerosa fue en repudio al vigésimo aniversario del golpe militar de 1976.

13. Las reformas, que incluyen el arancelamiento de las universidades públicas, la supresión de organismos de investigación científica, la privatización de los bancos estatales, etc., tienen como fin esa meta universal de la clase dominante: un aparato estatal lo más barato que sea posible.

14. Ver Klachko, Paula Cutral-Có y Plaza Huicul. El primer corte de ruta; PIMSA Documento de Trabajo N°20, 1999.

15. Iñigo Carrera, Nicolás y Cotarelo, María Celia; La protesta social en los ’90. Aproximaciones a una periodización; PIMSA Documento de Trabajo N°27, 2000.

16. Por poner un ejemplo, la organización sindical (en cualquiera de sus niveles: central sindical, sindicato de rama, sindicato local, comisión interna) convocó el 24,8% de los 685 cortes registrados entre diciembre de 1993 y octubre de 1999, y ocupó el segundo lugar entre los tipos de organizaciones convocantes, después de las organizaciones empresarias (31,7%). Aunque las proporciones cambiaron después de 1999, como puede observarse en una medición realizada en el primer cuatrimestre de 2001 (204 cortes), que muestra un crecimiento de las acciones espontáneas (23,6%) y las convocadas por organizaciones político sindicales (21,6%), la organización sindical mantuvo su condición de convocante en un 21,1% de los «cortes». Esta importancia es aún mayor si se toma en consideración el total de 595 acciones de protesta, en las que la organización sindical ocupó el primer lugar con 27,9% de las convocatorias.

17. Trabajadores ocupados (docentes, estatales, judiciales, ferroviarios, camioneros, colectiveros, bancarios, empleados de comercio, obreros azucareros, obreros ceramistas, trabajadores aeronáuticos, trabajadores de la salud, trabajadores viales, y otros) forman los piquetes de huelguistas para que no circulen colectivos, camiones o trenes ni abran comercios o bancos, e integran (acompañados, no siempre y en menor cantidad, por estudiantes y desocupados) las manifestaciones por las calles céntricas en las que suelen apedrear edificios públicos, comercios, bancos extranjeros y empresas privatizadas. Trabajadores ocupados y desocupados participan en las ollas populares organizadas por sindicatos. Los cortes, que se realizan en gran medida en los accesos a las ciudades, son protagonizados tanto por trabajadores ocupados (estatales, camioneros, obreros azucareros, trabajadores rurales, viales, metalúrgicos, portuarios) como desocupados, jubilados y estudiantes, hasta la huelga general del 19 de julio de 2001 donde son realizados en su casi totalidad por desocupados. Los intentos o amenazas de saqueos a supermercados y comercios, que se producen en Mar del Plata y Rosario en las huelgas generales de mayo y noviembre de 2000, son realizados por habitantes de barrios pobres o villas, con fuerte presencia de jóvenes. Los escraches y concentraciones son realizados casi exclusivamente por militantes de partidos políticos de izquierda. Los estudiantes, además de participar en marchas y cortes de ruta o calle, ocupan facultades. En algunas ciudades hay apagones, realizados por comerciantes, vecinos y pequeños empresarios.

18. Ha sido la crisis del llamado «modelo neoliberal», es decir la crisis capitalista y su resolución mediante la expropiación de la pequeña propiedad (basada en el propio trabajo) por la gran propiedad (basada en el trabajo ajeno) lo que, en buena medida, motorizó a la pequeña burguesía, que «descubre» las contradicciones del sistema vigente, no sólo en lo económico sino en lo político.

19. El conocimiento de la relación entre la dirigencia de los sindicatos (la llamada «burocracia sindical») y la masa de los trabajadores afiliados y no afiliados a las organizaciones sindicales requiere de una investigación específica que permita precisar en qué medida unos expresan el grado de conciencia de los otros, y conocer la estrategia de las distintas capas y fracciones que constituyen la clase obrera argentina. Con relación a los resultados de investigación que presentamos vale la pena reiterar que sólo las huelgas generales y/o movilizaciones convocadas por esas direcciones sindicales tuvieron la capacidad de paralizar la actividad económica y articular a nivel nacional las distintas formas de protesta, aunque no siempre fueran los trabajadores organizados sindicalmente los principales protagonistas de esas protestas.

Enviar noticia